CAPÍTULO 8

Capitulo Con Lemmon

- ¿Qué sucede?

Bella no había dicho ni una palabra. No se había movido, ni siquiera respirado, pero Edward había percibido la diferencia. No quería contárselo, pero de todos modos él lo había sabido.

- No sé como explicarlo- comenzó-. Pero, hmm, no estoy... Quizá no deberíamos...

- ¿Hacer el amor?

- Hmm.

Esperó que él dijera algo, pero no lo hizo. Centró la atención en su cuerpo, con la esperanza de poder leerlo con la misma precisión que había demostrado Edward con ella. No apretó la mano sobre su cintura, no movió las piernas. Y la prueba más obvia de su disposición a continuar no se encogió. Lo único que cambió fue su respiración sobre su cuello. Se tornó más pausada, y durante un momento cesó por completo. Tras varios segundos lo sintió exhalar.

- ¿Estás furioso conmigo?- preguntó, rezando para no haber cometido un daño irreparable con ese plan demente. El viaje y el tiempo que habían pasado en esa habitación le había demostrado que Edward era la persona más importante en su vida. Las relaciones iban y venían, pero él... sería suyo para siempre, si no estropeaba las cosas.

- Claro que no- respondió-. Te mentiría si dijera que no me siento un poco decepcionado, pero lo superaré.

- ¿Por qué?

- ¿Por qué lo superaré? Porque no tengo doce años.

- No, no me refería a eso. ¿Por qué estás decepcionado?

- Hmm, ¿no es obvio?

Bella sintió que movía las caderas y eso le recordó que, a pesar de su amable aceptación, su cuerpo había estado listo para despegar cuando ella apretó el botón de abortar la misión.

- Quiero decir, ¿estás decepcionado porque no tenemos sexo o porque querías que la relación, ya sabes, cambiara?

Él volvió a quedarse quieto, salvo por la mano. La sintió moverse en su cadera, frotando el camisón de satén en pequeños círculos justo encima de su vientre.

- Sí- anunció.

- ¿Sí?

- Creo que es un poco tarde para negar que quería hacer el amor. Pero también he meditado mucho en nuestra relación. La idea de estar contigo, así... sabiendo que podríamos disfrutar incluso de más intimidad... No sé. Parecía algo bueno.

- ¿Y qué me dices de la parte que te asustaba?

- Sí, también pensé en eso. Pero entonces analicé las relaciones que había tenido. La familia de la que vengo. El matrimonio solo funciona para un reducido porcentaje de gente, que nace con algún tipo de gen especial para el. Yo no. En mi familia, las únicas personas que han disfrutado de alguna felicidad han sido las que han permanecido solteras.

- No sabía que en tu familia alguien se hubiera quedado soltero.

- Sí. Tengo una tía en Québec que jamás se casó- Claro está que es lesbiana, y lleva con su pareja más de diez años. ¡Eh! Quizá ahí radica el truco. He de hacerme lesbiana.

- Careces de calificaciones- Bella sonrió.

- Puedo falsearlas.

- Algunas cosas no.

- Maldita sea. Sabía que tenía que haber trampa.

Ella se volvió, a pesar de que odiaba apartarse de esa posición increíblemente cómoda. Pero necesitaba verle la cara. Cerciorarse de que las cosas estaban bien. En cuanto se acomodó, se quedó pegada a él, pero de frente, con la cabeza en la misma almohada y las rodillas tocándose.

Edward sonrió y Bella de inmediato se sintió mejor. Agradecida por la luz que irradiaba la chimenea, pudo ver que él no ocultaba nada, que aún la quería, aunque se hubiera retractado en el último instante.

- Hay algo que quiero decirte- anunció él-. Antes de que regresemos a nuestra antigua relación.

- ¿Qué?- sintió un nudo en el estómago.

Edward alzó la mano y le acarició la mejilla con el dorso, en un contacto tan ligero que fue más que una caricia. De algún modo, en ese movimiento hubo reverencia, como si quisiera honrarla.

Bella cerró los ojos para impregnarse con la sensación exquisita que le provocaba su piel. Sintió un escalofrío que se inició en su interior y llegó a sus partes más vulnerables.

- Eres la mujer más hermosa que jamás he visto- susurró-. No solo porque tu cara fue echa por ángeles, sino porque haces que me sienta realmente bien. Haces que me ría y que piense. Soy más generoso cuando me encuentro a tu lado, y me has enseñado a no tomarme las cosas tan en serio. Pero principalmente, creo que eres hermosa porque tienes el corazón más amable del mundo.

- Oh, Edwa...

- No he terminado.

Lo miró y las lágrimas le empañaron la visión, pero no tanto para no poder ver la extraordinaria ternura en su mirada.

- Creo que hacer el amor contigo sería lo más cerca que un hombre podría estar del cielo. Pero también sé que preferiría cortarme el brazo derecho antes de hacer cualquier cosa que te provocara incomodidad. La cuestión es que te quiero, pequeña. Confío en ti.

Ella suspiró, incapaz de hablar debido al nudo que tenía en la garganta. Le tocó la nuca, luego se adelantó y le dio un beso leve en la boca.

La suavidad de sus labios la retuvo.

El gemido bajo que emitió él hizo que ahondara el beso.

Lo que le pasó a sus entrañas hizo que todo cambiara.

Se entregó al momento, a las fuerzas que la atraían de forma inexorable a sus brazos y lo probó, utilizando la punta de la lengua para incitar sus labios. Edward gimió otra vez, en ésta ocasión de placer al entender cuáles eran sus intenciones. Le devolvió el beso y se aproximó, al tiempo que con la mano en su espalda la acercaba. Luego titubeó y se echó atrás lo suficiente para verla.

- ¿Estás segura?- murmuró con voz llena de deseo.

- Por completo- musitó ella.

Para demostrarle que hablaba en serio, metió la mano bajo la sábana y tocó la parte frontal de su pijama de seda a la altura de la cintura, luego la bajó hasta que encontró su erección. Se tomó su tiempo para explorar, sin introducir la mano bajo el pijama, solo sintiendo su forma y su tamaño.

No resultó nada incómodo. Ni siquiera durante un segundo. En ese instante sus últimas se desvanecieron.

Edward cerró los ojos y volvió a gemir; Bella sonrió, complacida más allá de toda lógica por que él disfrutara tanto de su contacto. Porque su reacción fuera tan impresionante.

El corazón le palpitó con fuerza cuando metió los dedos debajo del pijama y tocó su piel encendida. Suave como la seda, caliente como el fuego y dura como el acero. Tan gruesa que apenas podía rodearla con la mano. Cuando lo acarició en la base lo excitó aún más.

- Oh, Bella, no te haces una idea. Me parece...

- Dímelo

La miró con una pasión tan eléctrica que ella sintió una sacudida.

- Te lo demostraré- susurró. Le apartó la mano y luego salió de la cama para quitarse el pijama.

Durante un momento la mirada de Bella se demoró en su torso, al mismo tiempo tan familiar y tan nuevo. Tan diferente al saber que era de ella para poder acariciarlo y besarlo. Luego bajó la vista a la parte de él que jamás había visto. A los músculos fuertes de su estómago bajo, a las caderas compactas, a su erección, tan poderosamente masculina que la hizo jadear.

Lo deseaba como nunca había deseado a un hombre. Se trataba de una experiencia absolutamente novedosa, algo que jamás había anticipado, ni siquiera cuando se había esforzado en imaginar ese momento.

Su amor por él creció, a la altura de la confianza que le inspiraba. Supo sin vacilación que ese hombre increíble nunca le haría daño. Nunca.

Apartó el edredón y se acercó a él. Alzó la vista y se regocijó con su belleza, con su sonrisa. Luego alargó otra vez la mano para tocarlo, guiándolo a su boca.

Él contuvo el aliento cuando los labios se posaron en la sedosa cabeza. Lo besó levemente y saboreó su aroma limpio y varonil; se movió despacio, reacia a precipitar el momento. Él no había soltado el aire mientras Bella lo lamía en un movimiento circular para luego tomar la corona con la boca. Cuando ella movió la lengua al tiempo que succionaba con fuerza, Edward al fin expulsó el aire con un gemido casi de dolor.

Bella oyó su nombre, suave y con voz trémula. Asiéndolo con la mano, lo introdujo en la boca. Entonces, con un ritmo regular que seguía el de su propio corazón, deslizó la lengua arriba y debajo de su extensión. Se echó hacia atrás y se detuvo para jugar con la punta de la lengua, luego volvió a bajar hasta donde pudo.

Cerró los ojos mientras su mano lo tomaba por abajo, asombrada por la singularidad de su cuerpo, tan distinto al suyo propio y tan perfecto.

Él le tocó la parte de atrás de la cabeza; durante un instante Bella pensó que era para animarla a continuar, pero entonces se dio cuenta de que quería que parara. Desconcertada, se retiró, soltándolo tanto con la mano como con los labios.

- Quiero verte- musitó Edward-. Por favor.

Ella asintió, luego movió las piernas hasta el extremo de la cama para poder incorporarse junto a él. Edward alargó el brazo al borde de su camisón y extendió la mano para detenerla una vez más. Sus dedos se encargaron de la situación y despacio comenzó a subir el camisón de satén.

Ella sintió el aire fresco en sus piernas, en los muslos y después en el estómago. Edward hizo una pausa, bajó la vista y reanudó el movimiento pausado.

Cuando el bajo del camisón llegó hasta sus pechos, pensó en lo preocupada que había estado una hora antes. En ese momento comprendió que había sido por nada. Quería que la viera. Con defectos y todo. No importaba. Nada importaba salvo esa increíble proximidad. Habían saltado juntos desde el precipicio, sin saber dónde aterrizarían. Y en vez de un impacto duro, encontraron un cojín de amor y asombro.

El suspiro de Edward le dijo todo lo que tenía que saber. Que le encantaba cómo era, del mismo modo que Bella amaba su cuerpo. Alzó los brazos y él le quitó el camisón, para arrojarlo sobre la cama.

- Eres deslumbrante- musitó-. Más hermosa de lo que había imaginado.

- Me siento bonita- sonrió.

- Me alegro. Desearía que pudieras sentir lo que siento yo. Ver lo mismo que yo puedo ver.

Ella le tocó el torso con la palma de la mano, luego frotó su piel suave, disfrutando de la contradicción creada por los duros músculos que había debajo.

La besó y le rodeó los hombros con ambos brazos, acercándola. El beso le quitó todos los pensamientos de la cabeza y al sentir cómo la incitaba con el talento de su lengua tuvo que cerrar las piernas para intentar mitigar la insistente palpitación.

Como si le hubiera leído la mente, interrumpió el beso y la volvió para que pudiera tumbarse. La siguió, esperó hasta que llegó al centro del colchón y luego volvió a besarla.

La mano encontró un pecho y ella tembló con ese primer contacto. La coronó con suavidad, luego pasó la palma sobre le pezón erguido. Cuando el ligero contacto se volvía insoportablemente dulce, posó la boca en ese punto exacto y tomó el pezón entre los dientes, succionando con pasión la carne dura.

Bella arqueó la espalda y cerró los ojos. La sensación fue tan abrumadora, tan placentera que casi resultó excesiva. Casi. Edward jugó con ella, empleando la lengua, los labios y su aliento, cada movimiento más exquisito que el anterior. La presión en el núcleo de Bella creció de forma insoportable, la presión le puso rígido el cuerpo, como si hubiera recibido cien voltios.

Le soltó el pezón derecho y encontró el izquierdo. Repitió las mismas atenciones, solo que en esa ocasión, al saber ella lo que le esperaba, le resultó imposible quedarse quieta.

Ella movió las caderas en un preludio inconsciente de lo que más deseaba. Encontró su mano y la guió hacia abajo para que Edward pudiera sentir la reacción de su cuerpo a su contacto. En cuanto la tocó, la lengua dejó de remolinear sobre su pezón. Acariciándola con suavidad le separó los labios con la punta del dedo. Sin detenerse, encontró la piel que sobresalía y que tanto controlaba su pasión. Luego reinició el movimiento remolineante, solo que ésta vez con el dedo.

Ella gimió, ahogándose en un mar de placer. Iba a alcanzar el clímax, lo pudo sentir en lo más hondo de su entrepierna. Los movimientos de él se tornaron más u más veloces, y entonces paró, haciéndola gritar de consternación. En cuanto Bella vio dónde estaba él, la objeción se transformó en anticipación. En silencio Edward se había bajado de la cama. Había estado tan concentrada en sus sensaciones que ni siquiera se había dado cuenta.

Oyó un sonido leve y vio que él había sacado una caja de preservativos. Extrajo el círculo de fino látex y entonces Bella cerró los ojos.

Un momento más tarde, le alzó las piernas con gentileza y las separó mientras se acomodaba. Con las palmas de las manos recorrió la cara interior de sus muslos hasta que los pulgares se juntaron en su unión. Una vez más la abrió y su aliento cálido la golpeó unos segundos antes de capturar el centro con sus labios.

Bella gritó, aferró las sábanas, levantó las caderas y se quedó quieta mientras él realizaba cosas indeciblemente dulces con la lengua.

El clímax volvió a reanudarse en lo más hondo de su ser, poniéndola tensa, enloqueciéndola. Sacudió la cabeza de un lado a otro. Bella dejó de respirar. Pero él no paró en ningún momento. La presión aumentó a medida que Edward centraba su atención en ese punto diminuto; entonces ella sintió un orgasmo que le agitó todo el cuerpo.

Él continuó acompañando todos los temblores. Luego se detuvo, se sentó, capturó sus piernas justo debajo de las rodillas y Bella sintió su grueso calor irrumpir en su interior. Al penetrarla experimentó un segundo orgasmo. Edward la llenó por completo, mitigando al fin la palpitación que había amenazado con volverla loca.

Le alzó las piernas hasta los hombros con el fin de poder penetrarla de forma más plena. Sus caderas la embistieron con aspereza, la energía que había detrás de ellas tan fiera y básica como la del hombre primitivo, tan urgentes y poderosas como una fuerza de la naturaleza.

Ella abrió los ojos y lo vio contemplándola, sin parpadear, el rostro una máscara de lujuria, la mirada tan ardiente que la abrasó. En ningún momento Edward apartó los ojos. Se dedicó a embestirla una y otra vez a un ritmo creciente a medida que la tensión de su cuerpo resaltaba las venas de su cuello.

Temblando, apretando, ella lo succionó, deseando hacer que entrara más y más dentro de su cuerpo. Él acomodó sus piernas en torno a la cintura y Bella se sujetó allí con todas sus fuerzas.

Estaba a punto de alcanzar su propio orgasmo. Pudo verlo en su cara, sentirlo en su ritmo palpitante. Pensó que iba a gritar pero él se inclinó y la besó con ardor. Ella le devolvió el beso a la espera de su momento de liberación.

Cuando tuvo lugar, Edward gritó, pero sin quebrar el beso. Bella sintió el aire de sus pulmones, la canalización de la energía entrar en ella como un haz de luz blanca que la llevó una vez más al clímax.

Experimentaron juntos el orgasmo. Duró mucho tiempo. Oleada tras oleada de placer estremecedor, de contracción y relajación, para volver a ponerse tensos.

Por último, la tierra recuperó su movimiento normal, dejándolos a los dos húmedos, con el pelo revuelto y totalmente exhaustos.

Finalmente Edward interrumpió el beso. Pero antes de apartarse, sonrió y eso le derritió el corazón a Bella. Jamás se había atrevido a esperar que sería de esa manera. Su imaginación no era tan buena.

Había sido algo tan superior que la asustaba.

Edward se puso de espaldas tratando de que le disminuyeran las palpitaciones. Sabía que tenía que ir al cuarto de paño a ducharse, pero no se movió. Se había quedado sin un gramo de energía, y al estar echado, pensó que era posible que no pudiera volver a moverse.

Bueno, no. Si Bella quería una segunda ración lo conseguiría. Aunque iba a necesitar un rato para recuperarse lo suficiente para hablar, menos aún para actuar.

- Tienes valor- comentó ella.

Edward alzó la cabeza para poder verla. Resultó tanto esfuerzo que volvió a dejarla caer sobre la almohada.

- ¿Por qué?

- Porque nunca me lo dijiste.

- ¿Decirte qué?

- Que podías ganar medallas de oro en la triple corona del dormitorio.

- Sí- sonrió-. Debí mencionártelo. Lo siento.

Lo pellizcó en el costado y apenas fue capaz de quejarse.

- Tú también tenías reservados algunos secretos.

- ¿Oh, sí?

- Hmm.

- Nunca. Te dije una y otra vez que era lo más bueno desde el pan recién horneado. Nunca prestaste atención.

- Melindrosa. Jamás me dijiste eso.

- Lo sé, pero sonaba bien, ¿no?

- ¿Sabes?, es verdad. Eres lo más bueno desde el pan recién horneado.

Ella encontró su mano y le apretó los dedos.

- Hablando de pan...

- ¿Tienes hambre?

- Estoy famélica.

- Pero, ¿eso no significa que uno de los dos debe moverse?

- A menos que tengas un sándwich oculto bajo la almohada.

- Maldita sea, lo olvidé.

- Entonces, sí, significa que uno de los dos debe moverse.

- Supongo que me toca a mí, ¿verdad?- él suspiró.

- Eres tan perceptivo. Me encanta eso en ti.

Edward sonrió. Giró y la miró, desnuda y delgada a su lado. Aún podía olerla, y el aroma lo embriagaba. Lo despertaba, lo cual resultaba increíble, ya que había tenido la certeza de que nunca más podría volver a usar ese órgano.

- Hay fruta y chocolate en mi maleta de flores- anunció Bella.

- No estoy hambriento de eso.

- Bromeas- abrió mucho los ojos.

- Solo un poco. Pero después de comer...- suspiró.

- Santo cielo. Ya sabes cómo me ponen los postres.

Mientras escuchaba la risa exuberante de Bella, las tonterías de su conversación disminuyeron y en su lugar sintió una profunda sensación de sosiego.

- Fue estupendo- comentó.

- Lo sé- comentó ella seria de repente.

- No esperaba que fuera así.

- Yo tampoco.

- ¿Qué crees que significa?

- No estoy segura- lo miró a los ojos-. Pero creo que significa que debemos hacerlo en cada oportunidad que se nos presente.

- ¿De verdad?

- Hmm.

- Oh, cielos- musitó él-. Ya sabes lo que pienso sobre fo...

- ¡Edward!

La risa de Bella lo siguió hasta el cuarto de baño.

Dioss Vallan a darse una ducha fría, que esta parejita las dejo acaloradas, espero que la espera se les haya recompensado, déjenme sus reviews, besitoooo