CAPÍTULO 9
Mientras Bella contemplaba la puerta del baño, la sonrisa desapareció de sus labios. Estaba metida en graves problemas.
De todos los posibles resultados de hacer el amor con Edward, ese era el que jamás había considerado. Lo había imaginado como algo terrible. Bueno. Divertido. Incómodo. Interesante. Pero jamás había pensado que pudiera ser la experiencia más poderosa, devastadora e intensa de su vida. Y nunca se había imaginado sintiéndose de esa manera después.
Edward era su amigo. Eso no había cambiado. La quería tal como quieren los amigos. Pararía una bala por ella, le diría si tenía un trozo de espinaca en los dientes, pero no pensaba en declararle su devoción eterna ni pedirle que fuera su esposa. Ella tampoco quería que lo hiciera. Al menos era lo que siempre había pensado.
Se levantó y se puso el camisón, deseando que se diera prisa para poder ir a ducharse. Necesitaba hacer algo que le devolviera a la realidad. Todos esos pensamientos tontos desaparecerían a la luz del día. Tenían que desaparecer.
Pero ¿y si no se iban?
No sería justo. Toda la idea del sexo con Edward era para que su vida dejara de ser complicada, no para añadir muevas dimensiones de angustia y tortura. Más aún, mucho más, se suponía que no iba a poner en peligro la relación básica que mantenían.
-Todo tuyo.
Giró en redondo al oir la voz de él. Se dirigió hacia ella desnudo y limpio, con una sonrisa tan calurosa que le quitó el aliento. El impulso de tocarlo fue tan fuerte que la mano se le adelantó sin que le diera permiso.
Edward la tomó entre las suyas, le dio la vuelta y le besó la palma. Le puso la piel de gallina, se le endurecieron los pezones y sintió una oleada de calor entre las piernas. Bajó la vista y vió que también él se había visto afectado. Con el beso más leve había comenzado a erguirse.
-¿Sigues hambrienta?-preguntó.
En ese torbellino Bella había olvidado la comida. El deseo de comer se había evaporado, sustituido por el ansia de abrazarlo, de tocarlo en todas partes, de volver a sentir esa explosión de placer. Pero no podía. No después de la última vez, no después de que esos sentimientos la hubieran golpeado con tanta fuerza.
Edward apoyó la mano en su espalda y la atrajo hacia sí. Bella intentó evitar su mirada, pero le alzó la barbilla con el dedo para que lo mirara a los ojos.
Te encuentras bien? ella asintió . ¿De verdad? volvió a asentir.
Lo que pasa es que no sé si estoy lista para otra ronda.
Le besó la mejilla, luego los labios y después la nariz.
Podemos esperar. No será fácil, pero puedo ser paciente.
Ella sonrió, disfrutando de los besos etéreos sobre los párpados, la frente, otra vez los labios. Cuando le acarició la espalda, pegándola a su cuerpo duro, supo que era inútil. Era una esclava de su deseo.
Le tocó los labios con la lengua y allí concluyó el debate. Edward la alzó en vilo y la transportó a la cama. La depositó con ternura y luego se tumbó junto a ella.
Bella suspiró, entregándose al momento. Luego tendría tiempo para preocuparse.
A la mañana siguiente Edward despertó hambriento. Era capaz de comerse un caballo. Diablos, toda una manada. Pero se conformaría con gofres, muchos, y con huevos, unas lonchas de beicon, café, zumo. Gimió, pero calló al ver que Bella seguía durmiendo.
Dios, se la veía hermosa. El cabello era una maraña gloriosa sobre la almohada. Desvió la vista, atento a no mirarle el resto del cuerpo. No quería despertarla, porque si no, tendría que volver a hacer el amor y, con franqueza, necesitaba combustible. Se había quedado seco, totalmente extenuado, y se sentía muy orgulloso. Cuatro veces. Tenía que ser un récord. Al menos para un hombre de su edad. Podría llamar a las oficinas del Guinness el lunes. Como mínimo, podría notificárselo al Post.
Sonriendo, salió de la cama y recogió la ropa. Logró ir al cuarto de baño y cerrar la puerta sin mirarla ni una sola vez.
Abrió el grifo de la bañera, ajustó la temperatura y luego fue a cepillarse los dientes y a afeitarse. Cielos, tenía un aspecto infernal. No le importó. Se sentía demasiado bien como para preocuparse por semejante nimiedad.
¿Quién lo habría pensado? Mientras se cepillaba los dientes con vigor, se observó en el espejo, preguntándose qué había hecho para merecer aquello.
Bella había tenido razón. Había sido un tonto al dudar. Era el acuerdo más perfecto del mundo. Nada de tonterías. Un sexo fantástico con alguien por quien estaba loco, sin falsas expectativas, culpas, promesas o desilusiones. Vio los años que tenía por delante, y le gustaron. Se acabó ir a los bares de solteros. Se acabaron las citas a ciegas. No más complicaciones.
Debía reconocerle que su idea había sido brillante.
Se enjuagó la boca y sacó la cuchilla y la crema de afeitar. Un vistazo a la bañera le indicó que no tenía que darse prisas, de modo que se afeitó con pausa. No quería raspar a Bella cuando la besara.
Algo que pensaba hacer con frecuencia.
El pensamiento le provocó una sonrisa y se cortó el mentón. juró, terminó de afeitarse y se puso un trocito de papel higiénico en el corte, luego miró otra vez la bañera.
Se había llenado y el vapor empañaba el espejo y las ventanas. Se metió en el agua y se sentó.
Las cosas no podrían haber salido más perfectas. Salvo quizá si hubiera tenido la bandeja con el desayuno y a Bella enfrente.
Cerró los ojos y la imaginó. jadeante, temblando en su clímax. Entonces el cuadro cambió y la vio dormida... serena, hermosa, vulnerable.
Las comparaciones con la realidad habían hecho palidecer todas sus fantasías. Nunca antes había estado más excitado. No sabía que pudiera alcanzar semejante excitación. Ninguna otra mujer lo había afectado de esa manera.
Quizá se debía a que había suprimido su deseo durante mucho tiempo, o por el acuerdo que habían establecido. Tal vez solo fuera porque encajaban. Estaban a gusto, relajados, sin ataduras. Fuera cual fuere el motivo, no le importaba. Mientras ella lo aceptara, Edward sería feliz. Cansado, pero feliz.
Suspiró de nuevo y el sonido le relajó los hombros. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, se sintió completa y absolutamente satisfecho.
Bella se puso el cinturón de seguridad y esperó a que Edward entrara en el coche. Era hora de volver, de abandonar ese lugar mágico y los pequeños milagros que habían ocurrido durante el fin de semana. La vida real los aguardaba a solo unas horas de distancia. No quería irse.
Había sido un fin de semana perfecto. No habían salido gran cosa. Principalmente para comer, y una vez a pasear bajo la luz de la luna. Casi todo el tiempo habían hecho el amor, y cómo.
Edward se sentó y cerró la puerta; el sonido la devolvió al problema que la ocupaba. ¿Qué iba a hacer a partir de ese momento? La luz del día había salido dos veces y ninguna le había evaporado las preocupaciones. Si la noche del viernes había pensado que estaba metida en problemas, no era nada comparado con el domingo por la tarde.
De algún modo, a pesar de sus mejores intenciones, su corazón se había involucrado. Edward había sido el amante más perfecto que había tenido. No sólo era inventivo y apasionado, sino que había sido considerado, graciosos, intuitivo. Finalmente esa mañana se le había ocurrido, después de tomar café en la bañera, que se trataba del hombre de sus sueños. Encajaba a la perfección. Poseía todas las cosas que había estado buscando y que nunca había encontrado.
Resultaba lógico. Era el mejor amigo que nunca había tenido. En cuanto descubrió que era un amante tan compatible, el paquete quedó completo. Salvo por un detalle minúsculo: toda la situación quedaba descartada.
No quería amarlo de esa manera. Lo único que Bella había deseado era añadir sexo. Entonces ¿por qué demonios pensaba en el romance?
-¿Te encuentras bien?- sonrió y asintió cuando él puso en marcha el coche-. ¿Estás segura? Te he estado observando. Es como si algo fuera mal.
-¿Te refieres a otra cosa aparte de que volvemos al mundo real?
Él sonrió. Bella había pensado si debía contarle lo que sentía, pero al final había decidido que no. No hacía falta que supiera que se hallaba tan loca, que su mente racional había desaparecido cinco segundos después de que la besara. Al regresar a casa, hablaría con Alice al respecto.
-¿Qué te espera esta semana?
-No mucho- tuvo que concentrarse unos momentos para recordar su agenda. Era como si hubieran estado en la luna, no en Connecticut-. Tengo un par de almuerzos con clientes. Y le prometí a Jessica que iría con ella a comprar un vestido para la boda.
-Oh, cielos, lo había olvidado. Es el sábado próximo, ¿verdad?
-Si. De esmoquin.
-¿Y que pasa con el regalo?
-No te preocupes. Se lo encargamos a Jessica. Te pasará la factura.
-Menos mal.
-Me sorprende que vaya a asistir a esa boda –comentó Bella mientras observava pasar el hermosos paisaje-. Salió un tiempo con Felix.
-¿Cuándo?
-En la universidad.
-No, no es verdad.
-Sí que lo es- Bella sonrió.
-¿Dónde andaba yo?
-Fue algo breve. Apasionado. No terminó bien.
-Eso no me sorprende. Pobre Jessica. Ojalá tuviera a alguien.
-Todavía no. Es demasiado pronto. Primero debe recuperarse de San.
Edward la miró unos segundos, luego clavó la vista otra vez en la carretera.
¿No crees que sería bueno que conociera a un tipo agradable?
Claro que sí. Pero seguro que termina con alguien parecido a San.
¿Cómo lo sabes?
Porque es su patrón. Nos pasa a todos. Una y otra vez te involucras con la misma clase de persona, hasta que al final rompes la cadena. Fíjate en ti.
¿Qué pasa conmigo?
Todas las mujeres con las que has ido algo en serio han pertenecido al mismo tipo.
¿Y qué tipo es ese?
Atractivas de un modo más bien gélido. Inteligentes, egoístas. Que se aburren con facilidad. Y todas poseen un defecto fatal.
¿De verdad?
Sí, de verdad.
¿Y qué me dices de ti?
Yo no soy inmune. Siempre elijo a chicos que emocionalmente no se encuentran disponibles. Que no se pueden comprometer. Al menos no conmigo.
Somos afortunados de que se te ocurriera esta idea brillante, ¿eh?
Miró por la ventanilla para que no pudiera verle la cara. En cuanto habló comprendió lo que había hecho. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? De todos los hombres del mundo, no había nadie menos disponible que Edward. Absoluta y decididamente él no pensaba casarse.
Se lo había dicho trescientas veces, demostrándolo con cada mujer con la que había salido.
Era ridículo pensar que podían... Ni siquiera se atrevía a repetirlo. Había sido una necia romántica, pero ya se sentía mejor. Más despejada. Por supuesto que no amaba a Edward. No amor amor. Había sido aquella habitación. El fuego. La novedad.
¿Dónde estás?
Aquí se volvió para mirarlo . Muy aquí.
Me alegro. ¿Sabes?, estuve a punto de no continuar con lo nuestro.
¿De verdad?
Hasta el último minuto no supe si quena seguir adelante asintió, encontró su mano y la apretó . Pero me alegro de haberlo hecho.
¿Sí?
Desde luego la miró desconcertado . ¿Tú no?
Claro, claro. Fue un fin de semana fantástico. Solo pensaba...
Eso es peligroso.
En cómo iba a funcionar en la ciudad.
Ah. Tengo algunas ideas al respecto.
Cuéntame.
De acuerdo. Primero, creo que debemos dejar claras las reglas.
¿Oh?
Sí. Por ejemplo, pasar la noche juntos es opcional.
Hmm.
No tenemos por qué hacerlo cada vez que nos veamos. Aunque no me imagino no deseándolo.
Gracias.
Y si algo nos resulta incierto, lo hablamos. De inmediato.
¿Incierto?
Sí. Incómodo. Supongamos que mañana conoces al señor Perfecto. Me lo cuentas esa misma noche.
¿Y si tú conoces a la mujer de tus sueños?
Ya la he conocido sonrió feliz . Tú eres todo lo que siempre deseé. Hermosa. Divertida. Estupenda en la cama. Y no quieres que vivamos juntos o, Dios lo prohíba, que nos casemos. ¿Qué más podría querer un hombre?
Cierto convino, aun cuando el pecho se le contrajo tanto que casi no pudo respirar . Decididamente cierto.
Edward se detuvo ante el edificio de Bella y apagó el motor. Odiaba tener que despertarla. Parecía tan serena con la cabeza apoyada en su cazadora contra la ventanilla. Pobrecita. Se hallaba extenuada. No era de extrañar después de haber hecho tanto ejercicio y haber dormido tan poco. No obstante, aún no estaba listo para que terminara. La deseaba.
Le resultaba muy poco habitual. Otros fines de semana con otras mujeres habían terminado con él ansioso por volver a casa.
Esa vez no. Era tan agradable con Bella. No tenía que preguntarle por su familia, y ella ya conocía a la suya. La charla de tener que conocer a alguien quedaba eliminada, de modo que eran libres para hablar de lo bueno. O para no hablar.
Quizá era así para Jasper y Alice. Al carecer de mucha experiencia con parejas felices, no estaba seguro. Sus padres cambiaban de cónyuges como otros cambiaban de coche. El número mágico parecía ser dos años, aunque su madre había estado con ése que no recordaba su nombre tres años y medio. Todo un récord. Pero ya había terminado. Igual que con los demás.
Pasado un tiempo había dejado de ir a las bodas. Le había parecido tan inútil. Lo que no lograba entender era por qué seguían casándose. Sería tan sencillo si vivieran juntos. Pero en cada ocasión su madre juraba que era la última vez. Que al fin había encontrado su verdadero amor. Su padre no era tan sentimental A medida que se hacía mayor, sus esposas no paraban de ser más jóvenes. Edward suponía que con el tiempo terminaría casándose con un feto.
Ni una sola vez, ni siquiera cuando sus padres habían estado casados entre ellos, había percibido que tenían una relación tan cómoda y fácil como la que él tenía con Bella. Se sentía afortunado de haberla encontrado. Y contento de haberse tomado el tiempo para conocerla tan bien. Se habían vuelto amigos. Y por suerte también amantes.
¿Hemos llegado?
Sí. Ahora mismo.
Bella se irguió, parpadeó para despejarse y se mesó el pelo.
Lo siento. No sabía que iba a quedarme dormida.
-No te preocupes -se quitó el cinturón de seguridad-. Me alegro de que pudieras descansar algo.
-Debes estar agotado.
-En realidad, no. Me siento muy bien.
Ella se quitó el cinturón de seguridad y bajó del coche. La observó estirarse con los brazos en alto, lo cual le levantó el jersey y le permitió verle el estómago. Las mallas que llevaba le ceñían el cuerpo lo suficiente para ver todas sus curvas. La deseaba.
Bella se dirigió al maletero y Edward bajó a toda velocidad, preguntándose si sería demasiado preguntarle si podía quedarse a pasar la noche. O quizá debería subir y ver qué pasaba.
Apretó la llave electrónica y el maletero se abrió. Fue a recoger las maletas pero ella se le adelantó.
-No hace falta que subas. Puedo arreglármelas.
-No me importa –indicó-. No es ningún problema.
-Cómo quieras.
Tomó la maleta más grande y la siguió al interior del edificio. El portero le sonrió ... o quizá fuera más apropiado decir que la comió con la vista. Edward no lo había visto antes. Era mucho más joven que el anterior. Lo odió en el acto.
Bella lo condujo al ascensor, ajena a la reacción del otro. Subieron en silencio, con Bella apoyada en la pared, con los ojos cerrados. Juntos marcharon hacia el apartamento. Al llegar a la puerta, buscó las llaves y entraron. Fue tras ella, sabiendo que no debería esperar que le pidiera que se quedara, aunque sin poder evitarlo.
Los gatos le dieron la bienvenida; los recogió a los dos para dirigirse al sofá. Edward cerró la puerta, debatiendo si debía decir algo. Quizá ella daba por hecho que no deseaba quedarse, y por eso no se lo pedía.
- Te he echado de menos –le dijo a Irina mientras acariciaba a Aro detrás de la oreja-. ¿Habéis sido buenos chicos?
Respondieron con ronroneos y con muchos frotamientos. Edward supo cómo se sentían.
Bella lo miró y sonrió. Depositó a los gatos en el sofá y volvió a levantarse. Con cada paso que dio hacia él, su esperanza disminuyó. Pudo verlo en sus ojos. Quería que se marchara.
-Gracias –dijo tomándole las manos-. Ha sido el mejor fin de semana que he tenido jamás.
-Yo también.
-Imagino que ambos recibiremos muchas llamadas de teléfono esta noche.
¿Qué te parece si los torturarnos Y no contestamos? rio él.
No se rendirán. Ni nos perdonarán.
Sí tuvo ganas de besarla, de mucho más que besarla.
Ella se puso de puntillas y le dio un beso fugaz en la mejilla.
Te quiero.
Yo también te quiero sonrió.
Ahora ve a dormir algo. Por la mañana volvemos a las trincheras.
sí,
¿Estás bien?
Claro. Estoy bien dio un paso atrás y alargó la mano hacia el pomo de la puerta . Te llamaré por la mañana.
Estupendo.
Adiós.
Lo saludó con la mano, esperando que se largara de una vez. Así que Edward se largó.
Mientras volvía al coche se preguntó si había malinterpretado todo. Pero entonces pensó en la noche anterior. En cómo lo había mirado Bella cuando hacían el amor.
Podían haber regresado al mundo real, pero ya no era el mismo mundo. Las cosas nunca volverían a ser las mismas.
Silbaba al subir al coche.
