CAPÍTULO 11
Edward besó a Alice y la abrazó con fuerza. Se sentía muy feliz por ella, y por Jasper. Aunque era raro. Un bebé. Cambiaría las cosas, y no solo para los padres. Su pequeño grupo ya no sería el mismo, nunca más. Por eso, se sentía triste. Pero nada permanecía igual para siempre. La gente crecía. O al menos envejecía.
¿Adónde fue Bella?
Creo que al tocador.
¿Está bien? Alice frunció el ceño .
Por lo que yo sé, sí.
Ve tras ella, ¿de acuerdo? separó sus manos de la cintura.
Vas a ser la mejor madre en toda la historia de la maternidad le sonrió.
Eso no lo sé, pero al bebé jamás le faltará amor y atención. ¿No es verdad, tío Edward?
Así es.
Y ahora ve a buscarla.
La única que no rebosaba felicidad era Jessica. Se hallaba un poco por detrás de Mike, sosteniendo la copa de vino, tan serena y hermosa como una princesa. Sonreía, pero no era real. Había demasiada tristeza en sus ojos. Probablemente pensaba en los niños que podría haber tenido si San no hubiera sido un imbécil. Edward se le acercó y le dio un beso justo debajo de la oreja derecha. Ella se sobresaltó, pero luego rió, y fue agradable oír ese sonido.
¿Estás bien? preguntó él.
Desde luego. Me encuentro encantada por ellos. ¿Qué podría ser mejor?
Edward asintió y le besó la mejilla.
Ya llegará tu momento susurró . El hombre que te consiga será el bastardo más afortunado de Nueva York.
Gracias Jessica fue a recoger el bolso y comenzó a buscar en él como si hubiera perdido algo importante.
Edward se marchó, sin desear avergonzarla presenciando sus lágrimas. Se abrió paso entre las mesas y en el exterior de la puerta del salón encontró a los novios besándose junto a las escaleras. Al dirigirse al tocador, se le ocurrió que para su luna de miel regresaría a la posada. Frenó en redondo. ¿Su luna de miel? ¿Es que estaba loco? ¿Había algo en el agua?
¿Pasa algo? Bella se hallaba ante la puerta del tocador de mujeres. Le miró con expresión divertida, como si supiera lo que pensaba y le resultara tan extraño como a él.
Estoy bien. ¿Qué me dices de ti?
Yo también.
Estupendo se esforzó por ser perceptivo y leer entre líneas, pero con las mujeres jamás lo conseguía.
Será mejor que volvamos indicó Bella, al parecer tan incómoda como él . A menos que tengas que... miró en dirección a la puerta de los hombres.
No, no. Podemos irnos.
De acuerdo.
Ninguno de los dos se movió. Ni parpadeó. Se miraron y entre ellos flotaron preguntas no formuladas. Edward no pudo soportarlo. Apartó la vista primero.
Qué noticia estupenda la de Alice, ¿no?
Sí.
Bella comenzó a caminar de regreso al salón y él avanzó a su lado. Sabiendo que corría un riesgo, enderezó los hombros y decidió lanzarse.
¿Estás triste porque quieres tener hijos?
Ella se detuvo con tanta rapidez que Edward tuvo que retroceder. No supo si la expresión aturdida de su cara se debía a que su especulación era tan absurda que desafiaba toda lógica o a sí había dado en el clavo.
¿Triste? musitó, más para sí misma.
Supongo que una mujer de tu edad tiene en marcha ese reloj biológico.
Una mujer de mi edad, ¿eh? sonrió.
No pretendía...
Está bien agitó una mano . No te has metido en problemas.
Gracias a Dios a partir de ese momento decidió mantener cerrada la bocaza.
Creo que tienes razón, Me parece que estoy un poco triste.
Bueno, es natural se felicitó por haber acertado una vez . Quiero decir, ya casi tienes treinta años, sin perspectiva de marido a la vista..
Déjalo mientras puedas, Edward.
OH ella meneó la cabeza, le tomó la mano y lo llevó de vuelta al salón ¿Bella?
Shh.
Edward llegó a la conclusión de que ella tenía razón. La discreción era la mejor parte del valor. Además, no era asunto suyo intentar adivinar en qué pensaba Bella. Lo hacía albergar ideas descabelladas y sentir cosas que jamás había sentido. De lo único de lo que estaba seguro era de que la deseaba. En cuanto estaban en la cama, toda la confusión desaparecía como por arte de magia.
No tendría que haberlo invitado a que fuera con ella al apartamento. Aunque quizá era una masoquista nata que obtenía un placer enfermo en torturarse. Era como si se muriera de sed y tuviera un vaso enorme con agua fría justo fuera del alcance de su mano. Podía tener a Edward, pero no podía tenerlo.
Una cosa era segura. Debía superar esa fantasía romántica en que los dos avanzaban de la mano hacia el crepúsculo, o debería dejar de acostarse con él. La primera opción no parecía buena. Por algún motivo retorcido, su cerebro se negaba a descartar esa imagen. A pesar de sus mejores intenciones, no daba la impresión de ser capaz de olvidarse del matrimonio. La semana anterior se había encontrado escribiendo: Señora de Edward Cullen. Señora Isabella Cullen. Bella Cullen. Bella Swan Cullen.
Era algo demencial. Entendía que la biología jugaba una parte en su locura. Sabía que hacer el amor, para una mujer era algo más emocional que físico, que sus sentimientos por Edward reflejaban alguna profunda y primitiva reacción que tenía más que ver con la procreación que con la recreación. Pero saber todo eso no significaba solucionarlo. La lógica no intervenía en el asunto. Lo necesitaba en el plano celular, era una necesidad que superaba toda función cognoscitiva.
Para él solo era un magnífico revolcón en el heno.
Ella buscaba una felicidad eterna que sabía que no podría conseguir. Sin embargo, allí estaba, en su propio cuarto de baño, con el cepillo de dientes en la mano, a solo unos minutos de meterse en la cama con él mientras su cuerpo se preparaba, con los pezones duros, las pupilas dilatadas y un anhelo que no se mitigaba.
Debería dejar el cepillo de dientes, entrar en el dormitorio y decirle a la cara que no funcionaba. Que era maravilloso, que la cuestión no tenía nada que ver con él, sino con ella, pero que no podían repetirlo. Ni siquiera una vez más.
Lo más probable era que él se sintiera desconcertado, incluso dolido, pero a la larga sería lo más inteligente. En unas semanas, tal vez uno o dos meses, le explicaría el porqué. En cuanto lo hubiera olvidado, no resultaría tan bochornoso revelarle que se había vuelto loca por él. Edward lo entendería.
Dejó el cepillo de dientes, pero al instante volvió a recogerlo. No había motivo para tener mal aliento mientras le daba la mala noticia, ¿no? Mientras se limpiaba los dientes, repasó el discurso: "Edward, ésta ha sido la semana más maravillosa de mi vida, y todo te lo debo a ti. Pero no creo que sea una buena idea continuar. No es por ti. Es por mí."
Bueno. Breve. Directo. Nada de exabruptos emocionales ni lágrimas.
Se enjuagó y luego se cepilló el pelo. Había llegado el momento. Era fuerte. Abrió la puerta y salió con los hombros erguidos, la cabeza alta y llena de determinación y coraje.
Él ya se había metido en la cama. Desnudo. Tenía el torso perfecto, descubierto hasta la cintura. Apartó las sábanas para hacerle espacio a su lado al tiempo que esbozaba una sonrisa sensual.
Podía hacerlo.
Edward palmeó el colchón y Bella se sentó, mirándolo. Abrió la boca y olvidó lo que había pensado decir. Aunque no experimentó pánico.
Edward comenzó, buscando cómo continuar.
Él se sentó y se deslizó hasta ella. La besó. justo debajo de la oreja. Bella sintió la piel de gallina por todo el cuerpo, y cuando le mordisqueó el lóbulo, no pudo evitar soltar un gemido.
¿De qué se trata? susurró antes de proseguir el juego con los dientes.
Edward repitió, solo que en esa ocasión le salió con voz sensual y ronca, como Marilyn Monroe con Prozac.
¿Sí? preguntó con los labios sobre su garganta. Nada –Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó con tanta fuerza que ambos cayeron hacia atrás.
Él le levantó el camisón y subió la mano por su muslo. Toda coherencia terminó en cuanto dio en el blanco. Desde lejos, como si se hallara en otro planeta, Bella recordó que se suponía que debía decirle algo. Pero eso podía esperar. En especial cuando sus dedos se movieron dentro de ella.
Gimió cuando ahondó con dos dedos, para retirarlos y volver a introducirlos, con más fuerza en esa ocasión. Más profundo.
No dejó de besarla ni de aumentar la presión, dentro fuera, más fuerte y profundo, hasta que Bella tuvo que pasar la pierna por encima de su cadera para que pudiera llevarla hasta el precipicio.
Justo cuando iniciaba la escarpada ascensión hacia el clímax, Edward frenó. Se puso de rodillas y la alzó de la cama. La besó una vez más y le regaló una sonrisa perversa.
Lo siguiente que supo ella era que volvía a estar en la cama, pero tumbada boca abajo. Edward la levantó hasta dejarla de rodillas.
Le cubrió el cuerpo, acariciándole los pechos y el estómago, para regresar a los pechos y centrarse en los pezones, que apretó con suavidad con los pulgares. Ella enterró la cara en la almohada y siguió moviéndose. Sintió esos perversos dedos en sus labios, abriéndola ante sus ojos. El gemido que lanzó Edward al embestir le hizo olvidar los pulgares... todo. Entró deprisa y con pasión, totalmente, mientras sus cuerpos chocaban entre sí.
Jadeó cuando él se retiró casi por completo, titubeó un segundo y volvió a penetrarla.
Una y otra vez la embistió. Justo cuando Bella pensaba que ya no podía ser mejor, él se inclinó y, sosteniéndola con la mano izquierda, deslizó la derecha por debajo de su estómago para tirar con suavidad del vello pubiano hasta encontrar el capullo inflamado. Como un mago, lo frotó hasta que todo su cuerpo se tensó al borde de la locura.
Entonces penetró una vez más, gritando mientras alcanzaba el orgasmo y le provocaba el clímax con la misma oleada. El tiempo se detuvo mientras Bella temblaba y ambos experimentaban el orgasmo.
Mucho después, Edward se quedó dormido con la cabeza en la almohada de ella. Bella permaneció despierta largo rato, mirándolo. Ni siquiera se dio cuenta de que lloraba hasta que sintió la humedad sobre la funda.
Edward leyó el menú, lo cual era ridículo, ya que había ido al Broadway Diner tantas veces que ya se lo sabía de memoria. Pero ese día le era imposible decidirse. Los otros ya habían pedido y la camarera movía el bolígrafo con gesto nervioso.
Huevos revueltos, beicon y tostadas dijo, cerrándolo unos segundos antes de que la camarera se lo arrebatara de las manos.
¿Así que quedáis aquí todas las semanas?
La que habló fue Jane, la amiga de Mike del día de la boda. En las tres semanas desde que habían recuperado su trato desde los tiempos de la universidad, habían dado la impresión de encajar, algo que, a Edward le parecía interesante. Jane no exhibía el tipo habitual que prefería Mike, ya que no era ni actriz ni modelo. Trabajaba como programadora informática. Edward ni siquiera creía que Mike tuviera un ordenador: Las facciones de Jane tampoco estaban modeladas. Era alta y desgarbada, con el pelo tirando a largo y la nariz a respigada. Pero parecía agradable, y Mike estaba embelesado.
Todos los domingos respondió Alice . Llevamos años haciéndolo.
Es estupendo convino Jane . Mantiene unidas las amistades.
Así es, -Jessica le indicó a la camarera que le sirviera otro café. -¿Alguien tiene una aspirina? ¿0 morfina?
Trevor meneó la cabeza. Pobre Jessica. Había vuelto a beber. Desde que se enteró de que Alice iba a tener un bebé, se emborrachó unas cuantas veces. Cuatro en las últimas semanas, que él supiera. No parecía la mujer ecuánime de siempre. Tenía los ojos hinchados y el pelo por lo general perfecto iba metido bajo una gorra de béisbol.
Pero quizá no fueran los efectos del alcohol los que le daban ese efecto mortecino. Quizá padeciera el mismo virus que había atacado a Bella. Se había saltado la carrera de la mañana aduciendo dolor de estómago. La miró, sentada a su lado, en ese momento enfrascada en una conversación con Alice. El tema era el bebé, desde luego.
Bella tampoco parecía la de costumbre. Su piel se veía pálida y las manos un poco temblorosas. Esa tarde habían planeado ir al rastro, pero dudó que pudieran ir. Después del desayuno la obligaría a meterse en la cama. Pero en esa ocasión no iba a unirse a ella. Lo cual era el acto más sincero de amistad que se le ocurría.
La deseaba en todo momento. En los restaurantes, en las librerías. Hablando por teléfono. Incluso mientras escribía. Siempre recordaba la sensación de su piel.
Alargó la mano por debajo de la mesa y encontró su mano. Ella se la apretó y Edward sintió que relajaba los hombros.
Se inclinó lo suficiente para susurrarle al oído:
¿Estás bien?
Bien como la lluvia asintió Bella.
No obstante, creo que no deberíamos ir al rastro.
Esperemos para ver cómo nos encontramos después de desayunar.
Como si esas palabras la hubieran invocado, la camarera eligió ese momento para acercarse a la mesa con una bandeja grande. Sirvió la comida y rellenó las tazas con café. La conversación transcurrió de forma plácida. Solo Jessica estaba más callada que de costumbre, pero incluso ella se animó después de comer un poco.
Sin embargo, Bella no comió ni la mitad de los huevos y tostada. Nada de rastro. Lo único que deseaba Edward era llevarla a casa y meterla en la cama. Darle zumo y apoyar la mano en su frente para tomarle la temperatura. Con extraña expectación, terminó la comida sintiéndose tonto por anhelar jugar a ser enfermero.
Edward, vete a casa Bella se cercioró de sonar firme e insistente. De no transmitir su preocupación. Llevaba cuidándola tres horas, sin creerla cuando le dijo que no tenía fiebre. Pero ni siquiera él pudo negar la prueba del termómetro.
No sé manifestó . Sigues pálida.
Es porque no llevo maquillaje. Si me pongo algo, te irás.
Si no te conociera sonrió , juraría que estabas tratando de deshacerte de mí.
¡Y es verdad! ¡Vete a casa! Vamos. Lo empujó con suavidad, pero él no se movió de donde estaba sentado en la cama. No dejaba de mirarla como si guardará un secreto especial.
Me has herido hasta lo más hondo exageró el tono dolido.
No es verdad. Debes entregar un artículo. No quiero que me consideres responsable cuando tu editor te haga la vida difícil.
Puedo trabajar aquí.
No, no puedes. Además, tengo cosas que hacer.
¿Oh, sí? ¿Cómo qué?
Como prepararme para la semana. Como planchar y cocinar las pechugas y el brécol.
Podría hacerlo yo ofreció, aunque sin mucha convicción.
Sí, claro –rió . ¿Cuándo fue la última vez que planchaste, chico grande?
He planchado mucho cruzó los brazos.
¿De verdad?
No volvió a bajar los brazos . No he planchado jamás. Ni siquiera tengo una plancha.
Así que vete a casa. Me has cuidado muy bien, pero sea lo que fuere lo que tenía esta mañana, ya ha desaparecido. Ahora sólo me estás molestando,
¿Sí? enarcó las cejas y ladeó la cabeza.
No dijo, incapaz incluso de bromear de esa manera. -Pero me sentiré mejor sabiendo que realizas tu trabajo. En serio.
Edward se inclinó y la besó, primero en la mejilla, luego en la nariz y al final en los labios. El último beso se demoró, recordándole que mentía. Que quería que se quedara, no sólo esa tarde, sino para siempre.
Fue ella quien tuvo que cortar el beso. Y con él un poco de su corazón. No era un sentimiento ni un argumento nuevos. Se había acostumbrado a ello en las últimas tres semanas. Cada vez que él salía por la puerta, sentía que otra pieza de su ser se desmoronaba. Supuso que al cabo ya no quedaría nada. Al menos eso solucionaría su problema. Sin corazón, no habría dolor.
Edward se levantó y se llevó la jarra del zumo. Durante su ausencia, ella maldijo la injusticia de todo.
Para ser un hombre alérgico a una relación seria, que juraba ser alérgico al matrimonio y a lo que representaba, actuaba como un marido muy convincente. De no conocerlo, Bella habría jurado que había conquistado su miedo al compromiso.
Debía hacer que se largara. Ya. Antes de que las cosas se descontrolaran más o volviera a besarla. Se hallaba a punto de confesarlo todo, de compartir sus sospechas con él, y eso sería un desastre.
Edward se sentiría indignado, puede que incluso traicionado. Bella no tenía defensa alguna... era ella quien había establecido las reglas básicas. Sin importar cuál fuera su reacción, se distanciaría a toda velocidad. Y no podría culparlo. En particular si lo que sospechaba era cierto. Regresó con la jara llena de zumo de naranja recién exprimido La sonrisa que exhibía le dio más calor que la manta que le había puesto hasta debajo de la barbilla. Dejó el zumo en la mesita, titubeó, como si quisiera decirle algo, pero simplemente asintió.
Me voy, Aunque en contra de mi voluntad ella sonrió, temerosa de que si hablaba la voz le temblara . ¿Me llamarás sí empeoras? asintió . ¿Lo juras? Bella hizo una cruz sobre su corazón con el dedo índice .
De acuerdo. Te llamaré luego- se inclinó y volvió a besarla. Dos veces.
En cuanto se volvió para salir, ella se secó los ojos, maldiciendo las traidoras lágrimas. Cuando Edward se volvió para echar un último vistazo, no quedaba rastro alguno de que sintiera algo más que satisfacción. Pero al oírlo marchar por el salón, abrir la puerta y luego cerrarla, ya no pudo fingir más.
No lo había comprendido hasta hablar con Alice. Hasta que su amiga le dio los detalles.
Bella no podía estar absolutamente segura, no sin una prueba, pero algo le indicaba que tenía razón. A pesar de que nunca antes le había pasado, y de que carecía de pruebas empíricas, lo sabía.
No padecía ningún virus ni había comido nada en mal estado. De algún modo, a pesar del cuidado que habían mostrado, había quedado embarazada. El acontecimiento menos maravilloso de su vida. Aunque había anhelado un compromiso de Edward, todavía quería más a su bebé. Era un hombre honorable. Podría tener ambas cosas.
Pero, por el amor de Dios, ¿a qué precio para su amistad?
Diossss y ahora que ira a pasar será que si esta embarazada, y se lo dirá a Edward, nos vemos en el próximo capitulo besosssss y no se olviden de sus Reviews
