CAPÍTULO 12
La madre de Edward sonrió distraída cuando su hijo se reunió con ella en su mesa de síempre en Jean George, el restaurante de la Torre Trump, donde los platos eran más pequeños pero los precios no. Esme había llevado la bolsa grande, a su lado en una silla. En su interior había un perro, siempre que se pudiera llamar perro a algo tan diminuto. No iba a ninguna parte sin Cayo, y los restaurantes no eran una excepción. En todos los años que Edward había cenado con ella, jamás había oído que el animal emitiera un sonido.
¿Cómo estás, cariño? saludó Esme, besando el aire cerca de su mejilla.
Bien, mamá. ¿Y tú? se sentó y buscó con la vista al camarero, ansioso por pedir su primera copa. Por lo general, en los almuerzos con su madre tomaba dos copas, aunque cuando la situación se complicaba, llegaba a tres. Esperaba que no se complicara.
Estoy un poco enfadada contigo frunció el ceño e hizo un mohín con los labios pintados de rosa.
Esme se mostraba tan meticulosa como siempre, con su maquillaje perfecto, el traje rosa de Chanel y los diamantes sin los que nunca salía. Uno en cada oreja y otro en una cade na de oro alrededor del cuello. Edward estaba convencido de que dormía con ellos.
¿Por qué? Soy un hijo perfecto.
No lo eres. Eres muy malo, y lo sabes.
Suspiró, deseando que el camarero saliera de su escondite.
El hecho de que no me muestre entusiasmado con tu último novio no significa que sea malo. Solo prudente. Vienen y van a tanta velocidad que si no tengo cuidado puedo recibir un latigazo.
¿Lo ves? De eso hablo. Ni siquiera conoces a Carlisle, y lo menosprecias delante de mí.
¿Carlisle?
Es francés.
Dios, eso espero.
También me ha pedido que me case con él comentó ella con los labios fruncidos.
No. Por favor, no. Madre, vive con él si es necesario, pero no te cases.
¿Cómo puedes decir eso?
Porque te he visto hacerlo cinco veces. ¿0 son seis?
Carlisle será el último.
Dijiste eso con Eleazar meneó la cabeza con pesar . Y con Garrett. Y con todos los demás.
En esta ocasión es verdad.
Llegó el camarero y Edward escuchó cómo su madre pedía los escalopines, una ración de foie gras y un martini con dos aceitunas. Cuando el joven se volvió hacia él, Edward decidió que ese viernes se lo veía demasiado ocupado como para arriesgarse a perderlo otra vez, de modo que pidió tres Manhattans. Y también un sándwich club. Pasó por alto el gesto altivo del joven y la mirada de desaprobación de Esme. Un anuncio de boda era motivo más que justificado para un almuerzo con tres copas. Por desgracia, al ritmo que se casaba su madre, sería un alcohólico antes de cumplir los cuarenta.
Y bien, ¿cuándo vas a hacerlo? inquirió.
El mes próximo. Vamos a celebrar una ceremonia pequeña en mi piso, luego, nos iremos a Francia. Tiene una casa allí y desea que la vea.
Suena maravilloso. Nunca antes habías tenido una casa en Europa.
Ella sonrió y Edward vió realmente su edad. Lo había concebido siendo joven, pero el kilometraje comenzaba a notarse. Con cuarenta y ocho años, aún se la veía bien, pero las arrugas en los ojos y en las comisuras de los labios eran prueba concluyente de que ser una novia eterna no detenía el reloj.
Veamos comentó . Había un apartamento en Los Ángeles. Una casa en Las Vegas. ¿Y alguien no tenía una casa de playa en Maui?
Para, por favor.
Eh, son tus trofeos, no los míos.
Yo no las considero trofeos. Las veo como pasos mal dados en mi camino hacia la felicidad. La cual, gracias al cielo, he encontrado.
Asintió. No valía la pena discutir con ella. Nunca había comprendido su forma de pensar. 0 quizás sí, y no le importaba. Todo el mundo necesitaba un pasatiempo. Algunas personas coleccionaban sellos... Esme coleccionaba maridos.
¿Qué sabes de tu padre? preguntó ella con una sonrisa cautivadora cuando el camarero les llevó las copas. Colocó los Manhattans de Edward en una hilera precisa.
Llevo sin hablar con él algunos meses repuso. Tomó la copa número uno y la probó. Perfecta. Sabiendo que estaba armado, se relajó un poco más y estiró las piernas.
No me sorprende manifestó Esme sin ocultar su amargura.
Creo que aún sigue con Chelsea.
Chelsea. ¿Te parece que es un nombre adecuado para una mujer adulta?
Edward estuvo a punto de mencionar a Carlisle, pero prefirió beber otro sorbo.
Estuvieron sin hablar unos minutos, durante los cuales pensó que Esme realizaba un breve viaje al pasado, al momento en que comenzaron todos sus problemas. Cuando su padre la dejó. Según la leyenda, había quedado tan dolida que apenas logró sobrevivir.
El camarero regresó con la comida, y antes de que hubiera dado dos pasos para marcharse, Edward cortó un fragmento diminuto del foie para introducirlo en el bolso.
¿Vas a venir?
¿Perdón?
A la boda.
No lo sé, madre. Depende.
¿De qué?
De la fecha. De si podré soportar escuchar otra vez esas palabras. Simplemente no lo sé.
Ella respiró hondo y contuvo el aire largo rato, luego exhaló despacio.
Te ahorraré el dilema comentó con voz tan frágil como las galletitas que había en el plato de su ensalada . No tienes que venir. No tienes que hacer nada. Te llamaré cuando vuelva de Francia.
Madre...
Todos tus hermanos asistirán, pero te justificaré diciendo que estabas fuera de la ciudad. Me creerán.
Sería un grupo considerable si aparecían todos. Esme jamás elegía a un hombre que no tuviera varios hijos propios, y luego no se contentaban hasta haber producido algunos juntos. Ni siquiera conocía a la mitad de sus hermanastros.
Lo siento se disculpó . Intentaré ir. Lo prometo.
Gracias mordisqueó un trozo de escalopín . Supongo que no habrás conocido a nadie, ¿verdad?
Estuvo a punto de contárselo, pero se contuvo a tiempo. Ella no comprendería su relación con Bella. Se preguntaría por qué no se casaba, si la quería. Lo que su madre jamás entendería era que lo que tenía con Bella era demasiado importante para someterlo a un matrimonio.
No, madre. No he conocido a nadie.
Es una pena. No puedes ser verdaderamente feliz hasta haberte casado. Hasta entregarte por completo a tu otra mitad.
Terminó el Manhattan número uno y se dedicó al número dos.
Bella dejó el bolso sobre la mesa de la cocina y corrió al baño con una bolsa de papel en la mano. Tenía que saberlo con seguridad. Esa mañana, mientras se hallaba sentada en el borde de la bañera esperando que su estómago se calmara, pensó en cien motivos diferentes por los que no podía estar embarazada. Sacó el equipo de la bolsa y leyó las instrucciones tres veces. Parecía bastante sencillo. Había que hacer pis en el palito. No le hacía falta un máster para realizarlo.
Temblando como una condenada, al final logró dar en el blanco, luego dejó el palito en el lavabo mientras se limpiaba las manos. Esperó que se pusiera azul. El azul era bueno. El rosa era malo. «Vamos, azul».
¿Qué demonios iba a hacer si se ponía rosa? No había duda alguna acerca de tener al bebé. Pero había muchas preguntas. Por ejemplo, qué contarle a Edward. Y cuándo. ¿Después de ver al ginecólogo? ¿Cuando empezara a notársele? Y si se lo contaba, qué iba a decirle? ¿Acabaría con su relación? ¿Le pedirá que se casara con él, por el bien del bebé, para luego arrepentirse el resto de su vida?
Se secó las manos sin apartar los ojos del pa lito. ¿Quién podía imaginar que cinco minutos fueran tan largos? Se obligó a desviar la vista. Pero no por mucho tiempo. Tenía que saberlo.
Mientras transcurrían los segundos, se quedó por allí con los dedos cruzados. Pensó en la ironía de todo. Cómo Alice y Jasper llevaban meses intentándolo sin resultado, para que entonces Edward y ella dieran el salto horizontal unas pocas veces y, bang. Cerró los ojos, con miedo a mirar. Contó los segundos.
Acabada la espera, abrió los ojos.
El palito se veía rosa.
Estaba embarazada del bebé de Edward,
Ya había empezado a crecer en su interior.
Un bebé. Un bebé de carne y hueso.
Se agachó junto al borde de la bañera y cruzó las manos sobre el regazo mientras intentaba recordar cómo respirar.
Eso lo cambiaba todo. No solo la relación con Edward, sino todo. Su trabajo, su apartamento, su futuro. No tenía espacio para una habitación para el bebé. ¿Y cómo podía permitirse un apartamento de dos dormitorios en Manhattan?
Gimió y apoyó la cabeza en las manos. iba a ser madre. Edward iba a ser padre.
De pronto el pavor en su estómago se convirtió en otra cosa. Entusiasmo. No puro, no sin miedo, pero entusiasmo al fin y al cabo. Un bebé. Quizá una niña. 0 un niño. Un pequeño Edward que mamaría de sus pechos, cálido, rosadito y hermoso. Lleno de energía y travieso, aprendiendo a la velocidad del sonido. Un adolescente... Bueno, eso era demasiado para contemplar en ese momento.
Se levantó, asombrada de que las piernas la sostuvieran y recogió el palito. Seguía rosa. Pero, para estar segura, iría al ginecólogo. Las pruebas de embarazo a veces fallaban, del mismo modo que los preservativos a veces fallaban también.
Cielos.
Edward esperaba impaciente que Bella contestara al teléfono. No estaba exactamente borracho, pero tampoco sobrio. Comer con Esme siempre surtía ese efecto en él. Ella parecía contrarrestar cualquier reacción al alcohol. Era toda una hazaña, pero su madre siempre guardaba muchas sorpresas.
El padrastro número seis. En cuanto su verdadero padre se enterara de la inminente boda, le pediría a Chelsea que se casara con él. Así era como funcionaba entre sus padres. En su familia, ningún matrimonio se libraba del castigo. Ninguna pensión era demasiado elevada para no correr ese riesgo. La persona que dejara más vidas arruinadas a su espalda ganaba.
Volvió a apretar el botón del ascensor, a punto de dejar caer el teléfono móvil, y deseó que Bella respondiera. La plegaria funcionó.
¿Hola?
Soy yo.
Hola.
¿Estás bien?
Sí, estoy bien.
No sonaba bien.
Je… importa si voy a verte?
No sé, Edward. Me encuentro algo ocupada.
Necesito verte. No te lo pediría si no fuera importante.
Ella tardó un rato en contestar. El suficiente para que el ascensor llegara a la planta baja.
dijo al fin . Ven.
Gracias. Llegaré en seguida cortó, luego entró en el ascensor. Treinta segundos más tarde, llegó a su piso y tras avanzar unos pasos se plantó ante su puerta. Llamó, y el alivio de ver la, de estar con ella, fue una sensación física. El corazón se tranquilizó, la ansiedad se mitigó. Iba a entrar en su espacio seguro, el único en la tierra donde nada podía herirlo: los brazos de Bella.
Ella abrió y Edward la besó antes de que pudiera mostrarse sorprendida por lo poco que había tardado en presentarse. La besó adecuadamente. Le acarició la espalda hasta el increíble trasero y la alzó en el aire, dándole la vuelta para poder cerrar la puerta con el pie. En ningún momento dejó de besarla. Sus preocupaciones se desvanecieron y su ánimo se elevó. Era magia.
Al final la soltó. Era tan hermosa cuando lo miraba y parpadeaba de esa manera.
¿Desde dónde has llamado?
Desde el vestíbulo.
¿Por qué no me lo has dicho?
No lo sé.
¿Has estado bebiendo?
Sí asintió.
Oh Bella enarcó las cejas . ¿Un vino especialmente bueno?
Nada de vino, cariño. Alcohol fuerte.
Ahhh.
Comí con Esme.
Ahhh repitió ella, pero en esa ocasión con tono de comprensión.
¿Entiendes por qué tenía que venir?
Sí se apartó de sus brazos . ¿Te preparo un poco de café?
No. Sí. Descafeinado.
¿Por qué no me lo cuentas? sugirió, dirigiéndose hacia la cocina.
Edward se detuvo para acariciar un momento a los gatos, luego la siguió. Le alegraba haberla sorprendido. De ese modo no había dispuesto de tiempo para arreglarse. Lo que Bella no comprendía era que no había necesidad de que se arreglara para él. Le gustaba sin maquillaje, con su bata vieja y cómoda y con el pelo recogido. Incluso le gustaban sus zapatillas gastadas.
¿Y bien? preguntó mientras sacaba el café . Dispara.
Vuelve a las andadas se apoyó en la nevera. En el mundo real, la cocina de Bella era pequeña, pero para Manhattan resultaba bastante grande. Podía contener a dos personas al mismo tiempo . En esta ocasión se trata de un tipo francés llamado Carlisle.
¿Carlisle?
Hmm.
¿Cuántos son ya, seis?
A menos que yo me haya equivocado en la cuenta. Se casan el mes próximo, en la casa que tiene mi madre aquí, luego se van a la de él en Francia.
Debes reconocerle su mérito indicó ella mientras vertía el agua en la cafetera . Al menos escoge a hombres ricos.
Podría dar lecciones rió él.
Lo cual no es una mala idea. Sé que en la Universidad de Nueva York enseñan coqueteo, ¿por qué no cómo cazar a un marido rico?
Se lo mencionaré. Sin embargo, cómo casarse parece un trabajo a tiempo completo. No creo que mi madre lo tenga Bella sonrió, pero había algo que no encajaba. La sonrisa no llegó a sus ojos. Al observarla supo que le había mentido cuando le dijo que estaba bien . Sigues enferma, ¿verdad?
¿Yo? No, en absoluto.
Pero no era la verdad, porque no lo miró.
Bella, ¿te has quedado en casa hoy?
Ella meneó la cabeza, ocupándose con las tazas, las cucharas y la sacarina.
Edward alargó la mano y la apoyó en su frente. No había rastro de fiebre. Pero se apartó ante su contacto, como si no quisiera que la...
Oh, maldición.
Sintió un nudo en el estómago y la ansiedad que había dejado antes de entrar regresó en compañía de unos cuantos amigos. De repente lo entendió. No quería que estuviera en su casa. Solo había aceptado verlo porque no le había dejado más alternativa.
Salió de la cocina y se acercó a inspeccionar la biblioteca mientras el pánico amenazaba con dominar todos sus sentidos. Ya no lo deseaba.
No, no era correcto. No quería que siguieran siendo amantes. La amistad permanecía intacta. De eso estaba seguro. Esa parte jamás terminaría.
Pero, ¿no dormir con ella? ¿No sentir su cuerpo cerca, desnudo, cálido y hermoso? ¿No mirarla mientras dormía, tan inocente y vulnerable que el corazón se le encogía hasta que no podía respirar?
Se obligó a mirarla otra vez mientras llevaba las dos tazas humeantes a la mesita. Las dejó con cuidado, luego se sentó y dobló las rodillas bajo su cuerpo en el borde del sofá.
No lo miró.
No lo hizo porque no sabía cómo decirle que el experimento había fallado, que quería que volvieran a la situación de antes.
Ven a sentarte palmeó el cojín a su lado.
Quizá se había equivocado. Los tres Manhattans. Su madre. Carlisle. Eso bastaba para confundir la percepción de cualquiera. Se acercó al sofá y Bella sonrió. Su sonrisa habitual. Hasta abarcar los ojos.
Se sentó y antes de recoger la taza se volvió hacia ella.
No te di mucha elección sobre mi visita expuso, sopesando su reacción . Me iré en un minuto.
Bella titubeó. Edward se quedó quieto. Luego ella meneó la cabeza.
Quédate pidió, y la bienvenida que captó en su voz fue lo mejor que Edward había oído jamás.
Suspiró, tomó la taza y se reclinó a su lado, desterrando sus ideas paranoicas, asombrado de lo que tres copas y una sesión con su madre podían hacer.
Se había preocupado por nada. Podía revelar los secretos de su familia disfuncional con completa seguridad. Bella escucharía, y después haría que volviera a sentirse completo.
Apoyó los pies en la mesita y se puso a hablar.
Espero les haya gustado el capitulo, gracias a todos por sus comentarios y nos leemos la próxima semana.
