EPILOGO

Edward encendió el ordenador y comprobó la agenda del día. Sí, era el cumpleaños de Bella. No era que tuviera que mirar en la agenda para recordarlo. Ella no le permitía olvidarlo.

Todas las navidades le regalaba dos calendarios, uno para, el ordenador y otro de mesa, y en su fecha siempre ponía ¡Celebración del Nacimiento de Bella!

Así era ella, sutil corno un tren de mercancías. Sonrió y pensó en el regalo que le había comprado en California. No era fácil de complacer y esperaba que le gustara.

Se levantó, se acercó a la maleta, aún sin deshacer desde que había vuelto unas horas antes, y sacó la caja pequeña. Tras una extensa conversación con una amable mujer en la joyería, al final se había decidido por un alfiler con forma de gato. Le recordaba a Aro e Irina, pero ese tenía ojos de diamante. Sabía que le encantaría y que lo usaría.

-Llevó el regalo a su mesa e introdujo el disquete en el ordenador. Había escrito su artículo y algo más. No por una gran ambición literaria, sino porque había necesitado una distracción.

Por supuesto, no había funcionado. No dejó de pensar en ella. Lo peor era por la noche, en la cama fría y estéril de la habitación del hotel.

No solo había echado de menos hacer el amor con Bella, sino charlar y saber cómo era su día.

La semana había sido difícil. Pero, tras haber tomado una decisión, se dirigió al teléfono. Bella siempre elegía el restaurante para su cumpleaños.

No era capaz de sentarse quieta. Edward iba a llegar en cualquier momento y estaba. muy nerviosa. La habría encantado tomar una copa, pero eso había quedado descartado. Esa era la noche. Iba a contarle lo del bebé. De algún modo, parecía apropiado que fuera su cumpleaños. Una atmósfera propicia para revelarle una noticia que iba a sacudir su mundo.

Fue a la cocina a darle de comer a los gatos, pero vio sus cuencos llenos.

¿Dónde estaba Edward?

Según el reloj con la figura de Félix el Gato, tenía que llegar en los próximos cinco minutos. Volvió al salón. Dios, estaba limpio. Durante la última semana le había dado un arrebato de orden, y no solo el apartamento brillaba, sino que había comprado flores, velas, cojines a juego para el sofá y había forrado los cajones. En otras palabras, había estado preparando el nido. Resultaba tan predecible que le daba náuseas.

Fue al cuarto de baño, encendió la luz y recogió el cepillo para el pelo. No necesitaba peinarse, pero al menos mantendría ocupadas sus manos. Sin embargo, se rió de su propio reflejo, del cuidado que se había tomado con el maquillaje. Del largo vestido de color borgoña que había comprado aquella tarde y de los pendientes que había encontrado en la tienda de la Séptima Avenida.

Para una mujer que estaba a punto de decirle al padre del hijo que aún no había nacido que se sentía plenamente satisfecha con criar al bebé sola, se había arreglado demasiado. Igual cuidado se había tomado con la ropa interior, lo cual carecía de sentido si no entraba en sus planes volver a dormir con él. Jamás.

Suspiró, dejó el cepillo y regresó al salón. En ese momento llamó él.

Se le desbocó el corazón, sintió la garganta seca, las manos frías y no pudo moverse.

Edward volvió a llamar. Bella se obligó, a moverse y a esbozar una sonrisa agradable y sosegada. Luego abrió la puerta.

Maldición. Edward lucía exactamente la misma sonrisa. Iba a contarle algo terrible. Lo sabía. Como que había conocido a alguien en California y que le gustaría que Bella asistiera a su boda. Tenía que ser eso. ¿No lo era siempre?

¿Puedo pasar? preguntó.

Ella se hizo a un lado y asintió . Él se detuvo un instante para darle un beso leve en la mejilla.

Bella pensó que había sido una idiota. ¿Cómo podría haber creído, incluso durante un instante, que podía dejarlo sin desmoronarse, que sería estoica, valiente y madura, cuando lo único que sentía por él era una necesidad tan fuerte que era capaz de hacer que Manhattan se deslizara al mar. Y encima él la saludaba con un beso amistoso.

¡Feliz cumpleaños!

Bella cerró la puerta con tanta fuerza que ambos se sobresaltaron.

Gracias.

Te he echado de menos comentó Edward de camino al sofá.

No pareció notar la alfombra limpia ni los nuevos cojines. 0 que ella padecía una muerte muy lenta.

¿Cómo fue tu viaje? preguntó, sin ser capaz aún de mirarlo. Mientras él se acomodaba, fue a la cocina.

Bueno. Terminé el artículo y recogí suficiente material para unos cuantos más.

Estupendo. ¿Qué te sirvo?

¿Qué? ¿No hay champán?

Bella lo había olvidado. En su cumpleaños siempre era champán.

Pensé que después del viaje estarías harto de vino. ¿Qué te parece un refresco?

Claro repuso tras una pausa confusa . Estupendo.

Mientras ella sacaba los vasos, los llenaba de hielo y servía Sprite, buscó algo a lo que aferrarse, algún modo de enfrentarse a la velada sin volverse loca por completo.

Desde luego, aún tenía que contarle la notícia, pero lo haría más tarde, después de que se hubiera calmado. ¡No se suponía que pasara de esa manera!

El otro día Mike pasó por aquí comentó, decidiendo en ese momento que necesitaban unos canapés. Terminó de servir las bebidas y regresó a la nevera con la esperanza de haber colocado una fuente de gambas junto a la mayonesa. Por desgracia, seguía siendo su frigorífico, y lo mejor que pudo encontrar fue apio y crema de queso. 'Bastaría. Al menos la mantendría ocupada.

¿Cómo está?

Tuvo que pensar un segundo para recordar que había mencionado el nombre de Mike.

Muy bien. Enamorado.

¿Bromeas?

Dice que esta vez va en serio.

Supongo que habla de Jane, ¿no?

Sí. Van a irse a vivir juntos.

Vaya comentó con tono raro.

Pero ella no tuvo tiempo de pensar en eso mientras preparaba el apio con el queso y trataba de no perder el equilibrio. Lo mejor que podía hacer era relajarse. Respirar hondo. Tener pensamientos serenos.

Espero que le funcione añadió Edward . Sin duda es complicado.

¿Qué, vivir juntos?

No, el amor.

Sí, sí se confundió y untó queso en su dedo pulgar . Muy cierto.

Puede resultar confuso.

Hmm.

Se limpió las manos con un trapo y luego depositó los refrescos en una bandeja. No temblaba tanto al regresar al salón.

Edward estaba sentado con los brazos apoyados en el respaldo y las piernas cruzadas. Pero no fue eso lo que hizo que casi tirara la bandeja, sino el estuche que había sobre su rodilla.

Tenía que ser el estuche de un anillo. Unos pendientes o un collar se guardaban en otro tipo de caja. ¿Qué otra cosa parecía un estuche de un anillo que no fuera el estuche de un anillo?

Feliz cumpleaños, Bella.

Ella volvió a sonreír y luego dejó la bandeja sobre la mesita. Costaba analizar el estado de ánimo de Edward, algo que jamás le había planteado problemas. Conocía a ese hombre mejor que a nadie en todo el mundo, pero en ese momento no tenía ni idea de qué le pasaba por la .cabeza.

Aún esbozaba esa sonrisa enigmática. No parecía nervioso, pero, no obstante, tampoco la miraba a los ojos.

¿No quieres abrirlo?

Claro manifestó con voz demasiado alta y alegre. Se sentó a su lado y en ese instante la dominaron los nervios. Él tuvo que pasarle el estuche.

Lo abrió con cuidado, sin romper el envoltorio con su habitual fervor. Le temblaban las manos y esperaba que Edward no lo notara.

Era un estuche de anillo. Un estuche negro. Con el corazón desbocado y una plegaria silenciosa, lo abrió.

En el segundo exacto en que Edward vió que la desilusión le cambiaba la expresión, comprendió lo que había hecho. Bella había pensado que se trataba de un anillo. El estuche... Desde luego. Oh, Dios.

Es precioso musitó ella.

Pero él captó la emoción ahogada, la vio parpadear varias veces antes de moverse en el sofá y recubrirse con su dignidad.

¿Qué había hecho? ¡Por qué no lo había visto? Había herido a la persona que más quería en el mundo. Se maldijo por su propia estupidez y entonces se le ocurrió otro pensamiento. ¿Y si había querido que ella pensara que se trataba de un anillo? ¿Y si había deseado esa reacción como prueba de que si le pedía que fuera su esposa aceptaría?

La idea lo cegó un instante y le dificultó pensar. Santo cielo, qué expresión había puesto Bella al abrir el estuche, temblorosa por la anticipación. Ella quería que fuera un anillo. Quería que estuvieran juntos para siempre, y como el golpe producido por una tonelada de ladrillos supo que la amaba y que deseaba, estar a su lado el resto de su vida. Bella era la llave, Había abierto la puerta de acceso a la tienda de dulces y lo invitaba a pasar. Así de sencillo.

Bella se inclinó, tratando de calmar sus pensamientos febriles, de cerciorarse de que ella lo entendía.

Ella se levantó de golpe, con el estuche aún en la mano.

Perdona dijo . Tengo que... no terminó la frase y se marchó corriendo.

Aguarda se incorporó de un salto, pero ella fue demasiado veloz. Al llegar al cuarto de baño le cerró la puerta en la cara.

Bella, sal.

En un minuto.

No, no lo comprendes.

Sí que lo comprendo. Lo comprendo muy bien.

Edward abrió la puerta. Ella se hallaba junto al lavabo con un trozo de papel higiénico ante los ojos. Al retroceder estuvo a punto de tropezar.

No, no lo entiendes repitió él . Te di el estuche equivocado.

¿Qué?

El alfiler. Me equivoqué. Tengo que devolverlo.

¿De qué hablas?

Avanzó, la aferró por los hombros y la sentó en el borde de la bañera. Entonces él bajó la tapa del inodoro y también se sentó. Ella retorcía el papel entre los dedos.

No lo he comprendido hasta ahora comenzó . Pensé que manejaba la situación, pero estaba equivocado ella se limpió la nariz pero no lo detuvo . Este... este experimento no salió como yo pensaba. No tenía ni idea... no sabía que alguna vez sentiría esto.

¿Qué es esto? susurró ella.

Que... que quiero más.

¿Más?

Asintió, deseando saber cómo decírselo.

Te quiero soltó.

Y yo te quiero a ti.

No, no lo entiendes. Te amo.

¿Me amas?

Como se aman Jasper y Alice asintió. Los ojos de ella. se volvieron enormes y oscuros. ¿Dónde estaba su felicidad? ¿Su sonrisa cegadora? Es realmente un riesgo inmenso prosiguió . Sé que las probabilidades no están a nuestro favor. Es que... le tomó la mano ... por primera vez en mi vida me siento con suerte, no predestinado. Otras personas no son nosotros. Otras mujeres no son tú. Dios mío, he estado tan ciego, centrándome en lo que podía pasarnos y no en lo que nos había pasado. Bella, añadir sexo a nuestra relación hizo que la tierra se sacudiera, pero aguantamos con' fuerza, ¿no? No nos separamos. En todos los años en los que juré que jamás me casaría, que jamás tendría hijos, dejé fuera una gran parte de la ecuación...

¿Oh?

La confianza dijo él . Dejé fuera la confianza. Esa que comparten los mejores amigos. La que tú y yo tenemos desde que nos conocimos. Y cuando seamos viejos y estemos cansados, observando a nuestros nietos en el porche, nuestra confianza aún será fuerte. Casi tanto como nuestro amor.

Las lágrimas comenzaron a caer por la cara perfecta de ella. Él la consoló y se las secó con el dedo. En cuanto la tocó, ya no pudo parar. Le alisó el pelo, le masajeó la nuca, le acarició la mejilla.

Quiero que nos casemos indicó Edward . Y, no te desmayes, pero también quiero que tengamos hijos.

Ella se enderezó de golpe. Al fin la felicidad apareció en sus ojos. Y la sonrisa cegadora que calentaba su corazón como no lo conseguía nada en el mundo.

¿Estás seguro? preguntó, como si temiera que pudiera contestar que no.

En respuesta él se inclinó y la besó. Al prin cipio con suavidad, pero el sabor de las lágrimas saladas lo impulsó a levantarse, arrastrándola consigo. La abrazó y la besó como si ello le pudiera salvar la vida.

Bella le acarició la espalda, cerciorándose de que era real y de que no se había vuelto loca.

Pasado largo rato, se apartó y lo miró con ojos despejados y el pulso firme. Aún quedaba una cosa de que hablar.

¿Qué? inquirió él.

No me malinterpretes. Esto es lo más romántico del mundo, pero pensaba que quizá podíamos continuar en la otra habitación,

Edward rió, la besó otra vez y, de la mano, la condujo fuera del baño hacia el dormitorio. Se sentaron en el borde de la cama, con las rodillas pegadas y los dedos entrelazados.

Hay otra cosa indicó Bella.

¿Debo preocuparme?

Dios, espero que no meneó la cabeza.

¿Por qué eso no me tranquiliza?

Ella respiró hondo y se lanzó.

¿Recuerdas que hace una semana tenía el estómago revuelto?

Claro asintió y frunció el ceño confundi do.

Bueno, no era por el estómago.

¿Has ido a ver a un médico? mostró preocupación.

Edward, estoy embarazada.

La noticia le llegó despacio, en fases. Primero enarcó las cejas. Luego se puso pálido. Se quedó boquiabierto. Le recorrió el cuerpo con la mirada, deteniéndose en el vientre, para subir otra vez a sus ojos.

¿Te encuentras bien? preguntó Bella con el ánimo hundido.

Entonces Edward sonrió. Una sonrisa amplia y arrebatadora que le reveló todo lo que necesitaba saber.

¿Vamos a tener un bebé?

Dentro de unos ocho meses corroboró ella.

Pero, ¿no usábamos ... ?

Sí. Imagínatelo.'

Santo cielo.

Sí.

Él parpadeó algunas veces, luego se encogió de hombros.

Bueno, creo que deberíamos casarnos pronto.

Creo que sí convino Bella, sintiendo que se evaporaba la última tensión.

¿Un bebé? repitió Edward con sonrisa bobalicona.

Nuestro bebé.

Vaya experimento que hemos llevado a cabo Bella asintió . Solo me preguntaba una cosa.

¿Qué?

¿Por qué no tenemos sexo?

Las palabras que lo habían iniciado todo.

Ella sonrió y se adelantó.

Porque vamos a estar demasiado ocupados haciendo el amor.

Justo cuando sus labios se encontraban, sonó el teléfono. Bella no le prestó atención, ya que sabía que sería Alice, o Jasper, o Jessica o Mike. Pensaba contárselo, pero no esa noche. En ese momento comenzó a sonar el teléfono móvil de Edward.

No pienses en otra cosa ordenó él, llevándose los dos teléfonos fuera de la habitación. Un momento más tarde cerraba la puerta . ¿Por dónde íbamos?

Ella sonrió con toda la felicidad del mundo, con toda la fe y el amor que existían.

Creo que íbamos por el principio.

FIN…..

Hola disculpen la tardanza, espero les haya gustado el final de esta novela, el nombre de la Autora es Leigh Jo y el nombré del libro es Los Mejores Amigos.

Saludos y besos nos leemos pronto.

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