NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, YO SOLAMNETE ESCRIBO ESTAS HISTORIAS PARA ENTRETENERME.

¡Hola! Ya al fin volví con un nuevo capítulo de esta alocada historia. No me canso ni me cansaré de agradecer todos esos comentarios que me han dejado y animado para continuarla.

Y por petición de ustedes, mía y de Aang, el Avatar finalmente aparecerá en este capítulo. Me pareció que tardé algo de tiempo en devolverle un lugar a Aang en esta historia, lo que pasa es que quería acomodar bien los elementos para que su aparición fuera notoria y no se perdiera entre tanto viaje el tiempo.

¡Opinen!


Capitulo 7

A la mañana siguiente, Katara despertó menos cansada, pero pensando profundamente en la situación en la que estaba. Aún le costaba y mucho el creer que estaba en el pasado. Pero más allá de eso, estaba otro factor ¿Cómo volver al futuro? ¡Ni siquiera estaba completamente segura de cómo llegó al pasado! ¿Y cómo se sentirían Aang y los demás? ¿O ni siquiera habían notado su ausencia? Llevaba en el pasado ya tres días.

Se asomó a la ventana, apenas y se podían ver los rayos dorados del sol iluminar al mundo, trayendo consigo el día. Debía de ser como las cinco y media de la mañana, poco más tarde. Era muy temprano.

Salió de la alcoba procurando hacer silencio, pues suponía que todos estaban dormidos. Ella misma estaría ya dormida, pero extraña con horrores los brazos de Aang abrazándola mientras ambos permanecían recostados en la cama, y Usagui deslizándose sigilosa hacia la recámara para despertarlos brincando en el colchón… ¡Cómo extrañaba a su familia!

La congoja encogió su corazón por un momento, e hizo que llevara la mano a su pecho, donde sintió el frío de un metal. Eran dos dijes, uno, el que le dieron los espíritus; el otro era el colgante en forma de corazón. Se lo sacó con cuidado del cuello y lo abrió, revelando una imagen de Aang y otra se Usagui. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las derramó.

En ese momento, escuchó una risa. Primero la ignoró, se creyó loca, pues la risa era idéntica a la de su hija, aunque un poco menos aguda. Enloquecí, eso es todo. Usagui no puede estar aquí en el pasado ¡Eso es imposible! Pero la risa se escuchó ahora más fuerte.

Katara se sometió a un regaño mental en el que se argumentó a sí misma todas las improbabilidades de que su hija estuviera en el mismo tiempo que ella. Tras eso, no escuchó nada más, llegando a la conclusión de que todo fue producto de su imaginación.

Se sintió orgullosa de poder ser más fuerte que sus deseos e ilusiones; caminó otra vez por el pasillo cuando la misma risa de su hija, mucho más fuerte, resonó nuevamente en sus oídos.

Ésta vez ya no pudo pensar que estaba siendo eso una mala jugada de su mente. Simplemente corrió a la ventana más cercana—a dos metros de distancia—y se asomó por ella. Vio entonces a miles de chicos en sus planeadores, jugando entre ellos con el aire y burlando a la gravedad con las impresionantes alturas que estaban alcanzando.

Su corazón casi se detuvo y el aliento escapó de sus pulmones cuando reconoció con suma facilidad, a aquel niño de tatuajes celestes que volaba entre el grupo. Reía de esa misma forma en lo hacía hacia años…

-Aang…-susurró tan quedamente, que apenas y pudo escuchar el sonido de su voz.

El corazón y el pecho le empezaron a doler porque, tanta fue su sorpresa, se olvidó de respirar. Jadeó sonoramente para recuperar el aliento y se llevó instintivamente una mano al pecho, donde su órgano vital palpitaba furiosamente.

Miró de nueva cuenta a ese niño que en el futuro era su marido. Estaba igual a como lo conoció, cuando él tenía doce y ella catorce. Pero ese Aang que tenía enfrente se veía tan relajado, feliz y despreocupado. Sin responsabilidades enormes que cargar sobre sus hombros; sin esas culpas que lo atormentaba en vida y sueños; sin esa impetuosa angustia de saber que eres responsable de la entera humanidad.

Ese Aang era un niño, en toda la extensión de la palabra.

-¡Buenos días!

Katara se sobresaltó al escuchar la voz de Sokka, volteó para ver a su campante hermano caminar hacia ella con una sonrisa.

-Vaya que has madrugado hoy, Katara—le dijo.

-Tu más—contestó ella, pero no le prestó atención y volvió a ver por la ventana al montón de niños que jugaban con sus planeadores.

-¿Qué ves?

Sokka se puso a su lado, Katara no dijo ni hizo nada, pues los niños estaban muy cerca y era posible verlos. El Guerrero de la Tribu Agua no tardó en reconocer, de entre todos esos pequeños, a su amigo y cuñado, de niño.

-¿Ese es Aang?—su voz sonaba incrédula y recia. Katara inmediatamente lo chito.

-¿No recuerdas el plan? ¡Se supone que es la primera vez que venimos aquí! No lo arruines, pretende que no lo conoces.

Sokka asintió, y pudo ver que Katara apretaba con fuerza entre sus manos aquella cadena con forma de corazón, la nostalgia reflejada en sus ojos.

-Es difícil para ti ¿No?

-¿Tú que crees?

Aquella fría ironía, señal de mal humor, solamente hizo que el chico asintiera.

-Solamente decía.

Sokka se encogió de hombros, pero Katara lo ignoró completamente.

-Veo que se han despertado algo temprano—ambos hermanos voltearon para ver al Monje Gyatso, que les sonreía a modo de saludo—Síganme, quiero llevarlos ante los demás Monjes.

-Con gusto.

Caminaron detrás del Monje por los pasillos del Templo Aire del Sur, todo resplandecía en una paz y armonía tan grandes, que los dejaba impactados. Llegaron a un jardín de verde y cuidado pasto, donde estaban sentados otros cuatro Monjes en la posición de Flor de Loto, resguardándose del sol gracias a la sombra de los árboles.

Gyatso se sentó en un cojín al lado del de ellos, Katara y Sokka vieron dos cojines colocados frente a los cinco monjes, donde se sentaron, no sin antes hacer una pequeña reverencia a modo de saludo.

-Sean bienvenidos—dijo el Monje sentado en el centro—Es un honor y placer tener a unos hermanos de la Tribu Agua del Sur en nuestro templo.

-Todo lo contrario—respondió Katara, con una sonrisa en sus labios—Es para mi hermano y para mí un gran placer recibir la cortesía de tan ilustres maestros.

-Sepan bien, jóvenes huéspedes—habló otro Monje—No es común que recibamos a gente extranjera en nuestros templos. Son centros espirituales, es verdad, pero de recibir a hospedar, hay mucha diferencia.

-¿Qué hemos hecho para que nos trataran con tanta amabilidad, entonces?—dijo Sokka.

-Un aura de grandeza rodea a vuestras personas—les contestó otro Monje—Su espiritual está visiblemente desarrollada, podemos verlo por esos Talismanes que portan en sus cuellos.

Ambos hermanos bajaron la mirada a los talismanes, que parecieron brillar tenuemente, como si supieran que hablaban de ellos.

-No son personas comunes—afirmó el primer Monje que habló—Nosotros sabemos interpretar los designios del destino con las acciones humanas, las coincidencias no existen.

-Sabemos que se aproxima una guerra, nuestro pueblo caerá, o al menos, la mayor parte de él. Como son gente de confianza, se los decimos convencidos de que no divulgarán nada a otras personas.

-Tiene nuestra palabra—juró Katara, al ver la penetrante mirada del Monje que mencionó aquello.

-No estamos seguros de quiénes son, de dónde vienen ni qué buscan. Además, eso no nos interesa, no les preguntaremos ni incomodaremos nada. Algo nos dice que ésta es más casa de ustedes que nuestra; vivirán aquí el tiempo que lo decidan, el Monje Gyatso les explicará la vida que llevamos aquí. Confíen en nosotros, así como hemos decidido confiar en ustedes.

-Nuevamente, gracias por su hospitalidad—dijo Sokka.

-A propósito, soy el Monje Mune—dijo el Monje sentado en el centro.

-Mi nombre es Katara, y él es mi hermano, Sokka.

Los dos se pararon, inclinándose levemente para despedirse. El Monje Gyatso se paró y fue a con ellos.

-Debo explicarles cosas ¿No?

Salieron del patio, dejando a los cuatro monjes solos y conversando.

-No son de este tempo—aseguró uno.

-No. Pero necesitan ayuda, no son personas malas, seguramente fue un accidente el que los trajo aquí.

-¿Serán de un futuro lejano? Sus almas están algo perturbadas… como si hubieran… No lo sé…

-Vivido una guerra—completó la oración el Monje Mune.

-¿Serán de ese futuro?

-Es lo más probable.

Los cuatro monjes asintieron, antes de sumirse en la meditación.

Mientras, Gyatso llevó a Sokka y Katara a un patio enorme donde había miles de niños jugando.

-El Templo es grande, si se los muestro, jamás terminaría, deben conocerlo ustedes—dijo él—No se angustien si se pierden, aquí somos todos hermanos y hasta el más pequeño niño les ayudará si se lo piden.

Gyatso alzó la mirada para ver a los niños que planeaban encima de las torres. Inmediatamente un planeador desvió su vuelo, bajando.

-Quiero presentarles a alguien.

-¿A quién?—inquirió Sokka.

-Mi pupilo.

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-¡No es posible!—gritó Aang.

-Ya se lo hemos dicho, joven Avatar—contestó el capitán—desaparecieron durante la tormenta.

Aang miró la habitación de Sokka en el barco, la mesa de madera quemada así como el suelo. Que un rayo había caído ahí era innegable, pero ¿Dónde estaban Sokka y Katara?

Aang se inclinó y recogió del suelo el collar de su esposa, el que le perteneció a Kya y nunca abandonaba el cuello de Katara, pasara lo que pasara. Ella jamás lo habría dejado en el suelo, cubierto de cenizas y con el listón quemado. Algo había pasado, a ella y a Sokka. Pero ¿Qué?

No habían sido secuestrados, porque no había ninguna señal de pelea en toda la habitación. Además ¿No hubieran escuchado una pelea la demás tripulación? Escapado menos, pues estaban en medio de una tormenta ¡Y no podían haberse evaporado en el aire!

-No lo sé, Pies Ligeros—dijo Toph, parada en el umbral de la pequeña habitación—Todo aquí está extraño.

-Demasiado.

Aang guardó en sus túnicas el collar de Katara, pensando y angustiado. A Omashu le había llegado una urgente carta exigiéndole su presencia en un puerto cercano, en el mismo Reino Tierra. El capitán del barco de Sokka se había detenido en el primer puerto que encontró cuando inició la tormenta; pero como jamás encontró ni a Katara ni a Sokka, mandó ese pergamino al Avatar.

Aang inmediatamente subió a Usagui a Appa y se fue al pueblo, donde ya había llegado Toph, quien se enteró de la misma forma que el Avatar. No había rastro alguno de los dos hermanos y el estado en el que encontraron la habitación de Sokka era más que extraña.

-¿Qué habría pasado?

Mientras Toph hablaba nuevamente con el capitán, Aang estaba pensando. Entre esos pensamientos, sintió un pinchazo en la cabeza. Llevó su mano a la frente para intentar mitigar el dolor, pero solamente consiguió que se expandiera, como un calambre por todo su cerebro. El dolor fue demasiado y se inclinó, apretando la cabeza entre sus dos manos.

Toph, el capitán y los hombres presentes se alarmaron y rodearon al Avatar, quien tenía una expresión horrible de dolor en su rostro.

Aang sintió el dolor comenzar a ceder y, justo en ese momento, unas imágenes borrosas y lejanas aparecieron en su mente. Eran distantes y confusas; las imágenes venían acompañadas de pensamientos y emociones que en un principio él no pudo comprender.

Estaba volando con mi planeador cuando vi a Gyatso, parado en aquel jardín, mirándome. Eso significaba que quería hablar conmigo. Descendí y me paré a su lado, solo entonces noté a dos personas vestidas de azul detrás de mi mentor.

-Aang, quiero presentarte a alguien—me dijo Gyatso.

-¿Ah si? ¿A quién?

Gyatso se apartó y me permitió ver a las dos personas con mayor claridad, ambos sonreían. Uno era un hombre altísimo, musculoso, de piel morena y cabello castaño, con los rasgos distintivos de la Tribu Agua. Llevaba puesto prendas azules, que solo confirmaron mi teoría; llevaba también una curiosa cola de caballo y lo que parecía ser una funda con espada, colgando de su cintura.

Me tendió la mano.

-Hola, me llamo Sokka.

-Es un gusto conocerte—le dije, aceptando su gesto.

Él se apartó para que viera a la otra persona.

Fue como una aparición.

Era la mujer más hermosa que en la vida había visto ¡Y mucho era el mundo que había recorrido hasta ahora! Sus intensos ojos azules me miraban fijamente, poniendo gran atención en mi persona; sus rosados labios estaban curvados en una sincera sonrisa, que hacía resaltar las mejillas. Su rostro era precioso y estaba enmarcado por un largo y ondulado cabello color castaño, semi-recogido por unas lindas trenzas que salían de su frente y se recogían en un curioso peinado tras su cuello. Llevaba un hermoso kimono azul con decorados que simulaban las olas del océano, solo la hacia ver más bella.

-Hola—me saludó—Me llamo Katara, soy la hermana menor de Sokka. Es un gusto conocerte, Aang, un honor.

-El placer es mío—apenas y pude contestarle, seguramente mis mejillas estarían rojas.

-¡Katara!—gritó Aang, regresando a la realidad, aún con dolor de cabeza, pero sin imágenes en su mente.

-¿Qué te pasa a ti?—demandó saber Toph—¡Nos asustaste!

-Era… ella…-la conmoción fue intensa. Aang apenas y sabía cómo respirar.

-¿Quién?

-¡Katara!

-¿Cómo que Katara? ¿Dónde estaba o qué? ¡Mis pies no sienten nada!

-No…ella no está aquí.

Toph resopló.

-¡Dime algo que no sepa!

-Creo…algo me dice… que ella y Sokka están en el pasado.

Lo que siguió, fue un profundo y sepulcral silencio.


¡Chan chan chan chaaaan!

Y bien, así van a estar las cosas por esta historia. Por ahí me preguntaron si no se cambiará el futuro por la interacción entre Sokka, Katara y el Aang del pasado: sí, se cambiarán algunas cosas, pero no muchas y básicamente esa será una de las principales preocupaciones de los morenos.

¿Qué creen que hagan Toph y Aang? ¿Aparecerán más adelante Suki, Zuko, Mai, Usagui y demás? ¿Qué saben los Monjes del Templo Aire del Sur?

¡Mientras más comentarios dejen, más rápido actualizo! ^^

chao!