Capitulo 12.

-He sabido por cercanas fuentes—empezó Gyatso—Que usted, Si Fu Katara, ha consolado a mi pupilo la noche anterior por la crudeza con la que fue enterada de su identidad.

Terminó de servir el té en las tres tazas, sorbió un poco de la suya y miró a Katara, ofreciéndole a ella y a Sokka las otras dos tazas con un gesto. Solo Sokka la cogió y bebió un poco.

Katara miraba atentamente los gestos del Monje, siendo más cautelosa que de costumbre. Gyatso mantenía esa tranquila expresión de todos los días. Ella a veces envidiaba la capacidad innata de esos monjes para mantenerse en calma aún cuando las peores tempestades destruían todo lo que les rodeaban.

Gyatso abrió más los ojos y la miró fijo. Ella se intimidó ante esa expresión tan pasiva, anormal a las expresiones iracundas que frecuentemente enfrentaba ¡Las que sabía descifrar! Pero esa expresión le era imposible de leer.

-Sí, le consolé—dijo al fin.

Su voz sonó firme y de cierta manera retórica. Gyatso terminó su té y colocó la taza en la mesita. Sokka posaba los ojos del monje a su hermana.

Esa mañana, Katara y Sokka fueron llamados por el Monje Gyatso. Éste los llevó a una pequeña salita con las ventanas y puertas cerradas, nadie más que ellos en su interior. La mesita, tetera y tazas conformaban todo el decorado de la sala. ¿Para que los llevó ahí? Ninguno de los dos lo sabían.

-¿Por qué ha hecho eso, señorita Katara?

-Por que Aang estaba demasiado triste y merecía consuelo.

-Yo bien podía ofrecérselo, como normalmente siempre hago—dijo—Lo que me sorprende en este caso es ¿Por qué acudió a ti en primera instancia, que lo conoces desde hace casi un mes, que a mí, que lo llevo cuidando desde que tenía pañales?

Katara calló por unos segundos.

-No lo sé. Somos muy amigos…

-Aang siempre ha tenido facilidad para tener amistades. Pero los amigos con tan firmes bases, como contigo o con el Maestro Sokka, no se forman en unas semanas.

Ambos hermanos se miraron asustados por un momento ¿Qué tanto sabía ese Monje?

-¿Qué quiere darnos a entender?

-Que me es curioso… ¿desde cuándo conoces a Aang?

-Desde hace unas semanas—contestó Sokka rápidamente. Se puso al lado de Katara y agarró la mano de su hermana, temía que no lo soportara. Ni él ni ella.

-¿Seguros?

-Sí.

-¿Y cómo es que usted, maestra, consoló a Aang tan rápidamente?

-Solo le dije lo que necesitaba oír.

El monje sonrió de oreja a oreja.

-Si lo conoce desde hace unas semanas ¿cómo puede saber exactamente lo que él necesita escuchar?

Katara se mordió los labios. Ciertamente, esa respuesta dio mucha información. El Monje los estaba encerrando en una esquina con espada en mano. Había muy pocas probabilidades y maneras de salir de ese apuro. Apretó el agarre de su hermano y rezó a los espíritus.

-Fue instinto, ya sabe usted que tengo una hija.

-De la que poco hablas.

-¡Me duele recordarla!

-Eso tiene sentido. Pero ¿Por qué jamás hablas de tu marido?

-No creo… que sea necesario.

-No lo quieres.

-¡claro y mucho!

-¿Te duele recordar?

-Yo…

-¡Un momento!—interrumpió Sokka—Con todo respeto Monje Gyatso ¿Por qué le hace tantas preguntas íntimas a mi hermana? No es de su incumbencia saberlas.

-Es de mi incumbencia porque están viviendo en este Templo, que yo protejo, y muy poco sé de ustedes. Debo conocerlos mejor.

-Eso ya no le concierne, nos vamos ahora mismo.

Sokka quiso voltear para irse, pero una fuerte ventisca lo detuvo en seco.

-Son mis huéspedes y debo tratarlos con respeto—dijo Gyatso—Pero yo soy el anfitrión y también lo merezco. Han estado bajo este techo por casi un mes. Merezco estas respuestas.

-No las tendrá.

-¿Tan oscuro es el pasado de ambos que les avergüenza?

-¡Nuestro pasado no es oscuro!

-No encuentro otra explicación para su obsesión de esconderlo.

-Usted no sabe nada.

-Dímelo.

Ahora era Katara quien miraba ese lado agresivo de su hermano –que pocas veces veía—pelear contra el Monje Gyatso. Se apartó ligeramente y, de manera instintiva, cogió con su mano derecha el dije en forma de corazón y el talismán sagrado.

Sokka, por otra parte, estaba a punto de explotar. Tanto había estado cuidando de las emociones de Katara, que descuidó las suyas. Y toda es impotencia, nostalgia, ese horrible dolor que llevaba arrastrando en silencio, esa abrumadora desesperación finalmente se unieron en uno solo explotando dentro suyo. Gritó con todas sus fuerzas.

-¡Somos del futuro! ¡No somos de aquí! ¡Conocemos a Aang desde hace mucho y queremos volver a nuestro tiempo YA!

Cuando se percató de lo que acababa de decir, Sokka cubrió su boca con la mano. Katara abrió los ojos asustada mientras Gyatso sonreía.

-Ya lo sabía.

-¿¡Qué!

Ambos hermanos lo encararon.

-Los Monjes lo hemos sabido desde hace mucho, casi desde que llegaron. Pero quería que ustedes me lo dijeran.

-¡Tanto tiempo que llevamos ocultándolo….!

-Y hacen bien. Los demás son niños que no pueden comprender esto por completo.

-Bueno… eso es verdad pero… ¡Maldición!—Sokka estaba muy desesperado—Estamos demasiado…

-¿Confundidos, aterrados, frustrados?

-Eso y más.

Gyatso les ofreció más té caliente y los dos aceptaron. Bebieron con ansias la bebida, sintiendo que el líquido recorría su cuerpo calmándolo.

-¿Cómo son las cosas en el futuro?

Sokka y Katara se miraron.

-No diré a nadie.

Katara fue quien habló:

-Habrá una guerra muy pronto.

-¡Acertamos!

-Y ustedes morirán.

Gyatso se mostró confundido. Sokka fue quien explicó.

-Sozin atacará los cuatro templos del aire en el día del cometa de Sozin, con el fin de matar al Avatar.

Los ojos de Gyatso se abrieron desmesuradamente.

-¡Debemos sacar a Aang de aquí pronto!

-No es necesario.

-¿Por…?

-Él mismo escapará, por la presión de ser el Avatar.

Katara y Sokka siguieron contándole todo. Cuando encontraron a Aang, el viaje que tuvieron por el mundo, los amigos, enemigos, romances. Sus dolores, confusiones, tácticas. Gyatso escuchó todo muy atento, intentando no perderse ni el más mínimo detalle. Al final, esbozó una sonrisa de orgullo.

-Siempre supe que mi Aang sería grande.

-Cien años en el futuro, pero sí.

-¿Tú eres su esposa en el futuro?

Katara sonrió, mostrándole el relicario abierto con la imagen de su esposo e hija.

-No sabe cuánto los extraño.

-Puedo imaginarlo—dijo el Monje.

Los sentimientos que Katara había estado reprimiendo en presencia de Aang y los Monjes emergieron rápidamente y sus ojos se empañaron por las lágrimas. En su llanto, no pudo evitar abrazar al Monje Gyatso a manera de consuelo. El buen Monje bien la consoló.

-Estando aquí, con él cuando era pequeño, me hace sentir de alguna manera cerca de mi futuro…—sollozaba—Pero sé que no debo de… interferir tanto… ¡Pero me es tan difícil! Creo que, como Sokka dijo, debemos irnos pronto del Templo.

-Esa es una gran idea—agregó—Debido a lo mucho que sufres deberías considerarlo. Y además, por lo que me dicen, pronto atacarán el Templo y ustedes deben volver a su tiempo.

-Pero no sabemos cómo—dijo Sokka.

-Me dijeron que esos talismanes fueron un regalo de los mismos espíritus, cuando mi forma espiritual los ayudó.

-Sí.

-Solo tienen que buscar más profunda esa energía cósmica. Encontrarán la respuesta.

-¡Pero no quiero irme! Quiero estar aquí con Aang…

-Katara—habló Sokka—Es necesario que nos vayamos y muy pronto.

-No ¡Él sufrirá!

-¡Exacto!—Katara miró a su hermano como si estuviera loco—Piénsalo, si tú estás aquí y también Gyatso, Aang se sentirá más comprendido y no sufrirá la desadaptación que lo obligó a escapar del Templo. Si nos vamos, le provocaremos una tristeza muy grande que le obligará a irse.

-¡Pero eso es muy cruel!

-¡Pero es lo necesario! Entiende, Katara. Mucho hemos interferido ya en este tiempo ¡Debemos al menos asegurarnos que las cosas ocurran tal y como deberían!

-Tu hermano tiene razón—asintió el Monje con solemnidad—cuando se vayan, yo mismo me encargaré que las cosas se presten para que Aang escape. Será su salvación.

-Esto me será demasiado difícil.

-Estamos contigo.

Sokka abrazó tiernamente a su hermana a modo de consuela y ella se dejó querer. En ese momento, una de las pequeñas ventanas de madera se entreabrió un poco y se escucharon los ligeros pasos de un niño correr. Gyatso movió su mano y una ventisca fuerte golpeó la madera, cerrando la ventana con fuerza.

-Estas paredes tienen más oídos que ningún otro Palacio—dijo entonces—Debemos tener más precaución. A nadie se dirá lo que aquí hemos hablado.

Los dos hermanos asintieron mientras salían de la habitación. Tuvieron que caminar por dos puentes para llegar al edificio donde estaban sus habitaciones. Katara descubrió a Aang recargado sobre la madera de su puerta.

-¿Qué pasa, Aang?

El niño se sobresaltó y le sonrió.

-Umm… ¿Puedo hablar a solas contigo?—miró a Sokka suplicante. Éste alzó las manos.

-¡Muy bien, como nadie quiere al simpático de Sokka, me iré!—caminó dizque ofendido para irse al patio este.

-¿De qué quieres hablarme, Aang?—inquirió, mientras los dos entraban a la recámara de la morena.

-Bueno… ¿Sabes lo que es el amor?

-Sí.

-¿Has estado enamorada?

-¡Estoy enamorada!

El niño sonrió.

-¿De quién?—preguntó, Katara lo miró.

-De mi esposo—por lo bien que lo conocía, Katara pudo ver decepción en la mirada del niño, sentimiento que escondió tras una enorme sonrisa.

-¿Qué tan especial es tu marido?

Dijo tras un rato de silencio. Katara no estaba del todo segura de qué contestar, pero dijo la verdad… ocultando obvias cosas, claro.

-¡Mucho! El es una persona de bastante renombre a nivel mundial, Aang. Tiene demasiadas influencias y es un talentoso maestro ¡De los mejores que hay en este mundo!

-Yo también soy un talentoso maestro.

-Nunca he dicho que no. Pero mi marido es Maestro Tierra, tú eres Maestro Aire.

-¿Lo amas mucho?

Por un momento, Katara se perdió en los ojos grises de Aang, los mismos ojos con los que siempre la miraba su enamorado esposo.

-Demasiado.

-¿Y porqué él no está aquí? No te merece…

-¡No digas esas cosas! Simplemente su deber se lo impide. Ya te lo dije, vengo aquí de visita.

-¿Te irás?

-Probablemente. Debo volver con mi esposo y con mi hija.

-Me gustaría conocer a tu niña.

-La conocerás—es también tu hija… pensó. Y tú mi esposo ¿Por qué me cuesta tanto? Quisiera decírtelo y no ver el sufrimiento oculto en tus ojos, pero me es imposible hacerlo.

-¿La traerías?

-Claro.

-Pero… insisto, dudo que tu marido te merezca. ¿Él te quiere?

-No, él me ama.

-¿Y porqué te ha dejado sola?

-No estoy sola. Vine con mi hermano.

-Pero ¿los cónyuges no deben viajar siempre juntos?

-No necesariamente.

-No creo que te ame mucho

-¿Por qué piensas eso?

-Por que si te amara, no te dejaría sola nunca.

Katara entonces descubrió el sentido de la conversación. Aang estaba celoso ¡Y de él mismo! Eso no podía ser posible, ni moral, ni… ¡Nada! Necesitaban irse y ya de ese Templo. ¿Cómo fue que el niño se enamoró de ella?

-Es algo tarde Aang, quisiera ir a comer.

-¿Puedo acompañarte?

-Sólo si quieres.

Los dos caminaron hacia el comedor, pero no charlaron mucho. Katara solo estaba preocupada por la abrumadora verdad que acababa de caer sobre sus hombros. No había mejor prueba de la providencia para decirle que ellos dos estaban destinados a estar juntos. Aang se enamoró de ella aún siendo un niño y ella toda una señora. Pero en ese tiempo, en esos momentos, y en esas circunstancias, era un enorme problema.