NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO ESTAS HISTORIAS SIN GANAR UN CENTAVO POR ELLAS, MAS SÍ SATISFACCION Y COMENTARIOS.
¡Uf! no saben la rabia que me dio perder los documentos de esta historia ¡La tenía completa! T-T Pero al fin terminé este capítulo y empezaré el otro mañana, lo prometo. ^^
Revisión de Comentarios:
konitaFanKataang: lamento haberos hecho esperar tanto. Pero aquí te dejo el capítulo esperando que lo disfrutes mucho y te compense la espera.
lizmi: sí, el que Aang se pusiera celoso de él mismo me pareció algo original y novedoso para la historia.
nisseblack: aang celoso de si mismo es gracioso, de hecho lo es, y escribirlo más :)
SammyKataangTwilight: veo que los celos del Aang niño al Aang adulto han sido una parte favorita de toda mi audiencia. Bien, me alegro ¡Estoy haciendo bien mi trabajo!
Capitulo 13.
Cuando Sokka entró en la habitación de Katara, ni de asomo esperaba encontrarse con ésa escena. Ella, su hermana, la que se negaba a irse, estaba parada y metiendo todas sus cosas en aquella mochila azul con la que llegó como único equipaje.
-¿Katara?—la llamó, ella se sobresaltó pero le sonrió al verlo.
-Ah, Sokka, que bueno que llegas ¿Ya terminaste tú de empacar?—le respondió, mientras doblaba un vestido verde para meterlo en su maleta.
-No ¿cuándo decidimos irnos?—dijo el moreno, extrañado por la actitud de su hermana. No era común que tomara decisiones de ésa manera y menos que no se las comunicara.
-¿No fue cuando hablamos con Gyatso?—Mmmm… no, no la estaba entendiendo.
-Pues sí pero…¿así de rápido?—agregó—Por que no aclaramos el día exacto en que partiríamos.
-Pero tú y yo sabemos que mientras más pronto, es mejor. Anda, vete a hacer tus maletas.
Se volteó para inclinarse frente a un cajón, de donde sacó el lindo kimono azul que llevaba aquella fatídica noche en que viajaron por el tiempo. El tono azulado y los decorados de ese vestido eran muy adelantados, se notaba inmediatamente que pertenecían a otro tiempo; por eso Katara tomó la decisión de esconderlo y comprar otra ropa más sencilla que se acoplara a la era.
Además, ese kimono era especial. Sokka lo sabía, Aang se lo había regalado en uno de sus aniversarios, así como un bello y elegante juego de joyas que combinaban a la perfección con el vestido. Katara dobló cuidadosamente aquella prenda tan preciada y la metió en el bolso con cuidado de que ninguna esquina se doblara.
Sokka no tardó en notar prisa y nerviosismo en los movimientos de su hermana. Era como si escapara de algo. Katara podía ser difícil de interpretar para los demás, pero quienes la conocían a fondo—como él—sabían siempre lo que pasaba por su mente o tenían una noción muy acercada.
Por eso, se acercó a su hermana y, mientras ella guardaba una cajita, le agarró el brazo par que levantara la vista y poder mirarla fijamente a los ojos.
-Dime—comenzó—Ahora ¿Qué pasa?
-¿De qué?
-No me evadas Katara- ¿Qué te pasa?
-¿A mí? ¡Nada! ¿De dónde sacas esas ideas raras? Ayúdame a empacar, Sokka, y tardaremos menos.
-A ti te pasa algo, Katara, no puedes ocultármelo, al menos no a mí.
El guerrero la miró con dejo de superioridad, que solo enfadó más a la Maestra Agua. Ella ya se esperaba que Sokka descubriera la verdad pronto. Pero seguía renuente a revelársela. No por el momento, quizá después, pero no se la diría ése día.
-Sokka, en estos momentos no necesito de sermones. Por favor, si no vas a ayudarme vete. Debo terminar de empacar para irnos en la noche.
-No nos iremos, al menos no esta noche.
-¿Por qué no?—dijo molesta, después, susurrando—El ataque será en una semana.
-Sí, lo sé. Pero nos iremos mañana en la noche ¿Entendiste?
-No entiendo la diferencia ¿Y porqué hoy no?
-¿Y por qué sí?
-Sokka ¡Respóndeme!
-Entonces hazlo tú también.
-No me has preguntando nada—replicó la morena.
-¿Qué te pasa?
-¡Que nada!
-Katara….
-¡Es oficial! Contigo nunca se puede contar.
Dejó caer los brazos a ambos lados de sus costados y se fue hecha un furia, con las manos hechas puños, hacia el patio este del Templo. Sokka miró la silueta de su hermana alejarse, distorsionándose hasta hacerse una mancha que se difuminó pronto entre las sombras de los muros. No la vio más y entró a su cuarto, llevándose la maleta de Katara.
Él la conocía, era muy capaz de irse ella sola en la noche sobre algún bisonte y volver a por él alguna noche después. Cuando se sentía atrapada, le daba por huir, pero no entendía en ese momento qué la tenía así de aprisionada como para que deseara desprenderse de Aang así de la nada. Escondió la mochila de Katara donde sabía que jamás la encontraría y se asomó por la ventana de su alcoba para mirarla.
-Día difícil ¿Verdad?—acostumbrado como estaba, Sokka no se exaltó al oír la voz del Monje Gyatso detrás de él. Ni de sentirlo parado en el umbral de su puerta.
-Mucho, sé que se siente desesperada, pero no me quiere decir porqué—dijo, por la voz baja, pero lo suficientemente alta para Gyatso la escuchara.
-Las mujeres son mucho más sensibles que los hombres, y ellas sienten de una manera demasiado intensa como para que alguno de nosotros podamos comprenderlas enteramente. Quizá, si se tiene empatía con alguna, se podrá entenderla de una manera mucho más alta que con cualquier otra. Pero siempre habrá diferencias.
-¿Por qué?
-Por que las mujeres nacen con una conexión más profunda entre sus pensamientos, y el alma. Esto las hace más emocionales. Y buscan paz, amor, felicidad, porque ésas son las necesidades espirituales básicas.
-¿Es tiene relación con lo que le pasa a Katara?
-En parte, lo digo por tu relación con ella y con tu esposa allá en el futuro. Además, si intentas ponerte en su lugar y agudizar tus sentimientos, quizá comprendas un poco de lo que ella está sufriendo ahora.
Sokka vio en ese instante a su hermana pasear por el patio, distraída, tan sumida en sus pensamientos que era ajena a todo lo que le rodeaba. No muy lejos, encontró a Aang sobre un techo, mirándola, sin dejar que ella lo notara.
Su perspicacia se elevó y pronto dio con el clavo.
-Creo comenzar a entenderla.
-Eso es algo bueno—admitió el Monje—Ahora, debo irme, ya casi son las tres y debemos orar.
-¿Puedo hacerles compañía?
-Desde luego.
Sokka sabía que despejar su mente y desprender el espíritu del cuerpo le sería de gran ayuda, ahora que comenzaba a entender el plano terrenal y espiritual de una manera más amplia que antes. Sí, tal vez ése sería el día en que encontraría la manera de volver al futuro. O al menos, una pista.
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Katara se sentó en una de las bancas, mirando las nubes que se movían con el viento. Algunas copas de árboles imitaban las ondulaciones del aire y pajarillos salían a entonar un melodioso canto que se alzaba hacia el cielo, invadiendo momentáneamente los jardines del Templo. El sonido de las aves, se le unió el típico del agua que fluía llevándose todo consigo, cayendo en suaves y pequeñas cascadas hasta el final de la montaña.
Con los ojos cerrados, Katara dejó que la naturaleza la relajara. Lentamente sus angustias fueron desplazándose hasta ser reemplazadas por una infinita paz y energía que la hizo sonreír.
Abrió los ojos de súbito cuando escuchó unos pasos acercarse a ella. Miró entonces a una niña que reconoció de inmediato.
-Hola Kumiko—la saludó—¿Qué haces aquí? Pensé que estarías jugando con Aang.
-No, el se fue a orar.—respondió la angelical voz de la niña.
Kumiko era una preciosa niña, tan encantadora como su nombre, de largo cabello negro ligeramente ondulado y ojos tan claros que asimilaban el tono de la miel. La clara piel daba a su albino tono un contraste mágico con el oscuro cabello y pestañas, resaltando las finísimas facciones que armonizaban dentro de su rostro. Para tener apenas diez años, era delgada, alta y preciosísima niña era demasiado encantadora para su edad.
Había nacido y crecido en el Templo Aire del Oeste, donde conoció a Aang, seis años atrás, cuando el niño fue para escoger a su bisonte volador. Kumiko tenía cuatro, casi cinco años en aquel tiempo, y Aang recién había cumplido los siete años. La niña era aún entrenada en el arte del Aire-Control, le faltaban unos buenos años antes de dominarlo. Pero era talentosa.
Aang visitaba a Kumiko cuando podía y ella, a su vez, acompañaba siempre a la Sacerdotisa Mayor cuando ésta visitaba a los Monjes en el Templo Aire del Sur. Las visitas duraban poco más de una semana y los dos niños se la pasaban jugando. Katara recordaba que Aang (en el futuro) le había comentado de su buena amiga y confidente Kumiko, que seguramente había muerto en las invasiones a los Templos. Ahora que la conocía, Katara podía reconocer que la niña era igual a como Aang la describía: buena, linda, tierna y de fiar.
-¿Quieres jugar conmigo, Kumiko?—preguntó Katara, al ver la carita aburrida de la pequeña.
-Gracias Maestra Katara—la mirada molesta de Katara la hizo corregirse—Perdón, Katara. Pero no quiero interrumpir sus pensamientos, no sería bueno, mejor iré a entretenerme en lo que Aang termina sus rezos y usted podrá pensar a gusto.
-De hecho, terminé de hacerlo.
-¿Segura? Se le veía demasiado concentrada.
-Sí, ya terminé. Anda ¿No quieres jugar al escondite?
Con una media sonrisa, Kumiko asintió.
Katara reconoció lo buena que era aquella niña para esconderse, le costaba muchísimo encontrarla cada vez que ella contaba. Entre risas, carreras y comentarios, pasaron las horas. Llegó pronto Aang a unírseles al juego. Y Katara, que estaba visiblemente relajada por la diversión, olvidó de un segundo al otro sus mortificaciones y se divirtió con los niños cual madre hace con sus hijos.
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Kumiko reía y se mostraba feliz mientras corría para alcanzar a Katara. Vi que ella, bondadosa, disminuyó la velocidad para que mi amiga la tocara y así pudiera gritarle "¡Te encontré! ¡Gané!" Katara hizo cara de puchero mientras se recargaba en la pared, tapándose los ojos con ambas manos, y comenzaba a contar lentamente del uno al diez.
Apenas Katara había cerrado sus ojos, Kumiko se echó a correr y saltó hacia la copa de un árbol, donde pudo usar un poco de os vientos para que las hojas taparan sus anaranjadas túnicas y así quedar completamente apartada de la vista de Katara. Cuando ésta terminó de contar, la buscó por todas partes sin encontrarla.
De pronto, Kumiko saltó hacia la pared donde Katara había escogido contar y, sin que ella pudiese hacer nada, colocó su mano sobre la estructura y gritó a todo pulmón "¡Gané!" Katara fingió molestía.
Quería unirme a sus juegos, pero a la vez observarlas. Me quedé contemplando las expresiones tan maternales de Katara, esa dulzura pasmada en sus ojos con cada sonrisa de Kumiko. Mientras el juego transcurría, sentía que se recreaba a la perfección una escena donde Katara estuviese jugando con su pequeña hija en el patio de su casa.
Sólo alguien faltaba: el padre. El esposo de Katara. Aún cuando ella lo defendía a capa y espada, para mí seguía siendo un hombre que no valía la pena. Pero aparté rápidamente estos pensamientos que nublaban mi juicio y seguí viendo a las chicas. Una y otra vez, me perdía en las miradas y risas de Katara.
Aang se despertó con una sonrisa curiosa en los labios. Ese recuerdo había sido más nítido que otros y le traía una alegre nostalgia que empañó pronto su mirada. Las lágrimas salieron y liberaron aquella horrible impotencia de poder ver a su esposa sin tocarla, era como mirarla a través de una venda y un simple recuerdo en el que no podía interferir.
Día con día la extrañaba y necesitaba más. Ya no encontraba excusas para Usagui, la niña quería a su mamá. Sabía que si Katara no regresaba pronto, sus vidas acabarían por tornarse amargadas y monótonas. Ella era la alegría de su hogar. La calidez. Su vida.
Rezó nuevamente a los espíritus que la trajeran pronto. Y sana.
