Una tarde de verano en una plaza del centro de una ciudad majestuosa Lily, mi única hija, jugaba con un amiguito en el columpio, mientras yo estaba fumando el último cigarrillo del paquete sentada en uno de los bancos observándola divertirse. Me daba tanto orgullo ser madre de esa criatura, la amaba mas que a mi misma, estaba segura de que sin ella yo no podría haber continuado. Anya era el ser mas hermoso y encantador que había conocido en el mundo, era todo lo que tenía.

Mi hija y yo vivíamos cerca de esta placita, en un departamento para nosotras dos solitas. A pesar de mi corta edad, veinticinco años para ser exacta, ya me había recibido en la facultad y estaba trabajando. Recuerdo que estos últimos años fueron agotadores, porque ser madre, universitaria y trabajadora a la vez fue casi hastiante. Pero cada vez que recuerdo que la razón era por ella no me arrepiento ni un minuto de todo lo que había hecho. Mi gran problema que tuve fue haber sido madre soltera ya que muchos trabajos no me aceptaron por este acontecimiento.
Entre mis pensamientos alguien saludándome me distrajo. Un hombre alto vestido de traje y corbata estaba frente a mí, no sabía quien era.
-¿Ginny te acuerdas de mi?- me pregunto este buen hombre, yo le negué con la cabeza intentando recordar quien era- Harry- me dijo mientras me daba un bezo en la mejilla- ¿Cómo has estado?- me preguntó

-Yo bien por suerte- le contesté unos segundos después de haber logrado salir del trance. Mi hija viéndome hablar con un extraño vino corriendo a abrazarme fuerte

-y… ¿ella es?- me preguntó santiago

- Ella es mi hija Lily- le conteste tajantemente

-¿Lily? Como mi madre, de hecho era el nombre que soñábamos ponerle cuando éramos jóvenes a nuestra primera hija- me comentó- ¿Así que estás casada?-

-No para nada, soy madre soltera- le conteste tajante y orgullosa

-y… ¿se puede saber quién es el padre?- me volvió a preguntar

- El padre fue uno de mis primeros novios cuando yo tenía dieciocho que se fue a vivir a otro país para despejarse sin dejarme nada para poder comunicarme con él- le conteste respirando muy profundamente.

-¡Mami tengo hambre!- exclamó Lily en ese instante de silencio

-Bueno amor nos vamos a casa, despídete del señor antes de que nos vayamos- le dije a mi hija dulcemente.

- Adiós- saludó Lily

En ese momento nos pusimos en marcha dirigiéndonos hacia nuestro hogar.

Cuando Ginny me describió como era el padre de esa criatura me quedé sorprendido y golpeado por darme cuenta de que el padre de esa niña de cinco años era yo. Intenté seguirla pero no pude porque ya se habían ido. Intentaría buscarla todos los días en esta plaza hasta volver a ver a mi hija.

FIN