Capítulo 4: Wut will nicht sterben (1)
"Mi furia no quiere morir"
Apenas la vio acercarse por el pasillo, Figgins supo que Sue estaba molesta. Los hombros de la entrenadora estaban adelantados respecto al resto de su cuerpo, como un toro que se prepara para embestir cualquier obstáculo. Y conociéndola esperaba que él se los quitara del camino. La perfecta consciencia que guardaba del control que la mujer tenía sobre él se veía muchas veces opacada por el miedo que le hacía sentir. Como cuando azotaba así la puerta y le hacía pensar en los látigos destinados a amonestar a los leones rebeldes. Y no que él fuera un león que tuviera el consuelo de rugir en protesta.
-Buenos días, Sue -dijo ocultando su turbación bajo una gruesa capa de seria formalidad.
La mujer inmediatamente se puso ante su escritorio y dejó caer una hoja de papel. Sólo eso. Era la hoja de inscripciones de Glee. Bueno, esta vez podía decir que se lo esperaba.
-¿Qué clase de escuela se está llevando a cabo aquí? -cuestionó la entrenadora inclinándose para señalar el nombre ahí impreso-. Esta chica es un volcán esperando estallar en la cara de las personas a su alrededor ¿y usted la deja entrar tranquilamente en un club de coro como si nada?
La respuesta más o menos ya la tenía planeada.
-No hay nada que pueda hacer, Sue. Su padre es un importante abogado y podría haber demandado a la escuela si no la aceptaba.
-No me haga reír -le advirtió ella apoyando ambas manos en el mueble. A Figgins nunca se le habría ocurrido. Imaginaba que la única manera de que Sue Sylvester riera abiertamente sería luego de haber cometido una maldad o convertirse en la reina del universo. Consideró un éxito el no estremecerse-. ¿Va a poner a esta escuela y a los medios de transporte de los humildes trabajadores que vienen a repartir su sabiduría entre un montón de cabezas huecas que no lo aprecian nada más para salvar su trasero?
-¡Era un auto eléctrico! -remarcó el hombre. Acomodó el cuello de su camisa. Cuando se irritaba se sentía asfixiado por ella-. Y sólo fueron unos fuegos artificiales que la señorita Torrison se encargó de que nunca estuvieran en contacto con algo directamente inflamable.
-Eso está perfecto. Vamos a premiarla porque atentó contra un profesor y no contra el auto dejándole volver a la escuela sin castigo.
-El sarcasmo no es necesario, Sue -le reprochó el director recuperando, paso a paso, el valor. Entre arriesgarse a sufrir una demanda y sufrir el descontento de la entrenadora, no habiendo ninguna otra opción, prefería lo segundo-. La señorita Torrison ya recibió su castigo. Fue expulsada. Ahora sus padres quieren regresarla a esta escuela y no tengo ninguna razón para negárselo -Lograba calmarse mientras hablaba, resignado-. ¿Y dónde estabas cuando la señorita Torrison ingresó al colegio? ¿A qué viene este revuelo ahora?
-No es que yo necesite justificar todo lo que hago -respondió la entrenadora cruzándose de brazos. En su caso el gesto era más de reafirmación de su postura que de rechazo o autodefensivo-, pero estuve ocupada. Hacer audiciones para más de la mitad de las chicas de esta escuela no es algo que sucede de un día al otro.
En realidad era que acababa de enterarse de que la nueva era buena cantando, gracias a que Becky la escuchó ayer oculta en el auditorio. Dados sus múltiples contactos había logrado colar en su contrato una cláusula para permitirle ver los expedientes de los alumnos cuando lo considerara necesario y había sentido interés por esa nueva que se atrevía a unirse al club de los niños cantores, por lo que la buscó en los archivos. Al principio le pareció una broma divertida del destino que esa chica ignorante del estatus mantenido en la escuela viniera a cometer suicidio social en su primer día, pero cuando vio verdaderas posibilidades de que el club Glee ganara las Nacionales y por lo tanto se quedara con el presupuesto destinado a sus porristas otro año sintió que era su deber como su guía el intervenir. Ya había tenido que ceder uno de sus cañones de confeti a causa de la nueva entrenadora del equipo de fútbol de nombre presuntamente francés, no pensaba ceder el otro fácilmente.
-¿Y qué sucederá entonces? ¿Nos quedaremos sentados esperando a que una de sus víctimas venga arrastrándose hasta aquí en busca en justifica y negársela por temor a un padre sobreprotector?
Figgins estaba decidido. No iba a dejarse conmover por un escenario que, de todos modos, él mismo ya se temía.
-Así tendrá que ser, Sue. Hasta que no tenga verdaderos motivos, ella permanecerá en el Club Glee y tú tendrás que aceptarlo.
El director esperó, tenso. La entrenadora sonrió de medio lado, sin duda percibiendo el temor que minaba su tranquilidad, y aunque estaba molesta eso siempre le satisfacía. Por fin movió la cabeza de arriba abajo.
-Así será entonces.
Se volvió y volvió a golpear la puerta al salir, pero ya no le parecía un toro. Ahora era un león de melena rubia clara buscando una presa con la que descargarse. Suspiró, aliviado de que por lo menos ahora esa presa no fuera él.
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-Tú eres miembro de Glee, ¿no?
Kurt acabó de recoger sus libros de biología y química, y cerró el candado de su casillero antes de dirigirse a quien le había hablado. No pudo evitar sentir una punzada de irritación al ver nuevamente la infame gorra al revés. Debía mantener la vista baja para hacerlo porque la chica era al menos una cabeza menor que él.
-Te vi en el auditorio ayer.
-Sí, lo soy.
-Bien, porque tengo que preguntar esto... -los ojos se le entrecerraron-, ¿es normal ofrecer cosas por entrar al grupo?
Como Kurt demostraba no entenderle, Kate le explicó a grandes rasgos lo que le sucedió anoche. Mamá trabajaba en preparar la cena, papá todavía no regresaba del trabajo y ella estaba escuchando música a un nivel tan alto que su madre tuvo que irrumpir en el cuarto para llamarle la atención sobre el teléfono y la persona que preguntaba por ella. Dijeron que era de la escuela, pero no de su escuela, como comprobó al atender ella misma. Una voz de hombretón (uno se imaginaba grandes músculos o esteroides sólo oyéndolo) le explicó que era de Vocal Adrenaline y deseaban hacerle un trato con tal de que se uniera a ellos.
Kurt se quedó estupefacto, sin creérselo. Kate tampoco lo hizo al inicio.
-Parecía una parodia del padrino -comentó.
Creyó que se trataba de una broma así que colgó, pero al poco rato el aparato volvió a sonar y esta vez el hombretón le enumeró la clase de cosas que podría conseguir si se unía a ellos. Ella ya estaba harta.
-Tío, con una vez que te cambias de escuela es suficiente -finalizó la joven. Llegados a ese punto Kurt ya había notado la incongruencia entre su vocabulario corriente para expresarse y lo melodiosa de su voz al cantar. Tal combinación casi le parecía un sacrilegio-. Les colgué de último. También llamaron al trabajo de papá, que les respondió lo mismo. Oye, todavía estoy tratando de entender qué fue ese acoso. ¿Es habitual ese tipo de cosas? ¿Sólo por el club Glee?
-En lo que respecta a Vocal Adrenaline, es de lo más normal -respondió Kurt, ya repuesto de la impresión y no sin desazón. Nadie le había ofrecido cosas por cantar, después de todo. No que lo necesitara tampoco-. Ellos harían cualquier cosa por ganar. Puedes tomarlo como un cumplido.
Kate frunció el ceño, disconforme.
-Me lo tomo como un pésimo chiste -dijo-. ¿Conseguir alumnos que canten con cosas? Hombre, eso está mal. ¿No debería haber una regla que lo prohíba?
Obviamente esperaba encontrar un aliado en su consternación.
-De la manera que ellos actúan, están dentro de las reglas -replicó Kurt recordando rápidamente la maniobra de introducir a Jesse el año pasado para bajar los ánimos del grupo.
En el fondo admiraba a ese grupo por su imbatible voluntad para ganar pese a todo.
-Igual está mal -determinó la chica sin dejarse impresionar-. Una cosa es meterle una zancadilla a un competidor que te roza los talones pero cambiar de escuela, de ciudad y casa sólo por un club de canto es ridículo. Ni que el premio fuera en dinero lo entendería.
-Para algunos es más que un club de canto -afirmó Kurt ligeramente tocado.
Cierto, su grupo tenía sus fallas y habían quedado en tercer lugar el año pasado. También era cierto que no tenían tenor y sus posibilidades eran menores que antes; que toda la escuela los odiaba y estaban en el fondo del estatuto social, lo que les convertía en algo aun más impopular que los chicos del club de ajedrez. Pero aún eran algo más que "sólo" un club de canto, o al menos así lo sentían sus miembros y eso era lo más importante.
El principio de las clases le dio una excusa para acabar la conversación. Empezó a alejarse de la chica por el pasillo que se llenaba de compañeros también dirigiéndose a sus aulas correspondientes.
-Eh -llamó Kate-, no sé tu nombre, chico.
Kurt giró la cabeza sin volverse.
-Kurt -dijo sobre su hombro.
Kate hizo entonces lo impensable; alzó un pulgar y sonrió. Sin una razón aparente su gaydar se volvió loco apuntando hacia el lado homosexual con insistencia.
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-La situación es crítica -inició Rachel apenas el señor Schuester le permitió dirigirse a sus compañeros. Todos los presentes, excepto la chica nueva, la miraron como si ya supieran lo que vendría-. Si bien apreciamos la integración de nuevas voces, aún no hemos cubierto el espacio de Finn en el grupo y con la transferencia de Matt, ni siquiera tenemos el número de miembros requerido. Espero que concuerden conmigo en que debemos considerar la búsqueda del reemplazo de Finn como una prioridad.
Una mano se elevó en el aire.
-¿Sí, Kate? -dijo Rachel con una nota de tensión en la voz.
Lo que sentía por la nueva podía resumirse de la siguiente forma: si Kate fuera capaz de pasar lo que restaba del año en completo silencio, ella se habría alegrado. Imaginaba que era algo inevitable ante la nueva competencia, como sería inevitable que cualquier cosa lanzada con el nombre de Madonna fuera un éxito rotundo.
-¿Quién es Finn? -inquirió la chica de la gorra.
-Finn... era nuestro co-capitán del club el año pasado y por circunstancias más allá de su control tuvo que mudarse a otra ciudad. La pérdida de su voz ha dejado un vacío que necesita ser llenado -Se detuvo. Sus compañeros e incluso el señor Schuester pudieron percibir que el vacío no sólo era musical. Rachel se percató de las miradas que le dirigían y antes de que el sonrojo subiera a su rostro (o el principio de una lágrima), agregó-: ¿Alguna idea?
Nadie dijo nada, lo que impacientó al señor Schuester.
-¡Vamos, chicos! -se levantó poniéndose frente al grupo-. Sé que no disfrutamos de gran propularidad en la escuela pero es sólo porque no nos conocen. Si pudiéramos demostrarles de qué somos capaces y cuánto nos divertimos seguro podremos atraer su atención.
Los chicos se miraron entre sí. Pasado un tiempo de silencio, Artie sugirió:
-¿Un concierto al aire libre?
-¿Qué tal un concurso de karaoke? -propuso Tina al otro lado de la sala, convirtiéndose en el acto en el centro de todas las miradas-. Este verano conocí al hijo de los dueños de una tienda en la que se alquilan máquinas. Podríamos ofrecer premios a la mejor voz.
Mercedes agitó el dedo índice señalando a la gótica.
-Esa es una excelente idea -afirmó.
-Podría ser nuestra propia versión de American Idol -dijo Kurt con los ojos brillándole de ilusión.
A este le siguieron palabras de aprobación entre los jóvenes.
-Esperen un momento -llamó la atención el señor Schuester-. Si vamos a hacer un concurso necesitaremos jueces. ¿Voluntarios?
Sólo tres manos se alzaron, una con marcado entusiasmo.
-Rachel -contó el profesor. La muchacha sonrió-. Kurt y Mercedes. Bien. Tres jueces serán entonces. Lo haremos en el gimnasio. Organícense y cualquier día de la semana que viene quiero saber la fecha para pedir la autorización.
Rachel de inmediato fue a por su carpeta de apuntes. Encabezó una hoja con el título "Organizadores del concurso de karaoke" y se colocó a sí misma y a sus dos compañeros como jueces del evento.
-Yo me ocuparé de la decoración, desde luego -determinó Kurt inclinándose hacia adelante en su silla-. Tengo unas fantásticas ideas que harán ver al gimnasio como la casa de Lady Gaga. Estimulará la creatividad hasta su máximo potencial y tendrá la nunca despreciable ventaja de lucir increíble.
Así quedó anotado como el decorador oficial. Por supuesto, nadie intentó quitarle el título.
-¿Cuánto cuesta el alquiler de la máquina? -quiso saber Mercedes dirigiéndose a la gótica.
-No mucho. Están a punto de cerrar el negocio así que sus precios son de liquidación.
-Nosotras nos encargaremos de las bebidas -anunció Santana incluyendo a Brittany con un movimiento del pulgar hacia ella-. Odio ir a una fiesta y descubrir que no hay nada dietético.
Luego continuó arreglándose las uñas.
-Yo puedo aportar los premios -dijo Artie tímidamente. Los pechos operados de Santana le atraían como a un imán pero no quería ser muy obvio ni tampoco mirar hacia Tina-. Conozco un lugar cerca de casa donde venden trofeos. Supongo que también se podría agregar una cesta con regalos.
Nadie se lo discutió. Rachel lo puso como el responsable de los premios.
-Puedo poner la comida -dijo Kate rascándose distraídamente la nuca-. Mi primo trabaja en un supermercado y seguro nos puede conseguir un descuento.
Rachel la miró.
-¿Tu primo, el mismo que está en una banda? -preguntó.
-Pues sí, es el único que tengo.
-Ah -dijo Rachel cabeceando y volvió a su carpeta.
Algo en su tono hizo fruncir el ceño a la del labio perforado.
Cuando todos tuvieron algo que hacer la reunión se dio por terminada. Mientras Rachel le informaba al señor Schuester que le entregaría una copia de la hoja que había llenado, Kurt le dijo a Mercedes que se fuera sin él e interceptó a Mike en el pasillo.
-Mike -llamó tocándole el hombro. En cuanto éste se medio la media vuelta se fijó de inmediato en sus ojos café, casi negros, suaves y agradables. Suspiró para sus adentros-. Hola. Sé que estarás ocupado planificando la coreografía para la función antes del concurso pero me preguntaba si podrías ayudarme con la decoración. Sería interesante agregarle un toque asiático. Pensé en pedírselo a Tina pero temo que su visión sea muy oscura para mí -Se dio cuenta de que estaba hablando demasiado rápido, de que su corazón le latía como endemoniado, así que se detuvo y ofreció una sonrisa cordial-. ¿Qué dices?
Mike lo meditó. Mientras lo hacía curvaba la comisura de los labios hacia adentro y arriba, realizando ese adorable gesto que Kurt ya había identificado como pensativo.
-Vale -dijo al fin.
Kurt sintió su pecho como una ola, una que crecía a cada momento y desesperaba por aplastarse contra el otro muchacho. Sabía que debía controlarse o acabaría por espantarlo.
-Perfecto -afirmó sin conseguir ocultar su alegría-. Podríamos encontrarnos en el supermercado el viernes de la semana entrante. Cerca de ahí vi el otro día unas telas fabulosas que sin duda favorecerán a nuestro propósito. Más tarde podemos ir a beber algo.
-Vale.
Ahora mismo la sonrisa que le daba el asiático le parecía la más perfecta del mundo a Kurt.
-¡Genial! -Modérate, se ordenó-. El próximo viernes nos veremos ahí entonces.
-De acuerdo -afirmó Mike y miró su reloj. Le dio la espalda-. Me esperan en casa. Hasta el lunes.
Kurt se despidió con un movimiento de la mano y se quedó observándole partir perfectamente consciente de la sonrisa idiotizada que tenía en el rostro. Cosas así las consideraba algo indigno de sí pero parte de su insensato estado se debía a la incredulidad por lo fácil que había resultado. También se decía que era demasiado pronto para tomar en serio a ese empequeñecimiento del espacio de su pecho por la magnitud que caprichosamente alcanzaba su corazón cuando pensaba en todo eso. Pero ahí estaba y temerle a causa de lo que sucedió con Finn el año pasado no iba a hacer que desapareciera. Todavía no estaba seguro de cómo llamarlo. De lo que no tenía duda era que ahora actuaría con mucha mayor cautela, moviendo sabiamente sus cartas, examinando su objetivo y se olvidaría de todo apenas detectara la menor señal de peligro. Sin embargo, ahora, mientras se recordaba anotar la cita -nota mental aparte: buscarle otro nombre que no sea cita- en su agenda se le hacía más difícil mantener esa lucha.
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Brittany estaba feliz. La sonrisa parecía abarcarle todo el rostro mientras alcanzaba a Santana en la salida de la escuela. No sabía por qué Santana hacía que la siguiera si habían acordado esperar a su madre, que las llevaría a su casa pero tampoco le molestaba. Estaba demasiado entusiasmada para que le importara.
Su amiga caminaba revisando los mensajes en su celular y no notó cuando se puso a su lado.
-¿Qué película quieres ver? -le preguntó balanceando la mochila a sus espaldas.
-¿De qué hablas? -dijo ella distraídamente.
Un poco de su emoción se vio apagada pero volvió a la carga, como una vela que apenas percibe una brisa y vuelve a la normalidad.
-Te pregunté qué película quieres que alquilemos -aclaró-. Dijiste que hoy vendrías a casa y pensé que...
-Ah, sobre eso -la interrumpió Santana recordando-. Tal parece que no iré después de todo. No estaba segura de que Puck estaría disponible esta noche pero ahora que sé que sí, pasaré por su casa.
-Pero tú dijiste...
-Dije que iría si estaba libre -le remarcó ella- y dejé de estarlo.
Discutir hubiera sido inútil porque sí lo había dicho. Brittany podía no ser muy despierta pero entendía un no cuando lo oía. Musitó un "esta bien" apenas audible y se detuvo. Santana caminó un poco más adelante antes de volverse.
-¿Qué tal la próxima semana y lo hacemos en mi casa?
Brittany esbozó una media sonrisa. Había esperado toda la semana por ese día. Aun así, algo era algo.
-De acuerdo.
-Hecho. Te llamaré mañana.
-Vale.
Santana le sonrió y dedicó un gesto de despedida antes de correr calle abajo. Debía ir a casa y arreglarse para su hombre. Mientras tanto Brittany permaneció en el mismo sitio, encajando en la gran estantería de sus emociones esta nueva decepción. Intentó dar con el frasco del enojo, del rencor mermelada de ciruela -su abuela, con sus galletas de ese sabor, golpeándole la mano para no tomar una antes de la cena siempre le hacía sencillo encontrarlo-, pero pensar en Santana lo volvía en la cajita de las galletas y la añoranza, por lo que era imposible. Sin duda no le gustaba ese desplante, le desagradaba sin ninguna dificultad, pero sus sentimientos no llegaban más allá, no alcanzaban a la persona que lo causó.
Se acomodó a los pies de la entrada principal, el bolso sobre sus rodillas, repasando lo que esperaba fuera esa noche y tal vez sería la semana siguiente. Primero verían comedias románticas sentadas en su cama (o la cama de Santana), tapadas por el mismo cobertor y un bol lleno de palomitas entre ambas. Ella se colocaría su nuevo pijama de pingüinos y Santana los pantaloncillos negros que le hicieron pensar en un calzoncillo corto la primera vez que los vio. Acostadas sobre un colchón en el suelo hablarían hasta la madrugada compartiendo una pizza. Y antes de dormir Santana se colocaría desodorante, uno cuyo nombre no sabía pero le recordaba al pastel de vainilla que mamá hacía para su cumpleaños. Santana siempre se ponía ese desodorante porque, según decía, nadie quiere despertar al lado de alguien que apesta a sudor. Así que en cambio olía a ingredientes de pasteles. Brittany la abrazaría para dormir y soñar que era su cumpleaños y Santana su regalo hasta la mañana siguiente, cuando vería que sus pingüinos olían a Santana y vainilla. Le gustaba que eso sucediera aun después de que su amiga se fuera porque era como si todavía estuviera ahí.
Pero ahora tendría que esperar otra semana para eso. Era como si le dijeran lo mismo sobre su cumpleaños, o al menos, para Brittany así era. Para evadirse de la desilusión comenzó a contar las grietas en el suelo pero se aburrió y buscó figuras en las hojas de los arbustos. Vio un par de ojos agudos, unos globos narigones, dos puerquitos juntas, un avestruz poniendo huevos...
(1) Canción de Rammstein.
