Capítulo 6: Faint (1)
"Me vas a escuchar, te guste o no"
—Fue genial —dijo Kurt a Mercedes frente a su casillero. No podía contener su sonrisa—. Luego de pagar por todo en la cafetería nos quedamos hablando de nuestras películas favoritas hasta que su mamá le envió un mensaje para decirle que lo esperaba en la entrada. Al principio, lo admito, no me entusiasmó para nada que muchas de ellas hablaran de luchas pero la forma en la que él las describía eran, no sé, cautivadoras. Dijo que las luchas no le atraían en sí, si no la coreografía detrás de sus movimientos. De cosas así solía sacar ideas nuevas ideas para los bailes. Lo cual explica perfectamente porque lanzaba tantas patadas al aire cuando estuvimos en la máquina. ¿Mencioné que fue tan impresionante que me hizo perder la concentración y acabé en el suelo? Él de inmediato abandonó el juego y corrió a ayudarme —Suspiró recordándolo y volteó a ver a Mercedes con una mezcla de timidez y pena—. Lo siento, ¿te estoy aburriendo?
—No, en lo absoluto —dijo Mercedes girando los ojos—. ¿Por qué iba a molestarme escuchar la misma historia cinco veces seguidas?
Kurt hizo hincapié mental en que él no había preguntado si la estaba molestando. Se encogió de hombros y cerró la puerta de metal.
—Lo lamento pero, ¿sabes qué?, no lo lamento en verdad. Cuando tuve aquel flechazo por Finn jamás pude hablar con él por más de cinco minutos fuera del club Glee, lo cual paradójicamente lo hacía más atractivo, y ahora con Mike las cosas finalmente parecen ir de la manera que debería. Ni siquiera tengo que inventar excusas para hablarle porque resulta que yo le agrado. Claro que no tengo idea de si tanto como él me agrada a mí —agregó suspirando—, pero por algún lado se debe comenzar y esta vez puedo alegrarme de que es un buen comienzo.
—No me malentiendas —pidió Mercedes—. Estoy feliz de que tú seas feliz pero ¿no crees que estás yendo demasiado rápido?
—¿De qué hablas? —cuestionó Kurt sabiendo exactamente de qué hablaba pero negándose a aceptarlo.
—Digo, hasta donde sabemos, Mike es tan hetero como cualquier chico en este colegio, a excepción de ti.
—Es un error común —dijo Kurt restándole importancia—. El pensar que todos los gays deben parecerse entre sí nada más por compartir el mismo interés por su propio género. Pero, aunque no tengo mucho con qué comparar, imagino que los hay de todas las clases y el tipo de Mike sin duda existe. Nadie se imaginaba que George Michael fuera del otro bando hasta que lo descubrieron buscando hombres en los baños públicos.
—Entonces, ¿vas a esperar a que lo arresten por atentar contra la decencia?
Kurt boqueó anonadado e iba a responder, indignado, cuando sintió una mano en su hombro y se alegró de poder olvidarse de momento del asunto. Kate sonreía.
—Hey —dijo también dirigiéndose a Mercedes—, ¿quieren ver algo genial?
Parecía tan entusiasmada que incluso Kurt sintió verdadero interés. Compartió una breve mirada de curiosidad con Mercedes, antes de que la muchacha aceptara por ambos con un encogimiento de hombros.
—Aquí —dijo la chica de la gorra deteniéndose en el corredor.
Se inclinó hacia un costado para ver hacia el pasillo con el que estaba conectado y, para saber de qué se trataba esa cosa genial, ambos ojearon de la misma forma. La cabeza de Kurt, por ser el más alto, quedaba arriba de la de Kate y Mercedes, encogiéndose un poco, justo debajo de la de ella.
Ni Kurt ni Mercedes entendieron de inmediato por qué estaban viendo a dos jugadores de fútbol dirigirse a lo que supusieron eran sus casilleros, medio ocultos ahí. Uno de ellos era Dave Karofsky y cuando éste puso la mano sobre el candado para abrirlo ambos percibieron que su compañera dejaba de respirar, aunque sonreía igual que antes. Cuando el casillero fue abierto, algo (una sartén, una raqueta de ping pong, no alcanzaron a verlo) envió un par de globos rellenos de pintura directo al rostro del jugador, coloreándolo de rojo. La risa de sus compañeros fue inmediata.
—¡Te han embromado, viejo! —rió también el otro jugador, un momento antes de abrir su propio casillero y recibir otro par de globos, esta vez quedándose de color azul—. De acuerdo, ¡¿quién fue el imbécil suicida que hizo esto?
Kate ya no aguantó la carcajada. Se rió tan intenso como los compañeros que habían visto el incidente, pese al tono amenazador del joven de piel oscura, mezclándose con ellos. Mercedes incluso se tapó la boca para disimular la gracia que le hacía. Kurt sólo era capaz de esbozar una media sonrisa pero en cuanto notó que el colorado Dave lo estaba mirando ceñudo, ésta se borró y apoyó la espalda contra la pared sobre la que se había inclinado. Sin saber por qué había tenido un breve acceso de adrenalina en ese corto instante en que descubrió al furioso jugador y su corazón todavía le latía con fuerza cuando Kate y Mercedes lograron calmarse.
—Oh, por Dios... —dijo la diva—. ¿Tú lo hiciste?
—¡Aléjense de mi camino! —vociferó el de azul camino al baño. Empujó a un compañero que aún continuaba carcajeándose y se dirigió al baño al final del pasillo. Antes de meterse por la puerta barrió el sitio con una mirada penetrante, que ninguno del trío alcanzó a ver cubiertos por la pared, pero pudieron oírlo sin dificultad—. No sé quién diablos hizo esto, pero que le quede claro que esto no se va a quedar así. Y más le vale, por el bien de su trasero, que esto no sea permanente.
Dicho esto, azotó la puerta tras de sí.
—Su conserje es muy fácil de sobornar —respondió Kate todavía sonriente—. Unos pocos billetes y no tuvo ningún problema en dejarme entrar antes de hora.
—¿Cómo hiciste para meter los globos? —inquirió la morena.
—Es cierto lo que dicen: hay de todo en Internet. Un simple pedido en Google sobre cómo forzar candados y voilá. Podría ser ladrona internacional pero esto es más divertido.
Mercedes volvió a reírse y pronto la rubia se unió a ella. Kurt vio a su amiga y luego a su compañera como si acabaran de demostrarle la prueba irrefutable de que venían de otra galaxia. Era como si el vocabulario de su mente se hubiera vaciado pero luego se encontró hablándole a Kate:
—¿Esto es por lo que te hicieron la semana pasada?
La semana pasada Kate había recibido su bienvenida oficial al club Glee: un baño helado de dulce granizado sabor naranja. Primero se había quedado estupefacta al presenciar cómo empapaban a Kurt y Mercedes. Luego el mejor amigo de Dave dijo "oh, esperen, nos faltó una" y regresó sobre sus pasos sólo para empapar la cara de la chica, la cual apenas pudo soltar un jadeo ahogado mientras el hielo molido se escurría de su cabello. Los tres se habían dirigido a los respectivos baños de sus sexos para limpiarse. Kurt esta vez tenía una camisa extra en su bolso para hacer juego con sus pantalones y Mercedes sólo se quitó su chaqueta mojada, en tanto la rubia, por ser su primera vez, no tuvo más opción que empapar su camiseta y acercar su pecho a los secadores de mano durante toda la primera hora hasta que estuvo más o menos presentable.
—No hubiera estado mal un aviso, ¿saben? —protestó en la reunión Glee que siguió al incidente—. Todavía huelo a ananá.
—Creo que es naranja —corrigió Tina, que se sentaba cerca de ella. Kate le dirigió una mirada asesina, causando nada más que un encogimiento de hombros en la gótica—. Sabemos que estás molesta. Todos pasamos por eso siempre. No nos habría sorprendido que hubieras abandonado el grupo después de eso, por eso no te lo dijimos antes.
—Aún puedes hacerlo si eso quieres —aportó Rachel en tono comprensivo—. No te culparíamos si así fuera.
—¿Es una broma? —preguntó la rubia, ignorándola, para mirar a los presentes, y como nadie respondiera, añadió consternada—. ¿Tratan de decirme que pasan por esto todos los días?
—Por eso siempre es recomendable traer una muda extra de ropa —aleccionó Artie y palmeó la mochila sujeta a su silla de ruedas—. Nunca sabes cuándo hacen falta.
—Me joden...
El profesor Shuester carraspeó.
—El lenguaje.
Eso irritó aun más a la joven.
—¿A quién rayos le importa el lenguaje? —espetó y luego pareció darse cuenta de a quién le hablaba, así que trató de rectificarlo—. Lo siento, señor Schuester.
El mayor hizo un gesto para quitarle importancia. Después de todo podía entender la frustración y el mal sabor que dejaba en uno recibir ese trato de repente.
Kate giró hacia sus compañeros, liberando un suspiro.
—Déjenme adivinar —continuó—. ¿Así es como funciona la escuela? ¿El estatus quo y esas porquerías?
—Kate...
—Ya, lo siento. ¿Entonces? ¿Es así?
Incluso los chicos de la banda cabecearon al mismo tiempo que los del coro. La nueva bufó.
—Lo mismo de antes —comentó como al aire y giró los ojos—. Lo dicho: conoces una escuela de clase media, las conoces todas.
A partir de ahí no volvió a mencionar el baño helado y todos asumieron que simplemente se había resignado a que ya no había vuelta atrás después de haberse subido al escenario, como ellos mismos.
Sólo en ese momento Kurt comprendió que no había sucedido así en lo absoluto. "Está loca", determinó. "Planea llevar una guerra de bromas y no se da cuenta de que al final sólo ella será la perjudicada." No se trataba de que él no hubiera disfrutado lo suyo viendo a Karofsky y a su amigos pintados (que sí, pese al susto que le dio el primero), era lo que implicaba y con lo que no estaba de acuerdo. Pagar con la misma moneda no hacía más que dejar los bolsillos vacíos.
—Más o menos —respondió Kate a su pregunta. Observó a Kurt y esbozó una sonrisa de medio lado, como si hubiera adivinado lo que pensaba—. He visto esa mirada. No, no me interesa hacer de justiciera. Tampoco me importa que esos dos aprendan algo, a decir verdad. Hacer este tipo de cosas es algo que me divierte y si los blancos resultan ser un par de gorrillas que lo merecen, tanto mejor.
—No le encuentro nada divertido a perder el tiempo de esa manera —dijo Kurt sin el menor rastro de buen humor.
Mercedes abrió los ojos. Kate se cruzó de brazos.
—Yo tampoco se lo veo a llevar ropa de diseñador pero no es mi problema si a otros les agrada, ¿verdad?
—Como yo me visto no daña a nadie —replicó Kurt.
—Una broma tampoco —respondió igualmente la joven—. No es como si hubiera usado pintura con plomo o algo así. Eran simples acuarelas. Ni siquiera les quedarán manchas.
—Aun así, me parece un ejercicio inútil.
—¿Vuelvo a mencionar la ropa de diseñador o qué?
—Muy bien, voy a detenerlos aquí —intervino Mercedes alzando las manos hacia sus compañeros— porque no me gusta el tono de ninguno y no vale la pena discutirlo —Dirigió una dura mirada al par—. Así que vamos a dejarlo de lado y diremos que aquí nada pasó, ¿estamos de acuerdo?
Un momento de silencio.
—Joder, creí que te alegrarías —comentó Kate mirando a Kurt.
Mercedes elevó la vista al cielo, rogando paciencia.
—No sé por qué creíste eso —respondió el chico—, pero para el futuro toma en cuenta que la destrucción de la propiedad no es en lo absoluto algo que me alegre.
No pudo evitar recordar las advertencias de Rachel y el intento de quemar un auto. En el fondo no tomaba muy en serio esas palabras pero ahora le parecían algo a tomar en cuenta.
—Como quieras, tío —dijo Kate simplemente embolsándose ambas manos. Mercedes creyó que había terminado todo hasta que la rubia agregó—: Si no tienes sentido del humor allá tú.
—¿Sabes algo? Ni siquiera me molestaré en responder eso. Tú continúa en tu pequeña actividad y espero que te aproveche.
—Nuevas noticias, chico: no necesito tu permiso.
—De acuerdo, oficialmente me siento incómoda —dijo Mercedes en voz alta—. ¿Contentos ya?
Ambos la miraron casi sorprendidos por hallarla ahí. Cualquier cosa que pudieran hacer a continuación se vio reducida a oír el sonido del timbre dando inicio a las clases. Kurt ladeó la cabeza como si echara atrás el cabello y miró a Mercedes, que le hizo un gesto para que esperara un rato por ella. En cuando el chico se alejó, la morena se giró hacia Kate.
—Debo decir que estoy de acuerdo con él en una cosa: eso de devolver a los demás el mal que te hicieron no es la mejor política. Sin embargo —añadió alzando una mano para detener la replica de la otra—, fue divertido ver a ese par ser empapados por lo menos una vez, para variar.
Los hombros de la joven se relajaron.
—De eso se trata, chica. Nada más.
—Malas noticias, chicos —anunció el señor Schuester apenas entró en el salón.
—Nos cancelaron el permiso para la fiesta —dijo Tina en respuesta.
El señor Schuester parpadeó.
—Sí... —dijo y viendo que nadie reaccionaba por el hecho, inquirió—: ¿pero cómo lo supieron?
Los jóvenes se miraron entre sí y después de un rato Quinn empezó a hablar.
La entrenadora Sylvester se los había informado implícitamente al darles los nuevos horarios a las porristas. Las chicas que también pertenecían a Glee vieron pronto que los entrenamientos del viernes se darían a la misma hora en la que habían decidido hacer el concurso, y eso, sumando el hecho de que el día del concurso caía un viernes, fue suficiente explicación. Cuando Quinn acabó de contar cómo ella y sus compañeras fueron a hacerle preguntas al director, repitió sin saberlo la misma respuesta que le dio el hombre a Will Schuester al ser éste notificado.
—Está en su contrato —diría el director—. Los horarios de los entrenamientos de las porristas son su responsabilidad y tiene derecho a poner cualquier hora que crea conveniente. Lo siento pero no hay nada que pueda hacer.
—No lo entiendo —afirmó Schuester confundido—. Sue no podía saber cuándo sería el concurso. Aun no hemos hecho los volantes.
Santana, Quinn y otra buena parte de los miembros del coro miraron a Brittany. La rubia se sintió intimidada por el peso de tantas miradas. Levantó insegura una mano.
—Yo... pude habérselo mencionado... por error.
—Le preguntó a la entrenadora dónde creía que podría estar el escenario y la mesa de los jueces —aclaró Santana, cruzada de brazos.
Brittany bajó la mirada.
—Pensé que ella podría tener una opinión. Y creí que ya lo sabría ya que suele saberlo todo como si fuera una maga o algo así. Lo siento.
Schuester levantó las manos como si no supiera qué decir a eso. Estaba decepcionado pero no le sorprendía del todo. Tal vez igual Sue iba a acabar enterándose por sí misma y desde luego iba a actuar en contra tarde o temprano.
—Justo estábamos hablando sobre un lugar donde podríamos trasladar el concurso —añadió Quinn.
—¿En serio? —No pudo evitar la sorpresa Will. Miró a cada uno de los chicos y se sintió orgulloso de ellos—. Vaya. Me alegra saber que no piensan dejar que esto nos derrote.
—El alquiler de la máquina ya está pagado —dijo Tina— y no aceptan devoluciones.
—Las telas tampoco son retornables —agregó Kurt. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y una mano frotando su frente en signo de frustración—. Ya hice los adornos y no combinan con nada en mi casa.
—Lo siento —repitió Brittany lamentando nuevamente su error.
—Está bien, Brittany —tranquilizó el mayor—. Nadie te culpa.
—Yo sí —dijo Rachel, cruzada de brazos—. Tu acción no pudo ser más imprudente.
Mercedes giró hacia ella.
—¿Tú realmente crees que ella necesita eso ahora?
Iba Rachel a responder, llena de indignación, pero el señor Schuester la paró con un gesto.
—Basta —dijo. En momentos así le era imposible no recordar que estaba tratando con jóvenes en vez de adultos—. Lo último que nos hace falta ahora es una pelea entre nosotros. A ver, ¿alguien tenía una idea sobre dónde podemos hacerlo?
—Esto arruina totalmente mi plan de diseño —se quejó Kurt para sí mismo, con voz bastante alta para que lo oyeran los presentes.
—Por si le interesa saber —acotó Santana frunciendo el ceño, ofendida—, nosotras no podremos ir a menos que cambien la fecha también. La entrenadora nos hace realizar el triple de trabajo por cada entrenamiento que nos perdemos.
Ese detalle casi se le había escapado al profesor.
—Me doy cuenta, chicas, y tienen razón. Supongo que ya que cambiamos de locación y el permiso ha quedado invalidado podemos hacerlo cualquier otro día.
—Hasta ahora sólo tenemos dos opciones en cuanto a lo lugares disponibles —dijo Quinn. Con Rachel demasiado furiosa para aportar ideas y Finn ausente el mando había pasado naturalmente a sus manos. No por nada llegó a ser líder de porristas aun después de su caída social—. Puck dice que conoce un almacén abandonado y, bueno, lo diré honestamente, mejor estaríamos haciéndolo directamente en un basurero.
Will miró a Puck. El muchacho se encogió de hombros.
—No es tan terrible si estás acostumbrado a las ratas y si logras echar a los vagabundos que lo usan como su casa.
—Odio a las ratas —dijo Santana.
—Creo que tendremos que pasar, Puck. ¿Y el otro sitio?
—El club donde toca mi primo —respondió Kate—. La verdad no tengo idea de si el dueño aceptará pero como es medio amigo de mi primo, podría preguntar al menos.
—Y antes de que llegara usted estábamos hablando sobre la inconveniencia que eso implicaría —intervino Rachel firmemente—. Ni siquiera conocemos el sitio o la clase de clientela que suele aceptarse. Por si no fuera poco, está casi al otro lado de la ciudad.
—Y yo iba a decir —replicó Kate volviéndose hacia ella— que, en primer lugar, está bien y pueden visitarlo cuando quieran para verlo por ustedes mismos. Y en segundo lugar, ¿prefieres gastar un poco más de gasolina o lidiar con las ratas?
—No me gustan las ratas —comentó Brittany—. Siempre dicen que tienen oro y joyas con ellas pero no es verdad.
Todos dejaron pasar un momento para asimilar esa nueva incoherencia. Pasado el cual, Schuester se aclaró la garganta para llamar la atención nuevamente.
—Creo que, considerando nuestras limitadas opciones, la idea no está mal. Kate, asegúrate de que el dueño acepte y avísanos.
Mientras la rubia asentía, Rachel miró al profesor como si acabaran de salirle alas. Pero era incredulidad de otra clase: no contenta con competir con ella por el lugar de la mejor cantante del colegio, ¿ahora la nueva pretendía salvar el día?
—Pero... —objetó Rachel.
No quería deberle a la nueva nada, menos el haber solucionado el problema del lugar.
—No, Rachel. No hay de otra. Bien, resuelto eso pasemos a su tarea de esta semana.
Siento que debo aclara algo aquí. No odio a Dave Karofsky ni planeo hacer bashing en su contra. Es más, el Dave/Blaine es una de las parejas favoritas en este fandom. Créanlo o no, lo de la broma es parte de la trama pero no puedo aclarar más sin soltar spoilers.
Ahora, la pregunta esperada. ¿Una opinión sobre Kate?
