Capítulo 12: 306
"Mi pulso helado se acelera mientras la oscura trama se complica"
—No lo entiendo —dijo Santana.
En el cuarto de Brittany, sentada al borde de la cama, esas habían sido las primeras palabras que dejara oír. Brittany no había querido empezar preguntándole de qué necesitaban hablar, como decía su mensaje de texto, por temor a presionarla. Ahora la miró algo confundida pero dispuesta a dejarla hablar a su ritmo. Con Santana siempre era mejor conducirse así, o se cerraba y hacía como que nada le importaba.
—¿Por qué Torrison? —cuestionó la latina por fin, frunciendo el ceño con desconcierto—. Simplemente no lo entiendo, no me entra en la cabeza. ¿Por qué ella?
Brittany no podía contestar con otra cosa que con la verdad. No veía necesidad de mentir y ni aun si la hubiera visto, hubiera sido terrible para ello.
—Ella me dejaba terminar —dijo suavemente—. A ella no le importa ser lesbiana por eso porque ya lo es.
Santana meneó la cabeza con incredulidad.
—Esa es una estúpida razón —declaró. Sus ojos castaños brillaban humedecidos y furiosos—. ¿Cómo pudiste hacerme eso?
A Brittany le dolió la acusación.
—¿Hacerte qué? Siempre has dicho que podemos besarnos y jugar con la otra, que eso no significa que salgamos —Estrujó las manos en su regazo, bajando la mirada—. Siempre lo has dicho y lo he entendido. Y si no salgo contigo, ¿por qué no voy a poder estar con alguien más?
Los labios de Santana temblaron. Subió las piernas a la cama, las cruzó y se mantuvo en obstinado silencio nuevamente. Brittany ya había pensado con anterioridad qué era lo que pasaba pero acababa por tachar esa idea, para no sufrir una posible desilusión. De todas formas no pudo evitar soltarlo en el momento; eso sí, con tono bromista, de no tomarlo en serio.
—No me digas que estás celosa de ella.
—Tal vez lo estoy —afirmó Santana fijando en ella una dura mirada—. Tal vez estoy algo celosa. ¿Y QUÉ? Eso no va a cambiar nada, ¿verdad? Ya me has dejado muy en claro que piensas que soy una cobarde y no querrías estar conmigo.
—¿Has estado bebiendo? —preguntó Brittany ladeando la cabeza. Hace rato le había parecido oler el perfume de Santana. ¿No habrá sido alcohol disimulado?—. Cuando te emborrachas dices muchas cosas así y das algo de miedo.
—¿De qué hablas? —dijo Santana, tomada fuera de base. Sin importar lo que su amiga le dijera no se creía el efecto que el alcohol tenía sobre ella. Además la pregunta estaba fuera de lugar. Simplemente estaba harta de guardarse las cosas para sí. Lo que en el fondo era casi lo mismo que estar borracho—. No —Negó con la cabeza. Presentía que así no iban a llegar a ningún lado. Había ido con el objetivo de aclarar las cosas de una buena vez. Necesitaba que así fuera—. Sólo... dime una cosa, ¿quieres?
—Claro.
Antes de hablar, Santana se mordió los labios, como si en realidad no quisiera decirlo. Pero debía hacerlo.
—¿Estás enamorada de ella?
—Por supuesto que no, tonta —Brittany incluso sonrió de alivio. La cuestión era mucho menos grave de lo que se esperaba—. Me agrada y es buena conmigo, pero no siento lo mismo por ella que por ti, por ejemplo.
—¿Qué? —El corazón le palpitaba incontrolable—. ¿Y qué es eso?
—Por favor —dijo Brittany, sonriente, girando los ojos—. Como si no fuera obvio.
La miró de arriba abajo pero no cuando calificaba a algún chico o una chica en términos de atractivo, si no como un juguete precioso fuera de su empaque. La ternura y satisfacción que transmitían podrían haber derretido a cualquiera. A Santana le sucedió algo así, junto a una sensación de miedo enterrado, cual espinilla en el dedo. Comenzó a llorar sin darse cuenta, alarmando a su amiga.
—Lo siento —dijo. No era un llanto histérico como cuando se emborrachaba. Las lágrimas caían tranquilamente, pesándole en el pecho—. Lo siento, no podemos. No podemos.
La sonrisa de Brittany se esfumó.
—¿Qué cosa? ¿Salir?
Incluso Santana perdía la paciencia con ella a veces.
—¡Por supuesto que salir, Britt! —replicó Santana con fiereza—. Qué demonios. ¿Crees que no he pensado en pedírtelo hace mucho tiempo? ¿Crees que no he querido hacerlo? ¿Pero qué piensas que van a pensar los demás?
—A mí no me importa —dijo Brittany sin orgullo ni pena—. Si pudiera estar contigo no me importaría lo que diría la gente.
Deseó abrazar a Santana y volverla a hacer fuerte como siempre parecía. Segura, confiada, que no aguanta tonterías de nadie. La admiraba por eso e incluso ahora, lejos de minar ese sentimiento, sólo lo hacía más creíble. Como el hecho de que Papa Noel debía comer galletas antes de partir de una casa. Un hombre así de gordo, por más mágico que fuera, debía recargar sus energías. Algo así, pero más abstracto, pensaba acerca de Santana.
—Pues a mí sí, ¿de acuerdo? —confesó la joven. La cabeza iba a estallarle y ya no estaba segura de qué decir o cómo. Tenía un remolino de emociones confusas—. Puedo patear uno o dos trasero pero ¿el de toda la escuela? Yo... ¿ves? Sería mucho más fácil si fueras un chico. A nadie le importa eso.
Juntó ambas piernas contra su pecho y enterró la cabeza entre sus brazos. Trataba de no hacer ningún sonido, como si así el sollozo fuera menos real, pero se le agitaba la espalda a fuerza de ellos. Brittany comenzó a frotársela suavemente, de arriba abajo.
—¿Por qué no eres un chico? —musitó en voz baja.
Brittany meditó la cuestión.
—No lo sé —admitió pasado un tiempo, encogiéndose de hombros—. Pero... sé que no me gustaría si fueras un chico. Como chica me pareces mucho más sexy y tenemos más cosas en común. Si fueras un chico y tuviéramos eso serías gay, y no estaríamos juntos. Además, como eres ahora estás perfecta para mí.
Una risa teñida de tristeza salió de Santana.
—¿Cómo puedes ser tan...—Miraba el techo, las paredes y los juguetes que decoraban el cuarto buscando una palabra. La bendita casa de muñecas, con su Barbie y Ken. Peluches de conejos blancos y un joyero con la cara de Hello Kity. La habitación de una niña. Más lágrimas. No sabía ya por qué eran esas— tan buena y aun así estar conmigo?
La mano de Brittany se deslizó desde su espalda hasta el hombro. Tras unos momentos de duda, apoyó la palma sobre la de Santana.
—Tú también eres buena —dijo simplemente y se movió hasta ponerse a su lado. Apoyó la cabeza en su hombre, descansando sobre ella, como ya había miles de veces—. Por eso me gustas.
No era nada nuevo, también lo había dicho antes. Lo que cambiaba era el contexto, la situación, ella misma. Se limpió el rastro de rimel corrido y se vio los dedos ennegrecidos como un pelo quebrado o una extensión desprendida.
—No te vas a ir y dejarme sola, ¿verdad? —inquirió sin dejar de verse la mano—. Si vamos a hacer esto no pienso soportarlo sola.
—Está bien —aceptó Brittany rodeándole la cintura con un brazo—. De todos modos no podrías porque no te dejaría.
—¿Ahora tú me prohíbes cosas? —Santana sonrió—. ¿Desde cuándo?
—Las novias lo hacen —afirmó Brittany y una sombra de duda cruzó su rostro—. Porque a eso es lo que vamos, ¿no?
Santana bufó, deseando reír, llorar, expresar de alguna manera todas las dudas, miedos y alegría que se arremolinaban dentro como un montón de criaturas de jalea peleando por hacerse oír. Sobre todas ellas, para variar, prefirió escuchar la optimista. Y cuando se determinó a ello, fue como si una montaña acabara de deshacerse a sus espaldas después de estar sobre ella demasiado tiempo.
—Sí, Britt —Enorme, profundo suspiro de alivio—. A eso vamos.
A la hora del almuerzo Rachel se desvió del camino al salón comedor para dirigirse al aula del coro. Las partituras en sus manos contenían las notas de la nueva canción que pensaba presentar al grupo como su regreso triunfal en la lucha del éxito. Había decidido, por fin, que la ausencia de Finn no tenía por qué frenarla. Llevaba algún tiempo cultivando el pensamiento hasta ese día, en el que decidió que la dejaría crecer y la tomaría en serio.
"Behind these hazel eyes" de Kelly Clarkson sería su despedida de la vieja Rachel, esa pasiva que se guardaba su talento. Toda gran artista tiene una melodía para cada etapa de su vida. Sólo tenía que afinar un poco la melodía para ajustarse a un piano, de manera que transmitiera precisamente ese aire dramático que buscaba. Se sentía bien, incluso de buen humor, mientras pasaba por el pasillo. Casi habría dejado pasar la visión de Kate pasando por otro pasillo. Lo habría hecho gustosamente y seguido con lo suyo de no ser por un pequeño detalle.
El balde, enorme balde, que Kate arrastraba por el suelo. La curiosidad fue más fuerte que cualquier cosa. Tuvo que ir a ver. Cuando cruzó por el pasillo y se ocultó tras unos casilleros, pudo vislumbrar qué era lo que llevaba. Globos rellenos de... algo demasiado espeso para ser agua. Pesaban de tal modo que la rubia a medias lo llevaba por el piso, a medias en los brazos. Lo condujo hasta unas escaleras que Rachel sabía conducían hasta el techo y subió por ellas. Esperó. Luego subió ella también y tras un segundo de vacilación, traspasó la puerta de la terraza. Llegada a ese punto ya no estaba tan segura pero ¿qué era lo peor que podía pasar? Que Kate le arrojara uno de esos globos, nada más. Y considerando que prácticamente todos los días la recibían con granizados lanzados al rostro, no era la gran cosa.
Con este pensamiento, siguió adelante. La terraza era el lugar donde los solitarios comían o pasaban el tiempo. Grande, inhóspito, con todo el cielo a su disposición, se juntaban en grupos no mayores de cinco y apenas hablaban. Eran las personas que no entraban en ninguna otra clasificación dentro de la escuela ni tenían amigos que ayudaran a definirlos. Rachel a veces pensaba que si no fuera por el canto, ella también estaría ahí. Cinco esquinas conformaban la terraza. Encontró a Kate en la más angosta, subida a un motor de aire acondicionado para ver sobre el borde de la pared. El balde y la mochila de la chica en el suelo.
Rachel intentó determinar hacia dónde se dirigía esa pared guiándose por la posición de la puerta, las escaleras y el colegio en general. Creía que hacia el patio trasero, más o menos. Y al llegar a esa conclusión ya no tuvo más dudas sobre lo que la joven hacía ahí. Había oído a Mercedes mientras ponía al tanto a Tina sobre la pequeña afición de la chica para hacer bromas. Soborno, forzamiento de candados, mecanismos ocultos para lanzar cosas a la gente. Medidas al límite de lo racional y lo legal, sólo para conseguir lo que quería.
Aunque no le gustara admitirlo, la respetaba por su ambición. Era algo con lo que se sentía identificada.
Kate parecía una niña en una dulcería mientras, uno a uno, tomaba los globos y los dejaba caer. Es todo lo que hacía. Se había llevado una docena de ellos pero en el sexto se detuvo y una expresión de alarma cruzó su rostro. Masculló algo para sí misma y bajó del motor de un salto. Se colgó la mochila al hombro y tomó el balde. Rachel trató de huir pero no tuvo tiempo de bajar todas las escaleras cuando la puerta a sus espaldas se abrió y se encontró cara a cara con ella. No supo qué decir. Kate sólo rodó los ojos.
—Para aclarar las cosas —dijo con tono resignado—, sabes lo que acabo de hacer, ¿cierto?
Rachel asintió con la cabeza.
—¿Me estabas espiando? —preguntó a continuación, tranquilamente.
—Te vi con el balde y sentí curiosidad, como cualquier persona lo haría.
—¿Vas a delatarme? Dímelo desde ya, sí o no.
—Tal vez —respondió incómoda por las prisas—. ¿Eso importa ahora?
—Importa porque ahora los brutos de fútbol van a venir a buscar quién les lanzó ese puré de espinaca desde el techo y si de todos modos vas a delatarme, ni me molesto en escapar.
Habría sido muy fácil lograr que la castigaran y ser de nuevo la voz principal en Glee pero sabía que no lo haría. Podía ser competitiva y ambiciosa hasta un punto que muchos considerarían excesivo, pero no tramposa. Si iba a reducir a Kate Torrison a la nada sería cantando, no de otra forma. Rachel tuvo en ese momento aquel pensamiento y se sintió satisfecha incluso orgullosa de él. De modo tal que se hizo un lado para dejarla pasar.
Kate la miró todavía con una ceja alzada, desconfiada.
—Luego no digas que no he hecho nada amable por ti —dijo la morena cruzándose de brazos.
La rubia no se movía pero su mirada se había suavizado.
—Creí que me odiabas.
—Odio es una palabra muy fuerte —replicó Rachel permitiéndose una sonrisa amable—. Digamos que no soy buena con la competencia, es todo.
—¿Competencia? —repitió la rubia, desconcertada.
Era evidente que ella nunca había pensado en Rachel en esos términos, lo que avergonzó un poco a la morena.
—Olvídalo, no es importante —descartó con un gesto de mano—. Anda, huye. Esos jugadores son muy veloces y no querrás que te encuentren aquí.
—Sí, ya me di cuenta —dijo la rubia pasando por su lado.
Rachel bajó justo después de ella. Kate llevaba el balde a la espalda, sosteniéndolo del asa con una mano, seguro que lista para soltarla en cualquier momento. Caminaba al principio pero pronto aceleró el paso y se perdió de vista. Unos momentos más tarde Rachel tuvo que hacerse a un lado para evitar a media docena de jugadores de fútbol arremetiendo contra el aire en apresurada carrera. Esa media docena tenía la coronilla o parte de la ropa cubierta de una sustancia de verde claro, con grumos en ciertas partes.
—¿Qué miras? —dijo desafiante uno de los chicos, deteniéndose.
Se apretaba los puños como quien se prepara para dar una real paliza a quien se le antojara. Era uno de los que estaban en peor estado e incluso el olor de la espinaca se desprendía de él. Rachel aguantó como pudo la risa que le pugnaba por dentro y negó con la cabeza, bajando la vista.
—Nada.
A continuación el chico le preguntó cómo se llega al techo. Rachel le señaló el camino y mientras se alejaban los muchachos, ella continuó por el lado contrario. Cuando estuvo seguro de que ya no podrían verla, ya no se reprimió una sonrisa de satisfacción. Si bien los métodos de la rubia eran cuestionables, no podía negar que era en cierta forma relajante ver a los mismos que se encargaban de pintarle el rostro de colores frutales empapados también de un comestible. Su sonrisa, sin embargo, se evaporó cuando abrió la puerta del aula del coro.
Kate. Guardando el balde en un armario donde se guardaban instrumentos.
—¡Cierra la puerta, chica! —le dijo alarmada, cerrando la puerta del armario. Sólo entonces pareció respirar relajada y se giró a verla. Esbozó una media sonrisa que resultó algo atolondrada—. Hola otra vez.
Rachel supuso que ya no tenía por qué sorprenderse. El mayor peligro ya había pasado al menos.
—¿Era necesario venir aquí? —dijo, con cierta resignación.
—Tranquila —respondió la rubia alejándose del armario y sentándose en una de las gradas—. Era esto o el armario del conserje, pero debía pasar frente a los brutos para llegar a él. Cuando dejen de buscar me desharé de lo que queda en el baño.
—Con tal de que no afecte al club —dijo la morena, encogiéndose de hombros y tomando asiento frente al piano. En realidad todavía debía sobreponerse al hecho de que acababa de convertirse en cómplice de una broma pesada pero no iba a dejar que eso la desanimara y le impidiera seguir su ideal. Sencillamente iba a olvidarse del asunto. El show debía continuar y no sería bueno si ni siquiera ensayaba. Está bien, mientras se mantuviera en silencio no le molestaba—. Si quieres quédate pero me disculparás que no te sirva de distracción. Debo trabajar en esta canción.
—Claro, no hay problema —afirmó Kate despreocupadamente. Sacó un recipiente de plástico de la mochila—. Joder, me muero de hambre.
Rachel vio que tenía un sándwich de carne en las manos y apartó el rostro cuando sintió que las tripas protestaban la falta de almuerzo propio. Intentó concentrarse nada más que en su trabajo. Modificó un par de notas y borró otras. Murmuraba para sí la entonación cuando no estaba segura de que la melodía encajara para hacer las correcciones pertinentes. Mientras tanto Kate se había levantado y miraba el título de la hoja sobre su hombro. Rachel percibió el olor del queso en su emparedado, aumentando molestosamente su hambre. Intentó ignorarlo. Seguro que todas sus artistas favoritas habían enfrentado obstáculos peores.
—¿No vas a almorzar nada? —preguntó la rubia inesperadamente. Rachel no lo lamentó tanto por el hecho de que ya había notado la pérdida de su concentración—. Perdona pero eso no parece bien.
—Ya he almorzado, gracias por tu preocupación —dijo de forma evasiva. En realidad no había comido más que un par de galletas y soda dietética—. ¿Podrías alejarte, por favor? No quiero migajas en mi cabello.
—Ah, claro —aceptó la rubia dando un paso hacia atrás—. Igual, si tienes hambre me dices. Me hice demasiados sándwiches. Creí que los chicos del techo podrían aceptarlos a cambio de decir que no me habían visto en todo el día pero al parecer todos faltaron hoy. No les importa nada más que sí mismos así que seguro funcionaría hasta con chicles.
Sí, Rachel lo sabía por su propia experiencia en sobornos. Siguió trabajando un minutos más en el estribillo y evaluó el resultado tocando las notas en el piano, tarareando la letra. A sus oídos sonaba excelente, lo que satisfizo bien.
—Perfecto —dijo para sí, feliz, y juntó todas las hojas—. Ahora sólo debo ensayar la parte vocal.
—Hurra —respondió la voz de Kate a sus espaldas. Se había acostado en las gradas con las manos detrás de la cabeza. La gorra le cubría el rostro en lugar de la coronilla—. No te importa que oiga, ¿cierto? Porque la verdad me da pereza moverme.
Rachel dirigió una mirada suspicaz al recipiente de plástico abierto. Kate no había comido más que dos, así que todavía quedaban por lo menos cuatro. Como quien no quiere la cosa se acercó para comprobarlo. Por un costado de la oreja uno de los ojos de Kate le seguía. Rachel puso los brazos en jarras y la miró directamente.
—No sabes tocar piano, ¿cierto? Sería mucho más cómodo que otro lo hiciera mientras yo canto.
—Para nada —dijo la rubia apartándose la gorra del rostro y dejándola al lado—. Alex trató de enseñarme a tocar la guitarra pero me harté de las ampollas en los dedos.
—Sí, es un instrumento algo incómodo —concordó Rachel distraída. No quería hacer caso del vacío de su estómago pero le era imposible dejar de echar miradas al recipiente. Pedírselos directamente a Kate se sentiría incómodo justo después de haberlos rechazado—. Bueno, supongo que tendré que hacerlo yo. Ponte cómoda mientras disfrutas de una ejemplar actuación.
Kate sonrió. Seguro lo había notado.
—Adelante, Streesand.
—Es Streisand —corrigió Rachel poniéndose frente al piano—, pero te agradezco la comparación.
—Antes de que te toques —dijo la rubia alzándose de su asiento. Parada y sin la gorra, por primera vez Rachel pudo ver los rebeldes cabellos disparándose en diferentes direcciones. El efecto se veía algo atenuado por el "efecto casco" y el largo, pero todavía se notaba. Aparentemente sin prestarle atención, tomó la caja de plástico y la extendió hacia ella esbozando una media sonrisa, sin maldad—, toma un bocado. No te hagas del rogar que te escucho las tripas hasta Júpiter.
—Bueno, ya que te molestas en ofrecérmelo tan amablemente —dijo Rachel, disimulando su alivio—, no me quedará otra opción que aceptarlo. Gracias.
Kate continuó sonriendo. Hasta ahora podía ver que lo que los chicos del club decían acerca de la morena era cierto en gran parte. Lo de considerarla a ella como una competencia se lo había acabado de confirmar. Acostumbrada a ser la mejor demostrando su talento, Rachel quería que así fuera siempre y ella debía ser la más reciente amenaza. Podía aceptarlo, incluso entenderlo. Pero por ahora sólo le simpatizaba.
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