Vive tus emociones

El que manipula a la manipuladora

—...

—Sí, ahora sigo. Me despisté un momento... ¿se puede saber qué escribe ahí? Luego quiero leerlo.

Contaba que hacía frío ¿no? Pues empecé a acordarme del frío que hacía por los jardines del Ensa. Y aún peor, empecé a recordar la noche anterior y cómo me había dolido saber que Yamato había quedado con Sora.

—...

—No sé por qué me sentó mal aquello pero es innegable que me afectó.

Bueno, me dio por entrar en un centro comercial y, puede que fuera el calor, pero transformé mis malos pensamientos en los recuerdos de las tardes de verano con Sora.

Las tardes, las mañanas y las noches. Pasábamos todo el tiempo juntos. Quizás porque no había mucha gente de nuestra edad por la zona o porque ella evitaba su casa a toda costa. Y yo, pues para mí no había nada mejor que salir por ahí. Coincidió en esos años que te dan mucha más libertad y uno no sabe qué hacer con ella.

Pues eso, que recordé a Sora, para variar. Dos años sin verla son muchos. Sora fue muy importante para mí. No puedo explicarlo, simplemente en aquellos días fue indispensable.

Pero claro, el verano acaba y un nuevo curso empieza. Vuelves a tu antigua rutina y de las vacaciones apenas te acuerdas.

Con los amigos de verano, uno se reúne al año siguiente. Da igual que no os hayáis visto en un año, nada cambia. Quienes tienen la suerte de veranear lo saben. No importa quienes seáis después de un año, al veros de nuevo, dejas los cambios junto tus otros amigos. Es un fenómeno extraño.

Quizás eso éste relacionado con que me afectara que Yamato y Sora habían quedado. Esperaba que un día Sora y yo nos encontráramos de nuevo y todo sería como aquellos días. Sin conocer que había sido de nuestras vidas en ese tiempo y que tampoco importara.

Pues verá, después de mucho dudar, me atreví a llamarla. Yo no soy el tipo de personas que dudan pero no sé, eso es diferente.

Y lo peor, Sora no estaba. Sora estaba en clase. Pensé mucho en llamarla o no, en qué decirle y esas cosas, y ni pude pensar que lo normal un lunes por la mañana sería estar en clase, es más, yo debería estar en clase. Eso sí, le dejé un mensaje en el contestador.

—Hola Sora. Soy Tai, el que tiene una hermana que se llama Kari, veraneábamos en el mismo sitio ¿te acuerdas? —Esperaba que sí, si ni ella era capaz de saber quién era yo mi mundo se iría abajo— estoy en la ciudad y... ¿crees que podremos vernos? No me llames, no estoy en casa. Pásate si tal por el Rincón, estaré allí toda la tarde.

El Rincón no es ningún lugar secreto ni nada parecido, se llama así la cafetería –bastante conocida, por cierto— en la que coincidí con Koushiro.

Parece un mensaje algo raro ¿no?, probé varios y ninguno me convencía ¿Cómo diablos se queda con alguien que no has visto en dos años? ¿Le llamas y cómo si os hubieseis visto ayer?

Seguí deambulando por el centro comercial cuando me encontré con cierta chica cargada de bolsas.

—...

—No, a Sora la vi esa tarde en el Rincón.

—...

—Sí, es cierto que dije que Sora no aparecía directamente en mi historia pero no me refería a que no nos habíamos visto. Sólo que si esa tarde no hubiese quedado con ella, la cosa no cambiaría.

—...

—Pues verá, Sora tardó en llegar al Rincón pero... Espere, me estoy saltando cosas y luego es un lío todo.

La chica era Mimi.

Ya antes le había mencionado a Mimi ¿no? Pues bien, nuestra relación es algo rara. Al menos, no conozco a nadie que tenga lo mismo.

Quedamos siempre que no estoy en el Ensa. No porque sea mi novia, somos más amigos que otra cosa, aunque siempre estamos con la tontería de que algún día nos casaremos, sobre todo ella. No sé hasta qué punto será una broma. Salimos, nos divertimos juntos, y —según el día— algo más. Así llevamos ya como año y medio y tiene toda la pinta de no cambiar.

—¡Tai! —gritó acercándose a mí corriendo. Me asustó, yo no la había visto.

No pude decir nada, Mimi me dio tal abrazo que me lo impidió.

—Qué suerte. Ya te dieron las vacaciones. —Siempre le gusta pensar bien, eso me encanta.

—Eh... más o menos —le dije sonriendo.

—Pues me alegro un montón de que estés aquí. —Era verdad— ¿Me ayudas con las bolsas? —preguntó con el típico tono de niña buena, seguro que sabe cuál digo.

—Eh... claro. —Total, no tenía nada que hacer, lo mismo me daba acompañarla tienda por tienda. Además, estaba medio atontado y era hora de tratar con otro ser humano.

Usted no sabe cómo es Mimi para las compras, terrible. Tiene mucho dinero y, aunque no suele gastar caro, compra en grandes cantidades. En el sentido estético es algo extravagante. Una apariencia muy lograda pero según le dé ese día va con un estilo u otro. Lo mismo con el cabello. Ahora lo lleva según sus palabras castaño oscuro cobrizo, para mí que se lo pintó similar al mío.

—Y Mimi ¿tú no tenías que estar en clase? —Caí en eso.

—Sí.

— Y... —Mimi no captó mi intención.

— Y... —repitió como si me ayudara a completar la frase.

—Entonces, —desistí— qué haces en el centro comercial si tenías que estar en clase.

—Ah, es eso. Haberlo dicho, hombre. —Después siguió en silencio buscando alguna tienda. No, si cuando le da por ahorrar palabras... las gasta luego.

—Y no estás en clase por... —Qué difícil lo ponía.

—Porque pensé que un lunes laboral por la mañana no habría nadie en el centro comercial –era cierto– y se lo comenté a mi madre y dijo que sería perfecto aprovechar y hacer las compras de Navidad. Mañana iré a clase con un justificante diciendo que fui al médico. —No sé si es que Mimi es muy consentida o es que sus padres son como ella.

—Qué suerte tienen algunos —comenté, Mimi no pareció darse por aludida. Se quedó hipnotizada mirando un escaparate.

—¿No te parece un vestido perfecto para fin de año? —Quería entrar en la tienda y algo me decía que no sólo para probar ese vestido. Como seguro comprenderá, a mí no me apetecía mucho y conseguí quitarle esa idea.

—Sabes Mimi, ese vestido lo tenían el año pasado. Lo están vendiendo como nuevo. —Era mentira, quién sabe, igual era verdad, pero una mentira de las llamadas piadosas.

—Jo, eso debería estar prohibido. Qué timadores. —Parecía escandalizada.

—Sí, tienes toda la razón. —Me sorprendo a mí mismo— ¿Quieres que te invite a un batido?

—Vale, pero que sea de fresa —dijo cogiéndome de la mano para arrastrarme hasta la heladería.

Mimi es manipuladora y manipulable a la vez. Dócil y temible. A veces me pregunto si no hará creer que la estás manipulando y en realidad es al revés. Sabe engatusar a la gente, supongo que sin darse cuenta, pero es fácil de manejar cuando se la conoce. Aun así, no siempre es posible no ceder a sus caprichos.

—Tai... —empezó a decir, yo ya sabía que me iba a pedir algo— ¿vienes mañana a mi casa y me ayudas a decorar? Será divertido si lo hacemos juntos.

—Bueno... —No me apetecía mucho el plan.

—Oh, sabía que dirías que sí. —Mimi sonrió satisfecha ¿quién puede negarle algo?

Pensé " si yo no he dicho nada" pero sólo le sonreí, en parte porque está graciosa cuando se pone en esa actitud. Me resulta difícil enfadarme con ella.

—Toma, un regalo de Navidad un poco adelantado —le dije.

Olvide decir que le había comprado algo a Mimi. Era una cartera rosa claro de "Hello Kitty".

—Me encanta.

No le hacía falta hablar, por su cara le gustaba mucho.

—Intuí que te gusta el rosa. —Ay, qué risa, si creo que pidió el batido de fresa por el color.

Me gusta Mimi. Vamos, me gusta estar con ella, ojalá hubiera más gente así. Gente que siempre actuara de acuerdo con su mente. Sin pensar. Sin buscar una forma más correcta de decir las cosas. Sin una imagen que guardar. Cuando estoy con ella yo también me olvido de eso.

Así es, no hay que darle más vuelta. Si quiere reír, ríe. Si quiere llorar, llora. Si quiere gritar, grita. Siempre tan imprevisible.

Nunca oculta nada.

Nunca bloquea sus emociones, ni un poquito. Lo sé, la conozco desde hace mucho y esa cualidad la ha conservado intacta.

Así son los niños, por lo menos la mayoría, y al crecer parece que tenemos que ser de determinada manera, parece que no está bien reír siempre o que tenemos que aguantarnos el dolor. Que tenemos que protegernos del mundo.

Mimi me recuerda que hay que vivir lo más sencillo posible, la eterna infancia.

Siempre contenta sin necesidad de motivo, no parece tener preocupaciones. Y si las tiene no se las guarda hasta que se vuelvan contra uno. Se derrumba en el momento y luego nada. Deja atrás los problemas hasta no verlos y no vive atormentada por el pasado, que algo malo tendrá como el de todos.

La tienen acusado de simple y de inmadura. No sé muy bien a qué se refieren quienes lo dicen pero si se adapta a lo que dije es algo bueno.

¿Para qué complicarse? Si todos fuéramos "simples" no habría tanto trauma reprimido o demás historias de las que vive su profesión. Perdone si le ofendo, no es mi intención.

—...

—Bien, qué bueno que comparta mi opinión. Eh ¿no me estará dando la razón como a los locos?

—...

—Mejor. De todos modos, nada pasó interesante entre Mimi y yo esa mañana.

La acompañé un largo rato. Por el camino me dijo otra de sus excentricidades. Bueno, a mí me gusta el césped húmedo. Todos tenemos lo nuestro

—Me encanta sentir el frío en la cara. Es lo que más me gusta del invierno.

En la despedida me dio un beso tonto. Los echaba de menos.

Aunque pensé en decírselo, no le conté a Mimi nada relacionado con todo lo que le he contado a usted. En parte, porque no me apetecía hablar de ello. Estaba cansado y mejor no alterar la felicidad que desprendía ella ese día y muchos otros. Lo cierto es que hasta hace poco no sentí la necesidad de contarlo y dejar de guardármelo. Quise hablarlo con mi hermana pero tampoco fui capaz.

—...

—No, la noche que fui a casa no. Fue justo antes de venir.

—...

—No me apetecía hablarlo con Mimi porque pensé que me haría miles de preguntas. Preguntas sin respuesta acerca de por qué no le dije nada a mis padres aún de la expulsión o si me pensaba ir al pueblo ése y dejarla o por qué me pegó Yamato o, mucho peor, quién es Sora.

El siguiente "Mi amiga la esponja" ¿Quién será?