Hola chicas! Pues aqui les traigo el siguiente capitulo. Y Mil gracias por sus reviews.
Disclaimer: Los personajes son de Meyer, la historia es de Penny Jordan.
Capítulo 4
SOLO que no fue así. Edward parecía adivinar todos sus movimientos. Cada vez que salía a ver el progreso del constructor o se encontraba a alguien en la calle, allí estaba él. Bella creía que se había vuelto paranoica y que no era más que una coincidencia, pero cuando una mañana Bill Hobbs comentó con una amplia sonrisa que no había visto a Edward ese día, supo que no era así y que otras personas ya también se habían dado cuenta.
Sin embargo, fue Alice quien confirmó sus sospechas. Bella se encontró con ella un día al salir del correo. Llevaba consigo a dos de sus cuatro hijos, dos niños gemelos de unos diez años de edad que se parecían mucho a su tío.
—Son los genes de los Cullen —informó a Bella al ver su asombro— Son muy fuertes. Mi esposo, Jasper, es delgado y rubio, y ninguno de mis hijos tiene ningún parecido con él.
Bella no pudo dejar de preguntarse a quien se parecería su hijo. Tenía que ir al hospital en visita de rutina esa tarde y, por instinto, se llevó las manos al vientre. Debido al peso que perdió durante la enfermedad de Ángela, su embarazo apenas se notaba. La moda de vestidos holgados y voluminosos también la ayudaba, pero no faltaba mucho para que su estado quedase de manifiesto.
Sus nervios se alteraban cada vez que pensaba en cuál sería la reacción de Edward. Era un hombre inteligente... Sospecharía y la interrogaría, pero ella ya estaba preparada. Por ningún motivo le arrancaría la verdad.
—Entiendo que mi hermano tiene un fuerte problema cardíaco —Alice bromeó abiertamente y, con candor fraterno, agregó— Se lo merece. Me alegro de que, por una vez, esté al otro lado de la mesa.
Bella no podía fingir no saber a qué se refería. Se sintió ruborizar.
—Lo siento —le dijo Alice mortificada— Ya se ha vuelto costumbre en mí el disculparme por mis errores, ¿no es así?
—Edward y yo sólo somos conocidos. Apenas lo conozco.
—No por falta de interés de parte de él —observó Alice con astucia—. Hasta mamá lo ha notado. El otro día me preguntó qué sería lo que le impide ser el mismo de siempre, y Bill Hobbs me dijo que vigila tu tienda a todas horas.
—Es una exageración. Sólo se ha aparecido por allí en una o dos ocasiones, para ver cómo van las obras —protestó Bella, preguntándose por qué acudía en su defensa. Por algún motivo extraño le molestaba verlo sometido a las bromas de su hermana, por inocentes y bien intencionadas que fueran. Alice captó el mensaje y cambió de tema.
—Me alegro de haberte encontrado. Quiero invitarte a almorzar con nosotros el próximo domingo. No se trata de algo exclusivamente familiar —se apresuró a agregar al ver que Bella dudaba—. Jasper es el veterinario de la localidad y con frecuencia está ocupado los domingos, por lo que, para compensar sus ausencias, suelo hacer una reunión muy informal, con un almuerzo tipo buffet. Los amigos llegan cuando y como les viene en gana ya sabes a qué me refiero.
Con la invitación planteada de esa forma, Bella no podía negarse y antes de retirarse, Alice la hizo prometer que allí estaría.
Las obras de restauración iban muy adelantadas. Las nuevas vigas estaban colocadas y los techos y muros habían sido pintados. Había carpinteros instalando anaqueles en la librería, y la cocina y el baño estaban casi listos.
Decidió equipar la cocina con muebles tradicionales de roble, con cubiertas de azulejos. Se trataba de una habitación bien proporcionada, con vista al jardín posterior y con unos escalones que bajaban directamente a él; evitaría el tener que hacerlo cruzando la librería.
La escalera interior había sido incorporada a la sala; contaba con un pequeño recibidor con un guardarropa y una gran alacena, y en el segundo piso estaban los dos dormitorios y el baño. Todavía disponía de suficiente espacio en el desván y ya pensaba que en el futuro podría acondicionar allí el salón de juegos para su hijo.
Le gustaba la población y sus habitantes, a pesar de su afición por el chismorreo. En sus momentos de tranquilidad pensaba que sería imposible que alguien adivinara que Edward era el padre de su hijo. Todos aceptaron de buena fe su estado de viudez y cuando ya no pudiera ocultar su embarazo, diría que la muerte de su esposo la hizo pensar en la posibilidad de perder al niño, por lo que decidió guardarse la noticia.
Mientras estuvo en Nueva York se dio tiempo de visitar un exclusivo almacén para niños en Knightsbridge y regresó con muchas ideas para la habitación del hijo.
La casa exigía la hermosa tradición de muebles de madera y grandes encortinados, y los decoradores de su apartamento en Nueva York, a quienes también visitó, le recomendaron que pintase el mural cuando el niño ya tuviese varios meses de edad.
Pero, antes de pensar en los muebles del dormitorio infantil, tenía que pensar en la decoración del resto de la casa. Ya estando las obras de remodelación casi terminadas, los espacios interiores tomaban forma día a día, recordándole que ya era tiempo de escoger alfombras y cortinas, sin olvidarse de su cama.
Las vigas y los muros enlucidos hacían imposible el pensar en poner papel tapiz; el darles otro acabado sería un verdadero crimen.
El hospital en donde se atendía estaba en Port Angeles, a poco más de veinte kilómetros de distancia y emprendió la marcha después del almuerzo. Era su primera visita desde que se mudó de Nueva York, pero no tuvo dificultad en llegar y estacionar el coche.
Como siempre, tuvo que soportar una larga espera, pero al fin fue informada que, aparte de tener que ganar más peso, estaba bien y pudo retirarse.
Eran casi las cuatro de la tarde y la temperatura agradable la incitó a visitar tiendas. Las muestras de alfombras en tonos pastel de un escaparate, la hicieron entrar, y antes de salir ya había hecho arreglos para que fuesen a tomar medidas.
Con sentido práctico, decidió que toda la casa sería alfombrada del mismo color, excluyendo la librería, y pensó en un tono gris que le permitiría jugar con una amplia variedad de colores para lo demás.
Un muy acojinado sofá, de apariencia cómoda, tapizado en tonos de amarillo, azul y gris, de otro escaparate, la hizo detenerse y al fin entró en el local. La informaron que los muebles los elaboraban sobre pedido y que tendría que esperar cuatro meses, pero, para su fortuna, la dama que encargó el sofá y otro idéntico, cambió de opinión, y, aún sabiendo que se excedía en gastos, en un impulso, adquirió los dos. Los forros eran removibles y abajo tenían una tela de algodón azul marino que los hacía prácticos; no tendría que preocuparse mucho de manitas pegajosas que los ensuciaran.
Salió de Port Angeles después de las seis. El cielo estaba nublado como siempre y pronto empezó a llover. Todavía le faltaba recorrer algunos kilómetros para llegar a casa cuando ocurrió. Escuchó una explosión ahogada y el auto empezó a moverse peligrosamente. Se había pinchado un neumático.
Bella sacó el auto de la carretera y bajó de él, con angustia. Cuando trasladó sus cosas de Nueva York había sacado la rueda de repuesto y las herramientas, y olvidó volver a ponerlas en el coche.
Contempló la carretera desierta y el vehículo inmóvil. No recordaba haber visto ningún teléfono público en el trayecto, lo cual significaba una larga caminata bajo lo que ya era un fuerte aguacero.
No tenía con qué protegerse, por supuesto, y la delgada blusa de algodón ya se le pegaba a la piel. No quería caminar, pero no tenía otra alternativa.
Volvió al auto y retiró las llaves de la ignición, antes de cerrar la puerta. Cuando emprendía la marcha, escuchó unas ruedas sobre el pavimento mojado.
Otro coche. Se volvió y se detuvo de pronto al reconocer el volvo plateado de Edward. ¡De todas las personas del mundo, tenía que ser él!
— ¿Que sucede? —preguntó Edward al detener el auto y verla empapada.
—Un neumático pinchado y no tengo repuesto.
—Mmm —Bella le agradeció que no dijese nada contra las mujeres conductoras y sus eternos problemas. Nunca habría aceptado sus bromas sobre su decisión de sacar la rueda de repuesto. Para hacer lugar para sus compras. —Te llevaré y pediremos a los del taller que vengan por el coche.
Bella habría dado cualquier cosa por poder rechazar su ofrecimiento, pero no podía hacerlo. Ya temblaba de frío y no quería tener que recorrer ocho kilómetros con tal de evitar a Edward Cullen.
Si su mente no fuese tan prosaica, pensaría que el destino no solo se metía en sus asuntos; sino que lo hacía de forma excesiva.
El interior del volvo era tal lujoso como el exterior. El rico aroma de la piel se mezclaba con el aire que ella llevo consigo, y había algo más, algo que le era familiar.
No fue sino hasta que se acomodó y abrochó el cinturón de seguridad que lo reconoció…el aroma masculino y la colonia de Edward. Se enderezó de pronto e hizo una mueca, cuando el cinturón la lastimó.
— ¿Sucede algo?—Edward detuvo su movimiento de poner el vehículo en marcha, para volverse a mirarla.
—No, sólo tengo frío, eso es todo—para confirmar sus palabras un estremecimiento la sacudió y se le erizaron los bellos de los brazos.
Advirtió que él frunció el ceño antes de volver la cabeza y de nuevo se maravilló de su tacto al no decirle que ella era la única culpable. El pensar en ello la hizo sonreír.
— ¿Qué te hace tanta gracia? ¿el hecho de que vuelva a aparecer en tu vida en el momento oportuno? Estoy seguro de que eso hace a uno de nosotros muy afortunado, pero yo no soy ese uno.
Aún cuando Bella había escuchado fragmentos de su estancia en Phoenix, de varias personas, era la primera ocasión que él tocaba el tema. Edward la miró, extrañado.
— ¿Es que hay comentarios? Entiendo que mi amada hermana ha estado informándote de mi historia. ¿Es por ello que me rechazas?
—No —respondió Bella con sinceridad—. Sí, ha hablado de ti. Me dijo que tenías un buen trabajo en Phoenix y que lo apreciabas mucho, pero que decidiste volver a casa a la muerte de tu tío.
—En realidad no tenía otra opción. La granja ha sido el hogar de mi madre desde su infancia... ella y mi padre eran primos; y más tarde, todos vivimos allí. Mi tío heredó la granja y mi padre era el veterinario. El que yo no regresara habría significado que la granja se vendiera. Ha sido el único hogar que mi madre ha conocido.
Por su tono de voz, Bella supo que su decisión no fue fácil. Como para confirmar su impresión, Edward agregó:
—Siempre he adorado los caballos. Me encantaba mi trabajo en Phoenix y, lo que es más, había una chica a quien amaba. La hija de mi jefe. Era la reina de la sociedad. No aceptó venir a Washinton a menos que fuese a la capital. Quería que vendiera y que me quedara allá; podría invertir el dinero de mi herencia con su padre... pero yo no podía hacer eso a mi madre. —Edward volvió la cabeza y Bella recibió todo el impacto del cinismo en su mirada. Unos ojos verdes se enfrentaron a los cafes y ella bajó los suyos, cuando él le dijo: —Y decidimos romper nuestro compromiso. Según entiendo, ella se casó y tiene dos hijos.
— ¿Sigues amándola?
—No, y no creo haberlo hecho en serio, pero eso me enseñó una lección que he tardado en olvidar. Pero no has dado respuesta a mi pregunta —insistió él—. Si no es la insistencia de mi hermana en verme casado lo que te molesta, ¿cuál es el motivo del frío rechazo?
—No te rechazo.
Afortunadamente habían llegado a la plaza del pueblo y pronto podría escapar; pero, en vez de detenerse en el estacionamiento del hotel, Edward cruzó la población y siguió camino hacia su granja.
— ¡Edward!
—Estás empapada, ya estoy retrasado y aún no recibo una respuesta satisfactoria a mi pregunta. Me parece que la única forma en que habré de recibirla es secuestrándote.
Edward guardó silencio hasta que llegaron a la granja. Bella sabía que debía protestar y exigirle que la llevara de regreso, pero el frío la calaba hasta los huesos y estaba temblando.
Entraron por la puerta posterior y pasaron a una cocina de grandes dimensiones, con una enorme estufa Rayburn. El ambiente estaba impregnado de un delicioso aroma de alimentos en cocción y el estómago de Bella protestó de hambre. Sólo había comido un emparedado en el almuerzo y estaba famélica.
—Señora Jenkins, ¿quiere llevar a la señora Swan allá arriba? Necesita un baño caliente y ropa limpia y seca que ponerse. Tienes diez minutos antes de la cena —indicó a Bella, mirando su reloj y luego comentó al ama de llaves— Iré a ver a mi madre, señora.
Era inútil protestar; Bella se vio arrastrada por la escalera.
—Creo que la señorita Alice dejó aquí algunas cosas cuando se casó. Todavía están en su habitación. Sígame, señora Swan.
Se encontraban en la sección estilo reina Ana y la habitación a la que la llevó el ama de llaves tenía vista a los campos, el río y, más allá, los montes galeses.
—El baño está cruzando el pasillo —la informó el ama de llaves—. El señor Edward ha dicho muchas veces que mandará instalar baños privados en estas habitaciones Hay espacio suficiente, pero no ha tenido tiempo de ocuparse de ello. ¡La casa necesita una señora que la administre! Hago todo lo que puedo, y lo mismo ocurre con la pobre señora Cullen, pero no es suficiente La casa entera necesita ser redecorada.
Bella comprendió a que se refería la mujer y, mentalmente, ya estaba arrancando el papel tapiz de los muros, reemplazándolo con acabados clásicos modernos.
El baño era muy amplio, con una enorme tina antigua y una buena dotación de deliciosa agua caliente. Se recostó, sin poder dejar de observar los cambios que el embarazo hacía en su cuerpo.
Desnuda, la distorsión de su cuerpo ya era evidente y se acarició el vientre con cariño.
—Ya no falta mucho tiempo. ¿Ansías conocerme tanto como yo a ti? —se ruborizó al percatarse de que hablaba con voz alta.
Había adquirido el hábito de hablar con su hijo con voz alta y cuando se sorprendía se sentía muy tonta.
La señora Jenkins encontró para ella ropa interior un pantalón de mezclilla y un sweter. Todas las prendas le quedaban un poco grandes, pero eso era mejor que su ropa mojada.
Lo abultado del sweter ocultaba su vientre y enrolló las piernas del pantalón para acortarlas, pero no pudo hacer nada con su cabello que formaba rizos alrededor de su rostro. Había dejado su bolso de mano en el dormitorio e hizo una mueca al ver su rostro sin maquillaje. Parecía una chiquilla de dieciséis años. Hizo un gesto a su reflejo en el espejo y recogió las toallas húmedas, depositándolas en el cesto para ropa. Al abrir la puerta, vio que Edward aparecía en la escalera.
—Te quedan diez segundos—le informó.
Bella quiso decirle que no había necesidad de que los molestara en la cena, podía pedir un taxi para que la llevara al pueblo; pero él ya bajaba, obligándola a seguirlo.
—Incidentalmente —agregó él de pronto, volviéndose para mirarla escaleras arriba—Llamé al taller, irán por tu coche, lo arreglarán y lo tendrás mañana por la mañana.
Tragándose la sensación de que el hombre invadía y se apoderaba de su vida privada, Bella le dio las gracias.
— Mamá, quiero que conozcas a la señora Swan, Isabella—Edward la presentó llevándola hasta quedar frente a una hermosa señora de cabellos grises, en una silla de ruedas— Bella ha aceptado quedarse a cenar con nosotros—de inmediato los ojos cansados se alegraron y sonrió con afecto.
— ¡Maravilloso! Esa es una de las cosas por las que más lamento de no poder moverme… El hecho de no poder salir para conocer a más personas, debes ser la chica que adquirió la librería, ¿no es así? Maravilloso, la lectura es uno de mis pasatiempos favoritos.
La habitación tenía ventanas hacia la parte posterior de la casa, con vista muy hermosa, pero el estar sentada para contemplarlas nunca compensaría la falta de libertad de recorrerlas a pie. Las limitaciones de una incapacidad física son algo que tendemos a ignorar hasta que tenemos que enfrentarnos a ellas, se dijo Bella mientras ocupaba la silla que Edward le ofrecía.
A pesar de sus dudas, disfrutó la cena, sorprendida de lo mucho que comió.
Esme Cullen era una mujer despierta e inteligente que ignoraba su incapacidad y esperaba que los demás hicieran lo mismo. Tenía un profundo interés en lo que ocurría a su alrededor y participaba entusiasta en actividades comunitarias.
Se necesita tener una personalidad muy fuerte y especial para aceptar una incapacidad que coarta la movilidad y la libertad de la persona; y algo más para hacer que los otros se olviden de que estaba limitada a una silla de ruedas, que fue lo que Bella descubrió que le ocurría cuando la cena terminó.
Edward se mantuvo a la expectativa, haciendo algún comentario ocasional, aparentemente satisfecho de dejar que la charla fluyese sin su participación. A diferencia de Alice, Esme Cullen no hizo referencia alguna a la soltería de su hijo, pero tampoco era de esas mujeres posesivas que no permiten que sus hijos dediquen su atención a alguien más. Bella así lo comprendió.
Ya eran más de las nueve cuando se levantaron de la mesa y Bella se sorprendió del tiempo que pasaron charlando.
—Debo regresar —dijo, dirigiéndose a Edward— Si pudiera usar el teléfono para pedir un taxi.
—No es necesario. Yo te llevaré.
¿Qué podía hacer ella? El negarse parecería pedante y ridículo, pero la sensación de inquietud que permaneció dormida durante la cena, renació.
¿Por qué Edward no podía aceptar que ella no quería tener nada que ver con él? Y más aún, ¿por qué insistía en acercarse a ella? ¿Porque la consideraba una buena compañera de cama?
A medio camino, Edward detuvo de pronto el auto y se volvió hacia ella.
—Ahora podemos hablar sin ser interrumpidos —señaló con frialdad—. ¿Por qué tengo la impresión de ser una persona que preferirías no conocer, Bella?
— ¿Por qué querría conocerte? —replicó Bella incierta—Cuando llegué aquí me acusaste de perseguirte. En ese entonces no querías saber nada de mí, Edward.
—Estaba muy sorprendido —le indicó él— No estoy acostumbrado a que mis sueños se manifiesten en mi oficina —le sonreía de una forma que la hizo perder el ritmo de los latidos de su corazón. Se sintió invadida por la emoción. Esto tenía que terminar en ese momento. No podía permitirse ser atraída por el hombre. Y lo era, tuvo que reconocer atemorizada— Sé que quedaste viuda hace poco —la confundió—, pero...
—Pero sólo porque me acosté contigo una vez, ¿crees que volveré a cometer el mismo error? —su voz sonaba aguda y desconocida, estaba al borde del pánico. Por algún motivo, el que Edward le hablara de su viudez aumentó su sensación de culpa. Aborrecía el tener que mentir, pero él la obligaba a ello. Él fue quien la metió en esa sarta de mentiras y engaños. Si sólo la hubiera dejado en paz... Se dejó llevar por un arranque de enojo, sabiendo que era un acto de defensa propia en contra de la ola de emociones que se desarrollaba en su interior.
— ¿Tu error? ¿Eso fue? ¡No me pareció que lo fuera en ese momento! —la actitud tranquila y de ternura habían desaparecido, dejando en su rostro una expresión de enojo— Te gustaría pretender que esa noche no existió, Bella. Pero no puedes hacerlo —Sin decir una palabra más, puso el auto en movimiento y la llevó a su hotel. Ella todavía temblaba cuando bajó apresurada, sin esperar a que la ayudase.
—Respeto tu dolor por tu esposo, Bella, pero…
— ¡Por favor! No quiero hablar de eso. ¿No puedes comprender que vine aquí para escapar del pasado? Quería una nueva vida.
—Y yo lo eché a perder todo, ¿no es así? —sus ojos manifestaban que había captado su uso de la palabra "escapar", pero no dijo nada al respecto. No se atrevía... estaba peligrosamente atrapado entre los hilos de una frustración tanto emocional como física, para arriesgarse a presionarla más esa noche. Quería... No quería más que tomarla en sus brazos y hacerla admitir que había algo entre ellos, pero comprendía que al hacerlo sólo contribuiría a su pánico y retraimiento.
En realidad fue asombroso encontrarla en su oficina de forma tan inesperada y durante un momento pensó… Mas eso sólo fue un instante; antes de recordar con que frecuencia pensaba en ella desde que la conoció y cuántas veces despertó por las noches, todavía medio dormido, buscando el calor de su cuerpo junto al suyo, sólo para encontrar que ya no estaba allí.
La vio partir, en frustrado silencio. Con deliberación, ella erigía barreras en su contra. ¿Por qué? Porque se sentía culpable de hacer el amor con él tan pronto después de la muerte de su esposo; ése era el motivo, cualquier tonto podría comprenderlo. Tenía que convencerla de que no tenía por qué sentirse culpable, pero, ¿cómo?
Frunciendo el ceño, regresó a casa. Era extraño, pero recordaba con precisión el contacto casi virginal con su cuerpo cuando se hicieron el amor. En aquel momento lo registró durante un instante, pero estaba demasiado poseído por la pasión para detenerse en eso; tuvo la clara impresión de que hacía mucho que ella no había hecho el amor; si le hubieran preguntado, él habría fijado la fecha de la muerte de su esposo varios años atrás. También podría ser que su esposo estuviese demasiado enfermo para hacerle el amor y que ella, por amor o por lealtad, se hubiera negado a buscar un amante. Eso explicaría el frenesí con que ella le correspondió, como si el tenerlo en su interior fuese algo por lo que estaba dispuesta a morir.
— ¡Maldición! —exclamó con voz alta al verse obligado a frenar de pronto, por una obstrucción en la carretera. Si no dejaba de pensar en ella y se concentraba en conducir, no viviría el tiempo necesario para volver a verla, mucho menos para persuadirla de permitirle entrar en su vida.
Y él tenía que persuadirla. De ello estaba seguro.
¿Que les ha parecido? ¿Me dejan un review?
Ya saben, el adelanto del sig capitulo se encuentra en mi blog. Y las que quieren descargar el original de esta historia, tambien pueden hacerlo en mi blog.
El link: http : / alma- lau. blogspot. com /
Mil gracias por su apoyo. Besos.
