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Disclaimer: Los personajes son de Meyer, la historia de Penny Jordan.
Capítulo 10
LA dieron de alta en el hospital al día siguiente. Regresó al hotel, en donde Magde Davies la recibió con cariño maternal.
Sólo Dios sabía qué explicación dio a Edward de su accidente, pero con certeza no era la verdadera. Lo averiguó frente a una taza de té que, en son de bienvenida, le ofreció Magde.
—Debes haberte aterrorizado cuando creíste que alguien trataba de meterse en la tienda. Supongo que, después de vivir en Nueva York, cualquier ruido extraño debe alarmarte, mas sólo era Edward que verificaba que todo estuviese en orden ya que vio tu luz encendida. Comentó que al llamar a tu puerta te sobresaltó y caíste, pero que, para tu fortuna, dejaste la puerta principal abierta y así pudo entrar. Me alegro de que ya estés bien.
En el hospital le recomendaron que tomase las cosas con calma durante unos días, pero la casa ya estaba lista y ansiaba mudarse. Sus pedidos ya estaban llegando y su anuncio solicitando una asistente aparecería en el periódico; tenía mucho que hacer para perder el tiempo esperando. Ya contaba con la mayor parte de sus muebles y los anaqueles de la librería estaban en su sitio.
Ocupó su casa nueva, a mediados de la semana. Alice insistió en ayudarla, impidiéndole cargar cajas pesadas.
La respuesta al anuncio fue abrumadora. Seleccionaría entre las solicitudes de empleo y entrevistaría a media docena de candidatas.
La esperaba un verano muy atareado. Primero, la recepción para la inauguración de la librería; luego, vendría el festival de verano y, antes de que se diese cuenta, llegaría noviembre y el nacimiento de su hijo. Después de cenar, no obstante sentirse muy cansada, bajó a acomodar los libros nuevos.
El seleccionar qué libros pedir fue una de las tareas más difíciles y confiaba en que su elección hubiese sido acertada. Por necesidad, tendría que asignar un gran espacio a las ediciones populares y todavía analizaba la posibilidad de incluir tarjetas de felicitación y papel para regalos. Además, una amiga comentó que era muy raro encontrar en el pueblo pinturas, pinceles y lienzos para los artistas. Casi siempre tenían que ir hasta Seattle, y Bella analizaba la posibilidad de llevar esa línea de productos.
El festival de verano se efectuaría en menos de un mes, a mediados de septiembre, explicándole Alice que también era para celebrar el inicio de las cosechas.
Proyectaba hacer la fiesta de inauguración en la primera semana de septiembre y, a sugerencia de Alice, contrató a dos agrupaciones femeninas para que se encargaran del servicio.
—Son muy buenas en eso y así ganarán algún dinero para reparar el techo de la iglesia.
Empezó a acomodar los libros, en su mayoría diccionarios y libros de consulta, en los anaqueles.
Si se casaba con Edward tendría que abandonar todo eso. Se sorprendió de lo poco que le importaba ya. Le sería fácil separar la casa de la tienda, arrendar la primera y conseguir quién administrase la segunda. Su presencia sería necesaria en la granja, como esposa de Edward. Tuvo una sensación de placer al imaginarse casada con Edward; pero, de pronto, volvió a la realidad al recordar su reacción al decirle que aceptaba su propuesta matrimonial.
Qué irónico era que después de rechazar cualquier relación con él, en el momento en que ella decidió que su amor y necesidad de él eran más importantes que sus temores, Edward fuese quien daba marcha atrás.
La euforia la abandonó y se dejó hundir en la desesperación.
Estaba en lo cierto cuando temía enamorarse de él, se dijo al terminar la tarea de acomodar libros.
La velada se presentaba interminable ante ella. ¿Qué estaría haciendo Edward? Su madre ya estaba en casa, quizá cenaban juntos o, quizá, Edward estaría trabajando en algún sitio de la granja.
El teléfono sonó y, presurosa, acudió a tomar la llamada, mas sólo se trataba de Alice que la invitaba a almorzar con ellos el domingo. Bella quería aceptar, pero con seguridad Edward estaría allí y a él correspondía la siguiente jugada. No quería que llegara a pensar que trataba de empujarlo al matrimonio o cualquier otra cosa, por lo que se negó.
El rumiar su dolor no iba a hacerle ningún bien, se dijo. Tenía mucho por hacer y el trabajo la ayudaría a sacar a Edward de su mente. Laboró hasta tarde, pero no le fue posible olvidarse de él, y al meterse en la cama, recordó que allí le hizo el amor y que se volvió en su contra cuando descubrió la verdad. Se dijo que fue tonto de su parte el dar a su supuesto marido el nombre de su amiga, pero se atemorizó al enterarse de que Edward estaría muy cerca de ella y ése fue el primer nombre en el que pensó.
El descanso en el hospital debió serle benéfico, decidió dos días más tarde después de una visita de rutina que puso término a cualquier duda que abrigara respecto a su salud y la del niño. Los dos se encontraban en perfecto estado de salud y, como premio adicional, estaba tan llena de energía que había realizado más trabajo que el que nunca anticipó.
Miró la hora, mientras conducía. Contaba con menos de una hora para la primera entrevista de la tarde. Entrevistaría a seis chicas. Mientras estuvo en la televisora, tuvo jóvenes a sus órdenes, por lo que no abrigaba ningún temor a contratar a una colegiala.
Llegó a la librería con media hora de antelación y, al recordar la recomendación médica de ganar más peso, se preparó un generoso almuerzo a base de vegetales. Acababa de recoger la mesa cuando oyó que llamaban a la puerta de la librería. La primera solicitante resultó ser una tímida chica de dieciocho años, con el cabello desaliñado y temerosos ojos azules. Bella logró relajarla e inició la entrevista.
Cerca de las seis despidió a la última candidata. Revisó las notas que había tomado. La decisión estaba hecha, pero quería estar segura.
A las siete se levantó y se desperezó. Sí, estaba en lo cierto. La chica que mejor la impresionó era un tanto estrafalaria en el peinado y en el vestido, mas era inteligente, la mayor de cuatro hijos y, por tanto, acostumbrada a tratar con niños. Sumó bien las operaciones aritméticas que Bella le ordenó, sin errores y sin la ayuda de una calculadora. También trabajó en una tienda en un empleo temporal, y Bella confiaba en poder enseñarla a hacerse cargo de algunas tareas administrativas. Mordisqueó la pluma y analizó los nombres anotados en su libreta.
Mary White era el nombre de la primera chica que entrevistó. Demasiado retraída y tímida para asumir responsabilidad plena del negocio, pero detectó en ella un buen potencial. Con un poco de ayuda... Volvió a morder la pluma y tomó la decisión. Ofrecería trabajo de medio tiempo a Mary, habría ocasiones en las que necesitaría a las dos chicas. Como en Navidad, por ejemplo. Sacó su máquina de escribir portátil y empezó a trabajar.
La sugerencia de Alice de contratar las agrupaciones de mujeres para servir la fiesta, resultó útil. Con un amplio presupuesto a su disposición, le presentaron un menú delicioso.
Bella insistió más en la calidad que en la cantidad y quedó feliz con lo que le propusieron.
Confiaba en que el buen clima persistiera y que sus invitados pudiesen salir al jardín. La labor realizada por los muchachos y algunas adiciones de última hora de plantas adquiridas en una casa especializada, a corta distancia del poblado, hicieron que el jardín luciera tan hermoso como la casa.
No quería reconocer que esa febril actividad la desarrollaba para mantener a Edward alejado de su mente. Desde que salió del hospital no había sabido de él, la respuesta clásica del hombre asustado, se dijo con amargura. El problema estaba en que colocó a Edward en un pedestal sin siquiera darse cuenta. Era muy respetado en la localidad y cometió el error de investirlo con todas las cualidades que solo un ser perfecto poseería.
El granjero se ofreció a casarse con ella en un acto caballeroso, y una vez que tuvo la oportunidad de analizar las consecuencias de su acción, recapacitó. ¿Cómo podía culparlo por no querer enfrentarse a la carga que ella y su hijo representaban, cuando fue ella misma quien luchó para evadir cualquier compromiso?
Era ilógico que estuviese tan herida por su rechazo... pero así era. Lo amaba. Hasta ese momento se daba cuenta de ello y se maravilló que se hubiera engañado durante tanto tiempo.
Las invitaciones para la fiesta de inauguración ya estaban enviadas y, por supuesto, incluyó a Alice y su esposo y a Esme Cullen. Era tonto que estuviese tan excitada como una adolescente ante su primera cita con un chico, pensó al despertar la mañana de la fiesta. Dadas las circunstancias, era factible que Edward no se presentara.
Las dos asistentes participarían en el evento. Bella consideró que sería una buena forma de que empezaran a familiarizarse con el negocio y ver su reacción.
Además de algunos proveedores, invitó a uno o dos integrantes del personal de la televisora y a los representantes de los medios de información. La publicidad la ayudaría.
Las señoras integrantes de los grupos sociales acudieron desde temprano para hacerse cargo del servicio de alimentos y bebidas. En verdad eran muy eficientes y profesionales y así lo comentó Bella a una de ellas.
—Créame que disfrutamos mucho nuestra labor. Pocas veces tenemos la oportunidad de servir un evento en el que el costo no es el principal limitante. Se sorprendería al ver las maravillas que a veces tenemos que hacer con carne enlatada y emparedados.
Los primeros invitados se presentaron a las dos treinta de la tarde y para las tres treinta, la librería estaba llena a toda su capacidad, por lo que algunos tuvieron que salir al jardín.
El mural despertó gran interés y admiración. El fotógrafo del periódico local lamentó no poder imprimirlo en colores; otro reportero manifestó su interés en publicar una entrevista, con ella en el suplemento dominical.
—Será interesante señalar el cambio de una profesional en una estación televisora a propietaria de una librería. A muchos de nuestros lectores les gustan artículos de personas que "regresan a la vida sencilla" —señaló. Hablaron sobre el proyecto unos minutos y de pronto Bella observó que Alice y su esposo habían llegado. Con desaliento, vio que Esme los acompañaba. Eso significaba que Edward no asistiría, confirmando sus temores. Se despidió del periodista y fue a saludar a los recién llegados.
—Lamento que lleguemos tarde, pero Jasper tuvo que atender una urgencia —se disculpó Alice.
—Edward también se disculpa —añadió la anciana— Están muy atareados en despejar uno de los médanos.
Excusa aceptable, pero Bella no se dejó engañar. De habérselo propuesto, Edward habría estado allí.
Al ver el mural, Esme externó su entusiasmo.
—Pienso mandar pintar uno parecido en la habitación del niño, más adelante —le informó Bella.
—Todo parece ir muy bien en esa dirección. Te ves radiante, por trillada que la frase parezca.
—Y usted también —dijo Bella—.Debo manifestar que quedé aterrorizada al verla tirada en el suelo, sin saber qué hacer.
—La situación me apena mucho. Todo fue por mi culpa y Edward empezó a actuar como gallina clueca. La señora J. no me pierde de vista y eso la tiene agotada. Pobre mujer; y ni qué decir lo que ello provoca en mi estado de ánimo. Me temo que estoy más preocupada por Edward que por mí —Alice y Jasper se habían alejado y la anciana conversaba a solas con Bella— No sé qué ocurrió entre ustedes, querida, pero Edward actúa de modo muy extraño. Sé que ya he hablado contigo al respecto, pero si se trata de la granja.
—No... no es eso —Bella movió la cabeza con fuerza.
—Entonces, ¿de qué se trata? ¿No puedes decírmelo?
Durante un instante, Bella creyó que estallaría en llanto. Se comportaba como una niña, se reprochó.
—Sé que debes seguir sufriendo por tu esposo desaparecido —agregó Esme— pero...
—No, no es eso —repitió Bella sin poder contenerse— Esme, no puedo hablar de ello, pero, créame, no hay nada... No hay nada que anhele más que el tener el amor de Edward —admitió con valor— Es él quien abriga dudas —continuó. Tomó a Esme del brazo y suplicó — Por favor, no vaya a decirle que sostuvo esta charla. Me desagradaría mucho que piense que quiero presionarlo de alguna forma.
—No te preocupes. No le diré una sola palabra —le aseguró la mujer— En primer término, no tenía derecho alguno de hacerte una pregunta como esa y me conmueve el que me reveles cuáles son tus sentimientos. Sabes que he aprendido a quererte y no niego que me encantaría que fueras mi nuera. Me alegré cuando pensé que Edward se interesaba en ti y me preocupé después, cuando me percaté de que lo rechazabas. Pero si alguna vez necesitas a alguien con quién hablar, haciendo a un lado el hecho de que soy la madre de Edward, no vaciles en venir a mí, ¿lo harás? En ocasiones debes creer que tu familia está demasiado lejos. Considero que, puesto que ninguno de nosotros lo conoció, tendemos a olvidarnos de lo que pasaste al perder a tu marido.
Bella no podía soportar más. Se disculpó al ver que una antigua compañera de trabajo en la televisora se acercaba, con una copa de vino y un plato de bocadillos en las manos.
—La comida está fabulosa —comentó la amiga, ingiriendo un emparedado de salmón ahumado con avidez— El lugar también es precioso, aunque para mí demasiado anticuado. Pero, ¿qué es eso que he escuchado de que eres viuda y que esperas un hijo? ¡Te guardaste muy bien las cosas mientras estuviste trabajando!
Para fortuna de Bella, la mujer no dio importancia a que nunca hubo un esposo, sino que ella sólo decidió guardarse la noticia.
—Así pasa... —comentó despreocupada y dejó escapar un suspiro de alivio cuando alguien más se acercó a ellas y cambiaron el tema de conversación.
Comprendió que se arriesgó mucho al invitar a personas que conocían su vida anterior, pero se sentía tan desgraciada al saberse enamorada de Edward, que no le dio importancia. Tan pronto se hubo liberado de sus amigas citadinas, se vio acorralada por Madge Davies.
—Todo está maravilloso. Creo que pediré a las damas de la parroquia que usen la cocina del hotel para practicar sus nuevos platillos.
—No sería mala idea —aceptó Bella— Entiendo que siempre están buscando la forma de allegarse fondos para la restauración de la iglesia. El jardín del hotel es muy amplio y podrían servir almuerzos campestres los fines de semana.
— ¡Excelente idea! —entusiasmada, Madge se alejó.
Todos parecían divertirse, menos ella, pensó Bella con amargura. Hasta sus asistentes disfrutaban la reunión.
El peinado estilo punk de Susie lucía menos alborotado que de costumbre, y la timidez de Mary también había menguado.
Al dar las cinco, los invitados emprendieron la retirada. Alice, Jasper y Esme fueron los últimos en despedirse y Bella tuvo el presentimiento de que Esme quería decirle algo.
No debí confiar en ella, se dijo Bella en son de reproche. Ahora se sentiría tensa y avergonzada ante ella.
—Debemos marcharnos —anunció Jasper. — Tengo una cirugía programada para esta noche.
Las dos asistentes se quedaron para ayudarla a recoger las cosas. Las encargadas de la vajilla le indicaron que no se molestara en lavarla, pero, contando con la ayuda de Susie y de Mary, la limpiaron en la lavadora automática antes de entregarla. La mantelería pronto quedó lista para mandarla a la lavandería, y un poco más tarde, todo estaba en orden.
—Han hecho maravillas, chicas —abrió su escritorio y sacó dos sobres que ya tenía preparados— Dado que todavía no trabajaban para mí de forma oficial, aquí tienen una pequeña gratificación por su esfuerzo.
— ¿Va a pagarnos? —preguntó Mary con deleite— ¡No fue trabajo, sino una diversión!
—Sí, fue muy interesante —comentó Susie.
Cuando se marcharon, Bella quedó abrumada por la tensión y la soledad de la casa. Su inquietud la llevó al jardín. El invernadero todavía necesitaba una mano de pintura. Lo haría en ese momento, decidió; eso la ayudaría a no pensar en Edward. Hasta el último momento de la fiesta abrigó la esperanza de que llegara, que al fin se olvidara de su orgullo.
¿Sería esa su forma de decirle que no quería casarse con ella? Se preguntó de pronto, mientras subía los peldaños de una pequeña escalera, para empezar a pintar. ¿Qué ganaba con lamentarse? Eso no lo haría volver.
Con lágrimas en los ojos, pintaba, furiosa, uno de los costados del invernadero, cuando sintió un fuerte dolor en la espalda. Se enderezó, frotándose la parte adolorida, y la escalera se tambaleó. Antes de darse cuenta de lo que ocurría, unos fuertes brazos la arrancaron de la escalera.
— ¿Es que nunca vas a aprender? ¿Qué diablos hacías allá arriba? Entendía que querías tener el niño.
¡Edward!... ¡Edward llegó, después de todo! Estaba demasiado feliz para advertir la furia contenida en su voz, demasiado alegre para no hacer nada más que cerrar los ojos y acercarse más a él.
-—Bella... Mírame —reacia, abrió los ojos, sólo para ver la furia que había en su expresión — ¿Qué tratabas de hacer? —repitió él.
—No trataba de hacer nada —replicó ella. Su felicidad desapareció— Sólo pintaba.
— ¿Solo pintabas? —Bella advirtió que Edward temblaba de ira— Perdóname, pero entiendo que los médicos insistieron en que te cuidaras. ¿No los escuchaste, Bella? ¿O sólo se trata de que ya no quieres llevar a mi hijo en tu seno? —preguntó emocionado— ¿Quieres?
—No... —pálida, Bella se apartó de él. ¿Cómo podía pensar eso? La repulsión apareció en su rostro y Edward cambió su actitud.
—Perdóname —suplicó contrito—, pero al verte allí después de lo ocurrido.
Se habían separado y por mucho que Bella anhelaba volver a sus brazos, le faltó el valor para dar el primer paso. Se pasó la lengua por los labios resecos. ¿Por qué fue a verla? ¿Se habría decidido? ¿Le iría…?
—Pensé que mi madre estaría aquí —le dijo él, destrozando sus esperanzas.
—Se fue hace media hora, con Alice y Jasper.
—Oh. Me dijo que me esperaría, pero nos tardamos demasiado —frunció el ceño y Bella advirtió en él un cansancio que no había visto antes. Su ropa, a pesar de estar usada, estaba limpia. Supuso que se detuvo unos minutos en su casa, para ducharse. Eso la hizo desear acercarse a él. Cerró los ojos para evitar que las lágrimas es caparan, y se tambaleó. Edward la asió de los brazos de inmediato. — ¿Por qué cambiaste de opinión respecto a casarte conmigo, Bella?
La dureza de su voz la lastimó. Abrió los ojos y vio en los de él una mezcla de enojo y otras emociones complejas. Si no lo estuviese viendo hasta diría que su voz estaba llena de dolor, pensó con un estremecimiento.
— ¿Para qué quieres saberlo? De todos modos, ya no quieres casarte conmigo.
—Pero, al parecer tú si quieres hacerlo. ¿Por qué? Fuiste terminante al decir que no lo harías.
—Ya te dije por qué —Bella no podía soportar la situación. Si él seguía interrogándola, lastimándola, acabaría diciéndole la verdad... que lo amaba.
—Sí, si lo hiciste —respondió él con cinismo— ¿Pero me hablabas con la verdad? ¡Me has mentido tanto! —agregó con amargura— Tantas evasivas... Tanto engaño. Estaba muy equivocado respecto a ti, ¿no es así? Pensaba que te sentías culpable por hacer el amor conmigo... Por desearme... Tan pronto después de la muerte de tu esposo. Me volví loco haciéndote concesiones, Bella, diciéndome que necesitabas tiempo, que no debía apresurarte; pero tú sólo jugabas conmigo, ¿no es cierto?
Bella veía la furia en sus ojos; la veía crecer y se limitó a bajar la cabeza, sabiendo que no podía decir nada en su defensa.
— ¡Cielos, cómo debes haberte burlado de mi! ¡Cuánto habrás reído de mi compasión por tu dolor! —torció la boca con un gesto de amargura.
— ¡No! —el gritó salió de lo profundo de Bella—. No... No comprendes, ¡no fue nada de eso!
—Entonces, ¿qué diablos fue? —exigió él, sacudiéndola— Porque estoy enloqueciendo tratando de comprender qué es lo que te motiva. ¡Oh, Dios! —la soltó con una mueca de disgusto— ¿Qué diablos me estás haciendo? Me incitas a la violencia, ¿lo sabías? Si no me marcho ahora, no seré responsable de mis actos. Cuando pienso en lo que deliberadamente me hiciste pensar… compadecerte... ¡Dios mío!
La exclamación de Edward la dejó desolada. Por mucho que ella quisiera consolarlo, hacer renacer su fe en ella, Bella sabía que no podía decir nada.
Permaneció como una estatua, viéndolo partir, inconsciente del torrente de lágrimas que corrían por su rostro.
Eso era todo; no habría matrimonio, ni la felicidad eterna en la que compartirían sus vidas y su hijo. Dio gracias al cielo por lograr contenerse y no revelarle que lo amaba. Esa hubiera sido la humillación definitiva.
Regresó a la casa, agotada, débil y temblorosa. Ya en su dormitorio se estremeció, a pesar de no tener frío. Sólo los brazos de Edward podrían abrigarla y disipar el nudo helado en su garganta, sólo Edward sería capaz de darle luz y calor a su vida.
¿Me dejan un review?
Visiten mi blog, les he dejado un adelanto de muerte, hoy me sentí muy bondadosa y les he dejado solo unos cuantos renglones que dicen demaciado.
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