Hola, antes que nada muchas muchas gracias por todos los reviews, nos han hecho mucha ilusión~ (L) Y por supuesto, por seguir este primer cuento.
Por cierto, somos dos personas. Así que, si los fics que subimos son distintos en cuanto a la redacción es normal. El anterior era de mi prometido, Lake (L) Pero este es mío. Es un tanto extraño, triste, y se supone que deben ser todos de humor, pero en fin... Os dejo con él. Gracias de nuevo!
En estos cuentos sólo se acomoda la personalidad de los personajes de Hetalia con sus características humanas, sin relacionarlos con el contexto histórico-político del que constan como países.
Era el día de Nochebuena. Hacía muchísimo frío y nevaba fuertemente. Casi estaba apunto de anochecer a pesar de no ser demasiado tarde, cuando apareció en la oscuridad un chico por la calle llamado Alfred con los pies descalzos.
Lo cierto es que había salido con unas viejas zapatillas, pero no recordaba como habían desaparecido.
Sus ropas eran muy viejas y estaban sucias, sus pies se encontraban helados e hinchados a causa del tremendo frío. Le costaba mucho dar cada paso. Su aspecto era miserable. En los bolsillos llevaba una docena de cajas de cerillas, ya que se dedicaba a venderlas. Pero ese día no había vendido absolutamente nada y si volvía a casa sabía que él le pegaría y lo maltrataría. Y aún así, en su casa también hacia el mismo frío, por lo que decidió calentarse por si mismo. Llegó a una plaza y se sentó en un pequeño rincón entre dos casas, notando como los miembros se le entumecían. Observó como los copos caían, alguno que otro llegando hasta sus cabellos de color oro y deslizándose por su piel, a pesar de encontrarse refugiado en ese huequecito. Lo que más llamaba su atención eran todas las luces que se podían ver en las ventanas al ser el día de Nochebuena. Incluso notaba el olor a asado en el ambiente más que nunca, ya que su hambre era feroz.
A Alfred se le ocurrió la idea de calentarse con una cerilla y poder sentir su calor, y así hizo: Con sus temblorosas y blancas manos consiguió sacar una caja de cerillas, que casi se le cayó de sus manos congeladas. Sacó una cerilla y con esfuerzo la frotó contra la caja, formándose una cálida llama. La rodeó con la mano, imaginándose en una calidad casa, cerca de la chimenea y en una gran y majestuosa mesa llena de manjares, sobre todo de hamburguesas, que siempre habían sido la debilidad del chico.
Pero como todo se acaba, antes de que le diera tiempo a calentarse los pies siquiera, la llama se apagó. Sacó otra cerilla y la encendió. Esta vez se vio comiéndose una de las deliciosas hamburguesas de la mesa. Su propia expresión era alegre y llena de vida. Pudo observar mejor el salón en el que se encontraba, había un enorme árbol y todo estaba minuciosamente decorado. Pero de nuevo, la segunda cerilla se apagó y lo único que quedó ante él fue la impenetrable y fría pared, junto con el vacío de su verdadera hambre.
Encendió una tercera cerilla y en su gran y acogedora luz se formó la imagen de un ángel, lo que le hizo sacar fuerzas de flaqueza para gritar.
-¡A-arthur! ¡Llévame contigo! ¡Sé que en cuanto apague la cerilla desaparecerás! ¡Por favor, no me dejes aquí!
Su voz se le quebró y estalló a llorar. Miles de lágrimas llenaron su joven y helado rostro. Arthur había sido la persona a la que más había querido en el mundo y por supuesto, la única persona que había demostrado quererle. Aún recordaba sus cálidas y acogedoras manos como la luz de la cerilla. Su muerte se produjo hace tiempo, y Alfred se había visto destinado a trabajar casi como un esclavo. Lo único que deseaba desde siempre era estar con él. Cada noche lo imaginaba como el más bello ángel del mundo, velando por su seguridad desde el cielo.
La cerilla se apagó y Alfred encendió todas las que quedaban del tirón. Y lo que vio le dejo maravillado. Nunca Arthur le había parecido tan magnífico. En la enorme llama de todas las cerillas se reflejaba su grandiosa imagen. El ángel pareció sonreírle y extendió los brazos hacia él.
-¡Arthur! –el chico alzó también los brazos hacia él cuanto pudo- ¡Quiero estar contigo! –sus lágrimas se volvieron desesperadas y sus gritos rogaban, pero se relajó al notar como los brazos del ángel lo cogieron con cuidado, abrazándolo y fuertemente y llevándolo con él donde no hay frío, ni hambre, ni tristeza…Al Reino de los cielos.
Al día siguiente Alfred seguía sentado entre las dos casas, sonrojado y con una amplia sonrisa en los labios. Muerto de frío el día de Navidad. El sol le iluminaba con sus rayos, iluminando su belleza exquisita.
La gente rodeó su cadáver esa mañana, murmurando distintas cosas.
-¡El pobre sólo quería calentarse! -murmuró alguien-
Pero nadie podía saber las cosas tan bonitas que había visto, ni que en medio del resplandor había subido con su amado ángel al cielo.
