El mundo de Twilight, así como sus personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía, el resto (que comprende al maravilloso, sensacional, hiper-sexy, re-violable Edward Cullen) es todo de ella... además, si fuera ella ya hubiera publicado Midnight Sun y/o Forever Dawn (v.v como la envidio...)
Desde Alfa hasta Omega
By Hana Hime
Leah
Hoy me tocaba cocinar a mí, así que me pareció una buena idea salir de la comida chatarra, precalentada, a domicilio y los huevos fritos. Una nutrida ensalada, unos rost beef jugosos y, para acompañar, unas tortillas de papa. Seh, seh, hoy íbamos a comer BIEN.
Mientras pelaba y consecuentemente cortaba las papas, pensaba en cómo se habían estado sucediendo los hechos desde que nos fuimos de casa, hacía alrededor de tres meses.
Sue seguía sin hablarnos. Ni una sola palabra….
Y esa era la grieta de oscuridad en nuestras vidas, porque el resto era luz y calor, y muchas riñas… y mucho sexo.
Ensarté la cuchilla en la madera en el momento que sentí la descarga de excitación surcar mi cuerpo, dejándome las piernas a la miseria. En tres meses y chirolas, las cosas no habían cambiado en ese aspecto, o mejor dicho, sólo podían mejorar y mejoraban. Ahora que estábamos a kilómetros de todo, lejos de la manada, de lo que fue nuestro hogar, habíamos decidido tomar todo aquello que nos dañaba y enterrarlo. Los insultos, los recuerdos… y simplemente tratar de vivir, felices, como si no fuéramos lo que somos, conscientes al fin de que estábamos imprimados el uno del otro y, aceptando que nunca querríamos a nadie como nos queríamos a nosotros, entre nosotros.
Pocas veces peleábamos. Mientras colocaba los rost beef en la parrilla y las papas sazonadas en la sartén, sonreí pensando en la cantidad de pequeñas riñas que conformaban nuestra rutina. La decoración de la alcoba, la del living, qué comer, quién se duchaba primero… casi todas terminaban en sexo, en especial las peleas por la ducha, que resultaban ser mis favoritas, y creo que las de Seth también.
La sartén empezó a chispear al colocar la salsa que uniría toda la mezcla. Me dirigí a la heladera para sacar el tomate, la cebolla y la lechuga para hacer la ensalada, cuando sentí que mis rodillas de pronto empezaban a ceder. Con los pocos reflejos que el momento me permitió conservar, me aferré desesperada a la manija de la heladera y lentamente me senté.
Acostumbrada a este tipo de situaciones, coloqué mi cabeza entre mis rodillas y comencé a respirar lenta pero no profundamente, pues sólo lograba marearme más.
Me carcajeé amargamente al imaginar qué pensaría Seth si me viera así.
Todo había comenzado al mes de vivir juntos. Había decidido, luego de que un día nos despertáramos totalmente desnudos en el patio de casa, con un olor espantoso a musgo impregnado en la piel y salpullido en lugares que preferiría no mencionar, que no quería volver a transformarme. A Seth no le había gustado ni pazca, ya que él adoraba el hecho de ser lobo, la forma en que, insistió, me saboreaba y tomaba todo de mí cuando tenía sus instintos y sentidos al máximo. Pero yo no cedí. No quería ser una salvaje, odiaba despertarme desnuda sin saber por minutos cómo habíamos acabado allí. A mi argumento, le sumé una serie de razones de índole totalmente distinta que terminaron de convencer a Sethy (aunque la situación seguía sin gustarle ni pizca). Si seguía transformándome en loba, nunca iba a poder tener el pelo largo que él tanto estaba gustándole, pues la cantidad de pelaje de la fase lupina era directamente proporcional a la cantidad de cabello que tuviésemos sobre la cabeza. Mi pelaje era uno de los más tupidos de la manada, pues rehusaba cortármelo más y exigía tenerlo mínimamente hasta los hombros. Y aún así me parecía poco.
Las uñas también resultaron ser un problema semejante. Si me dejaba las uñas largas, mis garras tomaban un tamaño tal que me lastimaban al correr, a mí, que siempre fui la más rápida de la manada.
Eran cuestiones puramente estéticas, lo sabía. Pero esta vez las cosas eran distintas, yo quería ser y estar hermosa para Seth, para que sus ojos nunca se desviaran de mi cara, de mi cuerpo. Quería que siempre que Seth me mirara, me deseara. Y por más que él me asegurara con total convicción que me amaba así y tal como estaba, aún si tuviera cuernos, otra nariz y granos, yo podía ser por demás testaruda.
Al principio no había existido más problema que la ansiedad, pues mi cuerpo tenía energía que no llegaba a descargar, pero eso se solucionó cuando empecé a salir a correr todas las mañanas.
Al segundo mes de vivir juntos, el exceso de energía se transformó en mareos. La mayoría de las veces pude ocultarlo muy bien de Seth. Las dos o tres veces que se enteró, lo convencí de que había sido por algo en la comida, por un bajón de presión o simplemente por mi período.
Ahora en el tercer mes, casi cuarto, mi cuerpo fallaba de vez en cuando. Hasta el momento había tenido suerte, pero era una situación desesperante rezar todas las noches para que no me pasara delante de él.
No quería ocultarle nada a Seth, no cuando estábamos tan bien, no cuando estábamos arreglando todo (vía Alice y Bella) para poder casarnos. Pero tampoco quería volver a ser un animal, pues había una razón más que, si bien no se la había mencionado a mi querido lobo, era muy importante. Y es que tenía miedo.
Muchas veces estando con él, sentía como la parte animal de mi ser gruñía por morder su cuello, por saborear su sangre, como si fuera un maldito chupasa… nada, como si quisiera saborearlo, como si deseara marcarlo y morder a la primera fémina que se le acercara y tenía miedo. Tengo miedo. Temo que perdamos el control y nos matemos entre nosotros.
Nadie podría jamás entenderlo pues éramos, somos… la única pareja de lobos. Siempre el hombre era el lobo y lograba, según lo que había averiguado, controlar, domar a la bestia en momentos como esos, pero nosotros, ambos éramos lobos, las cosas fácilmente se salían de mambo cuando nos poníamos las manos o, ejem… garras, encima.
La sartén y la parrilla empezaron a chispear ferozmente, así que, como pude, me senté sobre mis talones. Lo suficiente para que mis manos lograran apagar las hornallas.
Esto era nada, nada con el temor que se adueñaba de mí al pensar en no tener a Seth, en perderlo por culpa de este engaño que vivía día a día. Me causaba tal pavor, que quería largarme a llorar como cuando era pequeña.
Mi maravillosa vida construida sobre las bases de: comer, hacer el amor y dormir se había transformado en un: comer, ocultar las nauseas, hacer el amor, ocultar el cansancio, dormir y ocultar los mareos, y eso tenía que terminar, decidí levantándome.
¿A quién recurrir? Bella y Alice, por más buena voluntad que tuvieran no podrían ayudarme, y tampoco quería tener que siempre cargarlas con mis problemas ¿Sue? Descartado. Aún no se dignaba a quedarse en la misma habitación que Charlie cuando trataba de hacerla entrar en razón. ¿Quién, por amor de Dios, quién podría ayudarme? Estaba tan malditamente frustrada que sólo deseé salir y clavar mis garras en lo primero que encontrara, es más, si no lo hacía, era porque estaba decidida a dejar atrás definitivamente a la bola de pelos que era de vez en cuando… la testaruda y terca bola de pelos…
Terca… testaruda…
Oh, Dios…
Y la iluminación llegó a mi sesera como un rayo, como un trueno, como un Gong, sí, eso, como un Gong (ya saben, esos platillos chinos enormes que hacen más ruido que la mierda). Si alguien podía ayudarme, esa era Emily. Estaba en contacto con la manada por lo que era la que más cerca estaba de poder entender mi problema y ella… aún me quería.
Apoyé el peso de mi cuerpo contra la blanca y fría heladera, recargando mi frente en ella, rindiéndome ante esa verdad que aún hasta ahora me costaba aceptar. Emily siempre me había querido… más específicamente, nunca había dejado de quererme, aún por encima de todo el embrollo de Sam, aún por sobre mi transformación, aún por sobre mi emparejamiento con Seth… nunca, jamás, dejó de expresar su simpatía, de sonreírme, de ofrecerse… como si hubiera hecho algo malo… Dios, qué estúpida había sido…
Con presteza despegué mi cuerpo del suelo (donde sin darme cuenta había terminado deslizándome), mi frente de la heladera, para tomar el inalámbrico y, con todo mi metro ochenta y tres extendido sobre las baldosas de cerámico de la cocina, llamar a ese teléfono celular que sabía de memoria y, estaba segura, siempre, sea para una escapada, una tarea, un desengaño amoroso, estaba mi salvación…
-¿Hola?
-Emily… te necesito.
Nunca había apreciado lo melodiosa que era la voz de Emily hasta ese día. No era especialmente aguda o grave, sus palabras no estaban cargadas de ese tono de masculina burla al que me había acostumbrado por los demás miembros de la manada, tampoco sonaba como los chupa... como Bells o Alice o ningún vampiro que haya conocido, con ese sonido parecido a campanillas. No, Emily tenía un sonido único y cálido que invitaba a hacer confidencias, a charlas horas y horas y reir, reir mucho. Y así sucedió.
Al principio, durante los primeros minutos no había sido fácil; a pesar de lo cautivadora que pudiera llegar a ser su voz, después del impulsivo: 'te necesito' que había largado, me había quedado estática, aterrada de lo que ella pudiera contestarme muy a mi pesar. Pero mi prima, apenas después de un segundo o dos (que se debieron a su sorpresa, como luego me explicaría), se irguió como el ángel que era y me ofreció cuanta ayuda pudiera darme y la que no también.
Habia sido largo, tedioso de a momentos, maravilloso en otros, el hablar con ella. Y la salvación, como siempre que mi prima intervenía, había llegado; encarnada en el doctor Jeremiah Ophanie, un antiguo miembro de la manada que había dedicado su larga vida, al igual que Carlisle, a estudiar la anatomía de su raza, en este caso, nuestra raza. Hacía años que se había alejado de la tribu y las zonas que protegíamos, para poder dedicarse en paz a sus estudios, libre de fanáticos como Sam, que como inquisidor olía herejía en cualquier lado y enseguida se proponía a mandar a juntar leña para la hoguera. Según lo que había averiguado Emily, el doctor no tenía problemas en tratar con metamorfos, humanos, vampiros o lo que fuera, razón por la cual era aún menos querido por la tribu.
Si alguien podía saber qué carajos sucedía con mi cuerpo, ese era él.
Con la dirección de la última ubicación del doctor escrita en un papel apretujado en mi mano, partí, no sin antes convencer a Seth de que fuera a visitar a Edward que yo iría a visitar a una amiga del instituto. Con suerte, sería la última mentira que le dijera a Seth en la vida.
Con mi destartalado Toyota Corolla, el que había comprado con mis ahorros y no usando el dinero regalado por Bella, conduje por la Ruta nacional nº5 hacia el Norte. Con Seth nos habíamos mudado a las afueras de Seattle, para alejarnos un poco de toda la psicosis que era vivir en los territorios de la manada. Conduje hacia las afueras del Colville, al otro lado del Estado, una pequeña ciudad de apenas 4.700 habitantes; un cuasi pueblito rodeada por una deliciosa reserva natural casi inexpugnable gracias a las distintas formaciones rocosas que formaban un escudo natural contra el hombre.
Una casita en medio de aquella reserva era el lugar ideal para un ermitaño, y allí fue donde lo encontré; pero la casita resultó ser un poco más grande de lo que había imaginado. Más que la cueva tamaño "closet-de-conserje" que mi cabeza había idealizado, la residencia del doctor era del tamaño de un hangar para un jet pequeño, con ventanas altas que sólo permitían que el sol y el viento se colaran, y una sola puerta/portón sumamente colmado de carteles de advertencia, a excepción de uno pequeño, en medio de todos que rezaba: "La risa es una gracia redentora"
Alentador.
Me acerqué al portón y golpeé la puerta con el puño, nada de suaves toques, este hombre (que vivía en semejante lugar) no parecía un hombre dado a las delicadezas. Firmes pasos se escucharon (así que muy viejo no debía ser) y me alejé cuando la chapa del portal vaciló antes de entreabrirse.
El doctor Jeremiah Ophanie resultó ser un gigante. Alto, de grandes espaldas, musculosos brazos, rostro de guerrero surcado de arrugas y una larga cabellera llena de hilos de plata -ma' si, canas-. Sus ojos, de un azul profundo y casi aterrador se fijaron directamente en los míos, buscando infundir temor.
Ja. Vejete, a mi nada me asusta...
-¿Quién?-inquirió con una voz que aunque tratara de ser apacible, no lo conseguía ni un poco. Era una voz de alfa, presintieron mis entrañas.
-Leah Clearwater, hija de Sue Uley y Harry Clearwater, descendiente de Thomas Uley, de la tribu de los Quileutes de La Push- creí correcto presentarme como había escuchado que lo hacían los ancianos.
-¿Qué quieres?
-Su ayuda.
Ante mi respuesta quedó callado, invadiendo mis ojos con los suyos de manera tal que requerí de toda mi fuerza de voluntad paa no pestañar y parecer débil.
-Eres una de nosotros...-no era una pregunta.
-Si.-pero aún así me sentí obligada a contestar.
-¿Cómo?-y si bien esa claramente fue una pregunta, algo en sus ojos, quizás una ligera dilatación de sus pupilas, me indicó que se la estaba haciendo a sí mismo, buscando en esa mente, privilegiada al parecer, la explicación a mi condición. Lo cual era mucho mejor que la simple e instantánea repulsión. Lo cual era mucho más de lo que yo esperaba. ¡Lo cual era genial!-Pasa...-finalmente medio gruñó, desplazándose lo justo y necesario para que pudiera pasar, ni un puto milímetro de mierda más.
El hangar/casa/cuchitri del doctor era enteramente funcional. Todo era material para investigación excepto el pequeño cuarto de baño y la cama (el doctor podía ser un workaholic, pero era uno de la manada después de todo, y sin la cama, no vivimos) Había grandes aparatos que no tenía idea de para qué servían, microscopios, tubos de ensayo, probetas y demás instrumentos de laboratorio, además de algunos instrumentos quirúrgicos por aquí y por allá. Una serie de mapas cubrían una pared por entero y, en el fondo, una habitación de puertas dobles que parecía gritar a los vientos que era una sala de operaciones.
A regañadientes, me indicó una silla (de las dos que había en el lugar, era la NO rota, así que me di cuenta de que se esforzaba por ser un buen anfitrión), y sólo después de que me hube sentado, clavó de nuevo esa mirada (que parecía la de un forense examinando un cuerpo) en mí.
-Soy esteril- finalmente le solté, y eso al parecer fue suficiente, porque sus pupilas volvieron a dilatarse, como si dentro de su sesera empezaran a encajarse muchas piezas. Y sonrió.
Parpadeé una. Dos. Tres veces, hasta que me convencí de que esa sonrisa que estaba ante mí era real y no sólo una ilusión provocada por mi cerebro (al cual nadie podría culpar, demasiado cuerdo se había mantenido el pobre en la excentricidad que era mi vida).
-Niña, gracias a ti... mi teoría ha quedado confirmada.
Continuará...
YES! estoy viva! actualicé! xDDD
Y será una doble actualización!
Están listos/as para una clase de biología? ;)
Hana
