El mundo de Twilight, así como sus personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía, el resto (que comprende al maravilloso, sensacional, hiper-sexy, re-violable Edward Cullen) es todo de ella... además, si fuera ella ya hubiera publicado Midnight Sun y/o Forever Dawn (v.v como la envidio...)
Desde Alfa hasta Omega
By Hana Hime
-Seth, si me vuelves a pedir que puje, ¡te arrancaré la garganta!-gruñó Leah apretando sus dientes, su cara amoratada por el esfuerzo, el cuerpo bañado en sudor.
-Niña, ríndete de una vez. Sabes que no podrás traerla al mundo sino aceptas lo que eres…-la sermoneó el doctor Ophanie acariciando rítmicamente su vientre, presionando con maestría para ayudar a la niña a salir sin lastimarla.
-¡Mierda, joder, coño!-aulló Leah antes de transformarse en loba y suspirar, con un alivio instantáneo por el agrandamiento de su cuerpo, y a su vez, de sus caderas, lo cual permitiría un parto más viable concorde al tamaño (gran tamaño) de la criatura.
-Te lo dije- le soltó con todo su mal genio el médico ermitaño, renovando su masaje sobre su vientre.
Fuera de la cabaña una legión de vampiros protegía el lugar. Eran estatuas bellas y letales, liderados por Bella, que no dejarían que nadie dentro de esa cabaña sufriera ningún daño del exterior.
Era imposible que Sam no se hubiera enterado del estado de Leah con la cantidad de idas y vueltas que obligatoriamente habían tenido que hacer ellos a la casa de los Cullen y los Cullen a la casa de ellos. Seth amaba a su esposa y se había dado cuenta de que ninguna mujer debía pasar la dulce y tortuosa espera de su bebé sin sus amigas para apoyarla, darle consejos, incluso hasta para retarla cuando estuviera obstinadamente haciendo algo que por su estado no debía.
Así que por eso, por la certeza de que Sam, o algún otro de la manada habían visto a Leah en esas idas y vueltas, es que estaban todos vigilando.
Edward lo sentía como algo más que personal. Era una deuda de honor que debía saldar con su amigo por cuidar de ellos en su momento. Sólo por encima de sus cenizas pasarían.
En Bella el sentimiento era aún más violento que en su esposo. Si llegaba a olor a Sam o a alguno de los suyos, no dudaría en arrojarse como una flecha directo a su yugular. Ya estaba bien ese jueguito de 'si no eres parte de la manada eres el enemigo'. Que se atrevieran… ya verían que con sus amigos nadie se metía.
Alice mirada hacia todos lados, histérica por no saber qué pasaría. Su estúpido don no había sufrido ninguna mutación, por lo cual, seguía sin ver qué pasaría de acuerdo a las decisiones de los metamorfos. Y eso la estaba frustrando mucho. Demasiado. Tanto que ni Jasper podía calmarla del todo, por más fuerte que lo intentara.
Rosalie destellaba en mil reflejos de mortíferos diamantes. Mientras ella estuviera presente, nadie dañaría al bebé de nadie. Por más que casi detestara a la Clearwater, la admiraba por haber tenido el valor de hacer su vida como le pareciera y haber conseguido aquello que ella añoraba más que nada en el mundo.
Y Emmett… Emmett era Emmett, impetuoso, impaciente, ansioso por tener una batalla con quien fuera.
Esme y Carlisle se habían quedado en la casa familiar cuidando a Renesmee.
Jacob, Quil y Embry conformaban la última barricada, justo delante de la puerta de la casa del doctor Ophanie. Esperaban no tener que enfrentarse con el resto de la manada, de todo corazón.
Todo era quietud en el impenetrable bosque, sólo interrumpía el silencio el cantar de los pájaros, los gruñidos de los animales que se habían alejado del área, avisados por su instinto de que había un depredador por demás feroz en su hogar, y los aullidos (ya más mansos) de Leah al pujar…
La tensión era demasiada y encrespaba aún más los nervios de todos… hasta que…
-Oh Dios…-Bella tembló al escuchar el llanto del bebé. Fuerte, saludable, con un aroma a canela y cubierto por la sangre de su amiga. Tuvo que luchar con el impulso de pegar la vuelta e ir a ver a Leah, pero se contuvo, sabiendo que esto aún no terminaba.
Los minutos pasaron y sólo el lloriqueo del bebé se escuchaba junto con el movimiento y choque de instrumentos metálicos. Probablemente estuviera el doctor revisando a la beba, sus signos vitales, temperatura, miembros… y quizás, incluso, tomando muestras de sangre para ver si la niña saldría a la madre (con la capacidad de transformarse) o como la abuela.
El ruido del pasto siendo aplastado los alertó. El momento había llegado.
Increíblemente, la primera en acercarse a través de la espesura fue Emily y detrás de ella Sam, los seguían el resto de la manada, Jared y Kim, Paul y Rachel, Collin y Brady acompañados ambos de dos mujeres, una rubia de unos quince años y una pequeña de diez de tez morena.
La manada de Sam en pleno y asombrosamente, en forma humana, se acercó, desplegándose en medialuna frente a la cabaña.
-¿Emily…?-inquirió Bella queriendo saber las intenciones de todos de boca de ella. Sabía por Leah que sin la ayuda de su prima no hubieran hallado al doctor, ni hubiera sido la joven Clearwater bien atendida durante los siete meses que duró el embarazo ni hubiera tenido un parto tan corto y al parecer sin problemas. Si las mujeres estaban presentes, los hombres no se atreverían a entrar en fase… pero nunca se sabía.
-No vamos a hacerles daño… ¿Sam?-llamó la mujer a su pareja.
-Es la verdad… como les dijimos en su momento, nosotros no gozamos de la misma libertad que ustedes...-se acercó a su mujer y la tomó de la mano- ese bebé es miembro de la tribu… de la manada por ser hijo de quien es… por ser sangre de mi mujer…-besó la mano de Emily- por ser descendiente de los Uley.
Sorprendida, Bella miró a su marido, quien a su vez no apartaba la vista de Sam.
-¿Planeas llevarte a la bebé?-inquirió Edward tensándose.
Las mujeres de la manada soltaron un jadeo, se desprendieron de la mano de su compañero y los miraron con indignación.
-¡¿Es eso cierto? ¡¿Quieren quitarle el bebé a una madre?
-¡¿Es que están locos?
-¡Creí que habíamos venido en paz!
Miles de réplicas de ese estilo invadieron la quietud del bosque hasta que el chirrido de la puerta del hangar los sorprendió y calló a todos.
El doctor Jeremiah Ophanie salió, portando entre sus brazos un pequeño y de dulce aroma bulto, envuelto en una mantita rosa. El gorjeo de la bebé y su imagen jugando con el largo cabello del médico entre sus manecitas conmovió hasta al más duro. Con la tez de un oliva claro y rizos oscuros como la noche, su mirada, de una inteligencia increíble para un recién nacido, nacía en un par de preciosas perlas grises como las de su madre.
Detrás del doctor estaba Seth, sosteniendo a su exhausta y pálida mujer.
-Se llama Mirabelle*1… Como mi tía abuela… Realmente ¿Quieres arrebatármela… Sam?-inquirió Leah soltando grandes lágrimas.
Más que tristeza, aún más que frustración, sentía lástima de pensar en qué clase de persona se había llegado a transformar el hombre que una vez amó.
Bella sentía que de ser humana, estaría llorando, igual que lo sentían Alice y Rose.
-No…-susurró Sam avergonzado de ese pensamiento peregrino que en un momento había cruzado su mente. Tomó una filosa roca del suelo y se cortó en medio de la palma. La sangre comenzó a fluir mientras él apretaba el puño hacia ellos- por mi sangre… que no los lastimaremos… ni ahora… ni nunca…-juró, sus ojos fijos en la beba.
Todos los miembros de la manada lo imitaron, jurando, para alivio de sus parejas.
-Gracias Sam… Emily…-sonrió Leah mirando a uno y otro… con infinito aprecio hacia su prima, pues sabía que nada hubiera sido posible sin su intervención.
13 años más tarde…
Sue Swan colgaba la ropa fuera de la casa de su marido… de su casa, pensando en cómo la vida daba y quitaba sin que uno se diera cuenta. Allí estaba ella, nueva y felizmente casada… disfrutando del amor y la compañía de un hombre que todos los días, con pequeños detalles, le demostraba lo valiosa que era.
Y aún así… ni cinco años de matrimonio feliz podían llenar el vacío que sentía por la ausencia de sus hijos.
Habían hecho algo que para ella era imperdonable… pero eran sus hijos… sus únicos hijos… y no había día en que no se preguntara si había obrado bien… Pero ya era tarde. No había estado allí para apoyar a su única hija durante el embarazo… no había sido ella quién le enseñara cómo cuidar un bebé (algo con lo que había soñado toda su vida) sino una de los Cullen y Emily.
Tenía muy clara la medida de su culpabilidad… sabía que era la razón por la cual cada año, desde el nacimiento de su nieta, había comprado un peluche en el día de su cumpleaños… peluches que quizás jamás recibiría…
Amargas lágrimas cayeron por su rostro. El daño que le habían causado seguía siendo demasiado grande… pero sabía que ellos estaban igual… siendo que hasta el último momento, habían buscando su aceptación.
Colocando el último broche, tomó el canasto con una mano, apoyándolo contra sus caderas, y cuando se estaba por dirigir hacia la casa, un escalofrío recorrió por entero su cuerpo.
Su mirada fue al bosque, a la impenetrable y oscura maleza, donde tres pares de ojos la miraban. Dos de ellos a la altura de la cabeza de un caballo y el otro par, de un color gris casi verde, la miraba a la altura de la cabeza de un perro raza Gran Danés.
No necesitó más para saber quiénes eran. El canasto cayó, rebotando por el cobertizo mientras su cuerpo daba un paso tentativo hacia la salida.
Los ojos grises, casi verdes, se cerraron durante un instante y una niña emergió de la maleza.
Delgada y alta para su edad, parecía casi de dieciséis años… piel olivácea besada por el sol, melena oscura como la noche con rulos en las puntas, hermosa y orgullosa de lo que era. Su nieta. Mirabelle.
Quiso dar el paso, realmente quiso hacerlo. Sólo levantar la mano y abrirles la puerta a su vida otra vez… sólo un saludo era suficiente…
Pero al mirar a los dos pares de ojos que se encontraban aún en el bosque, retrajo su mano hacia su pecho. Aún no podía, todavía no…
Mirabelle, retrocedió hacia el bosque sin darle la espalda. No había dolor ni tristeza ni rencor en sus ojos… sólo una fiera determinación. Su abuela había vacilado. Con eso podía empezar.
La pequeña manada se alejó tan sigilosamente como habían llegado. Podían ser sólo tres por sangre, pero sabían que en realidad su familia era aún más grande… la manada, los Cullen… sólo era cuestión de que Sue quisiera ser parte de ella…
Porque hasta el miembro más insignificante de una manada, un omega, puede encontrar la felicidad… si encuentra a alguien que lo considere su prioridad, su alfa. Esta es la historia de una arpía que conoció la felicidad… y se volvió sirena.
Bueno, sólo puedo decir, GRACIAS. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS. No habría llegado a escribir nada sin todos ustedes que leyeron, leen y se tomaron la molestia de dejarme un comentario para apoyar, para criticar, para apresurar... realmente no puedo creer que sean tantos. Los quiero, con todo mi corazón a todos... estoy sin palabras. No puedo creer que terminara...
*1 Mirabelle es realmente el nombre de la tía abuela de Leah y Seth según la Guia Ilustrada Oficial de Crepúsculo.
Sin más que decir, realmente shockeada de que este sea el fin...
GRACIAS ESPECIALES A:
Adeline (eianem) -LA PRINCIPAL COMENTARISTA DE ESTE FIC XD-
Morenita Black Clearwater
Clarisee
Cuki2
Sara
Carl9ina
XXCarolinaXX (no sé si son la misma xD)
Brezza
Neko-Tiara
MaLiGnA BlAcK
Missboss
Leah 61
Adrian
Gabii
Yadee
Karicatura
Renesmeew aliceew
Megamolpe
Rosary Blacu
Max KaDaR
Persefone Black Turner
Takahashi
Besos, Hana ;)
