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La vieja casa de la familia Myers estaba ubicada en un barrio residencial de Haddonfield. Desde fuera, se hacia patente que llevaba años sin que nadie viviera tras sus agrietados muros.

John se paró en la entrada. Con una mano sacudió la reja. Cerrada. Miró el aspecto general del jardín de enfrente; el pasto era tan alto que llegaba hasta las rodillas.

Observó hacia las ventanas. Todas tapiadas por tablones, por supuesto. Incluso, las de los pisos superiores. Nadie vivía allí ya. Según se sabia, era el sitio donde Michael Myers había cometido su primer crimen. Su primer asesinato. La policía había estado en ese lugar varias veces.

Jamás encontraron nada.

Por consiguiente, era el lugar menos pensado de todos, el menos sospechoso.

Justo lo que John esperaba.

¿Cómo escondes a un elefante de la vista de todos?

Mezclándolo con otros elefantes.

John estaba convencido que Myers estaba ahí. Aquel era su escondite "secreto", la casa donde todo se inició… un escondite a la vista de todos.

Volvió a sacudir la reja de entrada. Un candado oxidado aseguraba la propiedad. Retrocedió y descargó una patada contundente, con todas sus fuerzas, sobre la puerta. El candado saltó, la reja quedó abierta. Entró. Se acercó a la puerta principal y dudó.

Decidió entrar por la parte trasera, por lo que dio la vuelta a la vivienda y encontró otra puerta. Era mas pequeña y simple, quizás era la que daba a la cocina.

Con la ayuda de una ganzúa, la abrió. Sus goznes chirriaron un poco. No le había errado: era la puerta que daba a la cocina. Una amplia habitación, con varias alacenas y un viejo horno con campana lo recibió. Todo estaba cubierto por una extensa capa de polvo y telas de araña.

John sacó su pistola. Le quitó el seguro y se preparó. Mientras que la sostenía con su mano derecha, con la izquierda levantaba una linterna. Avanzó despacio, intentando hacer el mínimo de ruido posible.

De la cocina pasó a un largo corredor repleto de cuadros. Todos estaban sucios, llenos de polvo. Las fotos e imágenes en ellos ya no se veían.

Atravesó el pasillo y accedió a una enorme sala, un viejo estudio, con estantes repletos de libros mohosos y una chimenea llena de hollín. El haz de su linterna recorrió cada rincón. Nada se movía ahí dentro, a excepción de las acostumbradas alimañas de una casa abandonada: ratas, cucarachas y arañas.

Unas escaleras llamaron su atención. Subían hacia los siguientes pisos de la vivienda.

John dudó otra vez. ¿Se atrevería a subir?

Conocía la respuesta de antemano. Con lentitud, comenzó a pisar escalón tras escalón, ascendiendo…


En el hospital Ridgemont, el encargado de la limpieza terminaba su trabajo. Se encaminó sin prisa ni pausa hacia el vestuario. Abrió su locker y comenzó a despojarse de su uniforme. Para él terminaba otra jornada agotadora. Sin embargo, nunca conseguiría volver a casa esa noche.

Un ruido entre los casilleros del vestuario lo sobresaltó. Miró en la dirección de donde vino el sonido; un hombre estaba parado allí, entre las sombras. Un sujeto vestido con un overol parecido al que él usaba, pero de otro color.

-¿Hola? – preguntó. No obtuvo respuesta - ¿Hola? ¿Davis? ¿Eres tú? – insistió. El otro siguió mudo - ¡Si es otra de tus clásicas bromitas, no tiene gracia, Davis! ¡Sal ya!

El otro hombre no se movió.

Fastidiado, el encargado se le acercó.

-Davis, ¿estas sordo o qué? ¡Te dije que la cortaras con las bromas!

El hombre en las sombras se adelantó. Emergió al encuentro del otro, dejándose ver a la luz.

-¿Pero que…? – el encargado se quedó helado. El hombre parado enfrente suyo llevaba una mascara blanca de fantasma sobre su cara - ¿Y tú quien mierda eres?

¡Zas!

Algo rasgó el aire. El encargado jadeó y vio como una alarmante cantidad de sangre (¡su sangre!) emergía de su cuello rebanado.

Se desplomó, muerto, en el piso. El liquido rojo y espeso surgía de su garganta como un manantial.

Esgrimiendo su cuchillo carnicero, Michael Myers lo observó un momento. Después se fue de allí.

Tenía más cosas que hacer aquella noche.