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John subió al siguiente piso de la casa Myers. Caminó hacia la primera habitación que encontró. Era un dormitorio con una gran cama matrimonial en el medio y varios muebles tapados con sabanas.

El dormitorio de los padres de Michael, sin duda.

Pasó al cuarto contiguo. En este caso, la cama era más pequeña, para una persona.

¿La habitación de Myers, quizás?

No tenia nada de particular, si lo era.

John continuó su excursión. Los pisos superiores no le depararon ninguna sorpresa. Solo muebles viejos y desvencijados. Madera podrida o llena de termitas. Incluso el ático no contenía nada de misterioso, solo cajas y mas muebles antiguos tapados con sabanas.

Sentado sobre una de las cajas, meditó unos instantes sobre el lugar en el que estaba y lo que había encontrado. Nada que la policía no hubiera visto con anterioridad alguna vez. No existían signos de que la casa estuviera o estaba ocupada. Lucia más bien como todo lo contrario…

"Lo esencial es invisible a los ojos", pensó, recordando aquella frase.

El sótano.

Todavía no lo había registrado.

Bajó. Encontró la puerta que llevaba al subsuelo y la abrió. Un abismo de negrura lo recibió. Unas escaleras descendían directamente hacia ese lugar.

Levantando su pistola y esgrimiendo por delante su linterna, comenzó el descenso.


En Ridgemont, un guardia de seguridad hacia su ronda nocturna. El silencio imperaba en la institución. Los internos dormían en sus habitaciones.

Un hombre alto con overol se acercó por un pasillo. Arrastraba un carro de la limpieza. El guardia lo miró brevemente. ¿Lo conocía? Tenía un rostro normal, nada particular. Podría ser un nuevo empleado. Sabia que el hospital había estado buscando gente nueva para la sección de mantenimiento y limpieza.

Decidió interrogarlo, pese a todo.

Por las dudas.

-Eh, amigo. ¿Es nuevo?

El hombre que arrastraba el carro se le acercó. Lo miraba sin expresión alguna en su rostro.

-Le hice una pregunta – insistió el guardia. Había algo en ese tipo que lo puso nervioso.

De repente, el hombre empuja el carro estrellándolo contra él, haciéndolo caer al piso. Aprovechándose de su ventaja en aquella situación, el sujeto del overol extrajo un cuchillo carnicero y le asestó cuatro puñaladas mortales por todo el cuerpo.

Una vez liquidado el nuevo obstáculo, Michael saca del carro su mascara blanca y se la pone. Revisa el cadáver de la persona que ha asesinado y toma de sus bolsillos un manojo de llaves maestras.

Con estas en sus manos, Myers se vuelve hacia las cámaras de seguridad que lo estaban filmando. Las mira detenidamente…

Del otro lado, en una sala llena de monitores de TV, un cadáver de otro guardia, brutalmente apuñalado, le devolvía la mirada con unos ojos congelados en su rostro.


El sótano era lúgubre. La linterna de John iluminó unas paredes de ladrillo desnudo, sin revoque. Varios tubos colgaban del techo, goteando. Olía a humedad y a podrido.

Había varios trastos allí. Nada de valor, solo cajas, periódicos amarillentos y arrugados, y garrafas de gas vacías. Las ratas corrían por el suelo; eran las reinas de aquel territorio.

John se acercó despacio a una gran caldera negra. Su linterna había iluminado algo en su interior. Abrió la portezuela y lo extrajo con cuidado.

Un álbum de fotos.

Sintiendo el corazón latiéndole a mil por hora, lo hojeó. La mayoría de las fotos estaban borradas por el paso del tiempo, inexorablemente perdidas para siempre. Pero una llamó su atención… una donde un niño con una mascara de payaso miraba a la cámara.

Myers.

Observando con mas atención, John pasó sus paginas. Encontró otra foto, en este caso, de una chica mayor. Pese a los rasgos juveniles, reconoció a Laurie Strode en ella.

El álbum, colocado en tan inusual lugar, le hizo saber que su pista no estaba errada: Myers había estado allí.

La terminó de reforzar lo que al enfocar su linterna en un rincón del sótano descubrió. Medio oculto entre las cajas, había un colchón mugriento sobre un camastro improvisado, bolsas con residuos de comida recientemente consumida (de ahí el olor a podrido) y una serie de recortes de periódicos empapelando la pared mas cercana.

Con asco y fascinación, John estudio aquel collage. Algunos recortes eran viejos, mientras que otros eran mas recientes.

Se concentró en uno de ellos, el que estaba pegado en el medio de los demás, destacándose. Un detalle inquietante lo alarmó.

En el recorte, hablaban de Laurie Strode.

Una imagen del Neuropsiquiatrico Ridgemont se veía en él.

El corazón de John dio un vuelco. ¡El hospital donde estaba Laurie! Michael lo conocía. Sabia que su hermana se alojaba allí.

Una alarma comenzó a sonar en su cabeza. Miró su reloj. Faltaban unos pocos minutos para la medianoche. Tan solo un poco mas y ya seria oficialmente 31 de octubre.

Dentro de un rato, seria Halloween.

Su día.

El día en que Michael mataba.

Y el psicópata no estaba allí en ese momento. Lo cual significaba que estaría en…

-Oh, mierda.

John se olvidó del silencio. Subió corriendo las escaleras, abandonó la casa y se metió en su coche zumbando. A toda velocidad, desando su camino hacia el hospital.

Rezaba por llegar a tiempo.