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La puerta de la habitación de Laurie se abrió despacio. Myers entró lentamente y echó una mirada a su hermana. Yacía dormida en su cama, tapada con unas sabanas hasta la cabeza.

Sin hacer ruido alguno, Michael se le acercó. Miró por un rato el bulto de su cuerpo dormido y levantó el cuchillo. Se lo asestó una, dos, tres, cuatro veces.

Algo hizo que se detuviera. No había sangre en la cama. ¿Qué ocurría?

Sacó las sabanas y se topó con la primera sorpresa de la noche: la cama estaba vacía. Tan solo había unas almohadas colocadas, simulando un cuerpo.

Laurie no estaba allí.

-¡Sorpresa, hijo de puta! – dijo su voz, desde algún lugar sobre su cabeza. Michael miró y descubrió la segunda sorpresa: Laurie metida en un ducto de ventilación, mirándolo desde la rejilla abierta, con una sonrisa en la cara.

-¿Asombrado, hermanito? – Laurie rió - ¡Ven y sígueme, si te atreves!

Myers pareció aceptar el desafío. Mientras su hermana huía arrastrándose lejos de allí por el conducto, él se trepó y se metió tras ella, el cuchillo preparado para matarla.


John volvió al hospital sobre la hora. En un par de minutos, el 31 de octubre habría dado inicio y si sus sospechas eran ciertas, Laurie Strode estaba en peligro.

Al entrar en el nosocomio le llamó poderosamente la atención la ausencia total de guardias de seguridad. Al encontrarlos uno a uno desperdigados por allí, muertos a cuchillazos, comprendió que había llegado tarde.

Sacó su pistola y entró en el ascensor. Subió hasta el pabellón donde estaba internada Laurie. Encontró mas rastros de la masacre de Myers al toparse con el cuerpo del Dr. Evans apuñalado en un rincón y la puerta de la habitación de la mujer entreabierta.

John entró, la pistola en alto.

Nada. El cuarto estaba vacío.

Se fijó en la rejilla abierta del ducto de ventilación del techo y entonces dedujo lo que había ocurrido: Laurie había huido de Michael por allí.

Su hermano la estaría siguiendo, buscándola para matarla.

Tenia que evitarlo.

Un gemido lo sacó de sus pensamientos. Se volvió y vio al Dr. Evans abrir brevemente los ojos. Estaba vivo todavía pero si no recibía atención media urgente, no lo estaría por mucho tiempo.

Sin embargo, John no podía retrasarse. Se acercó a él y le habló.

-¡Doctor! ¡Doctor! – lo sacudió. El médico abrió los ojos de nuevo - ¡Doctor, los ductos! ¿Adonde llevan? ¿A la terraza o al sótano?

-Mmmph…

-¡Doctor, por favor! ¡Los ductos! ¿Adonde…?

-…Sótano… - murmuró Evans y cerró los ojos otra vez, cayendo en la inconsciencia.

-El sótano… gracias, Doc – John corrió hacia el ascensor. Presiono el botón que llevaba al subsuelo.

Mientras se dirigía al sótano del hospital, el reloj marcaba ya las doce.

Era 31 de octubre.

Era Halloween.


Michael emergió por el final del ducto de ventilación en el sótano. Buscó a su hermana.

-¡Por aquí! – gritó Laurie, desde el final de un corredor.

El asesino fue tras ella. Llegó a una habitación enorme llena de ropa sucia, tubos saliendo de las paredes y cableado eléctrico. Un gran transformador zumbaba peligrosamente por allí cerca.

Myers caminó lentamente, siguiendo a Laurie. No tenia escapatoria. La única salida y entrada a aquel lugar quedaba a su espalda. Si su hermana pretendía escapar, no podría sin tener que pasar a través de él.

Salvo el zumbido del transformador y la respiración del propio Michael, no se oía nada mas. Laurie tenia que estar por ahí, agazapada, acurrucada entre las pilas de ropa sucia.

Un ruido en un carro lleno de ellas alerto al psicópata.

Laurie estaba allí.

Myers fue hasta el carro y se preparó para matarla. Estiró una mano hacia la ropa y la levantó… y se encontró con una rata gorda.

Bajó el cuchillo, desilusionado.

Fue el momento que Laurie estaba esperando. Saltó de otro rincón con un hacha para incendios en las manos y se la asestó en plena espalda.

-¡Muere! – gritó, cuando el filo se enterró en la carne de su hermano.

Myers no se quejó. Sorprendido por el ataque, se tambaleó, el hacha incrustada entre sus omoplatos. Se volvió y con el cuchillo quiso matar a Laurie. Ella eludió fácilmente la estocada y retrocedió.

Con movimientos torpes, Michael la siguió, rasgando el aire en sus intentos de apuñalarla. En ese preciso momento, apareció John en escena…

-¡Quieto o disparo! – amenazó, apuntando al asesino con su arma.

El psicópata lo miró. Alargó como pudo una mano a su espalda y tanteó el mango del hacha. Se la sacó con algo de dificultad y se la arrojó al intruso.

John la esquivó por poco. Disparó contra Michael. Las balas dieron todas en el blanco pero el homicida no cesó en su intento de apuñalar a su hermana. Ya la tenia acorralada, con el transformador eléctrico a su espalda.

Laurie no se movió, lo esperó. Cuando el cuchillo descendía en el aire, se agachó. La estocada se hundió en el panel frontal del transformador, largando chispas y electrocutando a Michael.

Su enorme cuerpo se sacudió. La electricidad lo quemó. La mascara de plástico sobre su rostro se derritió, fundiéndose sobre su carne chamuscada. Las luces del sótano parpadearon y con un ultimo espasmo, el asesino fue despedido hacia atrás, cayendo en el piso, fulminado.

Laurie lo miró, serena. John se le unió.

-¡Laurie! ¿Estas bien?

-Ahora sí – respondió – Perfecta. Todo acabó. Para siempre – suspiró, como quien se libera al fin de un gran peso de encima – Adiós, Michael. Ojala te pudras en el infierno.