Después de cenar, se dispuso a quitarse la ropa cuando escuchó pasos que se acercaban hasta su habitación.
Pasos rápidos y decididos.
Había llegado el momento.
Caminaban hacia la parte noble de la casa, apenas le daba tiempo a retener todos los detalles que veía, pero el lujo y la riqueza se hacían patentes en cada rincón a cada cual más bello.
Muebles antiguos y pesados decoraban las estancias, gruesas alfombras tapaban el frío suelo de mármol y ricos tapices cubrían las paredes. Aquí y allá graciosas esculturas y grandes ventanales hacían que la muchacha se olvidara por un momento de hacia dónde iba.
Se encontraban ahora en el extremo opuesto del palacete y en todo el camino no se cruzaron con nadie, cosa que tampoco la extrañó debido a las dimensiones de aquella enorme construcción.
Saga se paró en la última puerta, a decir verdad eran dos gigantescas puertas de madera oscura con extraños grabados en toda su superficie.
-Recuerda, no le mires, no le hables si no te pregunta y no le niegues nada- le advirtió mirándola antes de abrir la puerta e indicarle que entrara ella primero.
Entró con la vista en el suelo y escuchó cómo la pesada puerta se cerraba tras ellos.
El olor allí era diferente al resto de la casa, sin duda se estaba quemando incienso en la habitación que por el eco, debía de ser bastante amplia.
-Aquí la tiene, como pidió- escuchó decir a Saga, mientras la acercaba tomándola por un brazo
Ella no se atrevía a mirar más que el suelo perfectamente pulimentado, hasta que Saga la acercó lo suficiente para que el Amo pudiera ver bien la nueva adquisición.
Vio unos pies descalzos acercarse a donde se encontraba, eran los más perfectos y bellos que jamás había visto, teniendo en cuenta que suelen ser la parte menos agraciada del cuerpo. La piel era de un blanco inmaculado y el tamaño y grosor de los dedos eran los idóneos, ni una sola imperfección en ellos, también supo que debía ser un hombre alto por su aspecto.
Los pies estaban parcialmente cubiertos por una ligera tela negra, que bien podía ser una túnica y los observó mientras empezaron a rodearla, hasta que lentamente volvieron sobre sus pasos y desaparecieron de su vista.
Una voz masculina y grave rompió el silencio de la estancia.
-Levanta la cara para que te pueda ver- dijo suavemente
Tenía ganas de ver al misterioso hombre y había imaginado mil veces cómo sería.
Lo había imaginado viejo y decrépito, o con la cara picada de viruela y calvo, siempre imágenes desagradables y tenebrosas, con una terrible mueca en su rostro o con alguna malformación monstruosa, ya que no permitía que nadie lo viera, creyó que debía ser por alguno de estos motivos.
Se llevó una sorpresa cuando alzó el rostro y fijó su mirada en la del que la observaba. Sus labios se entreabrieron cuando vio semejante espectáculo, cosa que agradó al hombre.
Se hallaba sentado al borde de una cama enorme, con las piernas ligeramente separadas y sus manos apoyadas en ellas, vestía todo de negro. El rostro era de un joven de unos veinte años, de piel nacarada, con el pelo negro y brillante como el azabache que caía por sus hombros, más largo incluso que el de ella. Lo más impactante eran sus grandes ojos verdes casi trasparentes, enmarcados por espesas y largas pestañas negras.
El conjunto era increíble, era tan bello que no parecía humano. No podía apartar la vista de él, sus ojos se habían quedado clavados a los del joven.
-Excepto por el color oscuro de tus ojos, te pareces bastante a mí- dijo con una fugaz sonrisa pintada en sus labios
Acto seguido hizo un gesto con la mano para que Saga se retirara y esperó hasta que éste hubiera salido para hablar de nuevo.
-¿Cómo te llamas?- preguntó dando vueltas a un grueso anillo plateado que llevaba en el dedo anular de su mano izquierda
-Pandora-
-¿Te doy miedo Pandora?- quiso saber con los ojos ligeramente entornados
-Ninguno- le contestó la muchacha siendo sincera, un hombre tan bello no podía ser malo
-Ahora veremos si es verdad – señaló un aparador situado a su izquierda – Ahí encima hay una daga, tráela- le ordenó
Ella la cogió y se la llevó tal como le había pedido, se la tendió con la hoja hacia ella.
Una vez que la tuvo en sus manos se puso de pie y jugueteando con ella se le acercó, dada la diferencia de altura, Pandora se vio obligada a levantar la cara para verle.
Acariciaba distraídamente con sus dedos la delicada guarnición que cubría el puño de la daga y la puso en la tersa piel de la muchacha.
-No te imaginas la de cuellos que ha cortado- dijo con voz profunda Hades.
