Sintió el frío de la hoja, pero no tenía miedo, no se quejó, no lloró, no imploró, sólo le miraba fijamente, si la estaba poniendo a prueba la superaría.

-Decías la verdad- admitió después de unos minutos

Se sentó de nuevo y pensó en algo que la hiciera reaccionar, quería divertirse al menos, pero esa chica era de un valor y de una serenidad sin igual.

A pesar de que detestaba el contacto humano, no tocaba ni era tocado a no ser que fuera estrictamente necesario, decidió hacer una excepción.

La muchacha le agradaba, porque le plantaba cara y eso era algo que nadie se había atrevido a hacer nunca.

A ver qué haces ahora, se dijo para sus adentros.

-Siéntate a mi lado- le pidió

Se sentó y esperó en silencio, fijándose en que las paredes de la habitación desde el suelo hasta el techo estaban llenas de libros, perfectamente colocados, también pudo comprobar que había una enorme mesa y varias sillas dispuestas a su alrededor, aparte de eso, del aparador y de las mesas de noche no había nada más en la espaciosa estancia.

Ni una sola ventana.

Sólo una puerta al fondo.

Tal como había hecho ella, le tendió la daga para que la cogiera de nuevo, Pandora la tomó en su mano.

-Quiero que me hieras-

No le niegues nada, había sido una de las advertencias de Saga. Desde luego, aquel parecía un juego de locos, pero ahora sí estaba segura de que la ponía a prueba.

-¿Dónde?- preguntó para sorpresa del hombre

Ella no había vacilado ni un instante, ¿sería capaz de herirlo?

Quiso comprobarlo, se estaba divirtiendo más que si estuviera tirada en el suelo hecha un mar de lágrimas y suplicando a pleno pulmón por su vida, como hacían las demás.

-Aquí- respondió llevándose un dedo al cuello y apartando su pelo, para que ella lo pudiera ver –Un corte superficial y no demasiado grande- añadió

Pandora no entendía nada, pero se dispuso a hacerlo.

Se acercó y con cuidado hundió ligeramente la punta en la blanca piel, para luego deslizarla cortando hasta que creyó que la longitud fue la suficiente.

Él la observaba complacido, sin mover ni sólo músculo de su cuerpo y admirando la determinación de la chica.

Enseguida la roja sangre brotó de la herida.

-Espero que tengas el mismo valor para bebértela- dijo con una mueca desafiante

Eso era más de lo que podía soportar, la sola idea le asqueaba, ver sangrar ya era desagradable, pero tener que beberse aquel líquido le hizo que se le revolviera el estómago.

-Si una sola gota cae, morirás- sentenció el hombre sintiéndose seguro de ella perdía su aplomo y que no lo haría.

Contra todo pronóstico vio con cierta irritación cómo se inclinaba hacia él y tragando saliva se disponía a obedecer, aunque con evidente repulsión, cosa que le molestó sobremanera.

Ahora juro que beberás hasta la última gota, pensó para vengarse por tener que aguantar el contacto físico que tanta aversión le daba.

Con la punta de la lengua recogió las gotas que se deslizaban ya cuello abajo y sintió la calidez y el sabor característico de la sangre en su boca, pensó que iba a vomitar, pero como él no le decía nada siguió, pasó esta vez directamente la lengua por la herida y a medida que tragaba la sangre, fue desapareciendo la sensación de asco y cuando se dio cuenta, sus labios succionaban el corte.

A medida que la sangre se iba haciendo más escasa, ella la notaba más dulce y le gustó el tacto de aquella piel, el olor de los cabellos del hombre y deseó que a él le estuviera gustando tanto como a ella.

El aliento de la chica en su cuello, el suave roce de su lengua y sus labios y la cercanía de su cuerpo lo turbaron enseguida. No podía pensar en nada, sólo se dejaba hacer, le gustaba esa sensación de vulnerabilidad que estaba sintiendo, un extraño placer le recorrió cada célula de su cuerpo y se abandonó al momento.

Nunca había sentido atracción sexual hacia ninguna mujer, tampoco hacia ningún hombre.

Se consideraba por encima de esos instintos primarios, pero a veces muy de vez en cuando, mientras se bañaba le gustaba tocarse y esto le excitaba, así que se masturbaba y por largo tiempo quedaba satisfecho.

Le había dicho que bebiera su sangre porque pensó que la haría reaccionar, pero se había equivocado de pleno.

Su respiración se iba agitando por momentos y su pulso se aceleró a límites insospechados en él. No quería darse el lujo de que ella viera que estaba disfrutando con aquello y se apartó bruscamente.

-Puedes irte- le dijo levantándose y dándole la espalda

Saga pareció muy sorprendido de verla caminar de vuelta por el pasillo y se acercó a ella.

-¿Qué te ha dicho?- quiso saber

-Que me podía ir-

-Está bien, te acompañaré a tu habitación entonces- dijo confundido

Su Amo jamás dejaba salir con vida a nadie de aquella habitación a excepción de él, que era su leal mano derecha.

Algo importante había pasado allí dentro para que la muchacha siguiera a esa hora respirando.

Sin duda a la mañana siguiente debía ir a recibir nuevas instrucciones, porque ahora no sabía que debía hacer con ella.

Cuando la puerta se cerró y se quedó solo, notó que había tenido una erección.

Veía el bulto romper la línea de caída de su túnica y se encerró en el baño para sofocar aquel deseo que lo desconcertaba por momentos.

Tan relajado había estado al final que no se había dado cuenta de aquello.

¿Y si ella…lo hubiera visto?

Se arrepintió de no haberla matado, pero sería un error que subsanaría al día siguiente sin falta.