La mañana había despuntado radiante y hermosa, pero en la habitación del Amo siempre reinaba la penumbra, decía que se sentía más a gusto entre las sombras.

Así lo encontró Saga cuando fue a verle, con cara de haber dormido poco y la mirada extraña.

-¿Qué debo hacer ahora con ella?- preguntó el leal sirviente

-Esta noche me la traerás otra vez- dijo sin más

No durmió bien, a pesar de que se desahogó, el deseo se había instalado entre sus piernas y apenas le duró unos minutos el remedio que siempre le había funcionado tan bien.

Pero esa noche mataría dos pájaros de un tiro, al deseo y a la chica.

Tal y como hiciera el día anterior, Saga llevó a la chica de nuevo a la presencia de Hades y lanzándole una mirada de despedida se fue sin acompañarla hasta dentro de la habitación.

Pandora parecía como si no se hubiera ido, lo recordaba todo como si hubieran pasado minutos.

Entró de nuevo con la vista fija en el suelo, para no mirarle y cuando dio apenas unos cuantos pasos se paró, expectante.

-Puedes acercarte más y mirarme-

Ahí estaba de nuevo, la misma postura de la primera vez que lo vió, aunque la ropa esta vez, era más elegante y lujosa, de un gris ceniza, que realzaba más sus increíbles ojos.

-Cuando entre en esa puerta, esperarás unos minutos y entrarás también- se limitó a decir señalando la puerta del fondo

Mientras esperaba, se fijó en que la daga descansaba en el mismo sitio de la noche anterior.

¿Es que piensa matarme con sus propias manos? Se preguntó la chica que estaba convencida de que ese día sí que sería el último de su existencia.

Cuando lo creyó oportuno, abrió la puerta y sin saber qué se encontraría tras ella, entró.

El vapor, al principio no le dejó ver demasiado, pero supo que era un baño.

En el centro distinguió una gran pila de piedra, llena de agua caliente. Se acercó sin comprender muy bien porqué estaba allí, en medio de las vaharadas de vapor distinguió la silueta de su Amo.

Estaba metido en el agua y sólo tenía fuera los brazos, que descansaban en el borde de la pila, uno a cada lado y los hombros.

Observó ese pequeño regalo para su vista, le había parecido más delgado, pero sus bien formados brazos y la impecable línea de sus hombros no le daban la razón.

Deseó poder ver más y en eso estaba cuando le habló aquel ser salido de otro mundo.

-Puedes quitarte tu ropa, menos la interior si lo deseas- dijo impaciente

Ella lo hizo sin entretenerse y sin darle vergüenza, era más de lo que podía desear, le agradaba que la viera.

Feliz con la idea de compartir el baño con aquel hombre tan hermoso, se metió en la pila en ropa interior.

Mientras ella se quitaba la ropa, él la observaba y sintió como si estuviera delante de un espejo.

Se había percatado del parecido físico entre ambos, pero ahora se le hizo más patente. La muchacha poseía una piel casi tan blanca como la suya, sin una sola imperfección, su cabello también era oscuro y le caía por los hombros, su mirada era directa y el porte elegante, incluso los ojos oscuros se le antojaron más bellos que los suyos propios, más enigmáticos y profundos.

Le gustó ver su cuerpo tan bien formado, sin duda estaba teniendo una visión muy agradable.

La chica cogió la enorme pastilla de jabón de color violáceo que su Amo le tendía y con cara de extrañeza lo miró.

-¿Acaso las esclavas no bañan a su Amo?- preguntó molesto por tener que dar una explicación a aquella situación

Esperó con temor la reacción de ella, no quería volver a ver la expresión de repugnancia que puso con la sangre el día anterior, pero para su alivio ella sonrió y pareció encantada con la idea.

Se enjabonó las manos y soltando la pastilla, se dispuso a lavar delicadamente el cuerpo que tenía delante.

Empezó por los pies, limpió cada dedo, el empeine, la planta, todo con esmero, pero siempre notando los ojos verdes fijos en ella. Ascendió por los tobillos y notó que su Amo, se rasuraba el cuerpo, porque no encontró un solo pelo en toda la longitud de sus exquisitas piernas.

Exquisitas y duras.

Se estaba dando un auténtico festín tocando aquel cuerpo perfecto, como él estaba sentado en un pequeño escalón dentro de la pila, notó con fastidio que no podría acceder a una de las partes más apetecibles de su anatomía, pero no podía quejarse.

Por respeto, obvió la parte que se encontraba entre sus piernas y prosiguió con el torso y los brazos.

Desde el primer momento, pudo leer en el rostro de ella el deseo y le gustó.

Le gustaba sentirse deseado, le gustaba el contacto de esas manos suaves y delicadas deleitándose y disfrutando de su cuerpo.

Apenas hubo empezado a tocar sus piernas, notó cómo la sangre se agolpaba en su miembro, tan olvidado hasta ahora y tan desatendido.

Esperaba con impaciencia a ver si ella se atrevía a tocarlo allí, pero finalmente cuando ella pasó de largo, lo prefirió, así podría cogerla por sorpresa.

Para que pudiera lavar su espalda, él se separó de la pila y hubo de acercarse más para poder llegar. Tenía su cuerpo a escasos centímetros del suyo y observó como las puntas de su pelo, estaban mojadas y las apartó para que la espalda quedara libre.

Quería que aquella piel fuera suya, aunque sólo fuera una vez, quería sentirlo pegado a ella. Cuando le tocaba sentía como pequeñas descargas de electricidad que le atravesaban el cuerpo y por primera vez, al concluir reunió su mirada con la de él, pero no se alejó, permaneció así como estaba.

La mirada de Pandora, le infundió valor y la tocó. Cogió una de sus manos y la depositó en donde no había sentido su calor, ni su caricia.

El tiempo se detuvo un instante así.

Ella tan sólo acarició levemente aquella parte que palpitaba bajo su mano y enseguida la apartó. Este súbito ataque de vergüenza le agradó a Hades y se sintió en superioridad, ya que él también estaba algo avergonzado por lo que se había visto obligado a hacer.

De nuevo cogió su mano y la puso nuevamente allí donde le quemaba la sangre, fue entonces cuando ella entendió realmente lo que él quería.

Vio a medida que lo tocaba, cómo sus mejillas se coloreaban, aquella piel tan blanca que parecía irreal.

Él se sentía observado y por más que intentaba estar con los ojos cerrados y concentrado, no pudo, así que la agarró con un brazo y la estrechó contra su cuerpo. No es que quisiera sentirla cerca, es que no quería que lo viera disfrutando de sus caricias.

Ahora ya no podía ver nada, la había atraído hacia sí y sentía su mejilla izquierda contra su pecho, casi podía escuchar sus latidos. Nunca había estado tan cerca de él, deseó abrazarlo y besarlo, pero tuvo miedo de enfadarle. No por que la matara, eso ya le daba igual, sino por disgustarlo.

Supo que había terminado cuando suspiró y dejó caer el brazo que la sujetaba contra él.

-Puedes salir y vestirte- fue todo lo que le dijo apartándola

Fue tan brutalmente frío que obedeció con el corazón en un puño, apenas se secó, salió y se vistió en la penumbra de la habitación.