Capítulo 2: cara de perrito, insano y anciano.

Comenzó todo aquello que el médico le había comentado. Sin embargo, la misma enfermedad hizo que la locura iniciara justo dos días después de que habían ido a la capital de ciudad república. En aquella mañana, el avatar se había levantado a temprana hora, tanto así que Katara ni siquiera notó que al despertar él no estaba allí. Enseguida, la maestra agua se levantó de la cama para ir a indagar sobre el paradero de su marido. Buscó por todos los pasillos del templo aire del sur, mas no encontró algo que la convenciera que Aang estaba cerca. Resignada, regresó hacia la zona donde se encontraban los cuartos. Estando allí, se encontró con Momo, el cual le había hecho un gesto amable mientras ella hablaba como insana hacia un animal cuya capacidad para oírla quizás era nula, aunque no estaba de más contar las penas hacia algo que, posiblemente no te entendía, pero al menos te oía.

-No estoy segura sobre lo que vaya a suceder en un futuro, Momo - comentó Katara en tanto le acariciaba la barbilla al lémur aquel, y alzando la mirada hacia el cielo, siguió conversando con el animal

-¿Qué es lo que sigue? Y si...

De repente, los pensamientos de aquella mujer se vieron perturbados por un ramillete de flores que colgaba de una especie de cuerda que descendía lentamente desde el tejado de la habitación hasta el alfeizar donde Katara se encontraba vagando en su mente.

Katara se sorprendió al ver este acto, donde justo después de ello descendió Aang también, aunque este cayó tan repentinamente que la maestra de la tribu agua se preocupó por la integridad de aquel sujeto.

-¿Estás bien? - le preguntó exaltada

-Estoy bien - respondió aquel sobándose la cabeza, aunque con una mueca de felicidad.

-¡¿Estás loco?

-depende de que locura hables

-dime en qué arte llegas hasta el techo del cuarto, bajas un ramillete de flores, y más ahora que estás enfermo

-¡los enfermos no viven la vida! ¡Los enfermos no hacen y re-hacen la vida!

"los moribundos" dijo en su mente la anciana "solo ellos hacen estas locuras"

-¿Qué te sucede, Aang?

-no me está sucediendo nada...solo...me sucede que me siento...lleno

-¿Lleno?

-no...no es lleno...quiero decir, completo, satisfecho. Pero hay algo que quiero representar en este ramillete de flores que te quiero dar.

En ese instante, el avatar se acercó hacia la mujer que había conocido hace más de medio siglo, y con una suave mirada y tono calmado en su habla, mas algo insano, se dirigió a ella, desde el otro lado del alfeizar con las siguientes palabras:

-Espero que con este ramillete, sencillo, quizás no tan costoso, un ramillete de flores panda, que recuerdo que deseaba obsequiarte hace muchos años, consideres que recreemos o que vivamos de nuevo aquel amor de jóvenes que nos propusimos a construir a lo largo de un tiempo estrecho. Estoy completamente seguro de que el sentimiento que nos une aun no ha envejecido, pese a que nosotros ya estamos bastante avanzados de edad. Si alguien me hubiera dicho todo lo que me iba a suceder después de haber salido del iceberg, no lo hubiera cambiado por nada.

-y...pues...este...¿Por qué me dices todo esto?

-porque quiero hacerte ver por qué sigo siendo aquel mismo Aang, el mismo del que te enamoraste...aquel...

-pero...mi amor...no necesitas que...

Con el índice de su mano derecha, callando sus labios, con el cielo matutino cubriendo aquel instante con la delgada capa del amor maduro, el avatar se atrevió a besarla suavemente, en silencio, sin palabras ni miradas de culpa, pena o gloria; con el sabor de un día de invasión...con el sabor de aquel Aang y de aquella Katara de doce y catorce respectivamente.

Aunque el momento meloso aquel fuese lindo y rosa, por dentro Katara estaba consciente de que Aang no estaba bien. Ella sabía que él amaba hacer toda clase de travesuras y peripecias, empero, el sentirse como si nada estuviera pasando le recordaba demasiado a su padre Hakoda, el cual tenía síntomas de bienestar similares poco tiempo antes de morir.

Mientras, por otro lado, su mente le ordenaba que disfrutara ese momento, porque no estaba completamente segura de cuándo sería la última vez que lo podría besar y sentir mariposas en el estómago, o si esta sería una de tantas ocasiones.

Se amaban; eso era obvio. El problema mayor residía en que, por simples tonterías del destino, habían tenido cierta separación entre ellos. Era extraño que dos ancianos se amaran con la misma intensidad que lo habían hecho hace más de sesenta años.

En eso, Katara se separó del beso para tomar algo de aire. Como sea, ya no estaban tan jóvenes para "estas andanzas".

-y ¿Esto por qué fue? - le preguntó

-¿No te gustó? - dijo en voz baja Aang

-¿Qué te hace pensar que no me gustó?

la maestra agua le lanzó una cálida sonrisa de aprobación, lo cual le bastó a Aang para saltar adentro de la habitación y tomarla entre sus brazos. Sintiendo ambos la respiración del otro, varios minutos transcurrieron...y con ello, cientos de pensamientos inundaron sus mentes.

"Esto quizás no sea Ba sing se, o quizás no sea el lugar más flamante o cómodo del mundo, pero para mí lo es; mientras quede un guiño en los ojos de Katara, mientras quede sonrisa en mis labios, mientras quede la memoria de que en algún momento nos enamoramos...mientras sepamos que tenemos un corazón que algún día dejará de latir, pero no de sentir..."

Después de un momento, Aang miró fijamente a los ojos a su amada, a la cual le dijo:

-me parece que nos hacen falta unas vacaciones...

-¿vacaciones? - cuestionó Katara con cierta extrañeza - pero ¿a dónde?

-pues...¿A Ember?...

-¿A Ember? pero ¿Recuerdas que se te indicó que no debías de moverte bruscamente? Eso implica viajar, mi amor...

-no tengo idea de que me hablas

-del médico...de las indicaciones...

-de hecho...no recuerdo lo que ha pasado los últimos tres días...

-por eso propongo que te quedes a reposar y que...

-vamos a Ember...por favor...

La carita de perrito triste que ponía Aang era algo que, a pesar de todos los años que habían transcurrido, Katara no podía resistir a decir "si". Y más, al ver esa dulce cara de insano con barba blanca y las cicatrices del tiempo recorriendo su rostro completo.

-de acuerdo, mi vida. Vamos a viajar a Ember...

El avatar lanzó un salto de felicidad, tan alto que alcanzó a golpear su cabeza. Acto seguido, rio como desenfrenado. A su esposa no le quedó de otra que reírse con él, mas su risa la quería conducir a una especie de llanto que tenía que aprender a controlar. Le preocupaba Aang, pero pensó en que sería mejor disfrutar con él hasta el último momento en lugar de torturarse.

Los espíritus llamarían al Avatar de regreso cuando fuera necesario. Mientras pudiera tenerlo, lo aprovecharía...