Capítulo 5: ¿Recuerdas el recuerdo del recuerdo aquel?

Postrado en una cama por dos meses: no parecía algo de lo que debía de sorprenderse. Sus periodos de lucidez-locura aumentaron de manera considerable. No le molestaba cuidar de él y estar a su lado; odiaba que la enfermedad se lo estuviera comiendo vivo. Y todo por causa de un estúpido resfriado.

-Tal vez no debimos haber ido aquel día - dijo en voz baja Katara. No tuvo duda en exteriorizar este pensamiento, puesto que en ese momento Aang estaba inconsciente.

¿Por qué? repitió varias veces mirando al cielo...

Flashback:

Después de haber dejado la isla Ember y haber emprendido el vuelo, pasó cerca de un día para que llegaran a su destino; la ciudad que albergaba el recuerdo de un momento sin tiempo, de espacio y textura obscuras; algo tan lóbrego como el solo hecho de entregarse al amor.

-abre los ojos hasta que yo te lo indique - indicó Aang a su esposa, a la cual le tapaba los ojos para que no fuera a ver, ya que aquello era una sorpresa.

La condujo por un camino de tierra, y hasta que se dejó de escuchar el trinar de los pájaros y se dejó de sentir el calor del sol que pegaba al cuerpo, el avatar quitó sus manos del rostro de Katara; estaban frente a aquel lugar. Se trataba de la mismísima cueva de los dos enamorados.

-pe...pero..co..como...pe...pero...co... - Katara apenas si podía articular las palabras. Era una emoción adolescente que le recorría la sangre; ese cosquilleo de la panza regresaba a ella como un viejo recuerdo.

Ambos entraron, y cosa extraña que los cristales que se hallaban en la pared superior a la cueva se encendieron. Esta vez sería más sencillo entrar y salir. Solo el verdadero amor los guiaría. Accedieron, mas no esperaron encontrar algo. Ambos, tomados de la mano, llegaron a algún punto en el camino donde creyeron que ese sería el lugar donde posiblemente supieron que esa unión era para siempre.

-Recuerdo que para salir de aquí me propusiste que nos besáramos. Y dime ¿Por qué lo propusiste?

-verás...

Los colores se le fueron al rostro. Bastó lanzarle una mirada para que él entendiera.

-hace muchos años, cuando caímos en manos de la adivina, ella me dijo que me casaría con un poderoso maestro...

-lo escuché...

-¿Qué hiciste qué?

-verás...tenía inquietud por lo que fuera a decir sobre tu destino. Ya sabes. Le pregunté a Sokka sobre qué cosas se hallarían hablando. Me dijo que sobre amor, con quién te casarías y cuántos hijos tendrías; según él, cosas tontas. Me estaba comiendo el ansia saberlo. Desde entonces yo sentía esto que siento ahora por ti...

-y fue en el momento en el que acabaste con la lava de la isla cuando Sokka notó tu poder, y lo confirmó diciéndome que a veces olvidaba el poderoso maestro que eras; me di cuenta que ese poderoso maestro no podría ser nadie más...

-entonces... ¿estás conmigo solo por...creer algo que una adivina te dijo?

-no...no es eso. Verás. Yo tenía un gran aprecio por ti desde tiempo antes, pero esto terminó por confirmar que lo que sentía por ti iba más orientado a que terminaríamos juntos...

-y pensar que Sokka terminó haciendo que nos juntáramos...

Los dos se rieron tendidamente. No lo hacían desde un largo tiempo. El destino había querido que se juntaran, y hasta ese instante se dieron cuenta.

-El beso que compartimos esa vez aquí es uno de los que nunca olvidaré, cariño - dijo Katara, apenas en un tono que se alcanzaba a oír...

-de hecho...ciento que olvidé el beso - contestó aquel, guiándole un ojo a su esposa

Ella sabía exactamente a que quería llegar.

Clavó esos ojos azules en sus pupilas grises, olvidando por completo que el mundo allá afuera existía. Sobre el hombro de

Aang cayó la delicada mano de la maestra agua. Sus pupilas temblaban, mas no era miedo. El beso aquel los estremeció a tal grado que se sentían de doce y catorce años respectivamente, a diferencia que un bisonte volador no miraba lo que hacían.

Se sonrojaron, y al sentir el rose de sus labios tan lento, tan suave, tan delicado y sincero se estremecieron. Era como sorprenderse después de toda una vida juntos ¿Qué les sorprendía? ¿Acaso era el volver al lugar que vio nacer su amor eterno?

Volvieron a verse a los ojos; la diferencia de la sensación de cincuenta y dos años atrás era diferente en que ahora eran más maduros, tenían más experiencia y la guerra no les impedía rendirse al sentimiento.

-te amo, Katara - dijo antes de tomarla por la cintura

-no tienes idea de cuanto te amo yo a ti - contestó Katara

El tierno abrazo que una pareja podía compartir se manifestó justo en ese momento. Sus huesos dejaron de sentirse llenos de polilla y gastados. Todo se hacía más terso y cálido, y al separarse de aquel gesto abrieron los ojos, solo para encontrarse con todos los años que habían rejuvenecido en menos de unos minutos. Vaya que es cierto que el amor puede hacer de todo, incluso sentirse como un joven pese a no serlo.

Después de ese beso prolongado y del tierno abrazo, una tierna caricia de la última gota de aire que entró por la cueva los saludó. El ambiente era bastante tibio para ser una cueva, pese a que afuera era verano. Con las últimas palabras que Aang le susurró a su amada, ambos se rindieron al no poder aguantar el peso que acarreaban.

Las capas de los años se deslizaban con lentitud hasta caer al suelo y reposar allí sin prisa alguna. Tal vez regresarían hasta pasada la tormenta que les recordó un par de pasajes de la juventud.

La misma fuerza de esos grandes años, sumada a los años de experiencia, era como saborear las más dulces mieles del amor sin rapidez alguna. Realmente importaba el camino, no tanto el destino. Ya lo sabían...así que, con cada prenda que caía, todos los kilos de los años se iban, y la sensación salvaje de recorrer la geografía de sus cuerpos y sus espíritus se manifestaba en el barco de la esperanza renacida.