Sé que me he tardado con este capítulo pero es que estamos a finales del tercer bimestre y los putos maestros lo único que hacen es dejar exámenes, y el pinche maestro de cívica me paso con 8, por poco me pasa con 7 (empecé a llorar por ese 7 aunque también me reía y parecía enferma mental) si no fuera porque me subió un punto por participar en los honores a la bandera como sargenta en la escolta, por eso le doy gracias a mi voz de militar, es demasiado gruesa para ser de mujer, por teléfono varias veces me han dicho "nos vemos mijo" o "Alexis ¿está tu mamá?"(Alexis es mi hermano mayor) y yo así de que "¿Mijo? ¡Hija de tu putisima madre soy mujer!"

…bueno también he estado ocupada por el hecho de que son las chingadas pre-inscripciones de la preparatoria y tengo que buscar todo el cochinero que ocupo y todo eso, y estudiar para el examen de admisión y más tonterías que se le pasan por la mente a la puta secretaria de educación de mierda del país. Y no solo eso…ME APLICARON LA LEY DEL TECLADO!... mi padre desconecto el teclado por 3 días, solo para que limpiara mi cuarto y la planta baja de mi casa u.u y ahora, no es broma, me está entrando una manía de que en cuanto se ensucia algo, voy con el trapeador, la escoba o una trapo a limpiarlo, bien tipo Alemania…es bueno pero creo que no queda con mi actitud, no es awsome.

Gracias por los reviews, ellos me dan el impulso de escribir el siguiente capítulo. Espero y este también les guste.

Spoiler: segundo encuentro, pasan meses y los encuentros continúan, ¿tal vez un segundo beso con el consentimiento de Iggy?

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— ¿Y cómo te fue en tu paseo el día de ayer?—

El menor dejo de masticar un momento para mirar el rostro de Francis, el chico tenía su barbilla recargada en sus manos y lo miraba con una sonrisa contenta en el rostro, devolvió su vista al frente, continuando con su desayuno. Miro el vaso de jugo de naranja, recién exprimido por Francis, y puso su mano sobre él, sin llegar a tocarlo, empezó a recitar unas palabras por lo bajo, que Francis no alcanzo a escuchar, y en cuanto termino el liquido quedo en estado sólido.

— Estoy mejorando mi magia— menciono Arthur intentando cambiar el tema, en el rostro del francés se leían claramente las palabras "¿estás hablando en serio?

—No me cambies el tema cejotas— el chico se ahogo con el pedazo de pan que estaba tragando, el mayor no hizo ningún esfuerzo por ir a salvarlo—… ¿Cómo te fue?...

—…Bien—

— No te creo— los ojos azules del chico se entrecerraron levemente mirando al chico con perspicacia— No suenas ni convencido de tus propias palabras.

Los ojos verdes del príncipe se abrieron con sorpresa, en sus hombros era notoria la muestras de tensión. El francés se rio levemente y se levanto, parándose detrás del menor. Acerco su boca al oído de este y hablo con un tono serio.

— ¿Qué te encontraste allá afuera?—

— Nada que te interese maldita rana—

El chico se levanto, aventando al rubio y a la silla lejos, subió las escaleras con pasos pesados, para después cerrar la puerta de su habitación con fuerza, tanto como para tumbar un espejo en el pasillo exterior. El francés subió las escaleras lentamente, dispuesto a recoger los pedazos del espejo roto. Le preocupaba la actitud del chico, desde que llego el día anterior estaba actuando extraño. Algo en su interior le decía que algo no muy bueno se aproximaba.

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Los ojos azules del joven príncipe miraban con aburrimiento el plato frente a él, batía con flojera la comida, pasándola de izquierda a derecha, derecha a izquierda. Recargo su codo en la mesa, y consecuente acomodo su barbilla sobre el dorso de la mano, soltando un suspiro entrecortado. Su padre lo miro extraño, dejando los cubiertos sobre le mesa.

— ¿Qué demonios te sucede?— el chico se exalto al escuchar el tono autoritario del hombre el chico brinco de su asiento, lanzando su tenedor, miro a su padre con una mezcla de confusión y sorpresa— Desde que llegaste ayer en la tarde estas extraño, ¡ni si quiera se que hiciste toda la tarde!

El chico bajo la mirada y tomo la copa de agua al lado de su platillo, tomando un trago lento, cuando termino, miro a su padre desafiante. El hombre frunció el ceño y tomo de su copa de vino.

— Estuve paseando por el reino— contesto simplemente levantándose lentamente, miro el asiento donde se suponía que estuviera su madre. Estaba vacío. — ¿Dónde está mi madre?

— ¿Esa estúpida?— el odio en la voz del hombre solo logro que le hirviera la sangre más de lo normal— Ni idea y no me interesa.

— Nos vemos más tarde— y antes de que el hombre le preguntara, se giro rápidamente— Estaré entrenando en el jardín.

Salió rápidamente del comedor, caminado a su habitación, en el camino tomo a una de las sirvientas del brazo y le aviso que arreglara las cosas para que entrenara con el arco. Entro a su habitación y se quito la casaca, dejándolo únicamente en la camisa interior blanca de mangas largas, y la aventó en la cama. Abrió un cajón de una de las mesitas al lado de la cama y saco los guantes para poder practicar cómodamente. Recorrió nuevamente los pasillos y salió al enorme jardín, sintiendo rápidamente calor. Sin pensarlo más de dos veces se saco la camiseta. Las dianas ya estaban listas, tomo el arco que estaba recargado en un árbol cercano y empezó a buscar las flechas. Para su sorpresa no estaban en ningún lugar.

— ¿buscas esto?—

Rápidamente levanto la mirada y se encontró con un par de ojos azules y una sonrisa sincera.

— ¿Madre?— el chico se acerco a ella y tomo con cuidado las flechas. Le dio un beso en la frente a su madre y volvió a pararse frente a la diana, que estaba a unos cuatro metros de él— ¿Cómo has estado?

— Bien— contesto ella sentándose en una de las sillas que había cerca, observando con detalle el cuerpo de su hijo y como esta acomodaba la primera flecha— ¿Por qué lo preguntas?

— Por tu enfermedad— menciono el rápidamente girando su torso, para dirigirle una mirada preocupada a la reina, que vestía un simple pero elegante vestido blanco con adornos en color rojo, esta se tenso levemente y le sonrió nerviosa al chico.

— ¿No debería estar María aquí contigo?— en cuanto termino sus palabras escucho como la flecha pego en la diana, justo en el centro.

—Si— dijo el tomando otra flecha— Pero, no me cambies el tema…

—Alfred— el menor dio media vuelta y encaro a su madre, que lo miraba con una sonrisa melancólica— Tu sabes que yo ya no soportare mucho mas.

— ¡No digas eso!—

Lanzo la flecha sin apuntar y esta pego en uno de los arboles, se giro sorprendido por lo que acababa de hacer. Le había gritado a su madre. La mujer tenía la cabeza gacha y parecía querer retener las lágrimas, rápidamente se acerco a ella, se agacho lentamente y paso una mano por los hombros de ella.

— Lo siento— susurro con lentitud el rubio.

— No te preocupes… no es nada— se tallo las lagrimas y le sonrío a su hijo, completamente dolida—…Pero no estoy mintiendo— continuo ella— El doctor dijo que la enfermedad me está comiendo viva por dentro y no falta mucho para que mi cuerpo no lo soporte.

— Pero yo no me quiero quedar sin ti— ambos rostro quedaron frente a frente cuando el chico se agacho frente a ella.

— Yo tampoco— le dio un beso suave en la frente y le tomo el rostro con ambas manos, para que la mirara directo a los ojos— Pero yo quiero que seas feliz sin mí, que te enamores de alguien, te cases tengas hijos y gobiernes este reino como se debe, haciendo feliz a todos los habitantes.

— Te prometo que lo voy a hacer— quito con delicadez las manos de la mujer de su rostro y las sostuvo entre las de el— Aunque creo que lo de enamorarse ya está en proceso.

— ¿De verdad?— los ojos le brillaron como nunca— tienes que contarme todo, jovencito, ¿Cómo se llama? ¿Es linda? ¿De dónde es?

—Calmada, calmada— hizo un gesto con las manos para calmar un poco a la mujer, se paso una de ella por el cabello, nervioso, se sentó en la silla frente a su madre, siendo lo único que lo separaba la mesita de café— Pues…no es una chica.

— ¿Es un hombre?— dijo ella con los ojos abiertos como platos.

— Si…— se sonrojo levemente— Su nombre es Arthur, si es lindo y vive en el bosque que separa a Waldeis de Waldbrand.

La mujer no dijo nada por varios segundos, aunque en el fondo estaba confundida, el nombre de Arthur se le hacía familiar, simplemente observaba detenidamente el rostro de su hijo. ¿Cuándo creyó ella, que le iba a tocar ver a su hijo enamorado?, puso unas de sus manos en la mejilla de él y le sonrío suavemente.

— Me alegro por ti, querido—

A cambio de esas palabras recibió una sonrisa enorme y luego un abrazo tan delicado que ni sentía los brazos del menor sobre ella.

— Mi reina— ambos giraron la cabeza, encontrándose con un par de orbes verdes— La busca dentro la duquesa de Waldwasser.

— Voy en un momento, María— la mujer le dio un beso en la frente a su hijo en cuanto regreso la mirada, se levanto y miro como una de las damas de compañía suya venia para llevarla a la entrada.

Alfred miraba con una sonrisa a su madre, le podía confiar todo, la amaba y le adoraba y lo más doloroso que le podría ocurrir seria perderla. Giro su cabeza y se dio cuenta de que la chica de ojos verdes aun estaba ahí parada, vistiendo una de las armaduras de la caballería del reino, si, por que a pesar de ser mujer, resultaba mucho mejor peleadora que los demás. Por algo era la Comandante y "general" de la brigada armada del reino.

— ¿Por qué no habías venido?— pregunto tomando una de las flechas— sabes que cuando entreno debes de estar aquí.

—No sabía que estaba entrenando príncipe— sabia que la vena en la frente de la chica estaba botando lentamente, como odiaba guardarle respeto. Esta recogió su cabello castaño con un listón rojo y estaba a punto de recoger un arco recargado en un árbol, cuando sintió algo pegar contra su pecho.

Agradecía a los diseñadores del traje por haberlo hecho de metal y traerlo puesto, si no, justo en estos momentos tendría una flecha clavada en el pecho.

— ¿Qué demonios te sucede?— chillo ella, ya sin guardarle nada de respeto al chico.

— Es por haber llegado tarde— tomo otra flecha y la acomodo rápidamente— Y esta otra es por faltarme el respeto, y más vale que corras si no quieres una clavada en la cabeza.

Y así paso toda la tarde, lanzando flechas a la chica, que corría como loca por todo el jardín, incluso le prendió fuego a algunas en la punta. ¡Ahhh! Molestar a la comandante era tan divertido. Cuando termino se lanzo sobre el pasto verde…como los ojos de esa persona que tanto deseaba

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Acomodo bien la capucha sobre su cabeza y camino más rápido por entre la gente, que miraba extrañado a la persona que empezaba a correr entre ellos. Cuando llego al final del pueblo y noto que no había nadie presente o cerca, bajo la capucha dejando que las pequeñas piedras preciosas que tenia la corona resplandecieran bajo la luz del sol. Continuo caminando, ensuciando con tierra sus botas negras de cuero que recién habían pulido el día anterior. Lamentablemente, cuando quiso salir, no había ningún caballo en el establo, ni si quiera el suyo, al parecer se los habían llevado la caballería y la comandante se llevo el del, puesto que la semana pasada había muerto el de ella, durante un entrenamiento (uno de los caballeros lanzo una flecha en la dirección en la que este se encontraba por accidente), por lo que se vio obligado a caminar por entre el pueblo.

Llego al centro del bosque y miro a los lejos, a donde el camino le permitía ver, por encima de algunos árboles podía ver varias torres, que supuso que pertenecían al castillo de la realeza de Waldeis, el reino peligrosamente cercano al que pronto seria del. Puso su mano sobre una de las ramas y en cuanto lo hizo esta se movió, junto con todas las que estaban alrededor. Empezó a caminar por el sendero con lentitud, y cuando iba un poco mas adentrado se dio cuenta del frio carcomiéndolo lentamente, definitivamente la casaca militar que portaba no era lo suficientemente gruesa para cubrirlo del frio. Bajo su mirada y la analizo, observando las insignias que había en ella y la pequeña cadena dorada que colgaba de un hombro y se unía con una de las insignias, los botones dorados resaltaban en el color rojo de la casaca y el cinturón de donde colgaba su espada se miraba perfecto, definitivamente se miraba bien, aunque los pantalones negros estuvieran extremadamente ceñidos.

Sin darse cuenta ya estaba parado justo en el lugar donde le había salvado la vida al otro la semana pasada. En el lago, aun había estragos de las caídas que ocurrieron, sonrió débilmente hasta que un sonido llamo su atención, giro su cabeza levemente y no miro nada, empezó a buscar la razón con cuidado, pero de pronto sintió algo tocando su pie. Bajo la vista y se encontró con un pequeño conejo color negro azabache. Se agacho y empezó a tallarle la cabeza.

— Tu sí que resaltas entre el color blanca de la nieve— se rio ente su propio comentario sin sentido, estaba a punto de pararse bien cuando sintió que alguien le picaba las costillas, no evito soltar un chillido y brincar del susto.

Tomo la espada, dispuesto a cortarle la cabeza a quien estuviera detrás del, pero cuando se dio media vuelta lo primero que miro fueron un par de ojos verdes, mirándolo con diversión.

—…Arthur— susurro suavemente, el otro se estaba riendo levemente, se estaba riendo de él.

Se agacho lentamente y tomo con sus manos enguantadas, un puño de nieve, le dio forma rápido y la lanzo directo contra el rostro del otro, que se quedo atónito, rápidamente tomo otro bola y así empezó la guerra de bolas de nieve. Cuando estuvieron cansados-y con nieve en lugares que no es bueno mencionar- se recostaron en el suelo, respirando agitadamente. Alfred se giro lentamente y observo el perfil de Arthur por unos segundos, antes de que esta se girara para verlo directo a los ojos.

— Tenía ganas de verte— murmuro Alfred, sus ojos azules brillaban suavemente -lo suficiente para que Arthur pudiera ver su reflejo en ellos, a la perfección- el otro no pudo evitar sonrojarse levemente.

— Apenas me conociste una semana atrás y me viste por unas horas— menciono el otro sentándose, mientras pasaba una mano por su cabello, sacudiendo la nieve que había en el.

—No me interesa—se quito uno de los guantes y puso su mano sobre la del chico de ojos verdes, este pego un brinco e intento mover su mano, pero el rubio la apretó con fuerza.

—Me lastimas— la mirada del chico estaba fija sobre sus manos.

Si comparabas sus manos con las de Alfred, existía una diferencia notoria. Las del chico de ojos azules eran grandes y fuertes, mientras que la suyas eran pequeñas, con dedos cortos y finos. Debido a la fuerza que aplicaba el mayor, sus manos empezaban a adquirir un tono rojizo. ¿Por qué le daba la impresión de que esta amistad solo lo lastimaría? Levanto la vista y en cuanto lo hizo, el soltó su mano. La sobo con cuidado y observo la manos del otro, había un detalle que llamaba su atención.

— ¿Qué son las marcas rojizas?— pregunto secamente, no era de las personas que le gustaba darles vueltas al asunto.

— ¿Eh?— el chico miro sus manos— ¿Estas?— Arthur asintió— Pues demuestra que hay magia dentro de mi cuerpo, poderes basados en el fuego, como esto— el chico trono los dedos, causando la aparición de una pequeña flama en la punta de su dedo índice.

— Increíble— el rubio menor se acerco a la flama, sin saber lo que hacía, acerco su dedo a esta, sintiendo rápidamente el dolor, se llevo el dedo a la boca, miro su mano las marcas plateadas, empezaban a brillar suavemente, en una muestra del rechazo al calor. Cuando miro a Alfred, se dio cuenta de que este se estaba riendo. A diferencia de una persona normal, que cuando se enoja se le calienta la sangre, en Arthur era al revés, debido a sus poderes mágicos, se le congelaba la sangre del enojo— ¡¿De qué demonios de ríes, idiota?

— ¿Creíste que era de mentira?— menciono el otro riéndose, logrando únicamente que Arthur frunciera el ceño aun mas. Cuando se calmo, respiro hondo, para seguir platicando.

— Me vas a seguir contando de la magia— el chico asintió, y se limpio la pequeña lagrimilla en la comisura de su ojo.

— Bueno…cada reino tiene su elemento a controlar— Alfred se recargo en sus brazos, mirando el cielo sobre ellos— Waldbrand es fuego, Waldwasser es agua, Waldflächen es tierra y por último, Waldeis controla el hielo— Se acomodo bien, para poder ver el rostro del otro— Y no solo eso… cada miembro de la familia real tiene una habilidad especial. Yo por ejemplo, hago esto…

Y de la nada, el chico desapareció frente a él. Miro a los lados confundido, llamando varias veces al chico…

—Estoy aquí— miro hacia arriba y lo miro sentado en la rama de un árbol, este le sonrió y nuevamente volvió a desaparecer— Estoy aquí.

Giro su cabeza bruscamente al escuchar la voz del otro detrás del. Y en efecto, estaba detrás del. Nuevamente se cambio de lugar, apareciendo en la posición que tenia al principio, sentado frente a él.

— ¿te tele transportas?— pregunto alzando las cejas

— No, no, no, no— dijo el otro ofendido— me muevo muy rápido y tengo demasiada agilidad, cosa que es diferente… existen otras habilidades, por ejemplo…una de las princesas de Waldwasser puede causarte las peores alucinaciones de tu vida, puedes morirte en tus sueños si ella lo quiere, la otra, puede hacer crecer cultivos con facilidad, aunque yo no lo llamaría una habilidad, nada mas sería útil cuando estén en crisis de hambre. Y su hermano, puede aparecer objetos de meta. Una vez casi me noqueo con una tubería que saco de la nada, son…Recuerdos no muy lindos— Arthur asintió levemente, indicándole al chico que continuara— El príncipe mayor de Waldflächen, puede leer la mente y controlarla a su gusto, razón por la que es muy arrogante, y el príncipe menor, me encanta su habilidad… puede cambiar las emociones de las personas y no solo eso…puede robarte tu habilidad, es decir, toma tu poder y lo utiliza para el mismo. El príncipe de Waldeis…en realidad no se qué habilidad tiene.

"Ni yo tampoco lo sé, idiota"

— Espera…¿Cómo se llaman cada uno de los príncipes y princesas?— menciono el chico confundido, y no es porque fuera ignorante, pero ya tenía mucho tiempo sin estudiar sobre eso.

— En el reino de Waldwasser, lugar donde predomina el agua, la primogénita, la princesa Yekaterina, segundo hijo, el príncipe Iván y por último la princesa Natalia, es la de las alucinaciones…por leyes del reino, el primero en ascendencia al trono es Iván, debido al hecho de que es el primer hombre— los ojos verdes de Arthur lo miraban fijamente, en el fondo sentía como si estos le miraran el interior, inspeccionándolo con cuidado— En Waldflächen, el príncipe Gilbert, sucesor del trono, y el príncipe Ludwig… en Waldbrand, yo soy el sucesor al trono y mi hermano gemelo…

—no me mencionaste la habilidad de tu hermano...es más, ni siquiera lo nombraste— dijo el otro alzando ambas cejas.

— Yo digo que la habilidad de mi hermano es la invisibilidad…definitivamente— el chico rio en sus adentros, algo cierto es que tenia rato sin mirar a su hermano— Sobre los compromisos, en Waldwasser no se ha preparado ninguno, aunque la princesa Natalia quiera casarse con su hermano. En Waldflächen, el príncipe Gilbert se va a casar con un chica aristócrata que toca el piano y que conoció en uno de los bailes que el reino dio, por otro lado, el príncipe Ludwig se casara con un chico que no es de la realeza, pero al parecer los reyes lo aceptan a la perfección. Y en mi reino…se tenía planeado que yo contrajera matrimonio con el príncipe de Waldeis…

Su corazón se disparo en cuanto escucho esas palabras, un sonrojo se apodero de sus mejillas. Significaba que él se iba a casar con Alfred…el.

— ¿Y qué paso?— pregunto titubeante.

— Waldeis no acepto el matrimonio—

¿Por qué había sentido que su corazón se rompió al escuchar eso? Sus padres habían cancelado el matrimonio por una buena razón, pero le dolía… ahora, conociendo al príncipe que pudo haber sido su futuro esposo, se podía dar cuenta de lo maravilloso que era. Bajo la mirada y sonrió amargamente.

—Creo que es hora de que me vaya— dijo levantándose.

— Pero si no ha pasado ni una hora— menciono el otro haciendo u vano intento de pasar más tiempo con el chico.

— Si…pero me deben de estar buscando, no te preocupes nos veremos la semana que viene— Mentiroso. Lo único que quería era alejarse de lo que lo ponía triste.

Y antes de que el chico dijera otra palabra para convencerlo, Arthur salió corriendo…desapareciendo entre los árboles y dejando al con la palabra en la boca…una simple pregunta. ¿Por qué te alejas de mí?

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¿Por qué a pesar de que lo ponía triste seguía mirando al chico? Tal vez por el hecho de que quiere apreciar al que una vez pudo ser su esposo. Como dice el dicho, nadie aprecia lo que tiene hasta que lo pierde, aunque nunca haya sido suyo de verdad. Los encuentros con el continuaron, no se dio cuenta de cuando había cumplido 17 años y aun seguía visitando el lago, para encontrarse con el chico de los ojos azules mas preciosos que había visto en su vida.

El lazo de amistad que los unía era cada vez más estrecho. En su mente siempre hubo una duda, ¿de dónde diablos sacaban tantos temas para platicar? Y lo mas extraño, nunca se aburría de ellos. Alfred era capaz de sacarle sonrisas que nunca en su vida le había dado a nadie más, lo hacía sonrojar con sus palabras estúpidas y cursis, y lo hacía….lo hacía sentirse enamorado, enamorado de una persona que en el fondo le podía hacer mucho daño, pero a pesar de eso no se separaba del. Le tenía la confianza suficiente como para dejar que este recargara su cabeza en sus piernas cuando platicaban, mientras el tomaba pequeñas flores que había cerca y las enredaba en el cabello del chico, el cual le sonreía con dulzura y estiraba su brazo para poder poner una flor azul en su cabello, para después acariciarle con cuidado el rostro. Gestos de ese tipo lo hacían sonrojar, en lugar de parecer amigos, parecían una pareja de adolescentes enamorados. Aunque en realidad eso era lo que eran. Un par de jóvenes enamorados, que por diferentes razones no se declaraban el notorio amor que se tenían.

No conocía la razón de Alfred. Pero la de él, sabia cual era a la perfección. Miedo. Miedo a que al final resultara lastimado, que cuando revelara quien era en realidad, este lo rechazara. No por el hecho de que fueran de que sus reinos fueran enemigos, si no por el hecho de que no le tuvo la confianza suficiente para decírselo.

Detuvo sus pasos cuando reconoció una figura a los lejos, lo haría en cualquier lugar. Momentos después lo estaban elevando por el aire, dios esto era tan cursi. Le propino un buen golpe al chico, que lo bajo rápidamente.

— No tienes que ser tan rudo, Artie—murmuro el de ojos azules sobándose la cabeza, se quito la corona y le puso sobre la cabeza del otro, sonrió levemente para después decir un comentario que tenso al otro levemente— Te verías muy bien como príncipe.

Si supieras que ya lo soy.

— Oye— levanto la mirada al escuchar la voz del otro, parecía nervioso con lo que estaba a punto decir— Tengo algo importante que decir.

— ¿Qué cosa?—

El sendero estaba solo, más que ellos dos. La nieve cubría el suelo y los pequeños arbustos se mecían ligeramente con el viento. Lo único que escuchaba eran sus respiraciones y el latido de su corazón. ¿Por qué se aceleraba? De verdad el chico quería decirle…

Te amo

Su corazón se acelero, miro los ojos del chico con duda. No le mentía. Y nunca lo haría. No pudo evitar reír suavemente, estaba nervioso. Las manos le empezaban a sudar y su corazón latía demasiado rápido. Busco palabras para contestarle algo, pero nada salía. Solo unas palabras salieron solas, sin que él se diera cuenta.

Yo también te amo

El otro sonrió y se acerco a él, poniendo sus manos en las mejillas del chico. Arthur puso sus manos sobre el pecho del otro, tocando con la punta de sus dedos las insignias que había sobre casaca militar del mayor. Este acerco su rostro al suyo, podía sentir como sus respiraciones se mezclaban, pero el otro no hacía nada. Se desespero, puso sus manos en el cuelo del otro y lo atrajo hacia él, chocando bruscamente sus labios. Un beso estúpido y brusco, ninguno de los dos sabia que hacer, el de ojos azules intento bajar el ritmo. Un beso diferente, este era dulce, con cariño y amor. Desesperación. Como si el chico tuviera miedo de que de pronto despertaría y se diera cuenta de que todo era un sueño. Pero no lo era, todo era realidad. Se separaron liegamente en busca de aire y Alfred sonrió radiantemente antes de volver a unirlos sus bocas, haciendo que el chico la abriera ligeramente y pudiera probar el sabor de este. Chocolate.

Se besaron toda la tarde, como si no hubiera más tiempo. La tierra se pudo haber partido debajo de ellos dos y no se hubieran dado cuenta. Se besaban como si supieran que algo malo iba a venir enseguida y que los iba separar, llevándose, tal vez, la vida de uno de ellos dos.

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