Gracias por los reviews :D me hacen happy…

Aunque en realidad estoy algo depre…!PINCHE PUTO FINAL DE GUILTY CROWN DE MIERDA QUE LE DIERON LOS CHINGADOS ESCRITORES HIJOS DE PUTA! NO ME DIERON NADA DE LO QUE ESPERABA, NO DARGUMI NO SHUxINORI, NOOOOO! TENIAN QUE DEJAR A SHU CIEGO Y DE PLANO SIN NOVIA…Y EL UNICO QUE ENCONTRO FELICIDAD FUE EL PINCHE ROBOTCITO DE MIERDA DE LA TSUGUMI….respira, respira….creo que ya me calme (en ocasiones pienso que soy bipolar, o no afronto las situaciones tristes muy bien o tal vez soy demasiado sentimental) bueno a lo que entraron…

Spoiler: El descubrimiento de algo importante hará que nuestros tortolos se separen, aunque esto traerá algo bueno…

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—Vamos Arthur— el rubio jalaba la ropa del otro levemente, haciendo un intento de moverlo de su lugar— No te va a pasar nada, yo te voy a cuidar.

— ya te dije que no, Alfred…como 10 veces…— lo ultimo lo murmuro, puesto que no deseaba que su ahora novio se molestara con él.

— ¡Vamos!— los fuertes brazos del chico lo abrazaron por detrás y no evito sentir escalofríos cuando esta le dio un beso en el cuello— Quiero que conozcas Walbrand.

Ya lo conozco idiota.

Suspiro suavemente y se giro, sin soltarse del agarre del chico. Le puso una mano en el rostro y miro fijamente los ojos azules de este. Se rindió de inmediato.

—Está bien— dijo pesadamente.

— ¡BIEN!—

En cuanto termino de hablar, el chico lo tomo de la muñeca y empezó a correr, como todo un niño pequeño, por el sendero que lo llevaría a la entrada. Se paro frente a los arbustos y paso un mano sobre ellos haciendo que las hojas se movieran, el chico salió sin soltar la mano del otro y lo primero que lo recibió fue el relinchido de su caballo. Arthur se hizo para atrás en cuanto lo miro mientras que Alfred se rio de él levemente. Este se subió al caballo y le estiro una mano al de ojos verdes.

— ¿de verdad me tengo que ir en…eso?— dijo apuntando al caballo, Alfred asintió varias veces y puso su mano nuevamente frente al otro. Arthur coloco delicadamente su mano sobre la del y lo único que pudo sentir después fue como lo jalaban del brazo para un segundo después estar sentado detrás del chico.

—¿Listo?— pregunto Alfred, sintiendo como los brazos del chico se enredaban en su cintura al tiempo que el giraba su cabeza para mirarlo recargado en su hombro.

—Más que nunca—

Cuando volvió su vista al frente lo primero que sintió fue como la presión en el agarre del chico aumento, no le dijo nada y lo único que hizo fue mandar al caballo a andar. Para el terror de Arthur, iban rapidísimo. Podía sentir las lagrimillas en las comisuras de los ojos y aunque sabía que lo negaría después, estaba pegando gritos como chica. Lo único que podía hacer era aferrarse a la cintura del joven frente a él y aspirar el suave aroma que este desprendía. Miraba lo que se extendía a sus lados de vez en cuando, fijándose en las flores…Espera, ¿flores?... ¿a dónde demonios lo llevaba el chico?

El caminar del caballo se hizo más lento hasta que pararon por completo, Alfred se bajo de un brinco y le estiro una mano al chico, ayudándolo abajar.

— ¿te gusta?—

La voz de Alfred resonó en su cabeza, pero no le puso atención. Su mente y ojos estaban concentrados observando lo que había frente a él. Una cascada. El agua caía lentamente, brillando con fuerza cuando los rayos del sol que lograban asomarse de entre las ramas de los arboles la tocaban, alrededor había césped, el más verde que había visto en su vida. Era simplemente hermoso.

—Es bellísimo— respondió al fin.

—Qué bueno que te guste— cuando giro su cabeza para observar al chico por fin se dio cuenta de lo que había estado el tiempo que anduvo metido en sus pensamientos.

Se estaba quitando la ropa.

La casaca ya estaba en el suelo, junto con los guantes y en estos momentos el chico luchaba en el suelo por sacarse las botas. Simplemente no lo podía dejar de ver. Es decir, el cuerpo del chico era perfecto. Tenía un estomago marcado, brazos fuertes, espalda ancha, que mas podía pedir. Alfred dejo la corona junto a sus cosas y se acerco a Arthur. ¡Demonios!. Aun traía puestos los pantalones.

— ¿No te piensas bañar conmigo?— pregunto el rubio, cruzándose de brazos. Los ojos del chico brillaban aun mas bajo la tenue luz que había.

— ¿que no íbamos a ir a tu reino?—

— No te preocupes, aun es temprano— el chico miro hacia arriba, momento que el menor aprovecho para observar las marcas rojizas sobre la piel del otro— Podemos ir en la tarde.

Arthur asintió y antes de que se diera cuenta, las manos del chico estaban quitándole la ropa desesperadamente. Se sonrojo, como nunca antes en su vida. Quito las manos del chico de un manotazo y empezó a deshacerse la ropa por su propia cuenta, se quito las botas y se quedo con el pantalón al igual que el otro, estaba a punto de revisar si el agua estaba fría, cuando sin previo aviso el mayor lo tomo por la cintura y lo lanzo junto con él al agua. Debajo del agua empezó a patalear y a lanzar golpes como enfermo mental, hasta que sintió como el otro lo tomaba de la mano para llevarlo a la superficie. En cuanto saco la cabeza empezó a tomar bocanadas de aire como si no hubiera mañana.

— ¡Me ahogo! ¡Alfred! ¡Me ahogo!— gritaba el chico mientras hacía intentos estúpidos para mantenerse flotando, cinco minutos después estaba colgando del cuello del rubio más alto, que se reía suavemente mientras ponía sus manos en las caderas del otro, levantándolo y dejándolo con medio cuerpo fuera del agua.

— ¿No sabes nadar, verdad?— pregunto el sonriente, Arthur negó con la cabeza, con una mirada de tristeza y liquido en la cara del cual no supo adivinar si eran lagrimas o agua— Entonces…te tendrás que agarrar de mi.

El chico lo bajo nuevamente y lo acomodo detrás del, envolviendo los pálidos brazos del ojiverde en su cuello. Alfred nadaba lentamente, moviéndose por el agua con delicadez, como si esta fuera a desaparecer con cualquier movimiento brusco. El de cejas grandes intentaba tragar la menor cantidad de agua posible, sin darse cuenta ya tenía enredadas sus piernas en la cintura del otro. Cerró los ojos cuando pasaron por debajo de la cascada y fue cuando Alfred lo bajo, dejándolo sentada en una de las rocas que había dentro, luego este recargo sus brazos en las piernas del menor y levanto la mirada para verle el rostro.

— Arthur…— el chico asintió, indicándole que prosiguiera— ¿Qué son las marcas blancas sobre tu cuerpo?

Sintió como el corazón se le detuvo por varios segundos cuando escucho la pregunta, su cara reflejaba nerviosismo y empezaba a enredar sus dedos torpemente por el cabello húmedo del ojiazul.

— ¿Qué marcas?— pregunto, después de que sus nervios se calmaron un poco.

—Estas— dijo el chico picando sus estomago, marcándole la pequeña línea blanca que se extendía por este— No son muy notorias, al menos que estés en el sol, en el agua y en lugares de temperaturas congelantes.

—En realidad…no se que son— mintió— me empezaron a salir hace no mucho…

Otra mentira, pero…aun tenía miedo de revelarle la verdad al chico, temía que la tomara mal y no lo quisiera ver nunca más.

— Ok…—menciono no muy convencido Alfred— Bien, entonces ven— el chico lo tomo por la cintura y lo puso en su espalda nuevamente— ¿puedes respirar bajo el agua?

—Eso creo…— murmuro el otro en su oído.

—Perfecto…uno, dos, tres…—

En cuanto se hundieron, no evito abrir los ojos observando todo lo que había debajo. Era profundo, muy profundo. Apretó su agarre en el cuello del mayor y este empezó a nadar, moviéndose debajo del agua. La rutina se repitió varias veces, saliendo a la superficie de vez en cuando para tomar aire. En ocasiones, Alfred tomaba el rostro de su novio y el plantaba un beso, dejando que este lo abrazara. Horas después salieron del agua, tendiéndose en el césped, con sus pechos moviéndose al compas en busca de aire.

Arthur cerró los ojos, intentando dormir, cuando sintió un cuerpo sobre el…abrio los ojos lentamente sintiendo al instante la acumulación de sangre en sus mejillas al ver lo que había sobre él.

Alfred.

Mirándolo fijamente con aquellos hermosos ojos de iris azul, sintiendo como lo atravesaban y miraban todo lo que había en el. Empezó a respirar con dificultad al observar como el rostro del mayor bajaba lentamente para acercarse al de él. Buscando probar el dulce sabor de los labios de ojiverde. Sin darse cuenta, cerró los ojos, esperando el contacto. Sentía como si su corazón se fuera a salir de un momento a otro al momento que su aliento se empezó a mezclar con el del otro. Apretó sus manos al momento que ambos labios chocaron. Solamente se pegaron, sin detalle. Arthur se sentía como las princesas de los cuentos que había en un baúl en la cabaña, que las despertaban con un beso.

Alfred empezó a mover sus labios, poniendo un de sus manos en la barbilla del menor. Con las manos temblorosas, Arthur puso su mano en el rostro de Alfred, tallando con delicadez la suave piel del rubio. El contacto empezó a profundizarse, las manos del mayor empezaron a viajar por otras secciones de piel. Pasando primeramente por el pecho desnudo del otro, con parsimonia, para después mover una de ellas a la mano del ojiverde, entrelazando sus dedos con cuidado. Sus labios también cambiaron de posición, guiando un camino de besos por la barbilla hasta su cuello, besando y mordiscando al mismo tiempo, como un vampiro en busca de la sangre de su víctima.

Arthur temblaba internamente, pero a pesar de eso logro mover su mano libre hasta el pecho del otro. No podía evitar gemir cuando los labios de Alfred empezaban a hacerle chupetones por el pecho, podía sentir la sonrisa del chico sobre su piel. Todo era perfecto en la mente de Alfred, desenlazo su mano con la del rubio, las bajo ambas, lentamente, hasta el borde el pantalón del menor. Pero no se esperaba lo siguiente.

— ¡Alto!—

La voz de Arthur lo saco de sus entrañas, y más aun cuando este pego un brinco, quedando sentado con el encima del. Lo miro fijamente, observando el rostro sonrojado de este, su respiración agitada.

— ¿Qué sucede?— pregunto Alfred, el chico bajo aun mas su mirada, el ojiazul levanto el rostro del chico obligando a mirarlo a los ojos— ¿Qué sucede?— pregunto nuevamente.

—No…no…estoy listo para esto— dijo después de varios segundos de silencio, en que lo único que lo rellenaban eran los pensamientos confundidos de Arthur.

—Está bien— sonrió el chico lo más lindo que pudo— No quiero obligarte a nada.

En cuanto termino de hablar, se levanto, caminando hacia donde estaba la ropa de ambos. Arthur abrazo sus piernas y hundió su rostro entre ellas.

Había arruinado el momento.

Cuando levanto la cabeza, observo como el mayor se ponía la casaca, mirando al cielo. Suspiro suavemente y se levanto, caminando hacia la ropa para cambiarse. Al momento de ponerse la camisa, pasaba sus manos por sobre los lugares que Alfred había besado. Con tanto cariño. Con tanto amor. Alfred se acomodo la corona en la cabeza y se acerco a su caballo y se subió en el, esperando a que el menor terminara de vestirse. Se acerco a Alfred y este le estiro una mano, ayudándolo a subir, aferro sus manos a su cintura, pero sin tanta presión en esta ocasión..

El caballo empezó a andar lentamente, Arthur hundió su cabeza en la espalda del otro, suspirando fuertemente y preparándose para hacer una pregunta.

— ¿estás enojado?—

Alfred paro al animal de inmediato. Arthur se asusto, de seguro lo dejaría ahí varado en medio de la nada. Pero a cambio de lo que esperaba, el rubio giro su cabeza y le sonrió.

—Claro que no— el chico hizo un esfuerzo para girarse más y darle un beso al menor, quien cerró los ojos ante el contacto— jamás podría enojarte contigo.

Al fin pudo sacar todo el aire que había estado reteniendo debido a la preocupación. Alfred le ordeno al caballo volver a caminar, pero esta vez justo igual que cuando salieron en la mañana. Nuevamente envolvió sus brazos en la cintura de Alfred y hundió su cabeza en la espalda. Sonriendo abiertamente en ese lugar, porque al fin había encontrado la felicidad.

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Los ojos verdes del chico se paseaban por todos los lugares posibles, buscando algo con que entretenerse. Sus pasos eran firmes y pesados, y cuando la gente lo miraba se alejaba al instante. Su uniforme le daba esa autoridad, claro era el segundo al mando de la caballería del reino de Waldbrand. Y sería el primero, de no ser porque en las pruebas le ganaron, es decir, perdió contra una chica, su hermana. Pateo la primera cosa que se encontró al recordar eso, siguiendo con la vista el lugar a donde la piedra fue a parar, deteniéndose cerca de unas botas conocidas.

— ¡ah! El principito este en una cita— murmuro el tipo, achicando un poco los ojos para poder observar mejor. Sus ojos se abrieron en signo de sorpresa, sabia quien era ese chico junto el príncipe, reconocería esas cejas en cualquier lado—…pero mira quien está con él, de seguro a mi rey le encantara sabe esto.

Dio vuelta rápidamente y empezó a correr hacia el castillo a toda velocidad, esquivando gente y llegando a taclear a una que otra. Paso por la entrada al palacio, atravesando rápidamente el jardín y azotando la puerta principal.

— ¡Buenas tardes, su majestad!— grito el chico mientras subía las escaleras, saludando a la reina que pasaba a su lado.

— Buenas tardes, A… — la frase quedo a la mitad cuando el chico desapareció por el pasillo superior. La reina le resto importancia y se retiro.

El chico aun seguía corriendo, sus cabellos castaños se mecían suavemente al ritmo de sus pasos. Cuando encontró la puerta que buscaba, la azoto justo igual que con la puerta principal.

— ¡¿Quién demonios es?— grito la potente voz del rey de Waldbrand, levantándose de su asiento y golpeando sus manos contra la mesa.

—Lo lamento mi rey— menciono el chico haciendo una reverencia, el chico se irguió y tomo aire— Es que tengo información valiosa…

— ¡Espero que sea buena, si no de verdad te mato!—

—Claro que lo es— dijo el joven después de haber tragado duro— ¿a que no sabe quien estaba con su hijo?...

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Aventó las sabanas al otro lado de la habitación, se levanto perezosamente de la cama y se restregó los ojos con la manga de la camiseta. Por alguna razón, se levanto contento. Tal vez la razón es, que ayer paso un día maravilloso con Alfred. Suspiro como adolescente enamorada y entro al cuarto de baño, despojándose de la ropa, pero al verse en el espejo tuvo que contener un grito al ver su cuerpo en el reflejo.

Había marcas rojizas por todo, en otras palabras, los chupetones de Alfred. Pero eso no era lo que lo sorprendía. Más bien, eran las marcas blancas de su piel…brillaban como nunca antes, parecían plateadas. Paso sus manos por su pecho con cuidado y levanto su vista, mirándose a sí mismo con preocupación. Sacudió la cabeza y mejor se metió a la tina del baño, pero lo que sucedió en cuanto quiso entrar al agua lo sorprendió. Se había congelado. El agua estaba en completo estado sólido. Frunció el ceño. Salió del baño y tomo su ropa, no le importaba no bañarse, no había ningún problema. Cuando termino de abrocharse la camisa, salió de su habitación.

El silencio en la casa solo era roto por el sonido de sus botas chocando con el suelo. No había ningún rastro de Francis, bajo las escaleras y nada. Eso era algo extraño, normalmente en las mañanas el mayor se la pasaba en la cocina haciendo un banquete que al final queda a medio comer. Busco en todas las habitaciones y el chico no aparecía, se resigno y se acerco al librero a buscar un libro interesante para leer, cuando su mano se acercaba al libro de Hamlet para leerlo por decima vez la puerta se abrió estruendosamente. Se giro con el corazón latiéndole lo más que podía, para encontrarse con el rostro jadeante de Francis.

— ¿Qué sucede?— pregunto Arthur cuando al fin se hubo calmado.

El rubio murmuraba incoherencias mientras subía las escaleras a toda velocidad, entrando al baño, gritando ya dentro del y volviendo a bajar para mirar al príncipe al rostro.

— ¿Tu congelaste el agua de la tina?— el chico asintió lentamente— ¡demonios!— se agarro la cabeza con fuerza mientras hacía gesto de dolor— Esto no es bueno…

— ¿Qué sucede, Francis?, comienzas a preocuparme—

— Waldbrand le declaro la guerra a Waldeis—

El corazón se le detuvo por segundos, el poco color que tenía su piel se fue y sus ojos demostraron lo imposible, lagrimas.

— Esa es la razón de que tus poderes se hayan desatado— dijo el chico intentando calmarse— Como el reino está en peligro, tú cuerpo intenta hacerse fuerte para defenderlo. Ahora tenemos que volver a Waldeis para defenderlo.

Arthur no contestaba, tenía la mirada perdida en algún punto de la habitación. Francis comenzó a moverse por todo el lugar, buscando algo. Cuando se giro para hablarle a Arthur, no había nadie. Solamente la puerta principal abierta.

— ¡Arthur!— grito el mayor mirando como el cuerpo del menor se perdía en el enorme sendero que se extendía frente a sus ojos.

Los pasos del príncipe eran agiles y rápidos. Como un guepardo corriendo para no ser alcanzado. Para que no rompieran sus sueños, para que no rompieran su amor. Y justo cuando decidió pararse observo una figura a lo lejos, la cual reconocería en cualquier parte. Volvió a acelerar su caminar y se lanzo a los brazos de esta persona, plantándole un beso en la boca, que lentamente se volvió desesperado y con ganas de más. Cuando se separaron se encontró con los ojos azules de Alfred a punto de soltar lagrimas.

— ¿Qué te pasa, Arthur?— pregunto el mayor, pasando su mano por entre el cabello rubio del chico.

— Alfred…— estaba buscando las palabras correctas para decirle lo siguiente, revelarle quien era—yo…yo…

—Sera mejor que te vayas de aquí—

Levanto la vista al escuchar las palabras del joven, este le sonreía tristemente.

— La guerra entre Waldeis y Waldbrand ha comenzado y no falta mucho para que esto se convierta en un campo de batalla— Arthur asintió, con las lágrimas en el borde de los ojos.

— Sobre eso te quería hablar, yo…— el dedo de Alfred sobre su boca lo silencio junto con el beso en la boca que le planto después, puso sus dos manos en el rostro del ojiazul, cuando por fin separaron juntaron sus frentes— ¿Alfred?

— ¿hm?— contesto este.

—Hazme el amor—

Su corazón latía con fuerza antes su petición, esperaba que el otro le dijera que no, pero a cambio este lo levanto y lo llevo a un lado del lago, recostándolo sobre la fría nieve. La coreografía empezó, encabezada por un beso profundo y largo, se besarían hasta que el aire se les acabara. La guerra podía empezar pero ellos se quedarían ahí besándose para siempre. Continúo con besos en la oreja, barbilla y cuello, empezando a despojarse de la ropa del menor, lanzándola a lugares cercanos. El siguiente paso, besar el pecho desnudo de su novio, sintiendo como este le quemaba la boca, era como si estuviera besando a un cubo de hielo y este derritiera ante el contacto de sus labios. Cuando menos lo pensaba Arthur estaba sobre él, besando su cuello y empezando a desabrochar torpemente la casaca.

En cuanto lo logro, se fue directo a su pecho, mordiendo y dejando marcas por él, el chico sonreía, levantaba la cabeza y mencionaba un "para que me recuerdes". La ropa poco a poco desapareció y la danza cada vez se hacía más erótica y sensual. Con besos en los muslos del menor, hasta llegar a un punto donde los gemidos eran inevitables. Cada beso, cada rose, cada caricia, la guardaba en su mente, para recordar siempre a Alfred. Porque él sabía que había una gran posibilidad de que uno de ellos muriera en la guerra. Arthur se dejo besar y tocar, soltando gemidos sin control. Cuando la mano del chico se fue a "esa" zona, hundió su rostro en el hombro del mayor, intentando controlar su respiración.

Se dejo amar.

Por que posiblemente seria la única vez, cuando el chico se diera cuenta de quién era el, lo odiaría. Porque era el enemigo. En esa terrible guerra que acababa de comenzar. Y así pasaron la tarde entera, entre gemidos, embestidas, lagrimas, risas, besos, caricias, disfrutando el momento mágico que había entre ellos. Porque no había nadie que lo detuviera, nadie que los separara en estos momentos. No había nada que pudiera destruir el amor que se había formado dentro de ese bosque de hielo.

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Mientras cabalgaba, podía sentir las lágrimas corriendo por su rostro.

Lo había perdido.

Posiblemente para siempre. Esos pensamientos solo lograban que las lágrimas salieran más rápido, le dolía el pecho. Le dolía el corazón. Su cabalgata se hizo más rápida, dejando que el aire pegara con fuerza contra su rostro. Atravesó el pueblo en cuestión de segundos y en cuanto cruzo la puerta de entrada del palacio se bajo de un brinco de su caballo. Corriendo para atravesar en enorme jardín y cuando iba a la mitad lo detuvieron. Se giro rápidamente para observar a quien lo había detenido.

— ¡¿Qué quieres?— grito completamente histérico.

Cuando observo quien era se llevo una mano al rostro, intentando calmarse. Mientras María lo miraba extrañada, con el ceño fruncido y una de sus manos en el mango de su espada.

— Su padre lo busca— contesto ella fríamente.

El chico la miro fijamente y empezó a caminar, con la chica siguiéndole los pasos, hacia el interior del castillo. Atravesaron el recibidor y subieron las escaleras, caminando después por el pasillo oscuro que se extendía a uno de sus lados. Cuando llegaron a la puerta del despacho del rey, Alfred azoto la puerta, observando quien estaba en el interior de este.

— Alfred, que bueno que llegas, toma asiento, por favor— menciono el gobernante con tono amable, causando confusión en el menor— Y tú también pasa María.

Ambos chicos pasaron, el príncipe tomo asiento en uno de los sillones cerca de la entrada y la chica se paro detrás del, con mirada asesina y como si lo protegiera de quienes estaban en la misma sala. La mirada de ambos viajo por entre los presentes y la mirada de ella se detuvo en alguien en especial.

— ¿Antonio? ¿Qué haces aquí?— el chico le sonrió y se acerco aun más hacia donde estaba el rey, quedando parado justo a su lado.

—Sobre eso quiero hablar contigo— hablo el rey— Mírate, ambos hermanos protegiendo a un miembro de la familia real, Antonio protege al rey supremo y tu proteges al príncipe… a pesar de que en tu posición de soldado debas de proteger al rey, siempre haz protegido a Alfred, siempre a su lado, como una niña enamorada.

— ¡Eso no es cierto!— grito ella, hecha una fiera.

— Ya lo sé, pero Antonio dice que con esas te enojas todo el tiempo— su hermano le sonrió abiertamente— A partir de ahora, el puesto de comandante es de Antonio y tú te conviertes en su subordinada.

— !¿pero…—

— Y nada de quejas, si no mando a que te corten la cabeza— la chica se acomodo en su lugar atrás de Alfred nuevamente— y sobre ti Alfred…hay mucho de qué hablar, pero vayámonos con el punto principal.

El rey se paro, y el príncipe empezó a seguir con la mirada los pasos de este.

— ¿De seguro quieres saber que hacen los príncipes de Waldflachen aquí, verdad?— el hombro se paro en medio de los dos hermanos.

Gilbert, el mayor, sonreía arrogantemente mientras que sus ojos rojos lo miraban con burla y sobre sus cabellos blancos se posaba una corona, al igual que en el cabello rubio de su hermano, los fríos y calculadores ojos azules lo observaban fijamente, buscando algo en su interior. Bajo la mirada de inmediato, si los miraba a los ojos iban a poder utilizar sus habilidades.

— Eso lo sabrás en pocos minutos— el rey se trono los dedos— ¿Quién era el chico con el que te estuviste juntando todo este tiempo?

Levanto la mirada de inmediato, completamente sorprendido.

— No sé de que hablas— murmuro mirándolo con odio.

— Gilbert— menciono el rey rápidamente.

Los ojos del peliblanco brillaron, convirtiéndose en dos preciosas gemas rojizas. La mente de Alfred se comenzó a hacer un lio, no sabía que decir y pensar, ¡ni siquiera podía parpadear!...Ahí estaba la habilidad del mayor, controlarte la mente e incluso el cuerpo. Sin poder hacer nada, bario la boca para contestar la pregunta de su padre.

—Arthur— en cuanto el nombre salió de su boca, el contacto visual con el príncipe se rompió. Sintió como todos sus pensamientos se acomodaron al instante, al mismo tiempo que la rabia empezaba a dominarlo.

— Arthur… ¿sabes? ese nombre se me hace conocido— hablo el rey, sonriendo con maldad— se llama justo igual que el príncipe de Waldeis.

El corazón de Alfred empezó a acelerar lentamente, y sin necesidad de la habilidad del príncipe de ojos rojos, su mente se comenzó a hacer un desastre. Esa era la razón de las marcas blancas.

— El chico siempre te engaño, que triste, ¿verdad?— pregunto el rey a Antonio, que simplemente se rio— Nunca te dijo la verdad.

— No importa— murmuro Alfred, las palabras inyectadas de enojo y dolor— Yo lo amo.

— ¡ah! ¿Lo amas?— se burlo el gobernante, las risas de Gilbert y Antonio rellenaron el silencio en la habitación— Pero si es el enemigo, hijo mío.

— Me vale mierda—

El rey frunció el ceño, y le lanzo una cachetada al menor. Pero no había nadie.

— No es justo que uses tu habilidad, Alfred— menciono el hombre buscando al príncipe por algún lugar de la habitación.

— Y es injusto que tú declares una guerra sin razón— reclamo el chico, apareciendo detrás de María.

— ¿Sin razón?— pregunto el rey, para empezar a reír, estruendosamente, logrando que el enojo de Alfred aumentara aun mas— Hay una razón… el reino de Waldeis es el que causo la enfermedad de tu madre.

—Mentira— menciono por lo bajo el rubio.

— Claro que si— el rey se acerco nuevamente a su asiento y se dejo caer en el— La reina una vez estaba enseñándole magia a su hijo de 5 años, un mal hechizo, lo dejo caer por "accidente" en mi esposa, y era irreversible.

— ¡pero fue un accidente!—

— ¡¿y tú lo crees?— Contesto el hombre— El chico te mintió sobre quién era, ¿creerás que lo ocurrido antes fue por un accidente?

— Eres un mentiroso— grito Alfred, con lágrimas en los ojos.

— Hasta ahí llegaste— la mirada de su padre se hizo aun mas fría y observo a su hijo con enojo— María, más vale que lo detengas, si no mando a Antonio a cortarte la cabeza aquí mismo.

Ambos hermanos se asustaron, Antonio quería subir de puesto, pero no quería tener que asesinar a su hermana menor con sus propias manos. La chica hizo caso y puso ambas manos en los hombros de Alfred, obligándolo a sentarse y no moverse.

— Lo siento— murmuro ella, pero el chico no contesto nada, simplemente miraba a su padre con enojo y rabia.

—Los príncipes de Waldflachen hicieron una alianza con nosotros, participaran con nosotros en la guerra contra Waldeis—

— Contigo lucharan, porque yo me niego a participar— contesto cortante Alfred.

—También lo harán contigo, hijo mío— miro a ambos hermanos— Gilbert, Ludwig. Hagan gala de sus habilidades.

Ambos chicos se pararon frente a Alfred, mirándolo directamente a los ojos. Las emociones y pensamientos del chico comenzaron a revolverse, el enojo predominaba y Arthur también lo hacía. Intentaba cerrar los ojos para romper el contacto con los fríos rubíes y zafiros, pero Gilbert se lo impedía. Se empezaba a sentir mareado y confundido, ambos chicos estaban destruyendo su mente lentamente, sacando cada momento bello con Arthur y cambiándolo con uno feo y horrible. El amor que sentía lo cambiaron por enojo y venganza. Cuando por fin los chicos lo dejaron su mente había cambiado por completo, cerró los ojos y escucho la pregunta de su padre.

— Y Alfred, ¿Quién es tu enemigo?—

— Arthur, el príncipe de Waldeis— abrió ambos ojos, mostrando el color rojizo que se había formado debido a su acumulación de poderes.

A su acumulación de enojo.

Y venganza, hacia la persona que más amo en su vida.

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