NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO.

Bueno, sé que esta actualización les sorprende. A mi también. Aunque había pensando en este proyecto más como un mini-fic que como un one-shot, no estaba segura de qué escribir. Pero apareció este capítulo por sí solo y espero que les guste.

No puedo garantizarles redactar otros capítulos con rapidez, porque ni yo misma me esperaba este chapter. Pero si puedo decirles que haré de todo por terminar el fic con unos cuatro o cinco capítulos... sin lapso de tiempo límite xD

Comentarios:

Marianita-Chan: al contrario, muchas gracias a ti. Te merecías completamente que te dedicara el fic, has sido una lectora muy afable y leal :) Me alegro además de que te haya gustado el escrito, este capítulo igualmente va dedicado a tu persona.

Muchas gracias a todas las personas que agregaron ésta historia a su lista de favoritos y su lista de alertas :)

enjoy!


Los Hamilton.

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El aerodeslizador aterrizó suavemente sobre la plataforma. El chofer salió y la ayudó a bajar los peldaños. Tras agradecer el gesto, dio graciosos pasos hacia la entrada de la casa. Era grande, sin llegar a mansión, con enormes ventanas de cristal otorgándole una magnífica vista. Jardines rodeando las entradas, fuentes, albercas, un gran garaje y equipada con la mayoría de los innovadores inventos de Industrias Robinson.

La casa podría ser de cuatro pisos, aunque aparentara ser de dos. Tenía un diseño ondulante que combinaba tonalidades distintas de azul y le hacía parecer casi como olas del mar. Elegante, refinado, diferente. Justo lo que Philip Hamilton había querido. Esa casa la habían construido hace apenas siete años y Rebeca recordó un poco la casa anterior.

Su vida había sido tan intensa. Suspiró con cansancio, entrando al recibidor. Ahí, en uno de los sillones, estaba Helena leyendo una revista. La adolescente era delgada, con cabello castaño claro, casi rubio, ojos verdes y piel blanca salpicada de pecas en la nariz. Los mechones lisos caían cortos hasta sus hombros. Llevaba unos jeans, valerinas y sencilla blusa color blanco.

Viendo a su madre la joven se puso de sonriendo, y dejó la revista de lado. Caminó hacia ella emocionada.

—¡Hola mamá!—saludó primero, después, le dio un fuerte abrazo—¿Cómo te fue?

El ímpetu de su pequeña le devolvió algo más de ánimo.

—Bien cariño…. Me fue bien.

—Papá llamó y prometió llegar antes de la cena—fue guiándola hasta las recámaras—Pero cuenta ¿Qué paso? ¿Los viste? ¿Qué dijo?

Para ese punto ya estaban en la recámara principal. Rebeca se sentó en la cama, pensando qué decirle a su hija. Estaba todavía muy conmocionada y las palabras simplemente no fluía. Respiró con tranquilidad, apretando las manos de Helena, y comenzó.

—Lo conocí… y era tan encantador como dijiste. Se mostraba curioso… extrañado además.

—¿Y…?

—Solo eso. Charlamos poco tiempo, él debió volver al trabajo.

—Ah…

Helena se quedó pensativa. Toda su vida creció como hija única, sus padres al pendiente de cualquier cosa que necesitara o deseada. Sí, estaba mimada y algo caprichosa, pero con todo fue criada entre buenas personas, aprendiendo valores.

De pequeña, seguidamente pidió a sus padres una hermana menor. Claro que sus papás, ya más ancianos y todavía pensando cómo a sus edades pudo nacerles una hija (a la que amaban y que apoyarían siempre, pero inesperada) no pudieron cumplirse ese deseo. La idea de adoptar pasó por la mente de Philip y fue cuando Rebeca ya no pudo más y terminó confesándole su secreto.

Helena creció. Sus primos eran mucho mayores que ella y a pesar de tener bastantes amigos, eso no hacía la casa menos silenciosa al llegar de la escuela. Fue en una ocasión que su madre lloraba en la alcoba, cuando encontró el legajo de color crema cerca del buró. Rebeca no se percató de su hija llevándoselo.

La quinceañera primero saltó de alegría ¡Tenía un hermano! Cuando continuó la lectura supo que su hermano era más de veinte años mayor a ella. Y además, la persona que menos esperaría en el mundo.

Ser hija única un día y en un minuto saber que tu hermano es el mismísimo Cornelius Robinson, la persona más importante de este tiempo, el fundador e inventor de prácticamente todo lo que usaban en casa, era sorprende. Claro que una etapa de confusión no muy larga la hizo debatirse sobre qué sentir. No estaba segura de porqué su madre abandonó a un hijo. Estaba por demás claro que eran medios hermanos, el matrimonio de sus padres no tenía ni por asomo la edad de Cornelius. Pero ¿Qué pasó en la vida de su madre, que ella se vio abrumada y dio a un hijo en adopción?

Helen conocía bien a su madre y sabía que no le respondería por ahora. Y verla triste y llorosa, porque le ganaba el miedo y no podía acercarse a su hijo, la mató. Ella era su hija, después de todo. Su madre le había criado, cuidado, educado y dado lo mejor de sí. Lo mínimo que Helen podía hacer es dar el siguiente paso.

Sin avisar a nadie, Helen fue una mañana a las Industrias Robinson, separando previamente una cita para hablar con su director. Cornelius pensó que quizá la muchachita quería proponer algo, un invento, pedir financiamiento a alguna investigación. Jamás creyó que recibiría a una quinceañera pidiéndole de favor conocer a su madre biológica.

Helen no vio mucho parecido entre ella misma y Cornelius. Pero en algunas cosas, el inventor se parecía a su madre. Habló claro, lo más calmada que pudo. Le contó sobre Rebeca, sumida por la culpa e incapaz de hacerle frent hijo, que lloraba por la oportunidad de conocerlo. Cornelius en todo se mostró complaciente y caballeroso. Al final, le dio su teléfono, él le dio el de su casa y acordaron pensar bien las cosas antes de dar otro paso.

Cuando volvió a su casa diciéndole a su madre lo que había hecho, y que Cornelius se veía interesado en conocerla, Rebeca explotó. Por un lado se sintió molesta con su hija, tomando decisiones que no le correspondían. Al mismo tiempo gracia y alegría de que Helena pudiera hacer lo que jamás pudo en años. Finalmente duda ¿Cornelius quería verla o no? De ser no ¿Por qué? De ser sí ¿Qué decir? Eran muchas las cosas que se debían tomar en cuenta.

Philip tomó las cosas a su manera, pero después, bien. Llevaba ocho años de casado con Rebeca cuando ésta le dijo sobre su pasado y el hijo que debió entregar al orfanato. Se sintió herido de que su mujer le ocultara algo tan grande. Pero, como el buen esposo que era, pudo ponerse en su lugar y comprenderla un poco. La perdonó del todo y ofreció su ayuda si es que Rebeca pensaba en encontrara a su hijo.

El resto de la familia tuvo reacciones distintas.

Por una parte, el hermano mayor de Philip, Robert Hamilton, lo tomó muy a mal. Consideraba que un matrimonio debía ser siempre sincero y una mentira tan grande podría llegar a destruir relaciones. Rebeca tenía suerte de que Philip la amase demasiado para considerar divorciarse. Y no es que Robert la culpara y echara en cara su pasado, todos podían cometer errores, fue la actitud de víctima y la mentira lo que le desesperaron. La perdonó, desde luego, pero de ahí en adelante su relación fue más tensa.

Marry la esposa de Robert abrazó con cariño a su cuñada y le dijo que contaba con su apoyo. No estaba de acuerdo con lo que hizo, pero de ahí a condenarla por un error era inmensa la diferencia. Rebeca debió tener sus razones ¿Y? era pasado. Ocurrió lo que debía ocurrir.

Esteban el hermano menor de Philip fue mas… intenso. Él no estaba enojado, porque tampoco tenía una vida del todo buena. Se enfrentó directamente contra Robert reclamándole que se estaba tomando demasiado en serio las decisiones de Rebeca, de las que al fin de cuentas nadie más que ella podía tomar. Esteban se molestaba mucho de que Robert tomara su papel como patriarca de la familia demasiado apecho ¡Estaban en el siglo XXI! Esas cosas claro que podían pasar y su hermano mayor no era nadie para juzgar.

La pelea entre los dos hermanos tuvo por mediador a Philip y Marry. Aparecieron entonces David y Sara, los dos hijos de Robert. Ellos querían mucho a su tía y lejos de enojarse le dieron su apoyo. Eran buenos muchachos ¿Qué si Rebeca venía de la pobreza? Seguía siendo la misma tía Rebeca que ellos querían, la que le daba chocolates en su cumpleaños y cantó canciones de cuna.

Las cosas se armonizaron en poco tiempo, para contento de Rebeca, que se sentía tremendamente culpable por la pelea familiar. Afortunadamente cada hermano tenía su propia casa. Que los Hamilton fueran unidos era muy distinto a que los uniera un lazo fraternal intenso, como era el caso de los Robinson. Y no vivían todos en una misma mansión.

Pero el trato que le dieron a Rebeca cambió más de lo que ella creyó. Robert la aceptaba en su casa, aunque no la saludaba como antes y de hecho, casi la evitaba. Marry, David y Sara la trataban con el mismo cariño de siempre. Esteban quizá fue el que menos tomó importancia al asunto.

Porque hasta Philp duro tiempo en reponerse y poder apoyarla. Pasó más de un mes para que volvieran a dormir en la misma cama. Helena no se dio tan afectada por la pelea familiar. Y, en caso de que se hubiera visto envuelta en ella, optaría por apoyar a su mamá.

Aunque las cosas no se trataban de eso. Ya estando las cosas calmadas en la familia, Rebeca pudo contarles quién era su hijo. Había ido al orfanato donde lo dejó; el edifico ya había sido abandonado, por decreto de estado, aunque había unos archiveros ahí con papeles viejos. No pudo averiguar quién era su pequeño, pero sí quien lo cuidó en toda su estancia en el orfanato: la señora Mildred Olson.

Ser rica te da ventajas, entre ella, más facilidad para encontrar a las personas. Mildred era ya una mujer anciana, retirada, que vivía cómodamente en una casita por los suburbios. Entera para su edad, no le costó mucho a Mildred recordar. Y es que rara vez un bebé se le daba al orfanatorio en condiciones tan peculiares, como lo es en medio de la noche, bajo la lluvia, sin nadie que firmara.

Mildred sabía quiénes adoptaron a Lewis, como lo llamó, y quién era ya. La mujer estaba bastante orgullosa de todo lo que aquel niño consiguió. Recordaba las noches regañándolo para que dejara dormir a Goob y todos los impresionantes proyectos que ideaba de un segundo al otro. El día en que al final lo adoptaron, fue de los días más felices de su vida. Al fin ese pequeño tendría el amor de una familia, además, tan especial como él mismo.

Rebeca se consoló sabiendo que su hijo tenía una buena familia. Pero, cuando supo de quiénes se trataban, no supo cómo actuar. Mildred le tendió unos papeles donde estaba todo perfectamente archivado: era la verdad. Su hijo era Cornelius Robinson.

¡Cornelius Robinson! Robert no podía creer que aquel hombre tan agradable, abierto, inteligente y además bueno para los negocios, con quien cerró el mejor tratado de toda su vida, era el hijo de su cuñada.

Muy impresionante. Ni la propia Rebeca sabía exactamente de dónde sacó su hijo tanta inteligencia. Es decir, ella no se consideraba muy lista, y aunque su novio de verdad lo era, no tenía las aptitudes para ser un científico. Aunque, quizá, sí perseverancia. Rebeca no pensó más en el asunto. Cornelius era simplemente su hijo, no había más dudas. Analizándolo, sus fotografías, encontró muchas similitudes. Los ojos, la nariz, casi todas las facciones de su cara, la altura, la complexión. El cabello rubio, los lentes, esa sonrisa torcida y la barbilla seguro eran de su novio.

Su corazón se lo decía. Rebeca simplemente lo sabía. Pero ¿cómo enfrentarse a él? fue donde apareció Helena y su valor juvenil.

—Mamá—le habló Helena—Suena tu teléfono.

La mujer se percató de ello. Agarró el aparto y contestó.

—¡Rebeca!—gritó una aguda voz femenina—¡Llevo marcándote todo el día! ¿Cómo te fue?

—Hola Amanda—repuso—Estoy bien, gracias. Y me fue… normal.

—¿Normal? ¿Cómo normal?

—Eso, normal.

—No soy capaz de entenderte.

Helena se agregó a la conversación sin ser invitada.

—Mejor ven a cenar, tía Amanda. Mamá nos contará a papá y a mí todo lo ocurrido.

—¿Qué?—repuso Rebeca—Yo no…

Mil gracias cariño—repuso la mujer—Nos vemos más tarde entonces Helena. ¡Adiós Rebeca!

Colgó.

Rebeca miró molesta a su hija, aventó el celular a la cama.

—¿Por qué la invitaste? ¿Por qué le dijiste eso?

Helena se encogió de hombros.

—¿Qué hay de malo mamá? De cualquier manera tendrás que contarlo ¿No crees?

Resoplando, Rebeca debió darle la razón a su hija. Toda la familia entera estaba tan al pendiente de aquella cita con Cornelius, que ya imaginaba las reunidos y las veces que habría de contárselo solamente a Marry.

Más tarde habrían de llegar, casi al mismo tiempo, Philip y Amanda. Era ésta última una mujer alta, de delgadísima complexión y rubia de ojos cafés. Mejor amiga de Rebeca desde hace más de diez años. Como todos, Amanda se fue enterando tiempo después que Rebeca tenía un hijo perdido. Y fue la que más estuvo a su lado, apoyándola, cuando la guerra familiar de los Hamilton fue declarada en silencio.

La mesa tenía una cena espléndida. Pero la comida no importaba. Todos estaban viendo directamente a Rebeca y ella se encogió.

—¿Qué pasa?

—Mamá por favor cuéntanos ¿Cómo fue todo?

—Ya les dije que no tengo mucho por contar.

—A otro perro con ese hueso—replicó Amanda, dejando de lado su plato y viéndola fijamente—Hablaron de cosas importantes ¿Qué pasó amiga? ¿Por qué no nos tienes esa confianza?

—Sí les tengo confianza, es solo que…

Philip agarró la mano de su esposa.

—¿Por favor?—fue si silenciosa súplica.

Rebeca no tuvo más remedio que decirles:

—Nos conocimos, eso fue todo. Estábamos nerviosos e inseguros de qué decir. No me guarda nada de rencor, pero tampoco lo veía del todo animado en conocerme. Creo que lleva mucho tiempo de haberme superado…

—¿Superado?—interrumpió Helena—¿En qué sentido?

—En ese simple sentido. Cualquier niño que crece en un orfanato tiene ansiedad por conocer a sus verdaderos padres, hasta que ese trauma es superado. Unos jamás lo hacen, otros, después de años en terapias psicológicas. Cornelius se mostraba tranquilo y curioso, pero nada más. Seguro lo superó hace mucho tiempo.

Bajó el rostro, desanimada. Pero aún así procedió diciendo:

—Me alegro mucho, se le ve tan feliz y liberado. Lleva una vida tranquila, familiar y exitosa. Me contó con los ojos llenos de brillo lo mucho que ama a su familia y cuánto adora su trabajo.

—¿Te molesto eso?—la pregunta sonaba tan calmada, comprensiva, Philip no quería dañar los sentimientos frágiles de su esposa.

—No y sí. Siento dolor, Philip, porque él es mi hijo y jamás podrá saberlo el mundo. Él siempre llamará madre a Lucille Robinson, y es mi culpa—una sola lágrima se deslizó por su mejilla—Pero a la vez, estoy feliz. No creo que si hubiera crecido conmigo encontrara todo lo que tiene ahora; los Robinson además de afecto le dieron compresión y muchas oportunidades.

—No suena igual Cornelius Robinson a Cornelius Hamilton ¿Eso quieres decir?—preguntó Amanda.

—NO sería Hamilton—replicó Rebeca—Él hubiera sido Jhonson.

—Cornelius Jhonson—meditó Helena—No, no me suena…

Rebeca suspiró. Se puso entonces de pie, agradeciendo la cena y la compañía.

—Ha sido un día pesado—les dijo—Me iré a dormir. Los veo mañana.

Besó a Philip, en la mejilla a su hija, un abrazo a Amanda y se fue. Los tres se quedaron en la mesa viendo los platos con algunas guarniciones. Estaba tenso el ambiente.

—Fue duro para ella—habló Amanda—Espero que pueda superarlo.

—Lo hará. Mamá es muy fuerte.

—Sí, lo es.


Eso es todo por ahora.

Muchas gracias por leer y si les gusta, espero tengan el tiempo de dejarme un comentario :D

Nos leemos!

chao!