Yullen, como pueden imaginar.

Yaoi, con el Occ correspondiente, debido a que los personajes no son míos, y cualquier reacción que yo crea de ellos no tiene nada que ver con lo que idea Hoshino, pero lo hago con mis más grande deseos, y porque no, diversión propia.

Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

SIEMPRE QUISE DECIR ESO...^^

YA VIERON EL CAPI 211, AH QUE KANDA NO ES UN AMOR...NO PUEDO EVITAR AMARLE. ^^

A LEER... Creo que es el capi más largo del fic que he escrito.


- Lo siento, Yuu, Lenalee no ha querido hablarme de ello.

- … ¿No sabes nada de él?

- Ha desaparecido…

Capitulo 2: Concierto de Salón.*

Una semana había pasado desde que la familia Kanda llegó a los Estados Unidos, New York para precisar. Para los días predecesores, la alegría de Yuki iba en aumento, aun cuando su padre permanecía el mismo tiempo establecido con ellos como lo había hecho en Japón, había una cierta libertad que no podía darse en su tierra natal. Como sabrán, Yuki no sabía a que se debía éste sentimiento. Pero Alma tenía una leve idea hasta donde se estaba dirigiendo todo.

Alma podía ver la esperanza, y con los días, ésta estaba todavía a su alcance, tal vez y Yuu no la amaba como ella deseaba, pero ciertamente estaba empezando a aceptarla un poco más, a permitirle más avances de su parte. No sabía a ciencia cierta porqué, como de un momento para otro Yuu hubiese cambiado de idea y estuviera decidido a formar parte de verdad en lo que era su familia, no lo sabía; pero Alma no despreciaría la oportunidad.

Kanda, en cambio se había decidido a zanjar, él sabía que le era imposible tratar a su esposa de la misma manera – o al menos como debería hacerlo – como los esposos tenían que hacer con aquellas que habían elegido para compartir su vida. Yuu la había elegido al final, de la larga selección que le habían interpuesto, Alma era la única opción viable con quién una estadía que se pronosticaba permanente podía ser al menos tolerable. La persona que él realmente había elegido ya no estaba, porque el prácticamente lo había alejado… y sobre todo, porque jamás volvería a verlo, a pesar que ahora era lo que más deseaba.

Alma había sido una amiga – o algo así – en su niñez, y en su tiempo, no pudo negarlo, le había agradado, más que las otras niñas, pero tampoco es que hubiese vaticinado ese futuro con ella en algún momento. Después de la muerte de Elizabeth Kanda, a Yuu se le había hecho casi imposible sentir algo así por otra persona, por temor a salir lastimado. El destino fue a jugar en su contra, terminó… enamorándose, y por consiguiente, no sólo terminó lastimado él, sino que había lastimado a la persona que supuestamente amaba. Ahora, tenía una familia, y de alguna forma debía compensar estos cinco años de reticencia.

Si, era compensación.

Y esa noche Yuu pensó seguir con su plan, pero la última noticia que había recibido del conejo idiota – ustedes recordaran a Lavi – le había dado un sentado golpe, sus ánimos estaban por los suelos, a pesar que la superficie se mostraba estoica como siempre. Ni la voz de su hijo podía alterar su verdadero estado de ánimo. Se reprochó a si mismo, de eso, según Lavi, hará unos tres años, no había seguridad que aun estuvieran juntos, le había dicho. Y aun así, se sentía traicionado. Cuando no tenía ni un derecho en hacerlo, cuando él lo había dejado, en retrospectiva, Allen podía hacer con su vida lo que él quisiera, aun si eso significara estar con otra persona. Porque él también lo había hecho, y hasta tenía un hijo.

Pero Yuu estaba furioso, porque el Moyashi, su Moyashi, estaba con alguien, o lo estuvo, y eso significaba que le había olvidado, cuando Yuu no había podido.

- ¿Seguro que no quieres venir? – la insensata preguntadera de Alma no le estaba ayudando a sentirse mejor, el dolor de cabeza iba en aumento.

- Tengo asuntos de los cuales encargarme – Yuu había dicho esas mismas palabras una gran cantidad de veces, y aun así, Alma parecía cada vez más insistente.

- Yo quería que estuvieras con nosotros – había dicho Yuki, para colmarla, su hijo le miraba con sus ojos tan expresivos, iguales a los de él, y se recordó el porque se negaba a ir de un momento a otro.

No soportaría escuchar una sola pieza de piano en esos momentos, definitivamente no.

- Será en otra ocasión – la mirada de Yuki era la desconsuelo personificado, por eso mismo, Yuu se atrevió a acceder un poco, sólo un poquito – Los recogeré al final e iremos a cenar.

La alegría se manifestaba ahora en los rostros de sus acompañantes, Yuki le abrazó como acostumbraba, y aunque Kanda no le correspondió no hizo nada para evitarlo. Alma miraba con una sonrisa a su hijo, cuya felicidad residía en llamar la atención de su padre, y la de ella también. En su alegría habitual cuando algo así ocurría, el menor de los Kanda tarareó una melodía, consecuentemente las miradas fijas en él, no podía decirse con total claridad que canción era, cuando Alma creía estar segura de cual era, el niño cambiaba de melodía segundos después; tras ese extraño suceso, finalmente preguntó:

- Yuki… ¿Qué tarareas? – éste le miró y con una sonrisa dijo:

- Hago un remix – Alma no tardó en reírse y Yuu le miró con una ceja alzada – ¿Ya merito llegamos?

- Ya falta poco.

Kanda se distrajo de la conversación, sus ojos miraban por la ventana de la limosina, su mente en algún lado, y bien sabía que por ese lado estaba un mocoso con un extraño cabello plateado.


Con un nuevo día, empezaba un nuevo año escolar. Era el principio en ese lugar, estaba nervioso, no lo podía negar, los alumnos que iban entrando se le quedaban viendo raro, y los entendía, después de todo no todos los días se veía a un nuevo alumno con cabello blanco y una cicatriz en forma de péntaculo rojo marcando su rostro – especialmente por aquellos dos rasgos – , así que podía entender porque le rehuían, había sido de esa forma la gran parte de su vida, incluso antes del accidente; al menos su brazo izquierdo estaba bien oculto bajo el uniforme escolar, y con ayuda de los guantes blancos todo quedaba perfecto.

Si, perfecto.

Un frío en su espalda le obligó a virar la vista hacia atrás, el presentimiento de alguien mirándole con un sentimiento que en nada parecía al desconcierto o el miedo podía sentirlo perforando en su piel, era desprecio, o, como era esa palabra…ah, impaciencia.

Unos ojos fríos como el hielo, y desde su posición azules oscuros aun cuando podía creerse – ingenuamente – que eran negros. Una piel casi igual de lozana como la suya, el ceño fruncido, un largo cabello negro azabache, y todo dictaba y hacia: din-din japonés. Allen no sabía si era por la mirada o porque otra razón incomprensible para él, pero sintió su cuerpo temblar. ¿Qué era aquel sentimiento creciendo en su estómago? ¿De tal forma en que podía sentir los retorcijones comprimiéndolo?

- Muévete – siseó luego de unos minutos después el mayor, porque se notaba a leguas que era mayor. En ese entonces Allen tenía trece años.

- Disculpa – se hizo a un lado, sus manos temblaban, dándole el campo libre al japonés. Más éste no prosiguió como Allen hubiera esperado, le miraba, aun con el seño fruncido, y Allen se sorprendió a si mismo cuando su propio nerviosismo fue usurpado por la confusión.

El japonés parecía no querer hacer nada, porque no lo estaba haciendo, sólo le miraba. El altercado silencioso empezó a llamar la atención a su alrededor, en cada vistazo podía notar las miradas de los alumnos que se detenían y sin mayor vergüenza les señalaban y susurraban a su compañero de al lado. En una de esas ocasiones, Allen logó escuchar lo uno de ellos decía:

- ¿Qué crees que ha hecho ese pobre diablo?- era la primera vez que se molestaba por la opinión de alguien. Pero Allen tenía todo su derecho en hacerlo.

Él no había hecho nada a ese sujeto para que le mirase con tal despreció en sus ojos, si ese individuo tenía algo en su contra, que lo dijera, no iba a quedarse a armar el papel de tonto sólo porque sí. Se sorprendió por esos pensamientos, sin duda ése sujeto lograba exasperarlo más que su propio tutor, Cross Marian. Cansado de ese tipo de altercados, le enfrentó, mirándole como la misma intensidad en que el mayor lo hacía, y ante el ceño que se frunció más las palabras del japonés intercedieron en el altercado.

- Freak – fue una sola palabra, una que estaba acostumbrado a escucharla, así que no debería sentirse mal por ello, no tenía sentido que lo hiciera.

Por eso no dijo nada cuando el mayor continuó su camino, no hizo nada cuando las risas de quienes los rodeaba empezaron a escucharse, y en definitiva, no hizo nada cuando las lágrimas le traicionaron y bajaron por su rostro sin su consentimiento.

Definitivamente, era un comienzo perfecto. Simplemente perfecto.


Respiró con profundidad, sus sentimientos fluían por medio de sus recuerdos de aquel día, de la primera vez que lo había visto. Dejó que la tristeza de ese sentimiento le dominara, sintió la mirada de su público puesta en él. Todos atentos a su siguiente movimiento. Su primera pieza había resultado perfecta, el público estaba abstraído con su presentación. Ahora, era el momento de la segunda, sólo unos momentos para prepararse, canalizar la energía, sentir la melodía en su cuerpo. Las miradas aun fijas en él, pero no como en el pasado, no por repulsión o miedo, o degradación; en sus ojos había admiración, admirados por el siguiente movimiento. Y la melodía "Appassionata**" no tardó en escucharse.

Sus dedos se movieron por compresión propia, dejándose llevar por la melodía en su cabeza, por el siguiente paso que tenía que dar, la combinación perfecta en la manipulación de sus dedos, teclas negras y blancas. Allen estaba absorto en la melodía, pero no perdía de vista las reacciones de su público.

El inicio es tranquilo y algo lento, sólo siendo interrumpidos por grupos de acordes tocados rápidamente y a los que dan a la pieza una fuerza que deja a Allen embriagado. Una naturaleza compleja, rápida y agitada, casi como él, como Yuu – saborea el nombre con tristeza aun en su mente – y así como lo hacía Yuu en el pasado, ésta melodía "le quitaba el aliento". Vaya ironía de selección.

Una mirada le distrajo en sus pensamientos, aquella mirada parecía estar atenta en sus movimientos mucho más que el público que les rodeaba; le veía de lejos, pero parecía estar atento a cada movimiento de sus dedos; y echando un vistazo rápido a su alrededor descubrió a su admirador. Fue tal su sorpresa cuando descubrió a un niño pequeño, de no más de 6 años tal vez, cabello negro y unos sorprendentes ojos negros que, por un momento, lograron que contuviera la respiración.

El sentimiento que en su corazón predomino casi logró distraerlo de su meta, de su interpretación, al final no cometió tal garrafal error, pero aun se mantenía pendiente de la mirada del niño. Esos ojos… se dijo. Demonios, no podía dejar de pensar en Kanda, en el que fue su Yuu. Las lágrimas están ahí, pero Allen había aprendido a retenerlas con los años, aun cuando el dolor estuviera presente. El final de la melodía se acerca, como con su relación con Kanda; al final, al igual que con la melodía, sólo queda la agonía y una coda*** desesperada.

Y al instante los aplausos de su público, ovacionando de pie. El agradeciéndoles por sus palabras, los ojos de ese niño y el comienzo de un dolor de cabeza, le incitaron a tomar un receso momentáneo. Sonrió a su publico, bajo a la tarima para tomar aire. Lo necesitaba en serio.

Estando ya fuera, las a penas traslucidas estrellas brillan en lo alto del manto negro, en comparación a las vistas de otros lugares que en ese mismo manto se puede apreciar, en ésta ciudad – New York – vela un ambiente triste, casi como su antigua morada, cuando los días de lluvia reclamaban su estadía en el paisaje gris de Londres. Junto a aquello recuerdos, vinieron otros, tal vez y ese niño de ojos negros le había alterado demasiado para su buen juicio. Estuvo conmovido de encontrar entre el pequeño publico circundante un rostro juvenil – un infante – que tanta pasión sufría por su arte. Sus ojos brillando de esa forma tan apasionada le recordaban a él cuando pequeño descubrió lo que aquel instrumento musical podía entonar, hasta los llantos del cielo. El mismo tesoro que su padre le había otorgado aun después de muerto.

A Kanda también le gustaba cuando tocaba el piano, en el pasado al japonés le gustaba quedarse con él en el aula de música – en especial cuando estaban sólo los dos – y quedarse cerca de Allen mientras toda la estancia se inundaba de las melodías que sus dedos interpretaban. En esas ocasiones el semblante gruñón y exasperado de Yuu se relajaba, y Allen tenía una hermosa vista de ese suceso. Allen se apoyó en el barandal, su cabeza agachada sobre sus manos y la lágrimas amenazando con disolverse en el ambiente; ya se había prometido a si mismo no llorar por recuerdos del pasado, por ser exactamente eso, del pasado; Mana le había dicho ya eso, seguir caminando para encontrar la felicidad, seguir peleando. Allen estaba dispuesto para todo ello, aun cuando después de bofetada tras bofetada la vida le arrebatara lo que más amaba y él seguiría, porque era lo único que sabía hacer; creía fervientemente en lo que su padre, en sus últimos alientos le había dicho. A pesar de que el dolor fuera demasiado en ocasiones.

- ¿Te sientes bien? – una suave voz con extraño acento al hablar ingles, le llamó la atención, una mano jaló de su pantalón y mirando al niño se sorprendió, no había notado que aquel pequeño le había seguido.

El niño parecía preocupado, sus ojos le demostraban, e ahí una diferencia circunstancial entre ese niño y él, el pequeño no temía demostrar lo que sentía. Le sonrió, mientras se acomodaba mejor el chaqueta negro y los guantes, le habían pedido vestir de gala y aunque a veces no le molestaba, le gustaba más participar en eventos menos formales, donde se divertía más, donde era la música y él; Lenalee se enojaría si sabía que había aceptado hacer ese pequeño concierto de salón, la voz de la china se escuchaba en su cabeza, reprendiéndole por ser tan inconsciente, eso era seguro.

- No te preocupes, estoy bien – se acercó a el pequeño, inclinándose hasta estar a su altura. En esa posición los rasgos orientales del niño eran más visibles, y Allen sentía de nuevo esa sensación de familiaridad que le aceleraba el corazón y le lastimaba el pecho.

Suspiró, tratando de controlar aquellas sensaciones molestas, el niño aun estaba mirándole, y por un momento esos ojos empezaron a analizarle, había sentido eso antes también, esa forma de mirarle para descubrir que era lo que sentía, y aunque la intensidad de esa mirada era diferente, parecían similares; en el pasado Bakanda hacia lo mismo, poniéndole nervioso y sólo lográndolo con una mirada. Éste niño parecía igual.

- Tienes ojos tristes – susurró el niño con tristeza. Esa declaración logró sacarle una media sonrisa verdadera, realmente, a Allen le gustaba los niños, eran tan lindos.

- Estoy melancólico, extraño mi país – no supo porque había dicho eso en primer lugar, aunque no era del todo cierto, tal vez y lo único que podía agregar a esa observación era que en realidad extrañaba su pasado en su antiguo hogar. – A veces sucede.

- ¿No es de aquí, señor pianista? – sonrió el chico, interesado por la nueva conversación – Yo tampoco, soy de Japón, pero papi, mami y yo venimos aquí porque papi dijo que tenia negocios importantes.

La sonrisa de Allen creció un poco más, no podía evitarlo, el niño realmente era muy inteligente, se desenvolvía en la charla con mucha facilidad, y con tal inocencia que era imposible también olvidar que estabas hablando con un niño de no más de seis años.

- Mi nombre es Allen Walker… ¿Qué edad tienes?

- Tengo cinco… – recalcó con la mano alzada, mostrando sus cinco dedos extendidos para dar énfasis a su declaración – Y mi nombre es Yuki…

- ¡Yuki! – se escuchó la voz de una mujer cercana, ambos miraron en la dirección donde provenía la voz, Allen descubrió a una bella mujer nipona que aunque vestía modestamente, tenía esa aura elegante que en cierta forma no podía negársele a las bellezas orientales.

- Es mamá – afirmó Yuki, corriendo al lado de la elegante mujer.

'Yuki… sino me equivoco significa nieve, es un bonito nombre' pensó Allen, reincorporándose cuando la elegante mujer era guiada de la mano por el niño a su encuentro. La oriental tenía una hermosa sonrisa en su rostro mientras miraba a su hijo con adoración; a Allen le gustaba este tipo de escenas que, sin lugar a dudas, a veces le hacían sentir envidia y felicidad, una completa contradicción, pero era de ese tipo de sentimientos ambiguos a los que Allen no podía controlar.

- Mami, él es el señor pianista, Aren Walker – no pudo evitar la risa escapándose de su rostro, había olvidado como sonaba su nombre en ocasiones cuando un oriental lo pronunciaba – Ella es mi mami.

- Mucho gusto, mi nombre es Allen Walker – según la costumbre, Allen se inclinó con respeto hacia la mujer, segundos de indecisión precedieron para que la nipona hiciera lo mismo, y aunque le confundió esa reacción, no dijo nada.

- Me gustaba el cabello del señor Aren, es blanco, mami – 'Dios, el niño era encantador', fue el pensamiento de Allen, concentrándose totalmente en el pequeño Yuki. Sin percatarse de la impasibilidad de la madre de éste.

Alma estaba quieta y sorprendida, en el salón donde se había llevado a cabo el concierto, sin duda le había llamado la atención de aquel extraño pianista de cabello blanco, pero en ese momento se había dejado embriagar por las hermosas melodías que esas agraciadas manos tenían el talento de producir hasta engatusar el corazón y hacerle saltar las lágrimas. Ahora que lo veía bien, ahora que se daba cuenta de donde provenía aquel sentimiento, sintió un autentico terror. Ese sujeto, o tenía un extremo parecido, o era él; pero Alma no se equivocaba, porque ella había descubierto aquella vieja fotografía, aquella que Yuu atesoraba más que nada en el mundo. El cabello, la cicatriz en una extraña forma de pentaculo en el rostro, sus ojos; todo eran iguales, y aquel joven Allen Walker era el mismo de la fotografía que Yuu aun conservaba. Era ese Allen Walker.

- ¿Y qué es eso? – vio a Yuki acariciar el rostro de ese Allen Walker, descubriendo al instante lo que su hijo hacia. La curiosidad por la cicatriz, y no sólo eso, por el joven en sí, aterró el amable corazón de Alma.

- Ah, es una cicatriz que tengo desde que era niño.

- ¿No duele?

- Para nada, creo que hasta me queda bien.

- ¡Si! ¡Me gusta mucho! – el pánico se transmitió por sus poros, quiso sujetar a su hijo y llevárselo lejos de aquel sujeto.

Allen notó la incomodidad de la nipona, y alejándose de la mujer y de su hijo profirió una leve inclinación de disculpa, a veces olvidaba también la reserva que muchos japoneses tenían sobre los desconocidos; aunque Kanda no era el mejor de los modelos tampoco. Suspiró, molesto consigo mismo, olvidándose que no estaba solo, ese Bakanda ¿no podía dejarlo por la paz alguna vez? Sonrió tristemente, bien que no, porque era él quien lo recordaba en cada ocasión.

- Mami, ¿estás bien? – la voz de Yuki era preocupada, Allen sin pensarlo dos veces se acercó a la pequeña familia, ¡Rayos! No tenía ni idea como se llamaba la mujer.

- ¿Se encuentra bien, señora?

- Y-yo… - no alcanzó a decir nada cuando un hombre vestido de negro, de chaqueta y de pequeño corbatín, como los camareros, se a cercó a ella con una noticia.

- Disculpe – dijo el mayordomo, saludando con una reverencia corta – El segundo intermedio está terminando.

- Ah, cierto, es momento de regresar – habló Allen, sonriendo al buen hombre, el mayordomo se inclinó nuevamente y desapareció – Si me disculpan, el show debe continuar, me encantaría que fueran a disfrutarlo también.

- ¡Si! Vamos, mami – Yuki le llamó, ambas miradas estaban fijas en ella, los ojos grises de Allen desconcentraban a Alma, llenándola de la pánico que ya habíamos descrito antes.

Allen percibió como la japonesa estaba a punto de tener un colapso nervioso, y antes de que eso ocurriera, la tomó de la cintura en el preciso instante que Alma perdía fuerzas y el conocimiento, cayendo rendida a los brazos de su rival, del cual ni uno ni el otro conocía demasiado. Especialmente el albino, que no tenía idea que entre sus brazos estaba la mujer de Kanda Yuu, y a su lado, desconsolado y preocupado por su progenitora, el fruto aquél que una vez Yuu Kanda había proliferado a su expareja, el deseo que cinco años después había terminado por encontrarse y cruzar sus caminos nuevamente.

Entre la algarabía de la multitud ante tan extraña y preocupante escena; fuera, una limosina se estacionaba a un lado de la mansión donde los hechos anteriormente señalados tenían su origen. El chofer abría una de las puertas, de la cual bajo imponente y gallardo, tal como era, Yuu Kanda, el cual, como había prometido a su hijo, venía a su encuentro, al mismo tiempo que iba a ser sorprendido por un extraño giro del destino.

Y a dar continuidad en aquel camino borrascoso que aquel mismo destino estaba predispuesto a otorgarle.


Notas finales:
Espero que éste capi les haya gustado, recien lo he terminado, no sé como le verán pero bueno... sea muy de sus gustos, Gracias a todas aquellas personas que se atreven a dejarme reviews, espero que sea de su completo agrado, tambien a las que lean de todos modos. ^^.

*Un concierto de salón es de aquellos que a veces se da entre las alta sociedad o amantes de la musica, y donde sólo asisten personajes especificos,e s decir, con invitación. se ha entendido? bien.

* Sionata para piano nº23 en fa menor, Opus 57 de Ludwing van Beethoven. Dura aproximadamente 23 minutos, avisados, aunque hay versiones cortas tambien, pero nada como la melodia completa XD

*CODA: Es como el epilogo de la melodia, puede ser para mejor o para peor, como ustedes han aprendido con los fics que se han leido y en ellos hay epilogos, no ha muchos les gusta...quien sabe. XD Sirve para darle más peso a la cadencia final, así que los epilogos no pueden ser tan malos, luego de un capi extenuante un epilogo no suena mal no creen? pero vean ustedes, en la melodia se sufre mucho...ahhh, voy a oirla otra vez ^^

veremos como va el siguiente capi, el encuentro y la gran bomba, Alma lo sabe, ya vimos como reaccionó, falta Allen, esperemos.

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sin espacios...^^

QUE PASEN UN FELIZ AÑO NUEVO 2012!