GOMENASAI, GOMENASAI, GOMENASAI!

NO TENGO PERDÓN, LO SÉ, CUANTO HA PASADO, NO ESTOY SEGURA, PERO MÁS DE UN MES. ME SIENTO MAL (se hinca en el suelo) he estado ocupada todo este tiempo, en serio, la U ha sidof dificil para empezar, y el tiempo es más limitado que antes, y eso q es mucho decir, pero aqui estoy devuelta, y espero que me perdonen, en serio

He leído cada uno de sus reviews, no los he contestado porq me tomaria un tiempo que no tengo, ni por las vacaciones podré tener tanto tiempo, una semana, y pum, me caen con parciales por izquierda y por derecha, sooo, eso no pueden llamarse vacaciones, no es justoooooooo

No quiero molestarles más, asi que disfruten la lectura. Espero que sea de su agrado.


— Lo siento, Allen-kun…

— No tienes porqué disculparte, está bien.

— Pero…

— Vamos, ve, Komui-san debe estar esperándote.

Capitulo 4: Perspectivas.

Uno a uno sus pasos recorrieron el largo camino hacia su próxima clase, el bullicio que él consideraba una molestia taladraba sus sienes, escociendo su mal humor. Dos noches sin dormir, hasta él tenía un límite. Pero era necesario, se dijo, cuando una nueva pulsación molesta y una pequeña alerta de ensueño dominaba sus facciones. Reprimió un bostezo, porque no se vería muy bien él, por ello su mirada era tan dura que ahuyentaba a todos aquellos que se aproximaban a él por más de un metro… espantados por la terrible aura que rodeaba al joven Kanda Yuu.

Y sin embargo, a pesar de lo cansado, de su mal humor y límites en sus expresiones, la sonrisa que rodeó por completo su ambigua faz horripilo y fascinó por igual cantidad.

Esa sonrisa que su Moyashi decía que era pervertida y que era escalofriante cuando lo hacía…Hm, como si al jodido imbécil no le gustaba cuando lo hacía suyo. Si hasta le pedía por más, y él, por supuesto, como un buen samaritano, le daba todo lo que pedía…

En poco tiempo su pequeño lapso de tranquilidad se vio invadido por completo.

— Sabes, Yuu…Das miedo cuando sonríes así —su sonrisa desapareció, pero su mente, aunque cansada – y que el exterior por supuesto no exteriorizaba –, repetía una y otra vez las imágenes de la noche pasada…Puede que si fuera un pervertido, pero no le importaba mucho. Su Moyashi era simplemente delicioso.

— Che, no me llames por mi nombre — era obvio que estaba cansado, su respuesta no tenía la fuerza con la que siempre contestaba y se enfadaba cuando Lavi le llamaba por su nombre.

— ¿Irás al trabajo hoy…? — cuestionó Lavi con más seriedad, aunque el japonés pensara que nadie notaba cuan cansado estaba, no era así. Es su amigo, a pesar de lo que Yuu dijera, se preocupaba por él.

— Che, por supuesto — siguieron caminando, por el pasillo muchos veían a los dos amigos, los más apuesto de la Universidad, o al menos lo eran de la facultad de Empresariales.

¿No crees que deberías pedir un descanso, es decir, se te nota…? — No terminó, la mirada de Yuu no se lo permitió, tragando en seco aparentó como si la cosa no tuviera relevancia y cambió de tema — Ah, por cierto, Lenalee me ha comentado que Komui le ha ofrecido un trabajo de medio tiempo al Moyashi-chan como archivador… Pobre, de seguro que será un infierno para él.

— Che.

— Je, a veces eres tan tierno, Yuu.

Se alejó lo más rápido de Yuu alegando que iba tarde a una clase, no sin antes recordarle que esa tarde Levieer haría una inspección general en el departamento, así que lo mejor era que fuera a ver al Moyashi para que le calmase la calentura que se traía y le bajase el mal humor que se tenía. "Se va tener que esforzar mucho", caviló Lavi, pues aun podía sentir el aura asesina de Yuu en su contra.

Antes de que el japonés pudiera haber reaccionado del todo, Lavi había salido corriendo, gritando todas esas estupideces al viento, donde obviamente todos los alumnos que perdían su tiempo en los pasillos, haraganeando o de camino a clases, le habían escuchado. Ahora todo el mundo le veía, pero no le importaba mucho, solamente quería darle una paliza a Lavi porque odiaba cuando éste tenía la última palabra. No lo soportaba.

Aunque la idea no era del todo mala, hacerle una visita al Moyashi era muy interesante en realidad.

En pocos minutos estuvo frente a su antiguo colegio, donde Allen y él se había conocido; los chicos empezaban a salir, Allen no estaba por ahí, pero podía imaginarse donde podía estar el pequeño mocoso. Se encaminó al edificio principal, consciente de las miradas que se posaban sobre su cuerpo; pero no le importaba, Yuu tenía una única meta. Como anteriormente hacía cuando aún pertenecía a los estudiantes del complejo, llegó hasta el aula de música, el piano se encontraba en ese lugar, y en contraposición, también Allen.

El enano, como siempre, estaba abstraído en la partitura que en esos momentos practicaba en el piano de media cola del Colegio Intermedio; Allen se esforzaba siempre al máximo cuando se trataba del piano, puesto que Allen quería entrar a una de las mejores escuelas de música del país; ese había sido su sueño desde la primera vez que sus dedos acariciaron las teclas blancas y negras. También el sueño del padre del Moyashi. Se acercó lentamente hasta que su aliento rozó el cuello blanco expuesto de Allen sobre la camisa; éste respingo sobre el banco, y un leve gemido se escapó de esa deliciosa boca.

Aspiró el delicioso aroma de fresas silvestres del sedoso cabello canoso de su Moyashi, sonrió cuando sintió a su pareja arquearse, posando aquella cabecita en su hombro. Lo tomó de la cintura, hasta dejarlo de pie, muy cerca de su cuerpo. Le abrazó, beneficiándose de que Allen y él estuvieran solos; le besó la mejilla y delineó el contorno de ésta aun teniéndolo de espaldas. El banco fue empujado a un lado.

— K-Kanda — gimió el desvergonzado, aunque el título se atribuyera mejor a él.

Le besó con toda la pasión reprimida de las últimas horas, con el tiempo, el deseo que sentía por su Moyashi no disminuyó ni se acopló a las exigencias de una relación más seria y formal; con otras preocupaciones que, cuando compartían cama, se olvidaban con facilidad estando juntos. Pero Yuu sabía, aunque no lo dijera muy a menudo, y tampoco lo gritaría a los cuatro vientos, no era simple deseo. No, era más que eso, ese sentimiento tan molesto que los primeros días lo tuvo maldiciéndose y odiando a fuerza mayor de sí mismo a la personita que ahora tenía en sus brazos, por hacerle sentir de esa manera, por obligarle a sentir nuevamente aquella debilidad… una que podía desembocar — arriesgo de llamar a la mala suerte — en la finiquita separación, pues nada era para siempre, la vida le había enseñado eso.

Pero el Moyashi siempre ganaba bajo cualquier sensato argumento, pues Kanda olvidaba lo que perdió, su padre y su herencia — aunque ésta última le tenía sin cuidado —, y le encantaba lo que ganó a cambio.

— ¿A-a que…has venido? — sonrió con petulancia, tanto él como Allen respiraban con dificultad después del beso compartido, Allen más que él. — Creía que tenías clases…

— Che, ¿Y tú no tienes que ir con Komui, Moyashi?

— ¡Allen, Allen…! — se separó, tomando las partituras y su bolso — Y yo te pregunte primero.

¿Qué rayos podía decir, "me dieron ganas de verte, y qué"?; no, ni drogado.

— No me dio la gana — Allen le mira sin creérsela del todo, y Yuu sabe que está cavándose su propio hoyo — Ven, vamos.

— ¿Eh? ¿A dónde? — sin embargo le siguió una vez que salía del aula de música — Bakanda, espera, en una hora tengo que ir con Komui-san, lo sabes.

— Che, no me interesa… — le tomó de la muñeca, y sin importarle que aun hubiesen alumnos recorriendo los pasillos de recinto estudiantil, jaló más cerca suyo a Allen, que no pudo evitar sonrojarse. Se soltó del agarre, aparentando enojo por el trato busco del mayor, de tapadera. Pues su corazón latía salvajemente, y no por el disgusto. — No es necesario, imbécil. Joder, Moyashi, ya tienes un pinche empleo en aquella cafetería de tu "amiguito".

— No ocupes ese tono conmigo, Bakanda. Y no hables de esa manera sobre Nariem, es un buen amigo — chasqueó la lengua con molestia, sí, claro — y para mí si es necesario, he trabajado toda mi vida, es una costumbre…

— Che.

— Además, no me gusta ser una carga.

— Cuantas jodidas veces tendré que repetirlo — se detuvieron frente al casillero del Moyashi — Eres un maldito terco.

— Kanda, no quiero depender de otros, eso lo sabes bien — se iban quedando solos, y la atmosfera entre ellos era latente. Sonrió con sinceridad, con verdadera felicidad — No me importan los sacrificios, los obstáculos que se presenten, soy feliz así, contigo a mi lado.

Kanda le miró, con la misma expresión imparcial de siempre; las palabras de Allen sí causaron mella en él, a pesar de que no le demostrase. Jodido Moyashi, y sus estúpidas palabras empalagosas, sólo lograba que un calorcito se aferrara en su pecho, y un retorcijón en la boca de su estomago. Allen estaba sonrojado, pero aquellos bellos ojos grises no le esquivaban; nadie más que haya conocido antes podía competir con aquellas reacciones en su cuerpo. Y a veces le odiaba por ello, realmente repudiaba sentirse así.

Para sorpresa de ambos, le tomó nuevamente de la muñeca, pero esta vez con el único objetivo de besar aquellos carnosos labios rosados, empalagarse con aquel dulce sabor de la boca de su Moyashi – éste y su fascinación por aquellas porquerías dulces (Mitarashi Dango) – y que a pesar de todo le era más tentadora. Su Moyashi no tardó en corresponderle, tal vez la sorpresa de aquella acción de su parte le había choqueado en un principio.

Su discusión, o lo que al menos Kanda debatía, se entrelazaba siempre en ese punto: el trabajo de medio tiempo de Allen. Para el japonés no era una molestia pagar los gastos de aquel mocoso y los suyos, eran pareja, y ganaba bien como asistente de administración en la empresas "Inocence", aunque cuando estuviera estudiando; en parte se debía al viejo de Tiedoll que Allen y él no tuvieran problemas con la renta de su apartamento, el viejo se había encargado de comprarles una propiedad para ellos dos – aun ante la negativa de ambos chicos, tal cual orgullosos los dos –, fundamentando que era ése su regalo para la linda parejita, ante el enojo de Yuu y la avergonzada posición de Allen. Vivían juntos en aquel departamento desde entonces.

Allen no tenía ni un problema con trabajar medio tiempo, el enano lo había hecho toda la vida, especialmente si tenías a alguien como Cross Marian como tutor; pero Kanda no era Cross Marian, y sobre todo deseaba que Allen cumpliera su sueño – aunque no era muy bueno para expresarlo –, ese sueño de entrar a la mejor Universidad de música de Inglaterra, aquella que consistía en el legado que había dejado el padre adoptivo de Allen, Mana Walker.

Por ello Allen tenía que concentrarse, no buscar otro trabajo para aliviar un poco la carga de Kanda – según éste – con aquella vida que eligió, con lo que ambos escogieron… permanecer al lado del otro.

— Lo mismo digo —Allen sintió el aliento de Kanda en sus labios, aun permanecían muy juntos después del beso, y Allen sentía los estragos de una excitación. Joder, sólo por culpa de ese Bakanda. — También he elegido esta vida.

— Pero Kanda…

— Cierra la boca — Allen arrugó el ceño, cuyo rastro se borró cuando ésta vez el aliento de Yuu pasó a su terso cuello blanco, un beso que hizo temblar las rodillas de Allen, para su disgusto y satisfacción de Yuu.

Y sin embargo no continuó o finalizó ahí; Yuu le mordió la oreja derecha y antes que Allen siquiera le reprochara por aquella desfachatez que no se debía hacer en el colegio, pero que en casa era más que una costumbre; pues a diferencia de lo que Allen pensaba, no fue así; y la sorpresa fue mayúscula cuando Kanda, en un pequeño susurro, que a no ser por la cercanía que impuso éste mismo japonés, no hubiese escuchado, salió de esos labios:

— Te amo… — Esa fue la primera vez que lo expresó en palabras… La primera vez que su corazón habló con su boca y no con sus acciones. En ese momento, lo sintió, todo lo que su maldito corazón desbordaba por el jodido mocoso, sólo por él.

Despertó, como de un sueño, abrigado por la sensación de calidez y embriaguez que por unos minutos le desconcertó, pues sus latidos y su cuerpo actuaban de forma extraña, una sensación que escaseaba en su interior desde hace muchos años. Pero tan rápido como sobrevino, ésta se alejó. Ofuscado por saberse en un sueño, y por ende, su propia debilidad, rebuscó entre las fuerzas matutinas que pegaban su cuerpo a la colcha y le instaban a descansar cinco minutos más, el impulso que le impedía tomarse aquella libertad. No era ningún perezoso, los días que se quedaba en cama, con la tranquilidad y la paz como dominios suyos habían desaparecido. Él los había alejado.

El primer paso fue suficiente para que Yuu Kanda se maldijera por primera, y no última ocasión aquél día. A su derecha, descansaba, posiblemente en sus mismas condiciones, su esposa, Alma; en consecuencia de una noche de la cual ahora mismo Yuu se arrepentía. Pues sus recuerdos eran difusos, sus acciones dominadas por la enajenación y el delirio de sus celos, pero no por los sentimientos que Alma guardaba para él, ni siquiera por el deseo que cualquier hombre pudiera sentir por una mujer hermosa. Hubo deseo en un comienzo, pero no era igual, jamás sería igual.

Su enojo era entonces justificable, se sentía el ser más despreciable del planeta. Por hacerle aquello, aunque estuviese dominado por el alcohol etílico, sabía que ese era el peor de sus engaños. Especialmente cuando en todo el acto nunca pensó en ella. Lo que le llevó a incrementar su mal humor.

Gritarle a Lavi no había funcionado nunca, de hecho, Yuu lo sabía mejor que nadie, pero la trastornada noche que vivieron, con aquel tropel de sorpresas le había dominado; las repercusiones de aquello no le abandonarían nunca. Ya tenía en su racha malas decisiones, sumarle una a otra se estaba volviendo una costumbre.

Cinco minutos a la espera a que el malestar se refugiara en lo más profundo de su alma, se levantó de la cama y a paso lento se encerró en el baño. Sentía el peso de sus culpas más grande que nunca, de su dolor combinado con el escozor de su corazón, miles de apuñaladas que se resguardaban en los profundos ojos negros cual noche fría de invierno. Congelando todo a su alrededor, cinco grados bajo cero.

Echó agua en su cara, tal vez aquello lograría desaparecer la palidez y la mala cara que se fusionaba como redentor a todos sus problemas; y sin embargo, la guillotina estaba aun ahí, junto al recuerdo de Allen. Un Allen distinto al que él conocía, con un gran porvenir que se había forjado el albino en base de esfuerzo, todo, muy lejos de su persona; pues estaba seguro que Allen lo había logrado, lo que deseo siempre, y lo había logrado sin necesidad de su ayuda.

No sabía si sentirse bien con aquel descubrimiento.

Se metió en la regadera, el agua fría golpeó su cuerpo, en aquel momento se sintió revitalizado, olvidado de todos sus problemas, más allá de lo que sus sentimientos despertaban como la luz que se captura a través de un tragaluz. Un máximo esplendor que lo cegaba y que estaba más lejos día con día. Yuu pensó en ello, lo que Allen fue, lo que Allen era, lo que Allen es… todo el bien que causó su partida. Una justificación más que le tranquilizaba el alma y le guitoneaba al mismo tiempo.

Para Allen, Yuu era un punto inexistente en el polo, innecesario, pues ya había cumplido con su principal funcionamiento. Era obvio que el menor hubiese seguido con su camino, con su felicidad; después de todo, Kanda había dado el primer paso para su alejamiento definitivo.

No tardó en vestirse, en el baño, como un delincuente que se escabulle silenciosamente; no estaba en sus planes enfrentarse a una Alma ilusionada, proyectada en un mísero "quizás", que por un segundo él también se había proyectado, pero que ahora lo veía, sabiendo la verdad — lo que él suponía era la verdad — estaba más claro que todas sus dudas venideras.

Nunca podría amar a Alma, y ésta estaba al tanto de ello.

La última estocada, su mayor error, uno al que tenia que enfrentar, hasta que ésta despertara. Y parecía que no lo haría nunca.

Era bien sabido que sus límites de paciencia eran escasos, pero tampoco estaba dispuesto a esperarla por siempre, ni la zangolotearía con brusquedad, despertándola de su descanso, cuando sabía que al abrir los ojos no encontraría la utopía que ella en sueños se imaginaba. Y bien que Yuu sabía lo que era la decepción.

Ni ya cerrando la puerta, un choque de la madera con las bisagras doradas, los ojos de Alma se abrieron, fuera del somnoliento, avispada como aquella que finge un sueño que la libre de cualquier otra pesadilla. Fuera de todos sus tormentos.

De sus ojos escaparon las lágrimas que iban reteniendo desde que sus sentimientos dominaron todo su buen juicio, su orgullo y amor propio; todos dominados por Yuu Kanda y el amor que ella sentía por él, enfermizo, cruel; le lastimaba hasta el respirar de la cotidianidad y la necesidad.

¿Qué podía hacer ahora ella? ¿Qué?

Su maletín estaba en el despacho.

Chasqueó la lengua molestó por el desorden con el que se encontró, se arrepintió de ésta acción, puesto el dolor punzante en su cabeza regresó con más fuerza con aquella simple labor; llamaría para que alguien limpiara, después de partir a la oficina… También pediría una aspirina.

Tenía muchos documentos que leer aquella mañana, era estresante manejar los negocios de construcción de su familia, como la línea de comercio al mismo tiempo; lo peor es que no confiaba mucho para ceder sus obligaciones a otro, al menos una parte. Y era eso por lo que había tenido que viajar a New York, las nuevas expansiones en el territorio norte americano necesitaba toda su atención, Lavi no podía hacerlo todo él solo.

Rebuscando entre las gavetas unos informes que se suponían que había dejado ahí antes, le era imposible recordarlo, y se estaba poniendo de mal humor, aumentado su malestar, encontró algo más. La foto, esa foto.

Lenalee había obligado a Allen tomarse esa fotografía, el albino siempre había sido renuente en retratarse, no le gustaba reflejarse en fotos ni espejos, por alguna extraña razón que el mismo Moyashi no gustaba explicar. Y sin embargo, él se terminó quedando con la foto, ante la negativa del albino… pero, en la parte trasera de la foto, el día de su aniversario, descubrió la dedicatoria. Y en cierta parte le gustó aquello. Aunque fuera una de las cosas que nunca compartió con su Moyashi.

No, ya no era su Moyashi.

Antes de que pudiera darse cuenta, la puerta de su despacho se abrió, sorprendiendo al japonés in fraganti, pero con el suficiente tiempo para dejar la foto en la gaveta nuevamente; pues su hijo, vestido e impecable, había entrado ya en la habitación. Parecía nervioso, tal vez por el enfado que se retrataba en su rostro, Yuki sabía muy bien que no le gustaba que entraran precipitadamente en su habitación.

El menor estaba nervioso, sosegado por sus deseos que se reflejaban muy bien en aquellos ojos azul-negro tan parecido a los suyos. Le miró intrigante, era un niño de cinco años, pero sobre todo era su hijo; una puerta que se avecinaba hacia un futuro meramente placentero, verlo crecer, que fuera feliz, y de cierta manera le relajaba inspeccionar que no todo en su vida era un error. Que algo bueno había salido de todo aquello.

— ¿Qué sucede? — su voz, a diferencia de lo que se hubiese pensado por su ceño fruncido, era suave y cariñosa, "Quien lo viera", ese no era el Yuu Kanda que se conoció una vez en Londres, ni en Black Order. Sólo por el Moyashi, por duro que fuera.

Yuki se mordió los labios, ansioso y dudoso, pero ese pequeño desliz desapareció cuando las palabras que muchas veces su abuelo le decía llegaron a su mente: "Un Kanda nunca duda". Se armó de valor y enfrentó a su padre; quién se sorprendió ante el cambio de su hijo, pero no lo reveló. Se acercó al niño, a unos pasos de tomarle por el hombro en una caricia paternal, cuando la voz del niño le detuvo; o más bien las palabras pronunciadas por aquél.

— Quiero aprender a tocar el piano…

Y Kanda se congeló. El destino tenía un sentido del humor muy negro para el gusto de cualquiera, y parecía tener manía con el japonés.


Lenalee nuevamente remarcó el numero de teléfono, el sonido de repicando y la maquina contestadora con su usual: "El número al que usted marcó se encuentra fuera de servicio, por favor deje su mensaje", se escuchó; y como en cada ocasión, desde hace cinco a diez minutos, ella dejaba su mensaje. Estaba preocupada, y nadie podía culparla. Lenalee era de las personas cuyos pensamientos eran dirigidos hacia aquella a quienes quería, especialmente sus preocupaciones; y Allen Walker es su preocupación actual.

Ser la asistente de su hermano tenia sus beneficios, y en aquel momento se reprochó a si misma por no actuar cuando se necesitaba actuar. Allen había faltado ese día, y los anteriores, según el registro, y para el colmo de males, no contestaban su celular durante ese mismo tiempo. No entendía la reticencia del menor, pues estaba claro que todo aquello era por su bien, y aun había alguna manera, su hermano le había dado aquella esperanza; pero Allen parecía no verla de esa manera.

Tal vez sus preocupaciones venían con más malos augurios desde que la noche anterior a su encuentro con Lavi; la noche anterior había sido cansada, para ambos, con más conmociones para el uno y el otro de lo que hubiesen querido descubrir en realidad. Fue un golpe grande para los dos, eso debían a admitirlo, tras años de ser pareja, descubrir que cada uno guardaba un secreto que involucraba a aquellos amigos que querían tanto, y aun así, vivieron entre la ignorancia; fue un golpe demasiado grande para ser real; al menos así lo sentía ella. Como una traición, aquella era su punto de vista.

Y Lavi se lo había dicho.

El pelirrojo no le había comentado que aun mantenía contacto con Kanda, que incluso, ambos trabajaban en proyectos comunes que relacionaban las empresas de la familia del japonés, donde Yuu era el presidente legitimo, como su padre había querido desde un principio. En contra parte, Lenalee tampoco le había dicho a Lavi que aun mantenía contacto con Allen, a pesar de que éste hubiese empezado en realidad meses atrás, y de mera casualidad. Una muy mala casualidad.

Las circunstancias no le permitieron ser honestos entre sí, ni con sus amigos, y Lenalee presentía que había más secretos de lo que Lavi había compartido anoche; ella también lo hacia.

Como no podía evitar preocuparse, tampoco podía evitar sentirse de aquella manera impotente, cuando la voz de la maquina nuevamente se le presentó; sentía como sus lágrimas querían escapar de sus ojos. Las malas noticias vuelan, así lo habían dicho; pero ella también sabia que las malas noticias siempre llegan con sorpresas… como la noche anterior, como todo sucedió desde aquel día. Desde aquel momento que todo cambió en la vida de los cuatro.

Aun cuando para ese entonces creían que la felicidad se les abría como una puerta hacia su futuro. Era unos niños, después de todo.

Con los años se van acarreando experiencias, y Lenalee descubrió que era fácil para ella mirar a los ojos a las personas y descubrir como ésta se sentía; si parecía de mal humor esa mañana, si necesitaba algo, o si, como en aquellos momentos estuviera preocupado o confundido por algo. Pequeños detalles que para muchos pueden pasar desapercibidos, una sonrisa encantadora, un chasquido con poca prepotencia, una broma con menos energía de lo acostumbrado. Con dar una vuelta a su alrededor, Lenalee suponía que pasaba algo. No malo, no del todo.

Con el tiempo, Lenalee había aprendido conocer a sus amigos, a unos más que otros, pero Allen tenía más o menos un año de haber aparecido en sus vidas, un punto menos a su favor, y sin embargo lo suficiente para prever que el chico le sucedía algo. La china admitía que Allen siempre había sido un tanto reservado con su pasado, no era algo que el menor le gustara pregonar, o dar detalles de ello. Pero en realidad eso no era lo importante, ella tampoco le contaría la historia de su vida a alguien a quien conocía de unos días. Con el pasar de los meses, la barrera fue bajando, pero Lenalee estaba segura que había más tras el pasado de Allen Walker de lo que éste estaba dispuesto a descubrir.

Con mirarle a los ojos bastaba, y debía admitir que le engañaba; pero no en esta ocasión, no cuando la verdad era tan obvia.

De Lavi no podía concretar nada, su pelirrojo amigo estaba un poco extraño, pues su nivel de bromas había bajado en escala considerable. Ése estado anímico del joven Bookman le preocupaba, a niveles diferentes a como le preocupaba Allen y Kanda. Puestos dos últimos, a diferencias de Lavi, eran más concretos. Se evitaban, o al menos, Allen lo hacía, y Kanda por ser quién es, no ponía mella.

Estaba divida, no era tan fácil conquistar después de todo.

La clase de filosofía, impartida por el Sr. Noise, un hombre fortachón pero amable, estaba por terminar; Lenalee admitía, avergonzada, no haber puesto atención a lo que Marie — el primer nombre del profesor Noise — decía, ni el tema en particular que trataban. Media hora faltaba para que la clase concluyera, y esa media hora se perdió en cavilaciones que la china particularmente estaba sin ver con final decisivo.

Cuando el toque del cambio de hora sonó y las sillas de sus compañero se arrastraron sobre el suelo, Lenalee aun no zanjaba la cuestión; creía que las dos eran importantes, pero la relevancia en lo que sentía por ellos, por cada uno de ellos en separado, no debería involucrarse en su determinación. Quería a Lavi, como quería a Kanda, y como había aprendido a querer a Allen; tal vez diferente, o puede que no, si era diferente, en todas las maneras. Quería a Lavi entonces de manera especial, de aquella manera que hace tu corazón enloquecer y ser egoísta.

Y ser egoísta con tus seres queridos le dolía, aun cuando no fuera adrede.

Suspiró cuando la cabellera larga y negra de Kanda desapareció por la puerta de enfrente, filosofía era la única asignatura que compartía tanto con el japonés como con Lavi y Allen-kun, éste último por ser un poco avanzado. Se le había escapado uno, y los otros dos parecían estar en su propio mundo aparte de la realidad, Lavi se tomaba su tiempo, tan monocorde que en serio a Lenalee le preocupaba lo que pasaba en la mente del pelirrojo.

En cuanto a Allen, descubrió que el menor, más que perdido en su mundo — fuera cual fuese ése — estaba perdido justo en la salida de salón, donde minutos antes Kanda Yuu había escapado de un usual acoso de su amigo Lavi… punto y aparte. 'Mm…'

— Allen-kun, Lavi… ¿Vamos a la cafetería? — muy bien, puede que esa no fuera la manera de empezar, pero en definitiva, necesitaba tiempo para ver que se le ocurría mientras tanto. Ambos le miraron.

— Lo siento, Lena — Lavi le sonrió incomodo, Lenalee lo sabía, no por nada lo conocía por dos años, a Yuu por más tiempo. — Saldré temprano hoy, he quedado con el abuelo sobre algo.

— ¿Sucede algo malo, Lavi?

— No te preocupes, no es nada… En fin, chicos, me voy. See ya.

— Hasta luego — les dio tiempo de despedirse, pues Lavi desapareció con igual de prisa que lo había hecho Yuu, sólo que éste último con su estilo en particular.

Allen se acercó a Lenalee, le sonrió y la chica lo supo en ese momento. Si no hay nadie más… igualó su sonrisa, aun cuando suponía que la mueca regalada por Allen era superficial.

En el tercer piso del complejo, en ala norte de esa sala, la cafetería estaba compuesta para albergar 200 alumnos con comodidad y más a la orden; otros, o comían en el salón, o en el patio trasero. Para aquella ocasión se decidieron por la cafetería. Donde Jerry, el chef de sexo dudoso — pero ni tanto, no había que ser genio para saber donde iba la cosa — les esperaba con una gran sonrisa; en especial al peliblanco, su muñeco favorito.

En poco tiempo tuvieron la ansiada comida del mediodía, pero incluso para sorpresa de Lenalee, la respuesta que comúnmente se solía solicitar en Allen cuando sus preciados alimentos estaban a pocas centímetros de su estomago insaciable; éste parecía raudo en disfrutarlo, como si el sólo proceso fuera cansino y obligado. Aquellas lagunas de plata fundida perdían su brillo en pensamientos que eran difíciles de procesar para Lenalee. Se encontraba con un muro en su camino, de entre los dos restantes, intuía que la nula experiencia en tratar a Allen, desfalcaría en un fracaso redundante.

No era tan fácil como con Lavi o Kanda, con quienes había aprendido a comprenderse con el paso del tiempo, o al menos entender la inusitada algarabía que trastornaba a sus amigos.

Allen por otro lado, como ya se había mencionado antes, era un nuevo en su vida, alguien con quien compartía, con quien deseaba formar un lazo tan estrecho como el que tenia con los antes mencionado; pero éste no se dejaba, ese muro se interponía entre ella y su amigo; y no sabia el porqué de la insistencia de aquel muro.

— Allen-kun, a ti te sucede algo — como bien estaban hechos los furtivos acercamientos, Lenalee acepto ir al grano. Darle vueltas al asunto no le llevaría a nada, y deseaba ver entre aquel corazón que se negaba a entrelazar lazos.

— No sé a que te refieres, Lenalee — tardó unos cuantos segundos en contestar, procesando las palabras de su amiga, y brindándole una sonrisa con la cual esperaba que todas las preguntas que ésta tuviera entre hilo y mente, se desvanecieran igual que a las dudas que le atormenta día sí, y noche también. Paradójicamente, fue un rotundo fracaso.

— No mientas — le reprochó, con la mirada dolida y entristecida, la sonrisa que Allen le regalaba se borró en aquel instante, ideando en su cabeza el plan para no caer en las telarañas que formaban las artimañas de todas las mujeres. O como Cross los llamaba: encantos.

Tampoco pensaba en Lenalee como alguien que se beneficiara de su poder de persuasión. Es sólo que no le gustaba responder preguntas de las cuales aun no estaba seguro con la respuesta. De cosas que aun no podía aceptar.

— Me gustaría que fueras honesto conmigo, Allen-kun. Me preocupas, y quiero ayudarte, tú y yo somos amigos, ¿no es así? — la mirada de Allen fue fácil de describir, entre la sorpresa y la pena que revelaban aquella mirada, el corazón de Lenalee empezó a latir de forma dolorosa. Como una lenta letanía de pulsaciones que distorsionan hasta las más pasibles almas.

Para aquellos momentos, su existencia se reducía en ellos dos, sus comidas sin tocar, y las voces de sus compañeros perdiéndose en la deriva.

— No sé…

— Allen-kun…

— Aun no entiendo… Así que por favor, no me preguntes, que no se como contestarte… — Lenalee guardó silencio, Allen le enfrentaba con su mirada. La mascara de sonrisa, aquel sentimiento que rodeaba al joven había desaparecido por completo en aquellos momentos. El verdadero Allen, completamente alcanzable a su mano, dispuesto a entregarse a sus sentimientos, aunque estos fueran de dudas, y no completamente satisfechos. — Lenalee, lo siento, pero no puedo, no aún.

Éste Allen se dejaba ver, no construía una cerca que instaba a los otros a alejarse, mantenerse hasta los límites que éste mismo había establecido; ya sea por miedo o precaución… ¿De qué? Era algo que aun hoy no entendía.

— Entiendo… Pero por favor, si me necesitas, si necesitas ayuda, por favor, no te escondas. No lo hagas, Allen — atrapado gritó la cabeza de Allen en aquellos momentos, pues la desconfianza del principio se borró con el paso del tiempo. Con la sonrisa maternal de aquella chica, con las jugarretas de aquel pelirrojo introvertido, y porque no, con las desconcertantes y, extrañamente, interesantes actuaciones de aquel frío japonés.

De alguna forma había sido descubierto.

— Gracias… — Acarició su rostro, aun sabiendo de sobra que aquella acción bien pudiera perjudicar su integración física a futuro si esto llegara a oídos del hermano sobre protector de aquella chica. Si le gustase Lenalee… ¿Todo sería más fácil? Excluyendo a Komui de la ecuación por supuesto, pues el chino parecía un brebaje del paraíso comparado con el dueño a sus tormentos. — Realmente te lo agradezco — Pero no le gustaba Lenalee, al menos no de aquella manera, y seguía pensando, bien pudiera ser más fácil de esa manera… pero al parecer tenia pinta de masoquista.

Lenalee tomó aquella cálida mano que le confortaba con sus caricias, proyectando esperanzas por aquellos a quienes más quería. Sí, porque Allen era uno de ellos, a pesar del poco tiempo ya tenía un lugar en su corazón. Sabía que el resto pensaba de igual manera… lo que le recordaba que su trabajo no había terminado.

No sabia si compartir sus dudas con Allen fuera lo adecuado, no tenia idea como lo tomara el chico, aquel abrupto cambio de tema; pero supuso, con aquella mirada, que Allen deseaba cambiar de tema… Poco a poco, se dijo, y finalmente alcanzaría a Allen.

Sin embargo, antes de que pudiera suscitar un nuevo cambio en la estrategia, recolección de información, algo llamó su atención. O en especifico, alguien.

Desde su puesto, Lenalee enfrentaba la entrada a la cafetería de cara, en contraposición de Allen, quién le daba la espalda. Por ello Lenalee podía estar atenta de quien salía y entraba de aquella si ella lo quería. Su subconsciente lo estuvo, pues no tardó en percatarse de la presencia de otra de sus preocupaciones.

La mirada de Kanda era férrea, molesta y llena de inusitados sentimientos que si Lenalee no lo conociera también, pensaría que el japonés había perdido el juicio. Había aversión, descontento, celos, deseos reprimidos, todos dirigidos a su persona, especialmente la aversión… pero no entendió porque tal amalgama de sentimientos, hasta que descubrió que no era la única proyectora a aquellas miradas.

Aun tenía a Allen agarrado de la mano, en una escena, por lo de más, comprometida. Y ese gesto, era el punto de ebullición del cual Kanda parecía no despegar su vista y enfoque enfurecido. Antes de que Lenalee pudiese plantearse el verdadero significado de aquel extraño enfrentamiento, el japonés dio la vuelta, dejando a su paso un ambiente peligroso y tenso, que, de no ser porque conocía bien a Kanda, pensaría que en un momento de aquel extraño encuentro, su vida había estado en peligro. Y también la de Allen…aun cuando no entendía el porqué.

Fue la primero de muchas más pistas.

El buzón de voz correspondió con el final de sus pensamientos, no dejó mensaje, ideando uno a uno las acciones de aquel día como en un bosquejo.

Lavi se lo había dicho una vez, y se lo repitió la noche anterior de aquel encuentro, no estaba en sus manos intervenir en la vida de los demás, no estaba en sus manos guiar al destino que de alguna forma terminaba por juntar la vida de quienes amabas. Y pos sobre todo, si realmente quería la felicidad de esos dos, lo mejor era que aquel par de idiotas se las arreglaran solos, ya estarían ellos para confortarles mientras estaban en la espera.

Era un buen plan, y a su juicio, más efectivo que los anteriores, que muchas de sus intervenciones. Al final ni ella misma pudo consolidar su relación con Allen, no pudo estar ahí cuando éste más la necesitaba. Esta vez, aunque fuera de compañía, como una mano de ayuda estaría ella por Allen.

No por una relación que parecía estar a unos pasos uno del otro, una conclusión que nunca tuvieron apropiadamente, si por si acaso no funcionaba al final. Allen en realidad lo necesitaba, de una mano amiga, que estuviera a su lado, acompañándole en aquellos momentos tan difíciles.

Y ella estaría allí por Allen, estaba vez no le dejaría.

Nuevos tonos de llamada, y la espera de una nueva oportunidad para todos.

— Allen estoy preocupada por ti, cuando recibas mi mensaje llámame, por favor.


El sol del mediodía apuntaba en lo más alto del cielo contaminado por los gases tóxicos que la concurrida ciudad de New York. Central Park no era diferente. En sus años ocios, cuando iba de un lado a otro con su tutor, sin un punto definido en su vida, siempre quiso ver Central Park, desde el momento en que gustó de una serie televisada que llamó su atención por los gustos particulares de una de las "amigas" de Cross. Aquella mujer le había enseñado el mundo de Friends*, una serie que para ese entonces ya estaba en su culmine, pero que desde el primer episodio que vio, le atrajo y le hizo reír de verdad, después de tanto tiempo.

Aunque Central Perk no existiera para su desilusión.

Aun ahora, le gustaba ver las repeticiones, a veces, a Kanda le molestaba, pues no entendía su gusto por tonterías innecesarias como aquellas. Y aun así, se quedaba a su lado a verla sin importar sus disgustos. Una de las cosas que había siempre por él.

La sonrisa que ni el mismo proyectó en hacerse realidad se borró de sus labios, de un tenue amargo que le descalabró. Sus ojos perdidos en el cielo, se nublaron con la sombra que aun le visitaba por sus noches solitarias, por sus quebraderos de cabezas, por sus noches y días de infelicidad y dolor.

Suspiró, llamando con ese suspiro al santo cielo que no le auguraba un descanso seguro; ¿Qué más soledad y dolor podrían causarle sus días que lo que ya tenia augurado en su futuro? Oh, sí, lo olvidaba, el dueño de sus tormentos en paquete de envoltorio dorado.

Aquella mañana se había levantado con más fortaleza, una fortaleza imaginaria que no dudaría eternamente. Según preveo durante todo el día, las horas se le agotaban, espaciando el descanso que su cuerpo necesitaba, pero que no aparentaba. Tenía sueño luego de una mala noche que le duró más de una eternidad, lentamente cerró los ojos, pues la debilidad parecía nuevamente sonsacarle día sí y día también.

Kanda era uno de sus pensamientos habituales, y como la noche anterior, uno de sus más grandes incordios que le atormentaban. Yuu Kanda y su familia, un niño que le agradó, una mujer hermosa y elegante que seguramente sería del agrado del padre de Yuu, que no recibiría nunca ofensas, pullas y repulsión. Porque su relación estaba bien, porque de segura la esposa de Yuu era alguien, alguien quién realmente había valido la pena al final.

Cinco años era demasiado tiempo, después de todo, pero no era nunca suficiente. Cinco años ahora parecían un pestañeo del dolor que ahora le aguardaba, y aun así parecían un salvavidas para su futuro predestinado para él.

El viento acarició sus cabellos blancos, acariciando su rostro y elevándolo a un mundo de paz, fuera de todos sus pensamientos masoquistas, que le amortiguaban después de todas sus caídas. Quiso llorar para desahogarse, pero hacerlo en un lugar público con familias rodeándole no era el lugar ni el momento adecuado; ya de por sí llamaba la atención, ahora si lloraba… sonrió resignado, era algo más drástico.

Una mano sacudió sus cabellos con exagerada fuerza, un lado a otro, dolorosamente hasta desnucarlo un poquito, dolió; sólo había una persona que recreaba aquel tacto, llámale entonces destino, o mala suerte, pero Allen creyó que algún ente divino debía odiarle, o le guardaba algún tipo de resentimiento; nada más concreto que esa verdad.

— Tiempo sin verte, Shonen** — no pudo evitar sonreír, la presencia del portugués no auguraba nada bueno, ni el día que lo conocía, ni mucho menos ahora. Le sonrió entonces desganado, pues su fortaleza se desvanecía con los minutos que no dejaban de transcurrir.

— Hola, Tyki — el moreno le sonrió, con aquella sonrisa tan característica de él, maliciosa como todo en su familia. Sus ojos de fulgor dorado le recorrieron de cuerpo entero, bufó con molestia, al mismo tiempo que cruzaba los brazos y le miraba con la ceja arqueada. — ¿Y bien?

— Calma, no desesperes…

— ¿A qué has venido? — dudó, negando con la cabeza — ¿Sólo eres tú cierto?

La sonrisa de Tyki no pareció confirmar sus palabras: — ¿Cómo has estado? — Allen dudó.

— Bien.

— Y mientes… ¿Acaso no sabes que no puedes mentir? No a nosotros.

— ¿A que has venido? —la exasperación en el tono de su voz.

— Inspección — Allen arrugó el ceño — Él está preocupado por ti…

— ¿Eres su perro faldero?

— Estás inusitadamente muy alterado está mañana… ¿algún mal momento, algo muy fuerte en estos días ha pasado?

Un escalofrió le recorrió, algo que no pasó desapercibido por el portugués. Sacó un paquetillo de sus cigarrillos preferidos del bolsillo de su pantalón; ante el disgustó del menor lo prendió, y el asfixiante humo trastoco sus sentidos. y un mal agrió en la cara de Allen.

— A la familia no se le puede negar nada… es la familia.

— No entiendo de esas cosas — Tyki suspiró. — Como sea, dile que no necesito que te mandé para enviarle un mensaje que está sobre entendido. Si no entiende las indirectas, no puede hacerse nada al respecto.

— ¿Sabes que está preocupado por ti, cierto?

— No me interesa en lo más mínimo.

— Shonen…

1 No me interesa, Tyki, díselo de esa manera.

Se enfrentaron con la mirada, encadenados por sus propias convicciones, Allen no sabía por cuanto tiempo podría enfrentar aquella conversación.

— Si en algún momento significo algo para ti, se lo dirás tú de frente, yo ya he enviado su mensaje, mi tarea ha terminado.

— Él tampoco lo ha hecho, ¿Por qué debería yo…?

— No lo ha hecho porque tú no has querido verlo, no has querido que se contactara contigo. Deja de huir de él, y enfréntalo, Shonen, puedo asegurarte que si es tu deseo, él te dejara en paz.

Tyki se alejó, el humo de su cigarrillo la única prueba de su cercanía, y mientras se alejaba a paso calmado de un Allen mucho menos relejado de como se había levantado esa mañana; el albino ponderaba cada una de sus palabras.

Verídicas o no, Allen no tenia la fortaleza en esos momentos para encarar uno de los problemas que se sumaban a su ya gran lista de malas acciones; ya tenia mucho en lo que pensar, no sólo el encuentro con Kanda, que a pesar de todo y de lo que le gustaría admitir, es más doloroso que todo lo que se aglomeraba en su cabeza. Lenalee también era un punto sin enfoque que no le brindaría descanso ni escape, sabía que era por su bien, pero ni el mismo Allen estaba seguro que fuera necesario.

Ahora, otro peso más al que agregar en su espalda; necesario o no, no podía enfrentarle en aquellas condiciones, no sin temer que una nueva mala jugada contra el destino le hiciera recaer; no era algo que Allen pudiese permitirse, no cuando paradójicamente pensaba en reivindicarse así mismo. Sonaba difícil, por cierto.

Por ende, Neah no era la mejor de sus proposiciones, no cuando el dolor estaba tan acerado. Dios debía odiarle de alguna forma, no podía acecharle con tantas problemas por mera casualidad. Esto se llamaba Karma, uno muy malo por cierto


Notas finales:

* Me gusta esta serie, para mi no pasa de moda jajajajajaja. creo que la mayoria la conoce.

XD

** ME GUSTA COMO SUENA SHONEN, NO ES MI CULPA HAHAHAHAAHAHA

Y eso es todo, haré todo lo posible para que el siguiente capitulo se haga más pronto que el mes que les hice esperar, me siento tan mal. Ahora no pido más que su compresión, y han de hacer lo que quieran.

aaaaaaaah! Por cierto, ya está el 213, aunque raw todavía, pero algo es algo...no doy spoiler, pero me encantó XD.

Eso es todo, Chao

No lo olviden, si lo desean...

lirio-chan. blog spot

http: / /#! /Lirio Castel