Siento si me tarde, debidos a la U, y luego de la U, estuve unas semanas de incapacitación...sin mencionar que no ha habido inspiracion para nada. Me he tardado lo suficiente para dar lastima. Lo siento mucho, espero que alguien lo lea


Familia Kanda

Por

Lirionegro-san


— ¿Por qué lo hizo…? ¿Por qué?

— No nos entrometamos, Lenalee…Yuu, él…

— Y ¿Qué hay de Allen-kun? ¿Qué hay de él?

Capitulo 5: Apariencias.

Yuu Kanda tenía mil cosas en la cabeza, entre ellas, las últimas palabras de su hijo le mortificaban más que cualquier otra. Era verdad, teniendo ya 26 años, una familia, y prácticamente dos imperios cuales necesitaban toda su completa atención; muchas cosas le mortificaban para sumarles una más. Fueron las susurrantes palabras de Yuki, aquellas tímidas y convexas palabras, lo que lograron mandar todo lo demás a la mierda…y pensar, "estoy realmente jodido".

Pero no pensaba así como agravante a su cobardía, su pecho latía jodidamente rápido con sólo pensar en tener cerca a Allen, sólo unos segundos más, después de tanto tiempo, más cerca que la noche anterior; pero entonces, como aquella hermosa obra que se termina al bajar el telón, la realidad golpeaba con mayor fuerza que el sueño antes de despertar. Una pesadilla. Su hijo, después de todo, la sangre de su sangre, y en parte, de Alma también, era el leve recordatorio — lo otro básicamente sería el poder de sus convicciones — de lo muy lejano que estaba Allen Walker de su vida actual.

Apretó con fuerzas el puñado de documentos que en mano necesitaban su inspección, y previamente, su autorización, que en realidad, de la quinta o cuarta estrofa leída, no había ninguna ganancia desde hace unos minutos. Suspiró, estrellando la carpeta en algún rincón de su limosina. Un molesto rugido de su estomago le hizo recordar su huida — debía reconocer que no había otra forma de clasificarla — sin siquiera desayunar. Su pequeña rutina cronológica nuevamente se trastornaba…como siempre, culpa de aquel estúpido Moyashi. Con la única diferencia que años atrás no le había importado en absoluto.

Masajeo sus sienes, molesto pues las pulsadas en su cabeza le auguraban una migraña de esas, de las buenas. Chasqueó la lengua, pues recordó nuevamente la respuesta ante la solicitud de su hijo…ni claro, ni conciso; no era en la particularidad como actuaba, pero algo tenía presente.

No podía acercarse nunca más a Allen Walker, por más daño que sintiera, por más furia que contuviera dentro de sí con el solo pensamiento de que Allen, su Moyashi — ya no, ya no —, estuviera en los brazos de otro en aquellos momentos.

Pues Allen estaba mejor sin él. Nadie le haría daño mucho menos él mismo. Después de todo, esto era el resultado de todas sus decisiones, tenía que aceptarlas, quisiera o no.

Un sonido que Kanda reconocería como el tono de su celular, distorsionó el silencio que rodeó al japonés durante sus pensamientos. Comprobando quien era aquel que le llamaba, chaqueó la lengua mientras descolgaba el teléfono.

— ¿Qué? — gruño, y del otro lado sonrieron cansado.

— Yo también tuve una mala noche, Yuu-chan — la voz de Lavi le recibió cansina, muy inhabitual en el pelirrojo que él conocía, tampoco es como si Kanda empezara a hacer preguntas estúpidas como "¿Te encuentras bien?" Si aquel idiota quería decirle algo, lo haría, tarde o temprano. No gastaría saliva en lo predecible — Lenalee está muy molesta.

Y como supuso, finalmente predecible.

Kanda pensó en aquella mujer, Lenalee Lee, a quien no veía el mismo tiempo desde que había dejado al Moyashi, debió suponer que en algún momento esos dos terminarían juntos. En realidad Kanda nunca hizo muchas preguntas sobre la vidas personal de quien era su socio numero uno en sus empresas de New York; muchos lo considerarían grosero, pero para Yuu tenía un punto para hacerlo.

Si la persona no quería hablar, para que tenia que molestarse en preguntar. Si tenían que decirlo, lo dirían, no era descortés, ni tampoco grosero, mucho menos desalmado. Es sentido común.

— Che.

— Eres un gran amigo, Yuu.

— ¿Qué quieres estúpido conejo?

— Levieer esta aquí. — aquello logró captar toda la atención del japonés.

Levieer, no existía nombre más repudiado en la faz de la tierra, al menos no lo había en consideración para Kanda Yuu. El dolor de cabeza aumento, si eso se consideraba posible; el nombre de Levieer significaba sólo una cosa, problemas. Y Yuu estaba harto de los problemas.

Considerando las desventajas y ventajas en aquel embrollo que se había envuelto por la sola idea de viajar a New York, no había vuelta atrás. Desde hace tiempo sabía que una vez tomada la decisión, no había vuelta de hoja. Le quedaba sólo asumir las consecuencias de ello. Como en el pasado. Aun si fuera doloroso, aun si la furia dominara sus sentidos y quisiera actuar tonta y egoístamente, no podía.

Porque justamente en ese momento, cuando dejó a Allen en aquella habitación que tiempo atrás consideró suya — nuestra habitación —, en que no importó que los recuerdos de aquellos tiempos, donde hasta los momentos más pequeños e insignificantes, fueran el anhelo de lo más esperado, pero nunca más cumplido; aquella felicidad incierta enclaustrada en una jaula de oro. Fue justo en ese momento, cuando dio la espalda a aquello y aquellos que creía fervientemente ser su felicidad, una vida próspera, lo que él tanto anhelaba; que lo dejó todo.

Que lo perdió todo.

Idiotamente creyó que la felicidad estaba al alcance de su mano, fantaseó con un final feliz, no meramente como en los cuentos de hadas, ni más cerca, ni más lejos. Pero pensó que esto, era una buena vida.

Estúpido, él.

Y malditos cuentos de hadas, egoístamente, así como aun era, pensó.

— ¿Yuu?

— Che, que no me llames por mi nombre — Lavi se percató de aquel síntoma, lo reconocía a la perfección, pues de parte de Yuu no había la amenaza que usualmente sus palabras — ó aquella frase en sí — lograba que el miedo se aferrara a su cuerpo, y sí, incluso por teléfono.

Kanda Yuu estaba cansado.

Lavi sonrió tenuemente, adivinando las reacciones y precauciones de quien consideraba su mejor amigo, a tomar. Por ello, adivinándolo, sugiriéndolo, o contradiciéndolo, sea cual fuese el caso, Lavi estaría ahí. Por una sola vez, una vez más.

Lavi se proyecto más que un simple y solo espectador. No más que eso.

La siguiente decisión sería la definitiva. Y Lavi estaría ahí para verla.

— Tendré todo preparado para tú llegada.

El sonido intermitente al colgar fue toda su respuesta. Y Lavi sonrió, porque eso también lo había previsto.

Pensó en Lenalee… en la china con quien había convivido los últimos dos años, con todas sus pro y contras — y sí, con eso se refería a Komui —, pensó en su pareja. Y en lo que ésta le había dicho.

— Aunque hay algunas cosas que simplemente salen de imprevistos.

— Joven Lavi, la sala de reuniones cinco está disponible — la dulce voz de su secretaria le alarmó un tantito. Por el simple hecho de que aquellas palabras significaban trabajo. Más trabajo para él.

— Encárgate de que todo sea hecho, me presento en un momento.

— Si, Joven.

Bueno, era hora de trabajar.

Lavi también había crecido.


Komui Lee era una persona sorprendentemente inteligente.

Era sorprendente que un idiota como él — gracias a él, la palabra idiota había adquirido un nuevo significado —, con una mentalidad de cinco años y la profesionalidad de un niño jugando al importante; podría considerarse un genio que sólo aparece una vez cada década.

Nadie podía negarlo, al final Komui podría dejar sorprendidos a mucho de sus contemporáneos, gente muy importante que había llegado a destacarse en sus especialidades quedaba rezagada cuando la palabra "seriedad" abarcaba una de las formas especiales de Komui en acción.

Una palabra muy distanciada de la actual realidad.

Komui siempre sería un caso aparte.

— Mira al conejito… conejito, conejito, conejitooooo — la voz era dulce, pero no de aquellas que conmemoran los sueños y agradan a los durmientes; no, la voz era empalagosa. Muy afectada y, entrando en confianza, pronunciadamente molesta. — Lenalee, mira el conejito.

— Hermano, he visto el mismo conejo durante años. No creo que haya cambiado desde los últimos cinco minutos de habérmelo mostrado.

— Pero recuerdas al conejito, ¿no? Desde que eras así de pequeñita — un joven chino, quien no aparentaba más de sus treinta años, de cabello corto hasta la nuca, negro; acunó, en una infantil actuación, un cuerpo invisible entre sus brazos. Como si arrullara a un bebé. Lenalee rodó los ojos — Tenía a este pequeño conejito a tu lado, como a tu querido Nii-san. Nunca lo apartes de tu lado, Lenalee-chan.

Lenalee observó al conejo, rosa pálido, con la panza azul, de no más seis a ocho centímetros de altura, luego, dirigió su mirada a su hermano. El gran doctor Lee, con especialidad en Oncología. Aquel hombre que había apostado su futuro a la investigación de una enfermedad que incluso ahora se sabia incurable. Con tratamientos, pero sin salvación permanente. Cáncer.

Su hermano es un genio, ella podía verlo cuando éste se ponía en acción, estaba a su lado en todo momento, por ello ella sabía lo que su hermano se esforzaba, la seriedad con que se tomaba los asuntos importantes que calaban hondo en su corazón. Y también cuando éste actuaba infantilmente para ocultar la tristeza que le consumía en un trabajo en el que si formabas lazos, estabas con derecho a saber que estos tendrían que romperse en cualquier momento, en el momento exacto. Cuando no se pudiera salvar una vida.

Y es enormemente triste y doloroso, que una niña de seis años muera en los brazos de su padre, sin poder hacer nada al respecto, más allá de hacerlo menos doloroso. Un padre nunca deber morir después que sus hijos. No debe verlo morir en sus brazos de la misma forma que los vio nacer.

Por ello, sabiendo que para su hermano aquella rutina de la carrera que él escogió por voluntad propia, y las debidas telarañas del destino; ella también escogió ese mismo destino. Como enfermera, Lenalee tuvo la oportunidad de pagarle a su hermano los años de dedicación y amor desde la muerte de sus padres; estar a su lado, con la persona que dio todo de si para ella y por ella; confrontarlo cuando el dolor fuera insoportable, ella podía con ello.

Es su hermanita, después de todo.

Sin embargo, en aquellos momentos, cuando la sombra de tristeza que empañaron sus ojos negros, fue Komui el único que pudo identificarlo, y como en muchas ocasiones, que habían ocurrido con anterioridad, Lenalee se vio envuelta entre los brazos de su hermano mayor. Acariciada por las enormes manos de sus hermano, en un acto meramente fraternal, con el mayor de los cariños.

Y Lenalee lloró, pues esas caricias reconfortaron el dolor que guardaba en su pecho desde la noche anterior, desde su último confrontación con Lavi, y finalmente, por aquellas crueles palabras. No porque fueran dichas con desdén, en busca de dañar. Lavi nunca sería un ser rencoroso, mucho menos cruel, sabía decir la verdad como la sentía, en aquel momento cuando explotaba, cuando ya no sabia retener mucho más sus sentimientos.

Durante mucho tiempo, Lenalee siempre tuvo la idea de que Lavi no sabia decir la verdad a menos que le presionaran, a menos a que llegara a su límite; es, después de todo, bastante similar a Allen. Ambos quieren ocultarse bajo una fachada de sonrisas, de que todo está bien, o todo es una broma y no importa — así, respectivamente —; y Lenalee creyó que al final pudo encontrarse con el verdadero Lavi, alguien que finalmente había aprendido a confiar en ella.

Que equivocada estaba.

Lenalee pensaba de aquella manera, sin importar los porque, las razones de las acciones pasadas. Lavi tenía conocimiento de cuan importante es para ella sus amigos, en especial aquel pequeño albino que tan dañado por la vida había crecido. Cuan triste había sido su sonrisa, cuanta felicidad hubo en la primera sonrisa verdadera. Y el dolor tras la huida de Kanda.

Lavi había visto todo aquello, como el supuesto amigo que consuela con impotencia, y a pesar de haber actuado como tal, calló. Calló lo más importante.

La verdad a la huida de Yuu Kanda.

Y Lenalee lloraba por aquella mentira oculta, lloraba porque la entendía y la comprendía. Aunque le costara aceptarla. Ella también había callado su verdad.

No tengo derecho de romper la promesa a un amigo. — Y ella tampoco podía romper su promesa.

Se separó de su hermano, limpiando sus lágrimas en el acto, con una pequeña sonrisa de agradecimiento en su cara. Komui, quien un poco más satisfecho de aquella nueva reacción de su pequeña hermana, salió prácticamente corriendo hasta el escritorio de su despacho, a unos poco metros desde donde anteriormente los hermanos Lee habían compartido un tierno abrazo.

En la mesa caoba había cientos de papeles por clasificar, Lenalee había recolectado la mayoría del suelo del despacho de su hermano, al menos en aquel momento la oficina del al afamado Dr. Lee era presentable, a como lo es comúnmente, cuando le das la espalda un minuto a Komui Lee.

Por ello, Lenalee no se sorprendió ver a su hermano…siendo su hermano, haciendo el oso haragán, desparramado sobre su escritorio, dándose su — según él mismo — merecido descanso. Todos los papeles que Lenalee había ordenado ahora esparcidos en el suelo.

Suspiró, una costumbre que esperaba nunca terminara.

No con las desgracias tocando a su puerta.

Lenalee salió de aquel despacho, minutos después de asegurarse que su hermano despierto, con un chichón nuevo en la cabeza, hacía su trabajo correspondiente, con la amenaza presente de lo que sucedería si sucedía todo lo contrario. Satisfecha por esa parte, se dirigió hasta el cubículo de las enfermeras, sonriendo y saludando con quien se topaba en su camino. En algunas ocasiones, se detenía a conversar con algunos de ellos, bajo una propuesta pospuesta sobre alguna salida entre amigos. Desde hace años que no salía a divertirse, pero Lenalee no volvió a plantearse el "si debería", desde que Allen Walker regresó a su vida.

Finalmente, cuando llegó a su cubículo, tomó el auricular de su pequeño puesto, con la vaga esperanza de que tal vez hoy sí lo pudiera lograr.

Komui salió de su oficina, con una sonrisa bobalicona rondado su rostro — nadie parecía alterado por aquella muestra de inmadurez de parte del chino — dispuesto a reunirse con su linda hermana, para que ésta le ayudara en su cometido: eran demasiados informes y Komui no podía más, estaba tan ocupado en otras cosas. Su hermana sin duda le daría una mano. Además, necesitaba una taza de café con urgencia.

Pero al llegar al cubículo de enfermeras, Komui se encontró con la desagradable sorpresa. El rostro de su hermana, el que hace unos minutos había logrado apaciguar y que le regalara una hermosa sonrisa, estaba contorsionado de preocupación, una vez más. Y dado que no dejaba de insistir con el teléfono, Komui se daba una idea de lo que pasaba.

Suspiró, molestó con la persona que hacia sufrir de esa manera a su dulce angelito. En cuanto lo tuviera en sus manos… bueno, en cuanto lo tuviera en sus manos, lo amordazaría para darle en sermón de su vida — incluyendo el tema de no lastimar a su hermosa hermanita o paga las consecuencias después — y entonces Allen Walker no se atrevería a huir otra vez.

Porque era eso, lo que ese niño estaba haciendo.

— Lena- — las siguientes palabras de Komui fueron cortadas por la sonrisa que se formó en los labios de su hermana.

Lenalee tartamudeo, y luego arrugó el ceño molesta. Muy molesta, Komui podía asegurarlo con el alzamiento de la voz de Lenalee, y algo que sonó como una orden de la siguiente manera: — Allen Walker, será mejor que arrastres tu trasero hasta acá o no respondo.

Lo siguiente que Komui supo con seguridad de ver a su hermana regañando a su viejo amigo, es que no iba a recibir ayuda en lo absoluto con aquellos malditos informes.

Lenalee corrió por la vereda llena de arboles, el atajo perfecto que le llevaría al colegio rápido, se le hacía tarde, por primera vez en su vida. Y todo por culpa del sobre protector de su hermano. A quien se le había ocurrido la magnifica idea de que su hermanita necesita un nuevo kit en contra de pulpos revoltosos — ya le había dado uno años anteriores, y los aceptaba muy a regañadientes —, porque según él, entre más grandes, más peligrosos. Y Lenalee debía defender su pureza.

Ni loca Komui la hacia ponerse esa cosa, que por cierto, obstaculizaba la mayor parte de sus movimientos, como por ejemplo, caminar…o ponerse de pie.

Con dichos argumentos, Komui la dejó partir, con el mayor miedo que un hermano con alguna enfermedad en la cabeza, y trastornos psico-dependientes, puede tener.

Lenalee suspiró de alivio cuando la fachada del complejo educativo: Order Black, estuvo a pocos metros como objetivo.

Aumento de velocidad, podía escuchar las sirenas que marcaban la entrada de todos los alumnos, resonando cerca de sus oídos; tenía que lograrlo antes de eso sucediera. Pero como la mala suerte acompaña a aquellos a quienes el destino les tiene augurado un camino diferente; Lenalee chocó contra alguien, que venía corriendo en dirección opuesta pero con el mismo final.

Cuando sintió un dolor en sus bajas partes, producto de la colisión de su trasero contra el duro pavimento, también escuchó a alguien quejarse de lo mismo. Sus ojos, que se habían cerrado sistemáticamente ante la colisión, se abrieron de a poco, para mostrarle un cabello blanco, una cicatriz roja, y un bello rostro, que Lenalee hubiera confundido por el de una chica de no ser porque la persona que tenía enfrente usaba el uniforme correspondiente para varones.

Lenalee se percató de inmediato sonrojo que se apoderó de las mejillas del joven, quien parecía bastante nervioso por lo ocurrido. Parecía decirle algo, pero Lenalee sólo podía pensar que aquel muchachito era bastante adorable, incluso cuando parecía desesperado.

Discúlpame, por favor, ¿te has lastimado? — a juzgar por el acento, éste chico era británico, obviamente, pero no seguro. Después de todo, en Order Black se caracterizaba con su aglomerado de razas… ella es china, para dar un ejemplo.

No te preocupes, estoy bien. — aceptó la mano que el muchacho le ofrecía para levantarse, le pareció extraño que el chico llevara guantes en ambas manos, no hacia tanto frío. Estaba en verano. Pero no lo dejó entre ver, le sonrió en correspondencia, como el chico lo hacia. Una linda sonrisa… pero — Muchas gracias.

Discúlpame, no quise tirarte, se me hacia tarde y no te vi.

Pues creo que nos pasó las mismas. También discúlpame a mí.

N-no, fue mi culpa. No deberías — ambos escucharon las sirenas, y a juzgar por la expresión entre pánico y pálida que adoptó el chico con el cual había chocado, ambos tenían el mismo pensamiento: Condenados.

Tarde — una nueva voz se sumó al encuentro entre ambos chicos.

Lenalee se fijó entonces que no quedaba ninguna persona que podía considerarse un alumno fuera de las instalaciones, debido a la misma razón por la cual ella no quería llegar tarde aquel día. El día de la reunión general de alumnos. Y ellos tenían enfrente a Bridget Fay.

Ella, una señorita muy guapa con severa mirada, era la nueva encargada de disciplina de Order Black, y por supuesto, la encargada de los reportes tardíos. Ella y ese chico que nunca antes había visto años anteriores — supone entonces que ha de ser nuevo —estaban a merced de lo que esa mujer ordenara.

Le miró por unos segundos, el albino parecía nervioso, muy nervioso. Bridget no le quitaba la mirada de encima, así que Lenalee suponía que se debía más que todo a lo que esos ojos prometían. Extrañamente, sintió compasión. Cuando ella estaba por pasar el mismo trago, ¿no?

Síganme — incluso la voz de Bridget Fay no dejaba pasó a los cuestionamientos, o reproches. Era alguien digno a obedecer. Más que todo porque la mujer tenía esa pinta, esa clase de mirada que te desnuda por dentro, y estás seguro que sabe todo tus secretos.

O así lo creía Lenalee.

Llegaron al despacho del director, pero Lenalee estaba segura que el principal no estaría ahí dentro. Sin entender el porqué, la rubia de porte elegante los hizo entrar, con una seña de esos ojos verdes imponentes.

Les hizo firmar un documento, Lenalee auguró un mal momento para su expediente.

Es una ficha, tres más como estas, jóvenes. E irán directamente a su expediente. Joven Walker, quédese un momento.

La repentina llamada hacia el albino ínsito curiosidad en Lenalee, Walker, como se llamaba el chico, estaba más nervioso. Y cuando la Srta. Fay mencionó algo sobre su tutor legal, la palidez que parecía natural en aquel joven tomó límites insospechados.

Lenalee se retiró, con la corazonada que aquel encuentro podría marcar un gran cambio en su vida.


Allen siempre sonreía, una de las cosas que quizás más le caracterizaba. Mucho más que su cabello, o aquella cicatriz que surcaba su rostro, que casi parecía un tatuaje. La sonrisa de Allen era un concepto que formaba parte del complejo organismo que era Walker Allen. Joven de 22 años, en proceso de graduación de unas de las Universidades más famosos en Estados Unidos de Arte: Julliard.

Howard Link podía verlo en aquellos momentos.

La paciencia de Howard Link era su principal característica. Por ello, al rubio de cabellera larga no le importaba mucho los minutos de espera que el joven Walker le hacia esperar por aquella comitiva. El celular del chico no dejaba de sonar, y sea lo que sea que pasase, Link no quería estar involucrado, y en definitiva, no quería saber nada.

El joven alemán sólo tenía una razón por la que estar ahí, y ese era el talento especial que Allen Walker tenía cuando lo ponías frente a un piano. Y si Howard Link no fuera tan reservado como era, suponía que en su rostro se reflejaría la maravilla que sentía amoldarse en su pecho cuando las maravillosas notas llegaban a sus oídos. Las lágrimas escaparían de sus ojos, como había visto que sucedía con la mayoría de los fieles admiradores de la música clásica. En especial, de los fieles admiradores del interprete Allen Walker.

Pocos minutos, Allen se acercaba hasta él, y le sonreía.

Ambos tomaban una taza de café en una pequeña y cómoda cafetería del centro, cerca de Central Park. Allen saboreaba uno de los bocadillos, que a recomendación de Link, había accedido a probar. Y por primera vez desde que se reunió con el rubio, sonrió de verdad.

Estaban deliciosos.

Howard tenía cierta fascinación a los dulces, a lo que muy pronto, y dado a esa razón más exclusivamente, Allen se sintió cómodo con su compañía. Desde que hace unas cuantas semanas, 10 para ser precisos; Howard Link era su agente. Allen nunca se había pensado en tener un agente, pero desde su primera presentación en un concurso de remarca — en el que obviamente triunfó — las llamadas y cartas de presentaciones no se dejaron de presentar.

Allen en ese momento despegó al salón de ricos y famosos. El triunfo en una carrera que por años venía siendo un mal trago en su estomago. Y cuando creía que finalmente iba bien encaminado…

El panecillo quedó a medio camino a su boca.

Lenalee no solo estaba furioso, más que dolida. Y unas cuantas palabras no bastarían. Pero Allen, como siempre, había estado dudoso hasta el final. En aquellos momentos, lo menos quería pensar era en un porvenir que tan sólo le recordaba que el Karma existía, y que tal vez la vida estaba dispuesta a darle el tiro por la culata. Y no sólo podía pensar en Kanda… Neah y su familia también eran un problema.

— ¿Qué tienes para mí? — los ojos verdes de Howard le incrustaron finalmente, como queriendo conocer su repentino interés. Nunca antes había propuesto hablar sobre negocios cuando se reunían…a pesar de que ese fuera el principal objetivo de sus reuniones. Sólo es que a Allen gustaba de alargarlas. No se debía comer y hablar de negocios al mismo tiempo. — ¿Qué?

— Nada… Tengo en mis manos un pedido interesante, de hecho.

— ¿Interesante? — Si era tanto así para llamar la atención de Link, Allen suponía que debían serlo entonces. Link era un hombre muy meticuloso, lo había aprendido a la fuerza…y aunque tal vez su único defecto fuera el exceso de dulce y su excesivo sentido del orden. Allen sabía que Link era una persona confiable. — ¿Qué puede tener de diferente esta oferta de las otras?

— Una entrevista…

— ¿Entrevista? — Y ¿Qué tiene eso de interesante? Quiso explayarse, entonces comprendió por qué a Howard le pareció interesante. ¿para que demonios era necesario una entrevista? — ¿De trabajo?

— Por supuesto, Walker. De que otra cosa iba a ser.

Allen rodó los ojos: — Está bien, entiendo el punto.

— Es una familia importante la que quiere contratarte, Walker. Al parecer tendrán una importante cena en unas semanas, y quieren evaluar tus capacidades para tomar una decisión al respecto.

— No entiendo porque querrían evaluarme… con ver una presentación basta ¿no?

— Y eso es lo que harás. No es a lo que estás acostumbrando. — levantó una mano, para detener las siguiente palabras del albino — Pero creo que confías en mí para no prejuzgar las razones de mis motivos por las cuales, éste pedido no me parece del todo descartado.

— Yo no lo logró entender el porqué.

— Es una familia muy importante, y según he hecho averiguaciones, la familia se codea con personas muchas más influyentes de las que has podido conocer en tus anteriores presentaciones.

— Bien, tienes un punto — tomó la taza de café, mientras su vista se perdía en las calles Cosmopolitan que tenia enfrente, el ir y venir de la gente. Ganar popularidad con "personajes" influyentes no le llamaba tanto la atención.

— Estás a muy pronto de graduarte…y éste podría ser el paso que necesites para ir subiendo un escalón más…llegar entonces a expandirte al mercado internacional, como siempre has querido.

Con ese último comentario se ganó nuevamente la atención de Allen, aunque esta vez la mirada del chico le hizo cohibirse un poco. Para que fuera pasada desapercibida su nerviosismo, tomó de entre sus muchos panecillos, uno con jalea de fresa que saboreó sus papilas gustativas de inmediato.

Howard sabía de los deseos de Allen, y por esa misma razón sabía donde tocar para que el chico hiciera lo que pedía. Y si de ese sueño estábamos hablando, Link sabía que una vez aclarado el punto, esa partida era suya.

— ¿De qué familia estamos hablando? — Era lo mejor para el futuro de Walker.

— Una familia extranjera proveniente de Japón. — Allen sintió como la tacita de café se resbalaba de entre sus dedos, pero aun con el nerviosismo a flor de piel, la taza quedó entre sus manos. Link no notó el comportamiento del albino, absortó en los documentos que leía — Tengo entendido que acaban de llegar a New York, hablé con la señora… se ve que está muy interesada en conocerte, porque me insistió mucho, a pesar de no ser lo que tenemos frecuente en aceptar.

— El nombre — susurró Allen, Link levantó la vista y enarcó una ceja con extrañeza — El nombre — volvió a insistir Allen con más fuerza.

— Alma Kanda… la familia Kanda.

Allen entonces lo confirmó…éste no es el inicio de sus sueños. Era el inició de sus peores pesadillas.

Ya una vez me han llamado maldito… con una vez es suficiente.


mi blog:

lirio-chan. blogspot

mi twitter:

twitter #!/ LirioCastel sin espacios...