-¿Por qué se ríe? No tiene gracia, podía haber muerto- Piensas mientras levantas al pupilo de tu padre del suelo. Su agarre es fuerte y sientes la callosidad de sus manos contra las tuyas, mucho más suaves. Una vez de pie, te saca casi unos buenos dedos, aunque cada día la distancia se acorta. Recuerdas que cuando llegó, con la mirada hosca y oliendo a sal, sólo podías mirarle el bordado de la túnica, pero ahora, años más tarde, puedes fijar la vista en sus labios, siempre cuarteados cómo si acabara de bajarse del barcoluengo. Y te fijas, no puedes evitarlo. Siempre te has fijado, de una manera u otra, ya fuera con ira o con deseo.

-Eh Stark, ¿vuelves a la tierra?

Te sobresaltas notablemente y sientes como te arden las mejillas. Tardas dos segundos en darte cuenta que, para tu eterna mortificación, aún no le has soltado la mano. Pero Theon simplemente se ríe, te palmea la espalda y se da la vuelta, echando a andar hacia la cocina. Lo sigues a una cierta distancia, admirando disimuladamente su trasero, que se mueve delante de ti demasiado lejos y a la vez demasiado cerca. Cuando escuchas su grito de guerra (¡Lannister el último!) sacudes la cabeza y echas a correr, porque serás más pequeño, pero también más rápido.

Vas ganando cuando sientes su mano en tu cintura, retrasándote. No tienes ni que pensar el codazo que le pegas a ciegas. Pero Theon no se da por vencido y te intenta hacer la zancadilla, con el resultado que os caéis a la nieve, Pyke encima del Norte, riéndoos como cuando teníais 10 años. Sientes su aliento en el cuello, sus rizos en los labios y una de sus manos en el pecho, cerca del corazón. Cuando se levanta, una de sus rodillas entre tus piernas, y te mira con esos ojos que te recuerdan al océano que nunca has visto, necesitas huir. Huir de ti, huir de él y huir de las miradas que sientes en tu nuca, aunque no haya nadie en el patio.

Así que te levantas rápidamente, dejándolo sorprendido en la nieve y no levantas la vista de tus zapatos hasta que no estás en tu cuarto a salvo, con la puerta atrancada a tus espaldas.

Pero esa noche, entre tus sabanas, con tu propia mano acariciándote mientras recuerdas sus ojos grises, te das cuenta de que no puedes huir, por mucho que corras el mar siempre te encuentra.