Cuando la ve después de tantos y tantos años, (o por lo menos eso es lo que le parece, está seguro de que Sam le diría que no son tantos) casi ni la reconoce. Es imposible que esa mujer de pelo corto y mirada dura, que permanece erguida justo detrás de la niña de cara dulce y nombre impronunciable sea su hermanita pequeña. Recuerda como si fuera ayer el día que lo emboscó a la salida de las cocinas, con Bran como su eterno cómplice, y lo llenaron de nieve antes de poder decir 'Invernalia'. Recuerda las risas, recuerda sus ojos chispeantes y el agua fría que se colaba por el cuello de la camisa. Lo que no recuerda son esos andares felinos, una mirada que se fija en todos y en ninguno (y en las salidas), y esa sensación de calor que le baja por el pecho.

Daenerys reclama su atención y le da una cálida bienvenida. Espera una conversación circunstancial y agradable pero la menuda reina le sorprende con hábiles preguntas sobre el estado de la Guardia de la Noche y de la guerra contra los Otros. No tiene buenas respuestas o al menos las que ella querría oír, lo nota en su ceño. No importa, los dragones podrán dar la vuelta a la batalla, podrán defender el Muro dónde los hombres solos no han podido. Al menos puede decir con orgullo que aún no han traspasado su helada estructura. Aunque está impaciente por definir a estrategia, la Madre de Dragones le presenta a su corte con voz cansada, deseando llegar a sus aposentos. Una corte exótica, con personajes muy dispares: Se acuerda de Tyrion, aunque no de su cicatriz. Conoce a Barristan Selmy de oídas de grandes gestas y a Mormont de peor reputación. Las tres jóvenes damas no le interesan, excepto por una leve ojeada por su aspecto extranjero. Después de un gordo de ridículo aspecto (Sam a su lado parece delgado) , de un soldado silencioso y de los jóvenes señores de Dorne, por fin le presentan a Arya, aunque lo hacen con el sobrenombre de Arry.

Se acerca a ella y le besa la mano de forma cortés cómo a las demás, pero se la aprieta algo más fuerte y algo más de tiempo, pues aunque con otro nombre y aspecto nunca le podría engañar. Es Arya. Sin embargo, parece que no le reconoce hasta el último momento, cuando lo mira por primera vez a los ojos y le guiña uno, con una expresión pícara tan suya, que las pocas dudas que tuviera salen por la ventana.

La noche se pasa rápida y a la vez extrañamente lenta, más tarde sólo podrá recordar algunos flashes dispersos, todos relacionados con su hermana, con Arya. Cuando finalmente llega a sus aposentos, sólo puede sentarse en el borde la cama y acariciar con gesto ausente el lomo de Fantasma, con la cabeza llena de recuerdos.

Cómo el día que Arya le quitó el arco a Bran y acertó en rápida sucesión tres flechas en el centro de la diana, para consternación del joven Stark, que apenas conseguía darle a la paja de alrededor. O cuando empezó a escribir y le buscaba todas las tardes después de la lección, con las manos llenas de tinta y mirada triunfal para enseñarle los garabatos del día.

Tan concentrado está que apenas escucha los suaves golpes de la puerta, es más el movimiento de Fantasma lo que lo alerta de que alguien espera en la puerta. No necesita abrir para saber que es ella. La mirada dura ha desaparecido, reemplazada por la sonrisa traviesa que tan bien recuerda. No necesita ni llegar al centro de la habitación cuando se están haciendo mil preguntas, contando mil historias. Cuando ambos terminan al unísono, caen en la cama riéndose como hace una vida que no ríen. Con los pies fríos, la suavidad de las pieles en la mejilla y las manos entrelazadas, podrían estar en Invernalia, en los días de su niñez. Jon casi puede saborearlo.

Ha recuperado a su hermana.