Desde que lo pensaste por primera vez no has parado de encontrar señales que lo confirman, aunque dado tu poco nivel de experiencia en esos temas, cómo debe ser para una damita noble, reconoces que puede ser simple paranoia. Pero no puedes menos que fijarte en que son siempre los que acaban primero en el suelo, uno encima de otro, cuando pelean en la nieve. Con las manos entre las ropas y los ojos chispeantes. Que siempre que vas a ver a tu hermano mayor lo encuentras en su habitación, riendo suavemente sentado en el borde de la cama, con las mejillas rojas como si hiciera calor.

No quieres pensar nada malo, porque siempre han estado muy unidos, porque es normal, puesto que tienen la misma edad, porque después de todo, si que son hermanos.

Por eso, cuando te los encuentras en ese rincón del bosque de los dioses, dónde nunca vas porque te da miedo pero que hoy tenías que ir, apoyados contra el árbol, pecho contra pecho, ¡labio sobre labio! no te sorprende demasiado, aunque una parte de ti está totalmente escandalizada.

Lo que no entiendes es porque no los alertas de tu presencia con un grito. O porque no te vas. O porque no dejas de mirar, o cualquiera de las demás opciones que no son quedarte ahí, quieta como un pasmarote mirándolos con la boca algo abierta y el corazón acelerado, que es precisamente la opción que pareces elegir, si no fuera porque tus pies se han independizado y dan dos pasos ligeros hacia la derecha, donde crece ese arbusto al pie del árbol centinela, quedándote a su sombra.

Observas los dedos de Jon enredados en el pelo de Robb, las manos de tu hermano perdidas entre la ropa del bastardo, arrancando suspiros y gemidos rápidamente ahogados por la presión de una lengua voraz. Es tu hermano mayor quien domina, quien acorrala contra el árbol a Jon, presionándolo contra la madera de tal forma, que a pesar de las capas de pieles que lleva encima, estás segura de que le dejará marcas en la piel.

Tan sumidos están el uno en el otro que no se han dado cuenta de tu espionaje. Así que puedes ver sin tapujos cómo descienden las manos de Robb hasta llegar a la cintura de los pantalones, cómo desatan las lazadas con dedos torpes hasta que la prenda cae por fin. observas con las mejillas cada vez más rojas y la respiración acelerada como tu hermano va dejando un reguero de besos y mordiscos por la piel de Jon, que no atina a nada más que a cerrar los ojos, apoyar la cabeza contra el tronco y gemir, gemir, gemir hasta que hasta tú notas el calor del aliento de Robb entre tus piernas.

Una rama se rompe más allá de los amantes, que se sobresaltan y miran en dirección contraria hacia dónde tú te agazapas. Aprovechas su distracción y corres hacia el castillo, hacia la seguridad de tus habitaciones. No quieres pensar en lo que acabas de ver, en lo que acabas de sentir. Después de unos días, puedes ignorar hasta la molesta voz del recuerdo, que apagas con cánticos, bailes y bordados, aunque años más tarde, cuando tiembles bajo el peso del Perro, reconocerás la mirada hambrienta de Robb en sus ojos, y una pequeña parte de ti deseara cerrar los ojos y abandonarte como Jon hizo.