Epílogo

Abro los ojos lentamente, sólo para divisar una luz blanca, la cual es tan intensa que logra cegarme momentáneamente. Coloco las manos sobre mis ojos, en un intento de protegerme del brillo, sin embargo conforme los recuerdos retornan a mi mente, comprendo la razón de la presencia de esa luz.

Las leyendas urbanas dicen que cuando mueres, te hallas en un túnel oscuro, y una luz muy blanca está al final del mismo* pienso, antes de quitar, lentamente, las manos de mis ojos, intentando lograr una mejor visión de este nuevo mundo, sin embargo cuando lo hago...

- Phineas - escucho la voz de mi madre - hijo, al fin estas despierto - inmediatamente me abraza.

Me quedo inmóvil por un momento, a pesar de que todavía me duelen las costillas, pero eso no quita el hecho de que estoy totalmente sorprendido, ¿no se supone que debería estar muerto?, es decir ¿cómo logré salir del ataúd y por qué no tengo memoria de ello?

- estábamos tan preocupados - mi madre interrumpe mis pensamientos, pero al escuchar su voz decido que es mejor no indagar más, después de todo estoy vivo y eso es lo único que importa, con estas ideas en mente, le devuelvo el abrazo.

Cuando el abrazo llegó a su fin, comenzamos a hablar con más calma, y tuve la oportunidad de preguntarle qué pasó.

- Fuiste...fuiste...enterrado vivo - respondió Candace, mientras se limpiaba algunas lágrimas perdidas.

- Lo sé...- digo - pero... ¿cómo...me sacaron...de aquel féretro? - Pregunto, entre respiraciones, porque todavía me cuesta hablar, debido a que mis costillas continúan rotas.

- Nosotros no lo hicimos - responde mamá - pensábamos que estabas... - No continuó, porque la voz se le quebró y comenzó a llorar, al instante mi padre la abrazó, intentando calmarla.

- Entonces... ¿quién me salvó? - Pregunto.

- no lo sabemos, las enfermeras dicen que unos animales con sobreros te trajeron - respondió mi hermana - Dicen que ellos te practicaron primeros auxilios y te trajeron desmayado, pero con pulso. Pero nadie les cree.

El tiempo transcurrió relativamente rápido, tal vez porque hablaba demasiado, explicándoles que ellos no tenían la culpa, es decir no era como sí ellos me habrían enterrado vivo apropósito, todo lo contrario era culpa del hospital. Lo bueno de todo esto era que al menos no me habían traído al mismo hospital de antes.

Pronto la enfermera ingresó y anunció que el horario de visitas había finalizado, entonces se despidieron y comenzaron a salir, pero antes que se fueran decidí preguntar.

- ¿mamá?...- dije, con un poco de timidez en la voz.

- ¿Sí? - Responde ella.

- Isabe... Isabella... ¿vino a verme? - Pregunto, sin poder evitar sonrojarme.

Mi madre sonríe al ver el color rojo de mi rostro, mientras mi hermano hace lo mismo.

- Sí, Isabella vino a verte...y...esta afuera esperándote, acompañada por Baljeet y Buford - Dice como si acabara de recordarlo. - ¿Quieres que los haga pasar?

Asiento, aunque no hallo la forma de decirle que, a pesar de que aprecio a mis amigos, quisiera estar solo con Isabella. Mi madre sonríe con dulzura, antes de salir de la habitación.

Pronto escucho que la enfermera afirma que no pueden ingresar, porque el horario de visitas finalizó, de inmediato mi hermano comienza a hablar, sin embargo no consigo oír lo que dice porque cierran la puerta.

Suspiro, mientras intento no impacientarme, después de un tiempo escucho el sonido de la perilla girando, casi al instante la puerta se abre, sólo para revelar a la enfermera parada allí.

Al parecer no veré a Isabella* pienso un tanto decepcionado.

- bien, pero sólo uno puede entrar – habla la enfermera, antes de apartarse y dejar libre suficiente espacio para que alguien lograse ingresar. – y que sea rápido.

Murmullos se oyen al otro lado, y pasados unos momentos Isabella entra en la habitación, con los ojos llenos de lágrimas.

- Isabella – susurro, antes de extender una mano, no porque pienso que lograré alcanzarla, sino porque desearía poder hacerlo.

- Phineas – dice ella, en voz alta, antes de correr a abrazarme.

La sostengo entre mis brazos por unos momentos, sintiendo su respiración irregular, debido a las lágrimas que aún continúan recorriendo su rostro, pero sobretodo sintiendo a mi corazón palpitar tan rápido, que parece que sufriré un infarto, mas sé que no late por eso, todo lo contrario late de alegría y felicidad, por tenerla a mi lado otra vez.

Continúo abrazándola, mientras susurro palabras de consuelo; sin embargo algo varia en este corto periodo de tiempo, su respiración se vuelve constante y apacible, y las lágrimas ya no recorren su rostro, sino el mío. No recuerdo cuando fue la última vez que lloré de tristeza, pero si sabía una cosa, en este instante las lágrimas caían de mis ojos por felicidad.

Pronto ella se aparta y puede notar las gotas saladas que ahora caen de mis ojos.

- Phineas, ¿estás llorando? – pregunta, un tanto extrañada. – lo siento si te lastime…

- no – interrumpo – son lágrimas…de alegría – digo antes de colocar, tímidamente, una mano en su mejilla y limpiar los rastros de las gotas saladas.

Isabella sostiene mi mano, y nos quedamos así por un tiempo, observándonos sin decir nada, mientras un silencio cómodo invade la habitación; el silencio que susurra palabras que desearía expresar.

Finalmente tomo aire y decido hablar, mas entre tantas cosas que quisiera decir, entre tantas cuestiones que desearía responder, como: si ella escuchó lo que dije cuando estaba enterrado vivo; sólo alcanzo a decir tres palabras.

- te amo Isabella.

Ella sonríe en respuesta, mientras las lágrimas retornan a sus ojos. Lentamente el espacio entre ambos se reduce, hasta que nuestros labios se encuentran en un beso suave.

- también te amo – responde ella.

Sonrió más ampliamente, antes de abrazarla otra vez, sin la más mínima intención de soltarla, olvidando por completo el tiempo limitado; sin embargo en este instante, en este lugar, nada de eso tiene importancia, lo único relevante es que estoy a su lado y que no deseo que esto termine jamás.

FIN