INFORMACIÓN NUTRIMENTAL:
Este fic es de Steelfeathers y su título original es Instability. Tiene dos versiones : la nueva y revisada no está completa, llega hasta el 7, así que traduciré toda la nueva hasta el 7 y luego pondré la vieja empezando del 8 hasta donde acabe. No se preocupen, si tiene coherencia, bueno, creo. Yo sí le entendí.
Gracias a Steelfeathers por el permiso y el fic! Yay!
Cultura General:
¿Sabía que China pertenece al grupo S.I.C.K *significa enfermo en inglés* (Siria, Irán, China y Korea del Norte, (se que se escribe con C en español) , es decir, el grupo de países que no tiene facebook?
Bumblebee.
Un diminuto y amarillo insecto.
Un talentoso explorador extraterrestre enviado a la Tierra para buscar la Chispa Suprema, el pequeño cubo metálico que era la fuente de vida para su (¿sus?) raza entera.
Incluso hasta dos años después del primer contacto, Sam aún seguía sin saber qué hacer de la entidad humaoide robótica que él llamaba su "mejor amigo". Claro, ellos podían haber pasado el tiempo juntos todos los días por muchas horas — una hazaña que era ridículamente fácil de lograr cuando Bumblebee se hacía pasar por un ardiente Camaro amarillo— pero después de todas las historias que habían intercambiado y las bromas que había hecho, Sam no podría decir que realmente conocía a Bumblebee.
Mejor dicho, mientras él lentamente se había dado cuenta con el paso de los meses en los que el extraterrestre prentendía ser su auto, Sam conocía a 'Bee'. La máscara.
Le tomó un tiempo darse cuenta de la diferencia—por más que él estuviera avergonzado de admitirlo, parte de él se resistía en pensar en cualquier ROBOT lo suficientemente complejo como para llevar una máscara. O al menos necesitar una.
La noche en que su carro recién comprado se fue por su propia cuenta fue la noche en el que su universo de volteó de cabeza. Había algo sobre ver a tu carro pararse y transformarse en algo que no podría existir en este mundo que inducía a la parálisis cerebral.
Tras de recuperarse del shock de ver su viejo y rechoncho auto separarse y reformarse en un altísimo robot, después de haber pasado la máxima adrenalina por atestigüar dicho carro-hecho-robot partir a puñetazos otro extraterrestre haciéndose pasar por una patrulla de policía, Sam en realidad descubrió que el extraterrestre conocido como Bumblebee era amigable. Casi inofensivo. Reproducía fragmentos de canciones por medio de su radio, y hacía simpáticos bailes, aplaudiendo de forma expresiva. Era casi como si estuviera interactuando con un niño - un feliz y saltarín curioso niñito.
Hombre, si su primera impresión siempre hubiera estado mal.
Los Autobots—y por extensión, Cybertronianos en general - eran imitadores expertos. Camaleones. Saliendo con cuatro años de haber echado un vistazo a la periferia de la sociedad humana mientras buscaba la Chispa Suprema, Bumblebee había adoptado la imagen ideal para poder tranquilizar a humanos asustadizos. Poner canciones pop a todo volumen. Entonar chiflidos cortos. Rebotar sobre sus ruedas y hacer girar el volante de manera juguetona. Rociar agua para imitar lágrimas. Al principio, Sam se había reído y le había seguido la corriente, pensando que había encontrado al mejor cómplice de toda la historia en la forma de un androide extraterrestre. Después de todo, ¿Qué clase de chico adolescente no soñaba con hacerse amigo de un alien y usar los súper asombrosos poderes de dicho alien para jugarle bromas a sus amigos y vengarse de sus enemigos? También estaba el impresionante factor (impresionante para reírse malévolamente) de siquiera conocer a dicho extraterrestre para comenzar.
Pero luego, la realidad les había golpeado con dureza, haciendo que todo a su alrededor se derrumbase. Megatron—el líder de los Decepticons y el imponente heraldo de la muerte misma—había despertado de criogenia debajo de la presa Hoover, conduciendo a los Decepticons para arrasar todo en Mission City para obtener de vuelta la Chispa Suprema. Y Sam había observado, enervado e intimidado (metal desplazándose y girando como si lanzaran dagas, una figura amarilla patinando sobre el asfalto en medio de una lluvia de chispas -¿Cómo algo tan grande se puede mover tan rápido?) mientras que el bobalicón e inofensivo Camaro saltaba de mejor amigo a soldado desalmado tan bruscamente con la diminuta muesca de la careta de batalla desplomándose. Los rasgos abiertos e inocentes se desvanecían debajo de severas, crueles líneas de metal protectivo, y el Bee juguetón cambiaba en un letal avispón. La misma mano que le daba palmaditas en la espalda y desarreglaba su cabello como si le hubiese reventado algo, con un click y un giro se convertía en un cañón que, con un abrasador estallido de luz turquesa, volaba agujeros fundidos en las paredes de cualquier edificio y de otros robots.
No era que Sam no estuviera devotamente agradecido la potencia de disparo del extraterrestre. Más bien era lo contrario, de hecho. Pataleando para mantenerse a flote y superados en número en aquella tempestad de cristales y metal de Mission City, la variada soldadesca de humanos y Autobots habían estado a punto de rendirse ante tan bombardeante agresión (una ametralladora rugiendo detrás de su oído, inútilmente arrojando una granizada entrecortada de balas que hacían clinkclinkclinkclink contra el concreto mientras percutían de blindajes metálicos sin dejar marca alguna), la línea que separaba a los Decepticons del Cubo arrellanado en los brazos de Sam, estirándose y crispándose. Y Bee — el magnífico, radiante y alegre Bee—había sufrido lo peor de la ira de Starscream. Cuando Sam había visto por primera vez los retorcidos estragos de la parte inferior de las piernas del explorador (soportes de metal asomándose como si fuese un hueso expuesto) su garganta se le había ocluido, su corazón estrujado como si hubiera un elefante parado sobre su pecho. Por Dios, sus piernas ya no están.
Poco después, luego de que los incendios hubieran sido apagados y los sobrevivientes envueltos en cobijas termales, Sam se había preguntado cómo simple metal aplastado podía convertir el fondo de sus entrañas en un vacío sólido. El había arrugado latas de soda y torcido clips para papel durante toda su vida — una vez, en un viaje de excursión, había visto un viejo Impala pasar por un compactador de vehículos, la bestia adolescente dentro de él bramando por la emoción bruta de ver algo siendo convertido en puré. Y aparte, él tenía pilas de sangrientos videojuegos bastante usados en su cuarto, llenos de sangre y tripas y desmembramientos. Anter de ver la estela de los cometas que eran extraterrestres pasando como relámpagos hacia la Tierra, Sam había estado absolutamente seguro que la violencia no podía perturbarlo.
Bumblebee no había sangrado. No habían salido ríos rezumantes de escarlata, ningún órgano interno había salpicado el pavimento. Ni siquiera había gritado.
Pero de todas maneras, el haber visto al robot arrastrándose con dificultad hacia Sam usando sólo sus brazos, aquellos resplandecientes ópticos azules tan penetrantes y tan conscientes (y, quizás aún más atemorizante, conscientes de él), Sam había sentido algo dentro de él quebrándose en horror. No podía ser real — Bee, su Bee, no podía ser tan terriblemente lisiado. El universo no lo permitiría.
Y cuando Bumblebee había colocado tan cuidadosamente el Cubo en sus brazos, dedos metálicos quedándose unos momentos sobre su piel (Te cubriré).
Viendo el conjunto tan determinado de la armadura metálica de Bee, el ver como el Autobot reunía prácticamente de las cenizas la fuerza para seguir adelante, para seguir luchando, Sam supo que el extraterrestre moriría por protegerlo. Y por una fracción de segundo, sintiéndose tan miserable e indigno como una cucaracha, se preguntó cómo fue que alguna vez se hubiese reído al pensamiento de aplastar metal. No tenía absolutamente nada de divertido. Nada, nada, nada.
Aún así, debajo de su humilde admiración, Sam había sentido una creciente sensación de inquietud.
La manera en que Bumblebee se había reconectado de vuelta en la batalla, con su parte inferior desaparecida - disparando su cañón desde la parte trasera de una grúa con música de death metal- probablemente había distraído a los Decepticons justo lo suficiente como para salvarle la vida a Sam mientras el subía corriendo al techo para pasarle el Cubo a un helicóptero que lo esperaba. Pero era como si el amigo con el que te juntabas en la escuela repentinamente hubiera tomado un hacha para defenderte de un grupo de asaltantes acosándote en el estacionamiento — aterrador y muy, pero muy perturbante. La diáfana intensidad con la cual el pequeño saltarín de Bumblebee lo había mirado fijamente después de la batalla, su cuerpo espantosamente cicatrizado y herido, ópticos azules reflejando una pasión casi febril, y callada y solemnemente había solicitado continuar su misión de custodia con Sam. Eso había asustado a Sam. ¿Dónde estaba el Camaro amarillo y feliz que tan tentativamente había comenzado a llamar amigo?
Después de un tiempo, el desconcertante avispón se había sumergido de nuevo y el extravagante, conocido Bee había tomado su lugar. Pero Sam nunca lo olvidó. Y de repente cada canción, cada gesto, cada palabra tenía teñida una nota amarga de que no estaba bien. Deseaba vehementemente adentrarse y conocer más de Bumblebee comenzando con la capa delgada y superficial de él, pero no se atrevía.
Cualquiera que se hubiese dedicado varios miles de años en ser un soldado de infantería en una guerra que acaparaba todo un planeta estaba destinado a tener una colección entera de esqueletos en el armario.
Y ahora— abandonado a su suerte abordo del laberinto de metal en un portaaviones depués de una vez más correr por su vida de los Decepticons— Sam se encontraba tumbado en su cama despierto en medio de la noche, combatiendo el impulso de correr hacia el mismo mejor amigo que cargaba con aquellos esqueletos.
Otra pesadilla turbulenta lo había arrojado fuera de su sueño, dejándolo exhausto, enmarañado como un envejecido pedazo de alambre que había sido torcido demasiadas veces. Las recientes noches habían estado igual de brutales — tan llenas de sueños inrecordables que apenas podía descansar del todo, dejándolo tambaleante y ansioso aún después de diez macizas horas de profunda inconsciencia.
Observando fijamente el ennegrecido techo de metal (manos metálicas intentando alcanzarlo), lanzó otra mirada a su reloj. Seguían siendo las 4:13 a.m. ¿Realmente había sido menos de un minuto desde que esas impacientes hormiguitas de pánico habían empezado a erizarse debajo de su piel inmediatamente después de aquel sueño?
4:13. Demasiado temprano para ir a desayunar a la galera como excusa para aventurarse fuera de su cuarto, aún así demasiado tarde como para acurrucarse y esperar unas cuantas horas de oscuridad más. Los números lo miraban con rabia, de un carmesí ausente de este orbe, manchando sus sábanas y sus brazos con un fulgor sangriento. Impasible. Implacable. Acusador. (Murió por ti.)
El reloj en sí fue un "regalo" de un gobierno devoto y agradecido, que a gatas seguían intentando disculparse por haber difamado a los Autobots (otra vez), y luego ver cómo salvaban al mundo (otra vez).
Sam honestamente no creía que hubiera hecho mucho para ayudar aparte de correr como Forrest Gump, pero aparentemente alguien en Washington lo había etiquetado de héroe, porque el capitán del portaaviones lo había bañado en regalos después de que en el Ala médica lo hubieran dado de alta.
Como el reloj, la ropa arrugada en pequeños cerros sobre el suelo no eran de él, pero prefería usar las almidonadas e impersonales prendas que los harapos hechos jirones que estaba usando cuando lo sacaron del desierto. Nunca sabes cuando un horripilante artefacto extraterrestre iba a salir de tu bolsillo y arruinar totalmente tu día. Convertirse en una vasija para una energía mística extraterrestre después de tocar la Chispa Suprema no había sido su idea de diversión, y quién sabe si algun pedazo de la Matrix que había usado para revivir a Optimus seguía aferrada a los despojos de su andrajosa camisa. Así que tendría que ser la camisa estilo militar de botones con pantalones.
Decidiendo que preferiría arriesgar un paseo rápido al hangar principal para comprobar que los Autobots estaban bien a que tuviera que estar mirando por más o menos una hora el techo, Sam rodó fuera de la cama y se puso su ropa de día. Pantalones cafés. Cinturón. Una camisa blanca sencilla. Una chaqueta estilo bombardero, una vuelta a los ochentas cuando aparentemente el vestirse y lucir como un gilipollas había estado de moda.
Se detuvo frente a la puerta, dándose cuenta que había dejado su recién adquirida tarjeta de identificación en el pequeño buró en una de las esquinas del cuarto, y regresó sobre sus pasos. Regresarse no tomó mucho esfuerzo; la distancia desde la compuerta al buró era tan sólo una y media zancada. Sam podía caminar cinco pasos de la puerta a la cama, que ocupaba la pared trasera, y había tres pasos de anchura. Había un lavamanos metálico del tamaño de una taza y un espejo, pero no había inodoro, y la cama podría haber pasado por una losa de concreto.
Podía lidiar con la falta de inodoro y de un colchón utilizable - pero el limitado, resonante espacio de paredes metálicas que tendía a encogerse si las miraba por mucho tiempo. Era la ausencia de ventanas lo que era el problema, una emboscada Decepticon podría pasar en cualquier momento y nunca lo vería llegar. Odiaba la sensación de estar ciego, de no ser capaz de ver los peligros que podrían estar al acecho, alrededor de ellos, esperando para arrastrarse invisiblemente desde la penumbra, tal como acolmilladas bestias marinas elevándose hacia la superficie. Hacía que se sintiera atrapado en una cajita de metal, hundiéndose lentamente...
(no piense en eso no pienses en eso)
Sacudiéndose desde la cabeza hasta los pies como un perro, Sam cogió la credencial de identificación del buró, la guardó en un bolsillo y salió a toda velocidad del cuarto.
El angosto corredor que conectaba con su cuarto era apenas lo suficientemente espacioso como para aflojar aquel escabroso nudo en su pecho. El aleatorio repique de la maquinaria y el incesante burbujeo de las tuberías blancas eran de alguna manera reconfortante—este metal es pesado y humano y no está vivo. Los Decepticons, a pesar de su enorme estatura, no exhalaban ni siquiera un susurro a menos que estuvieran gritando o destruyendo cosas.
También ayudaba que sus padres estuvieran más allá de la puerta que encaraba. El sonido de ellos chocando dentro del cuarto, le recordaba que ellos seguían vivos (dos figuras tropezando sobre la arena quemante, sangrando y arrugados - metal deslumbrante aproximándose sobre ellos, sombras afiladas como navajas - papá ¿Por qué estás todo encogido de miedo?) y usualmente le ayudaba a respirar de nuevo cuando ese mismo nudo escabroso se estrujaba demasiado fuerte. Incluso los sollozos violentos y los ataques de gritos que le habían lanzado en su dirección entre abrazos como para romper huesos — y hombre, realmente se soltaron verbalmente con ambas armas cuando se dieron cuenta que no se desvanecería en una nube en medio del aire—le traían cierta cantidad de alivio. Hubiera tomado el griterío y el jaloneo de cabello y las amenazas vacías (y otras no tan vacías) cualquier día a el silencio y las flores en lápidas recién grabadas.
Retirándose de sus pensamientos adormilados de las 4 a.m., Sam se apartó de la puerta de sus padres y se puso en camino hacia el corredor, prestando atención a la sirena que parecía que los Autobots siempre retiraban. La intrincada caminata al hangar secundario, tan conocido que frecuentemente él mismo se encontraba transitándolo en sueños, pasó como un borrón de luz artificial y con el eco estruendoso de pisadas del enchapado metálico. Cuando alzó la vista de nuevo, se encontró mirando el pasillo que guiaba a la enorme puerta rodante que cerraba el hangar del resto del portaaviones.
Dos sentinelas estaban de guardia afuera de la puerta. En otro tiempo, en otra vida, las armas preparadas que ellos sostenían se hubieran visto impresionantes. Pero ahora que a él le habían disparado con armas más largas que sus propios cuerpos en su entera longitud, aquellas réplicas de G.I. Joe simplemente parecían ridículas en comparación.
No estando de humor para discutir con el par de gruñones, temiendo que empezara a gritar y nunca parar si abría la boca, enseñó su tarjeta de identificación y continuó caminando a paso largo hacia la puerta sin pausa. Deja que intenten detenerte. Sólo déjalos.
Afortunadamente parecía que hubiesen sido advertidos de que quizás él vendría de visita y lo dejaron pasar sin alboroto alguno.
No sabía qué le aguardaba al otro lado. ¿Un montón de robots holgazaneando, sentados en cajas y chismorreando con ese lenguaje de tono de marcado? ¿Una orgía de androides gigantes extraterrestres? (Una pequeña risita histérica)
En vez de eso descubrió una escena reminiscente de la infame noche de 'Destrocen el Patio Trasero', cuando todos los Autobots recién llegados habían confudido su patio por un buen escondite - una auténtica parada de camiones. Los jets de batalla que normalmente ocupaban el hangar habían sido empujados a un lado, despejando un lustroso campo metálico para los pasajeros extraterrestres. Todos acurrucados en el medio de aquel espacio, estaba colocada una ecléctica gama de vehículos que cualquier exhibición de autos hubiera dado lástima, si no estuvieran cubiertos de rasguños y arena desértica.
Un Hummer color neón para Búsqueda y Rescate. Un pesado Topkick pickup negro. Un montruoso trailer azul decorado con flamas rojas. Y, más cercano a la puerta, como si supiera que él se presentaría en algún momento, estaba un Camaro amarillo con franjas negras de carrera.
'Bumblebee.'
Vaciló en la entrada, preguntándose si estaría interrumpiendo su ciclo de recarga o algo por el estilo. Entonces, cuando sintió una puñalada de decepción de egoísmo con la idea de voltearse inmediatamente e irse, se dio a sí mismo una despiada patada mental.
No debió de haberse sorprendido de que no lo estuvieran esperando. Acababan de emerger del abismo figurativo del infierno y merecían algunos días para dormir sin ser molestados. Ellos tampoco tuvieron la manera de saber que él vendría en ese momento exacto para verlos, sólo para asegurarse que estaban, en realidad, todos en una sola pieza. Sólo el ver brevemente las familiares, sino también un poco gastadas y sucias siluetas aliviaron el enroscado monstruo en su pecho que había tratado de asfixiarlo durante todo el camino hacia el hangar.
No quería irse. Quería continuar disfrutando de su tranquila presencia, aunque no estuvieran conscientes de que él estuviera allí. Habían estado tan, pero tan cerca. Un milagro, en serio, de que no estuvieran arrastrando al menos un trozo gigante de chatarra metálica. Sus ojos llegaron a posar sobre la majestuosa presencia de Optimus Prime quien se las arreglaba para, incluso en forma de trailer, poder irradiar un aura de poder y autoridad —subyacente, Sam avistaba ocasionalmente bondad ... y tristeza. Hizo una mueca al ver el daño visible al exoesqueleto — las numerosas abolladuras, cortadas profundas y componentes destrozados que evocadoramente le recordaban a Bumblebee y al compactador de vehículos— volvió a enviar otra oración de agradecimiento, por aquel momento en el que el líder extraterrestre había tosido de vuelta a la vida en el suelo del desierto, resucitando esperanza y luz junto con él.
La timidez natural lo tenía retirándose hacia la entrada de la puerta. Eran sus amigos, sí, pero eran también seres casi inmortales con inimaginable poder e inteligencia. Podían pasar a través de edificios como si estuviesen hechos de cajas de cartón y arrancar robles centenarios para usarlos como palos de golf. Sus fantasías mientras soñaban despiertos posiblemente podían poner a Einstein en vergüenza. ¡Por favor, incluso Bumblebee, el más joven del grupo, hacía que las pirámides parecieran juguetes nuevos!
Definitivamente no necesitaban a un humano bastante promedio y agitado estando encima de ellos.
Dio media vuelta para irse.
"Sam."
La conocida y dócil voz lo detuvo en su camino. Se volteó lentamente para encarar al densamente rayado Camaro.
"Hola Bee." respondió con suavidad.
