Todo lo mío (?) es para Lizjoo porque es MI TODO y la amo densamente & porque soy de ella para todo lo que guste & desee

Twilight no me pertenece, y la historia tampoco, es de AngryBadgerGirl. Sólo me adjudico la traducción

Gracias a Ericastelo y a Larosaderosas por betearme este capítulo

Dedicado a MaeCllnWay porque la bitchie se desapareció y yo la extraño, y sigo esperando mi review en la otra, eh? Te amo


EDPAPOV

La niebla se iba poco a poco de mi mente mientras me despertaba de un profundo, pero verdaderamente, incómodo sueño. Obviamente, como exestudiante de medicina y ahora residente, estaba bastante acostumbrado a dormir cuando fuera y donde fuera que pudiera. Pero en el momento, sentía como si todo mi cuerpo hubiera sido pasado a través de un compactador de basura. Cada músculo me dolía como si hubieran sido doblados sobre sí repetidamente.

Empecé a estar lo suficientemente coherente como para tratar de entender en dónde estaba, abriendo lentamente mis ojos y haciendo un enorme esfuerzo levantando mi cabeza tanto como podía. Aunque, mi cuello, estaba tan torcido y rígido, que tenía otras ideas—se negó a moverse. Mi garganta decidió gemir.

"Hey, dormilón. Estamos en casa," escuché a Ojos Cafés decir.

"¿Hmmph?" fue mi respuesta.

"Te quedaste dormido," me dijo. De alguna manera estaba consciente de eso, aunque apenas si lo estaba.

"¿Umf?" pregunté, como si eso fuera español o cualquier lengua conocida.

"Casa, Edward. Estamos en casa," explicó de nuevo.

Mis manos frotaron el sueño lejos de mis ojos mientras volvía a estar completamente consciente. Pronto descubrí por qué mi cuerpo había estado en una posición abismalmente incómoda—me había quedado dormido en el asiento trasero de mi Volvo.

"¿Manejaste mi carro?" pregunté, dándome cuenta que mis preguntas habían ido desde murmullos incoherentes hasta preguntas que no necesitaban respuestas por lo absurdas que eran. Como si mi carro pudiera manejarse solo.

"Sí, no pensé que te importara. O que lo notaras. Estabas muy dormido. No tuve el corazón para despertarte," respondió, asomándose hacia mí sobre su hombro, desde el asiento del conductor.

"No sabía que podías manejar una palanca," dije, antes de bostezar y tratar de alargar un poco el pequeño éxito.

"Manejo tu palanca todo el tiempo," rió disimuladamente.

"¿Cómo es que tus chistes vulgares son graciosos y los míos no?" me quejé, señalando su alegre sentido del humor cuando se trataba de sus chistes.

"Hey, conoces el dicho," rió tontamente. "Si duermes con un pervertido calenturiento…"

"¿Despiertas en el asiento trasero de tu propio carro sin ningún condón usado en el tapete del piso?"

"Cullen," resopló mientras pasaba por encima de la consola central y se recostaba encima de mí. No había mucho espacio, así que, a regañadientes, permití quedar aplastado entre Bella y la tapicería, y me limité a gruñir en señal de derrota.

"Eres como la escuela en verano," continuó con voz divertida, "sin clase." La miro como si le hubiera crecido una segunda cabeza, ella explicó rápidamente (rodando los ojos todo el tiempo), que mientras yo estaba ocupado resolviendo mi cubo de Rubik y construyendo modelos de esqueletos, algunos chicos estaban perdiendo neuronas mientras veían caricaturas.

"Tengo un montón de clases. Al menos para ti. Yo soy el profesor, ¿recuerdas?" bromeé.

"Profesor," dijo, usando un diferente tono de voz de diversión, "¿Cuál es la otra palabra para el tesoro del pirata(1)?"

"¿Botín?" adiviné, siguiéndole el juego.

"Botín, eso es," se rió tontamente en mi oreja.

"Dolor en mi cuello," gruñí.

"¡Hey! Solo manejé durante tres horas a casa. De nada, imbécil," se quejó amablemente, antes de darle un ligero puñetazo a mi bíceps.

"No. No tú," expliqué. "Literalmente. Mi cuello está matándome," hice un puchero, frotándolo ineficazmente con mis dedos.

"Aw, tú siempre eres un dolor en mi cuello. Así que creí que te referías a mí," dijo, batiendo sus pestañas.

"Si esa es tu manera de disculparte, es tristemente mala, si quieres mi opinión," repliqué, tratando de besarla, pero no fui capaz de mover mi cabeza. Hice una mueca de dolor antes de acercarme a sus labios.

"Eh, no estaba pidiéndotela. Pero lamento que tu cuello te duela," consoló, besándolo suavemente.

"¿Podemos entrar antes de que sufra un daño permanente en mis tejidos?" pedí, mis articulaciones crujiendo en lugares en donde ni siquiera había notado que tenía articulaciones.

"Hey, todo este tiempo solo he estado tratando de despertarte," se rió tontamente mientras nos sentábamos bien.

"¿Dónde aprendiste a manejar un carro de palanca?" pregunté.

"Tengo una camioneta en Phoenix que es más vieja que…Ni si quiera sé qué tan vieja es, ahora que lo pienso," murmuró. "Pero es de palanca. Y es muy, muy terca."

"¿Necesita cierto toque delicado antes de que la hagas ronronear?" pregunté, levantando una ceja.

"No, más como si tuviera que darle la vuelta duramente y luego pisotearla repetidamente," contestó, arrugando su nariz hacia mí. Sabía que su comentario lo había dicho en broma, pero fui incapaz de seguirle el juego mientras sentía como mi ánimo se obscurecía.

El recuerdo de cómo me había quedado dormido empezaba a aclararse.

Mi cabeza duele. Mi cuello duele. Pero mi orgullo está más herido. De hecho, mi orgullo estaba demasiado herido. Así como mi ego y mi masculinidad.

"Agh, si antes no me sentía como un debilucho…" me quejé, incapaz de terminar de exteriorizar mis pensamientos.

Era porque de verdad me sentía como un debilucho. La última cosa que recordaba era haber llorado como un bebé en el regazo de mi novia. Dios, estaba alcanzando grandes niveles de irritación por ese sentimiento. Desearía que se disipara. Estaba tan cansado. Mi cuerpo entero dolía por todo eso.

"¿Un debilucho? ¿Por qué?" me preguntó Ojos Cafés, la sonrisa que tenía por nuestra pelea juguetona había desaparecido rápidamente de su cara.

"Ya sabes," tartamudeé. "Llorar encima de ti, como, una, ya sabes…"

"¿Cómo una chica?" preguntó, levantando su ceja hacia mí.

"Iba a decir 'nenita,' pero 'chica' también funciona," dije indignadamente mientras frotaba mi pierna. La mezclilla de mis pantalones raspando mis nudillos.

Estaba mirando hacia mi regazo, así que solo escuché el jadeo de disgusto de Bella ante mis palabras. Podía imaginarme la expresión de su cara; no era necesario que la mirara. Estoy seguro de que ella creía que estaba siendo un asno. Me sentía como uno, por mis acciones hace unas horas y por cómo estaba comportándome ahora. Sabía que estaba siendo irracional y hosco. Pero no me importaba.

"Edward," dijo. "Eso es una mierda porque," comenzó antes de que la interrumpiera.

"Me disculpo de corazón por haber insultado a tu género," ofrecí con gran sarcasmo.

"¿Dejarías de actuar como un imbécil? Estás haciendo todo un drama, Edward. No tienes que desconfiar de mí," dijo en respuesta.

"Voy adentro," simplemente dije, tomando la manija de la puerta y dándole un empujón. Caminé por la acera hasta el edificio.

"¡Hey, tú!" Bella gritó desde detrás de mí. Me volteé sobre mis talones justo a tiempo para poner mi mano sobre mi cara, donde apenas si pude evitar que las llaves se estrellaran contra mi nariz, ya que me las había lanzado con gran fuerza. Simplemente me volteé y seguí caminando.

Cuando escuché a sus torpes pasos alcanzándome, aumenté mi ritmo. En cuanto supe que había una distancia segura entre nosotros, sentí un pie pateándome, justo en la parte de atrás de mi rodilla. Eso causó que se doblara en reflejo, y mi pierna entera cedió. Mis músculos estaban demasiado cansados como para reaccionar a tiempo y ayudarme; así que caí hacia delante, quedando a cuatro patas.

"¿Ya estás feliz?" gruñí, mi respiración silbante saliendo y entrando por mis fosas nasales.

"Extasiada," dijo, pasándome, mientras veía a sus pies pisar fuertemente sobre el pavimento. Levanté mi cabeza justo a tiempo para ver como agachaba su cabeza y sacudía sus hombros, como había visto antes.

Solo que esto no era un desahogo. Era llanto.

Me las arreglé para levantarme, en parte porque estaba tan lleno de adrenalina que corrí el resto del camino, y en parte porque la bolsa-siempre-abarrotada de Bella había hecho que se detuviera a buscar sus llaves antes de poder deslizarse dentro de su apartamento y estamparme su puerta en la cara.

Alcanzándola por detrás, envolví mi brazo alrededor de su cintura y la cargué como un saco de papas. Eso dejaba a mi otro brazo libre para que pudiera abrir la puerta.

"Bájame, Edward," ordenó, su enojo creciendo. "¡Estoy hablando en serio, bájame!" trató de zafarse de entre mis brazos, pero mi agarre a su alrededor era bastante apretado, habiendo tomado la prudente decisión de cargarla con mi brazo más fuerte.

No respondí y terminé de subir las escaleras, ignorando sus gritos y los golpes de su bolsa contra mi espinilla.

"¿Ya estás feliz?" imitó, después de haberla bajado en mi sala. Alejando el cabello de su cara con un resoplido de enojo.

"Extasiado," imité en respuesta. Mi respiración estaba tan agitada como la suya. Normalmente, cargar a Ojos Cafés por cortas distancias no me dejaría sin aliento, pero entre mi cuerpo adolorido, mi energía decaída y mi paciencia agotándose rápidamente, mis pulmones quemaban por el esfuerzo que había sido el respirar.

"Deja de comportarte así. ¿Qué te pasa?" preguntó con enojo, mirándome con una mezcla de irritación y dolor. Rápidamente agitó su cabeza, como retractándose de la pregunta que acababa de hacer. Ya ni siquiera quería saber. "¿Por qué me arrastraste hasta aquí, solo por ser un imbécil viril?" se burló, tratando de empujarme para llegar a la puerta.

Si se iba, sabía que se pondría a llorar en el momento en que la puerta se cerrara detrás de ella. No merecía esto. No estaba enojado con ella. Estaba enojado conmigo mismo. Estaba comportándome como una mierda incorregible, y la estaba forzando a soportar mi mal humor. No podía alejar a la única persona que realmente me conocía, que me amaba, a la que le importaba.

"No te vayas," dije simplemente. "Por favor," pedí, silenciosamente tratando de calmarme. Su mano se detuvo en el pomo de la puerta, pero pronto cayó a su costado. Cuando le pedí que por favor se sentara y me dejara servirnos algo, asintió.

Regresé unos minutos después a la sala con dos copas generosamente llenas de vino. Sentándome cuidadosamente a su lado, puse nuestras bebidas encima mesita de café. Estuvimos en silencio por un momento, simplemente bebiéndonos nuestro vino y permitiéndonos calmarnos para poder pensar en vez de solo reaccionar.

"No me gusta ser débil enfrente de ti," confesé, torciendo mis dedos alrededor del tronco de mi copa.

"No estabas siendo débil," respondió rápidamente, frunciendo el ceño.

"Ojos Cafés," me interpuse.

"Escúchame por un segundo, ¿ok?" insistió. "Por favor," agregó, usando el mismo tono que yo había usado con esas mismas palabras minutos antes. Asentí.

"Tuve algo de tiempo para pensar en el carro mientras tú estabas dormido. Pensé en cómo eras antes, cuando te conocí, y cómo eres ahora. Cuando eras 'ese tipo'…el que solía preguntarme que tan bien me conocía. Recordando, es algo irónico, porque no creo que 'ese tipo' se conociera como un 'valentón', si me permites el atrevimiento," dijo, su irritación aumentando.

"Creo que sí lo hacía," argumenté débilmente.

"¿Crees que 'ese tipo' era valiente? ¿Macho? ¿Por qué nunca lloraba enfrente de nadie?" preguntó, mirándome con escepticismo. "'Ese tipo' era un cobarde, Edward. En vez de saber quién era, fingía ser alguien más," explicó, agitando su cabeza.

"No me refería a eso cuando preguntaba. No era una pregunta filosóficamente profunda. Yo solo estaba… coqueteándote," dije, desestimando su interpretación a lo que yo solía decirle.

"Quizás," dijo, sonriendo por un breve instante. "Pero tenías razón. No me conocía—no de esa manera. Pero tampoco lo hacías, no en la forma a la que yo me refiero. Pero ahora lo haces. Y para eso se necesitan agallas, Edward," declaró con honesta sinceridad.

"Yo solo hice eso porque me ayudaste," dije, encogiéndome de hombros.

"¿Vas a dejar que eso se vaya?" preguntó, luciendo exasperada.

"¿Dejar ir qué?" pregunté con confusión.

"El haber dejado de culparte. El haber dejado de menospreciarte. No está bien. Nos 'insulta a ambos.' ¿Recuerdas?" insistió.

Suspiró fuertemente cuando, en vez de responderle, me limité a encogerme de hombros.

"Como he dicho, después de perder a mi padre, tomé una decisión por mí: vivir en el aquí y en el ahora, ser feliz…porque pasé mucho tiempo sintiendo lástima por mí misma y teniendo remordimientos. Y quiero que tú también seas feliz," confesó, sus cejas juntas y sus labios en una línea apretada.

"Ojos Cafés," comencé, sintiéndome más arrepentido por cómo la había hecho sentir. "tengo que reponerme por mi cuenta. Me apoyo demasiado en ti. Soy un hombre maduro…"

"No estoy haciendo esto solo por ti," dijo, sosteniendo en alto su mano para interrumpirme. "no tienes ni idea de que se siente ver que tú tienes la oportunidad que yo nunca tendré. Tienes a tu padre de vuelta," dijo mientras sus ojos se enrojecían. Puse mi brazo alrededor de ella, el deseo de consolarla sobreponiéndose a cualquier otro pensamiento.

"Y eso no me pone triste," insistió. "Es como ver a alguien a quien amas ganar la mejor cosa del mundo—algo mucho mejor que dinero o 'cosas,'" dijo con voz gentil. Su expresión se suavizó, se volvió sensible, sincera. "Esto es lo más cerca que voy a estar de tener a mi papá de nuevo. ¿Sabes...qué tan increíble es eso?"

Era simplemente asombroso como ella había estado a mi lado a través de todo esto, no como un favor, no para autosacrificarse, si no porque de ahí ella obtenía felicidad. Estaba pensando en cómo las cosas habían crecido entre nosotros, compartíamos un vínculo que no solo era significativo, si no que se había vuelto trascendente, que significaba todo.

Me sentía como un monumental asno por la manera en que me había comportado. No era justo que ella tuviera que soportar mi humor de mierda. No pude pensar en nada que hacer o decir más que disculparme.

"Lamento haber perdido los estribos, Ojos Cafés," dije, sosteniéndola fuertemente contra mí. Me sentí aliviado cuando se movió y saltó a mi regazo. Era en donde pertenecía.

"Lamento haberme enojado," replicó.

"No estaba molesto contigo— solo frustrado en general," expliqué.

"Lo sé. Yo también lo estaba. Probablemente pensabas que estaba molesta porque te habías llamado 'chica' o una 'nenita' o lo que sea. Pero no. estaba enojada porque…ya sabes, tu creías que estuviera bien molestarse a veces," explicó, marcando, inconscientemente, una especie de Código Morse en la palma de mi mano con la punta de su dedo índice.

"Es solo que estoy cansado. Desgastado. Todo esto ha sido extenuante. Creo que me topé con una pared," ofrecí, sin ser capaz de explicarlo de otra manera.

"Mejora. Créeme," me aseguró, acariciando mi mejilla. "No siempre dolerá tanto," agregó, sonriendo débilmente. "Además, llorar es como…el inodoro del alma, para decirlo poéticamente," bromeó antes de reír tontamente.

"Esta es probablemente la idea más profunda que he escuchado", dije inexpresivamente, poniendo mi mano sobre mi corazón. "Combinando las dos cosas más importantes en la vida de un hombre: crecimiento personal y funciones corporales. Eres la mejor novia de la historia, Ojos Cafés," le profesé juguetonamente.

"Mira, solo no dejes que tu inodoro se tape," me informó con un movimiento firme de su cabeza y una amplia sonrisa. Esa era la analogía mas asquerosa que había escuchado en mi vida, pero, a pesar de todo, funcionaba.

"Me dices las más dulces y tiernas palabras de amor, Ojos Cafés. Y te preguntas por qué soy tan posesivo," bromeé, haciendo un sonido como de 'tsk' con mi lengua. Pronto empezamos a reír tontamente, y no pasó mucho para que nos riéramos a carcajadas, con Ojos Cafés agitándose incontrolablemente sobre mi regazo.

"Para, para de reír," jadeó. "Solo me haces reír más. ¡Cállate!" resopló. Cubrió mi boca con su mano, pero eso me hizo reír más fuerte. Claramente nos habíamos puesto un poco borrachos con el vino, lo que era normal.

"Ve, ahora ambos estamos llorando," dijo suavemente mientras rozaba su pulgar a través de mi mejilla para limpiar mis lágrimas provocadas por la risa. Hice lo mismo con mi pulgar y su mejilla.

"Me gusta más esto," puntualicé con una brillante sonrisa, poniéndola más cerca de mí y frotando mi barbilla contra su frente.

"Puedes llorar cada vez que quieras, Edward. Nunca te menospreciaría por eso. Ya deberías saber eso," me regañó con voz gentil. Tarareé en acuerdo y besé su cabello castaño. Un cómodo silencio se instaló entre nosotros, y contemplé los eventos del día.

Mirando hacia atrás, traté de discernir por qué había necesitado llorar. ¿Todo fue por tristeza? No realmente. ¿Alivio? No, nada acerca de que mi madre había bebido tanto me daba alivio. ¿Remordimiento? Un poco. Ella era muy joven, muy buena, para haber sido desgarrada por dentro, y lamentaba no haber tratado de ayudarla. Pero yo era un niño. No había forma en que yo hubiera podido comprender completamente lo que estaba pasando, o en qué hubiera podido ayudarla.

Y eso me golpeó.

Pena. Sentí pena. La muerte de mi madre había sido lo último por lo que realmente había llorado. Para ser completamente honesto conmigo mismo, probablemente no lloré lo suficiente en su momento. Por lo menos no había sido suficiente como para que yo superara su muerte.

"¿Edward? ¿Estás bien?" preguntó Bella, mirando hacia mi cara y, sin duda, notando mi expresión perdida.

"Sí, solo estaba pensando," respondí mientras tomaba su mano entre la mía. "En algo que debí haber resuelto hace mucho. Pero creo que ahora lo hago," agregué.

"Mejor tarde que nunca, ya sabes," replicó, ladeando su cabeza y sonriendo.

"Mejor tarde que nunca," repetí asintiendo lentamente.

Hice una mueca de dolor cuando traté de aliviar la tensión de mi cuello moviendo mi cabeza de lado a lado, y eso hizo que Ojos Cafés propusiera una ducha con agua caliente, y yo no dudé en llevarla.

Llevándome de la mano a través del pasillo y hasta el cuarto de baño, me ayudó a desvestirme rápidamente mientras el baño se llenaba de vapor.

Murmuré un 'uh uh' y agité mi cabeza cuando trató de dejar la habitación. Agarrando su muñeca con mi mano, la jalé hacia mí y me arrodillé enfrente de ella. Lentamente le quité sus ropas, empezando con los calcetines en sus pies, y tuve el cuidado de acariciar sus tobillos y de besar sus bien formadas pantorrillas. Después, desabotoné sus pantalones, mis dedos deslizándose hacia abajo por los costados de sus piernas mientras bajaba la tela y la alejaba de su cuerpo. Mis dedos índice jugando a cada lado de sus bragas, mis nudillos rozando sus pequeñas caderas. La miré mientras cuidadosamente besaba la tela que cubría su pubis.

Su brillante sonrisa y su rosado rubor me incitaron a simplemente arrancar la pequeña pieza de encaje, pero me contuve. Cosas buenas pasan a aquellos que esperan. Especialmente a buenos hombres que esperaban. Así que, mejor le quité cuidadosamente sus bragas, y la de mi cabeza hacia un lado para frotar mi mejilla contra su mano cuando se sostuvo ligeramente de mi hombre para mantener el equilibrio.

Se sacó su blusa justo antes de que envolviera mis brazos alrededor de ella. Besando su centro, cerré mis ojos mientras me inclinaba hacia ella, aún en mis rodillas. Sentí su mano en mi cabello, sus dedos masajeando suavemente mi cuero cabelludo.

"Edward," dijo, antes de mover mi barbilla hacia arriba para verla. "No te arrodilles enfrente de mí. Párate a mi lado," me dijo. "Nunca te arrodilles, solo inclínate…cuando necesites hacerlo," me dijo. Sus grandes y hermosos ojos reflejando el cariño de sus palabras.

Tomando sus manos extendidas, me puse de pie. Ella tenía razón, no necesitaba arrodillarme. No tenía por qué sentirme postrado, vencido, desconsolado. No tenía por qué vivir con nada de eso cuando tenía sus manos entre las mías. Me habían sacado de la incertidumbre, de ese lugar vacío donde solía habitar.

Nos tomamos nuestro tiempo, lavándonos mutuamente, besándonos, tocándonos, riendo. Nos envolvimos en toallas y Bella secaba su cabello mientras yo encendía fuego en la chimenea de mi recámara.

Debería ser nuestra recámara. Era nuestra recámara. Solo no la llamábamos así. No aún.

Pronto nos acurrucamos en la cama, incapaces de evitar la fatiga provocada por un día tan lleno de emociones.

"Duerme, dulce niña," susurré. Tarareó felizmente antes de enterrar su cara en mi clavícula.

Me desperté a la mañana siguiente mientas el amanecer comenzaba. Varios rayos de sol comenzaban a filtrarse a través de las persianas. Abrí mis ojos para encontrarme con que ambos estábamos acostados en nuestros costados, su espalda hacia mí. Mi brazo estaba extendido y muñeca doblada en un extraño ángulo, y era porque tenia mi mano en una de mis mantitas de pechos, pero la persona a la que está conectada está algo apartada. Brevemente me pregunté si, al buscar a tientas, algún día me dislocaría el hombro en vez de llegar a mis dominios nocturnos.

Alejando mi brazo lentamente y poniéndolo en medio de nosotros, estudié las cuervas de Bella mientras dormía y el suave sonido de su respiración. No conformándome con simplemente ver, con mucho cuidado tracé el contorno de su costado con la puntas de mis dedos, empezando con su hombro y siguiendo hasta la mitad de su muslo. La manta sobre ella rodeaba suavemente las curvas y caídas de su forma—tan femenina, terrenal, sensual.

"Edward," murmuró entre sueños, mi nombre deslizándose entre sus labios tan suavemente como un soplo de aire. Dormida o no, lo tomé como una invitación.

Quizás no era 'ese tipo', pero era un hombre.

Presionándome contra ella, envolví mi mano alrededor de su cintura y metí mi nariz entre su cuello, dejándome un agradable olorcillo a crema de chocolate y champú de flores, y su inconfundible olor—que se conformaba exactamente de—feromonas o los aceites naturales de su piel, no estaba seguro. Pero el 'recuerdo' de él estaba almacenado de forma segura en mi mente; lo reconocía en mi ropa, en las sábanas, en las fundas de las almohadas.

Tomé su suspiro de felicidad y su suave gemido como una invitación, sobre todo porque mi cálido aliento había erizado su piel. Sus caderas empezaron a moverse lentamente mientras besaba su hombro, siguiendo por su cuello y su mandíbula. Un delicado 'ooh' se le escapó cuando mi lengua lamió el lóbulo de su oreja, y sonreí para mí cuando su pezón se puso erecto contra mi mano.

Poniendo mi cuerpo completamente alrededor de ella, me froté y acaricié contra ella, mi mano vagando de su pecho, a su abdomen, y hasta en medio de sus piernas.

Volteando su cabeza para mirarme, susurró 'sí' y me golpeó gentilmente con su suave trasero. Para mí, en ese momento ella era perfecta—una mujer completa, tan honestamente hermosa, sus curvas, sus pechos, sus caderas, sus muslos. No quería nada más que estar dentro de ella, entrar y salir de ella, escucharla gemir hasta que ya no pudiera más y perdiera la respiración, escuchar mi nombre salir lánguidamente de sus labios en un largo, bajo gemido. Esas cosas eran tan perfectas, tan increíblemente correctas.

Me deslicé dentro de ella lentamente, mi mano en su cadera, atrayéndola hacia mí. El calor y la humedad envolviéndose alrededor de mí y supe que Bella es a la única mujer a la que voy a tocar así. Solo mi hermosa Ojos Cafés estaría conmigo en estos momentos—cuando mi cuerpo se conectaba con mi alma.

"Mi Edward…mi todo," jadeó mientras nuestras caderas se movían a la par. Mi dedo jugaba con el pequeño capullo húmedo entre sus piernas hasta que el resto de sus flores se abrieron y se desbordaron, despertando esa familiar sensación: la exquisita pulsación y revoloteo de su cuerpo alrededor de mí.

"Ojos Cafés," murmuré. "Mi más dulce flor, te amo," susurré mientras mi brazo se envolvía fuertemente alrededor de su cintura y mis dedos se enroscaban en su hombro. Necesitaba tocarla, presionar su cuerpo contra el mío lo más cercanamente que se pudiera. No podía haber ningún espacio entre nosotros—ni en entre nuestros cuerpos, nuestras mentes, o nuestros corazones. Cuando estuve convencido de que no podía estar más cerca, froté mis labios contra su frente mientras mi cuerpo completo se ponía rígido y me corría dentro de ella.

Sintiéndome realmente desgastado de la mejor manera posible, descansé mi mejilla contra el costado de su cabeza. Le susurré al oído, con voz temblorosa, que me comprometía a hacer todo lo posible por hacerla feliz, y dije cada jodida palabra con una buena intención.

"Duerme, dulce hombre," me dijo mientras estiraba su brazo para palmear mi mejilla con un poco de bigote. Una vez que mi mano encontró su pecho y cerré mis ojos, me sumergí en una dichosa inconsciencia.

Mi ritual favorito del fin de semana era desayunar con Ojos Cafés. La mejor parte de mi domingo, sin duda, era despertarme con el olor de los huevos, pan tostado, salchichas de pavo, y café recién hecho. Okay, bien, la mejor parte de mi día ya había pasado—por eso del amanecer—pero la segunda tentación más deliciosa para despertarme tampoco estaba mal.

"Mira a quién trajo el omelet," bromeó Ojos Cafés con una sonrisa juguetona mientras le daba un beso en la mejilla de 'buenos días.' Estaba vertiendo café en mi taza y estaba a punto de poner la mesa.

"Oh, te quejas ahora, niña dulce. Solo espera a que llegues a tu hora del crucigrama de los domingos. Veremos si consigues alguna ayuda de mi parte," bromeé.

"¡Hmmph!" respondió con un profundo aunque juguetón sonido de desprecio. "Médicos y sus complejos de dios," murmuró, prácticamente lanzando la comida a mi plato.

"Dios, en efecto, Ojos Cafés," dije con fingida sinceridad mientras me paraba delante de mi desayuno. "es a Dios a quien tengo que agradecer por haberme dado una mujer que se la pasa bromeando e insultándome. Y que luce increíblemente sexy haciéndolo," dije con un guiño lascivo, poniendo mi servilleta en mi regazo. "Incluso aunque eso me cause, ya sabes, temor por mi vida mortal," agregué con miedo falso.

"Tan imbécil," fue su respuesta. Agitó su cabeza hacia mí, pero no pudo guardar rencor por mucho tiempo. Pronto, vio a mis labios curvarse en una sonrisa y ella se rió fuertemente.

No era la primera vez que hacía una comparación conmigo, y, para ponerlo en términos médicos, un sphincter ani externus(2). Supongo que lo merecía. Además de ser residente en un hospital y un médico preparado, molestarla siempre que pudiera era casi una vocación para mí, y eso había sido desde que la conocí. Era un hombre de pocas aficiones, y encontraba que esta era gratificante en un nivel que no podría describir adecuadamente.

"¿Cómo es que eres tú la agraviada aquí? Hasta donde recuerdo, anoche alguien me atacó mientras caminaba hacia el edificio," bromeé, maliciosamente inclinando mi cabeza hacia ella y frotando la parte posterior de mi rodilla para darle énfasis. "Quería hablar contigo acerca de tus sigilosos movimientos ninjas. Tienes una linda patada lateral."

"Eh, él está bien. Él también puede ser un imbécil," bromeó en respuesta, sonriendo dulcemente mientras le untaba mantequilla a su pan.

"Yo no soy el ayudante. Tú lo eres," le informé con cierto aire de superioridad.

"Pff, no es probable," sopló antes de tomar de su café.

"¿Quieres ser el superhéroe? bien. Tú puedes ser el superhéroe," ofrecí, tratando de ser caballeroso. No era nada sino siempre un caballero cuando intentaba apaciguarla.

"¿Qué tal si no soy un superhéroe? ¿Qué tal si soy el chico malo?" bromeó, sacándome la lengua.

"Lo diré, tú eres muy malvada. Y traicionera. Perversa, también," respondí con gran sarcasmo, riéndome ante la idea de Bella cometiendo un delito. "Aunque, ¿te vestirías como Gatúbela? Creo que eso me gustaría," agregué, masticando mi comida y tarareando para mí mientras la imaginaba vestida con un apretado traje brillante de vinil negro.

"Mmmhmm," estuvo de acuerdo mientras estudiaba su crucigrama. "Oh, hey, ¿Palabra de siete letras que significa 'estrella de mar cubierta de chocolate(3)'?"

"¿Imbécil?" respondí sin tratar de contenerme.

"¡Esa es!" exclamó, sonriendo de oreja a oreja y señalándome con su lápiz.

Más tarde, nos estábamos preparando para manejar hasta New Hampshire para conocer a Carlisle. Estaba mirando en mapas y direcciones en línea, a pesar de que mi carro tenía un sistema de navegación fiable.

"Es el tercer croquis que imprimes, Edward," dijo Bella mientras observaba a la impresora funcionar. "¿Nervioso?" preguntó, probablemente no dudándolo, sino solo buscando una confirmación.

"Sí," me encogí de hombros, tratando de reír.

"No lo estés," replicó en voz baja. "Hoy," comenzó, mirando por la ventana al cielo sin nubes de finales de invierno, antes voltearse y sonreír. "Es el día perfecto para terminar donde siempre debiste haber estado."

"Si estás conmigo, no puedo perderme," le dije. Me abrazó fuertemente contra ella, y descansó su cabeza en mi pecho.

"Nunca dejaría que eso pasara," confirmó mientras presionaba la palma de mi mano contra su mejilla. "Y no tendría esperanza sin ti," agregó con un suspiro.

Dos horas más tarde, detuve el carro en un camino de generosas dimensiones que se encontraba junto a una bien cuidada casa de estilo colonial en las afueras de Hanover.

"Esta es," dije, girando la llave y apagando el carro. Sentí los labios de Bella en mi mejilla.

"Has estado esperando por esto. Y él también," susurró. "Ve a conocer a tu padre," me apresuró.

Mis nervios se calmaron con sus amables palabras de aliento, pero antes de salir del auto, saqué algo del bolsillo de mi chaqueta. Era una vieja foto Polaroid que estaba metida entre las páginas del diario de mi madre. Aún no lo había leído, pero cuando Ojos Cafés me enseñó la foto, de la que mi madre obviamente no pudo desprenderse, supe que tenía que dársela a Carlisle.

Miré hacia una versión mucho más joven de mi madre que la que yo recordaba. Su expresión era brillante y feliz. Al lado de ella estaba Carlisle, su sonrisa tan efusiva como la propia pareja enamorada que formaban.

Mi madre con su corte de cabello juvenil podría no parecerme familiar—pero sí reconocía la satisfacción de sus ojos. La había visto en ella varias veces antes de que muriera. Tenía esa misma mirada en mis recitales de piano, mis ceremonias de premios, mis juegos de beisbol.

"Ella era muy hermosa," escuché decir a Ojos Cafés en voz baja.

"Lo era," acepté. Miré a los dos amantes congelados en el tiempo por un minuto más antes de susurrar un suave 'Te amo, mamá', y regresar la foto a mi bolsillo.

Enrosqué mi brazo alrededor de Bella, dejando salir un profundo suspiro y tocando un poco vacilantemente la puerta. Se abrió casi inmediatamente.

"Tú debes ser Edward," nos recibió una mujer, su sonrisa cálida y amigable. Parecía estar al principio de la edad madura, con un ondulado cabello color caoba y unos brillantes ojos color miel.

Todo lo que pude hacer fue asentir. En un parpadeo, jadeó y tiró de la manga de mi chaqueta, arrastrándome al interior de la casa. Vagamente sentí la mano de Bella apretándome el otro brazo, tranquilizándome.

Parado en medio de una espaciosa, pero hogareña sala, estaba Carlisle Cullen.

Mi padre.

Tenía que ser él. Tenía la misma expresión que yo debía tener en mi cara en ese momento—nerviosa, vacilante. No solo sus gestos se parecían a los míos, sino que las emociones eran las mismas. Había visto su fotografía por internet, y lo había visto en la fotografía de mi madre, pero verlo en carne y hueso era algo completamente diferente. Él era una persona real—con manos, pómulos, y ojos, todos parecidos a los míos. Pero la contribución secundaria era aparte de la conexión que sentí cuando su mano golpeó suavemente su pecho mientras me miraba. Estaba haciendo exactamente el mismo gesto en mi pecho. Estábamos demasiado abrumados para usar palabras.

Lentamente dejó caer su brazo mientras extendía su mano hacia mí y yo me acercaba a él. No puedo decir si era un saludo o era para asegurarse de que realmente estuviera ahí. De nuevo, sin pensar, automáticamente mis acciones reflejaron las suyas, y nos tomamos de las manos fuertemente. El apretón de manos duró solo unos pocos segundos. Era algo demasiado superficial y frío entre un padre e hijo que no se habían conocido, pero por bastantes años había contemplado la posibilidad de que quizás esto nunca pasara.

Nos abrazamos mientras nos dábamos sinceras palmadas en la espalda, mostrando las emociones. Preferíamos disfrutar que nos habíamos encontrado, que lamentarnos el haber esperado tanto.

"Edward, mi hijo," dijo Carlisle, su voz rasposa.

"Soy yo, Edward," fue todo lo que pude decir en respuesta, mi voz tan ronca como la suya. "Lamento haber tardado tanto" añadí, pidiéndonos disculpas a ambos. El alivio que sentí al notar que este momento era tan significativo para él como lo era para mí, me llenó con una abrumadora sensación de felicidad, e incluso un poco de sorpresa.

"No importa. Me encontraste. Eso es lo que importa," replicó, el consuelo y la seguridad claros en su tono de voz.

Bella y la mujer que nos recibió en la puerta, quien supuse debía ser la esposa de Carlisle, Esme, se estaban sosteniendo la una a la otra mientras ambas lloraban y reían. No tardaron en unirse al encuentro padre e hijo, y los cuatro formamos un abrazo tipo celebración de equipo de futbol.

"Por cierto, ella es mi Bella," dije con una risa. Nunca había presentado a alguien cuando todos ya estaban actuando tan familiarmente.

"Hola," dijo Bella en voz baja. "Edward," agregó, "Realmente no puedo respirar." De alguna manera mi novia se las había arreglado para terminar entre mi padre y yo, con mi brazo alrededor de sus costillas y el de él alrededor de sus hombros.

Claramente, los abrazos de osos eran otra contribución genética que podía atribuir a Carlisle.

"Lo siento, cariño," dijo Esme. "Los abrazos de Carlisle…" luchó para decir, su respiración volviéndose irregular. "Son…un…poco…enérgicos," explicó.

"¿Él estruja—quiero decir, aprieta?" pregunto Ojos Cafés.

"Como una boa constrictor," contestó Esme.

"Por cierto, encantada de conocer, Bella," interrumpió Carlisle.

"Lo mismo digo," Bella dijo desde el cuello de mi chaqueta. Su rostro estaba presionado contra mi hombro y podía sentir su barbilla en mi axila.

"Estamos muy contentos de conocerlos a ambos," dijo Esme, deseosa de mantener viva la conversación, sin importar o absurdo que era tratar de mantener una charla mientras todavía estamos en ese extraño abrazo, los cuatro entrelazados, sin ninguna señal de separarnos.

"Estamos felices de estar aquí," repliqué.

"Hice un asado," nos informó Esme. "Espero que estén hambrientos."

"¿Te puedo ayudar con algo?" ofreció Bella.

"No, pero gracias. De hecho, ya solo estaba dejando respirar el vino. ¿Les apetece tomar una copa?" Esme ofreció educadamente. "Es solo…" trató de gesticular con la cabeza hacia el aparador que estaba pegado contra la pared.

Un grupo de ocho piernas de cuerpos humanos se movió hacia un lado de la habitación, pero el sonido de las tablas crujiendo debajo de nuestros pies interrumpió nuestro ridículo caminar oruganesco(4).

"Veo que no pudieron esperar por el viejo," escuché de una fuerte voz, pero no pude ver a quién pertenecía porque estaba de espaldas a él.

"Papá, ven a conocer a Edward…tu nieto," dijo Carlisle, palmeando mi espalda y frotando mi hombro.

"No necesitan interrumpir la fiesta por mí," dijo con una carcajada. Sin embargo, me desenredé de mis tres 'compañeros de abrazo', para poder presentarme adecuadamente.

Me volteé y quedé frente a la fuente de esa profunda voz. Era un señor mayor que parecía estar en sus setentas, pero tenía los mismos brillantes ojos azules que Carlisle. Me sonrió, con los brazos extendidos.

"Edward, este es Patrick Cullen, tu abuelo," dijo Carlisle mientras se paraba a mi lado y señalaba al hombre enfrente de mí.

"Es, uh, un placer conocerlo," le dije, esperando que me aprobara.

"Déjame echarte un vistazo," dijo, apretando mis hombros con sus fuertes manos. Era tan alto como yo, con una espalda fuerte y piernas largas, como las mías. Su cara cambió cuando vio mis ojos—se veía bastante serio, como si estuviera analizándome, pero rápidamente asintió y susurró para sí un 'mmhmm'.

"Cullen, completamente," decidió, sonriéndome ampliamente mientras yo miraba hacia mis pies y reía.

"Gracias," dije, frotando la parte de atrás de mi cabeza y dándole una media sonrisa. Me sonrió y palmeó mi mejilla.

"Eres bienvenido, mi chico. Muy bienvenido," me aseguró, jalándome para abrazarme. Sabía que lo hacía más que por mi gratitud.

"Papá," dijo Carlisle, volteándose hacia mi abuelo. Ambos se abrazaron.

"He recitado este verso de Marcos muchas veces," le dijo mi abuelo a mi padre. "Todo es posible para aquel que cree.' Nosotros creímos…perseveramos, y aquí está él," dijo mi abuelo, poniendo una mano en mi hombro y la otra en el de Carlisle.

Mi corazón se hinchó ante sus palabras. Escuchar que mi existencia era algo que ellos habían esperado y deseado llenó un espacio en mi alma que no solo había estado descuidado, si no abandonado. Mi esperanza y perseverancia estaban reducidas a nada porque creí que nadie sentía eso por mí.

Un par de brazos se enredaron alrededor de mi cintura y me volteé para ver a Ojos Cafés sonriéndome. Acuné su cara entre mis manos y le di el beso más feliz que alguna vez le había dado a una mujer.

"Te amo, Ojos Cafés," susurré en su oreja.

"También te amo," dijo en voz baja mientras presionaba un pañuelo contra su mejilla.

"Estoy tan contento de estar aquí…contigo. Esto también te hace feliz a ti, ¿no?" pregunté, esperando que reafirmara lo que había dicho ayer, que encontrar a mi padre también le proveía felicidad a ella.

"Obviamente," dijo, descansando su cara en mi hombro y sonriendo.

Pocos momentos después, todos estábamos sentados alrededor de la gran mesa, donde Esme nos había preparado nada menos que un festín para nosotros. Mi abuelo, que era un reverendo Episcopal en ejercicio, nos hizo tomarnos de las manos para agradecer a Dios antes de cenar.

"Bendice, Padre Celestial, estos dones a tu servicio y a nosotros para servirte amorosamente; y mantennos siempre atentos a las necesidades de los demás. Y gracias, Señor, por traer a mi nieto a casa con su familia. Te pedimos porque su querida madre esté a tu lado, cuidándonos hoy y siempre; por Jesucristo Nuestro Señor Amén," dijo, antes de cada uno murmurara 'amén'.

La cena pasó entre una fluida conversación, todos ansiosos por conocernos los unos a los otros. Cada día aprendía un poco acerca de la vida de mi padre y cómo había sido. Su madre, mi abuela Verónica, había muerto unos años antes de que yo naciera. Carlisle y el resto de las antiguas generaciones de los Cullen eran de un pequeño pueblo de Landaff, justo al otro lado de Hanover. Mi abuelo, ahora semirretirado, aún decía su sermón cada domingo por la mañana en la misma iglesia en la que había estado por casi cincuenta años. Vivía en la pequeña casa de atrás de la casa colonial restaurada que Carlisle y Esme habían comprado cuando se casaron.

Cuando la cena terminó y Patrick decidió irse a casa, me ofrecí a acompañarlo. El fresco aire de la noche y la caminata con mi abuelo me ayudaron a despejarme de la niebla producida por el asado. Pronto, llegamos frente su pequeña casita de un piso, con una pequeña luz titilante enfrente de nosotros.

"Edward," comenzó, volteándose para enfrentarme. "cuando le dijeron a tu padre que tú habías muerto y que Libby se negaba a verlo, perdí una parte de él," explicó, el tono de su voz ligeramente sombrío. "Compartí su tristeza, así como estoy seguro de que tú también, aún sin saber por qué. Tres generaciones, llenas con la misma carga," dijo, su boca formando una línea apretada mientras asentía.

Claramente todo lo que Edward Masen había hecho para separar a mis padres había tenido un efecto dominó en todos nosotros. Y, ahora, finalmente, podríamos dejar todo atrás. Patrick era el hombre que debió haber sido mi abuelo todos estos años. Escuché atentamente mientras contaba, en sus propias palabras, todo lo que le había pasado a Carlisle. Lo hizo en una manera mucho más elocuente y profunda de lo que yo hubiera podido.

"Esto me recuerda a la parábola del hijo pródigo, el chico perdido que regresa con su padre," continuó. "pero a diferencia del hijo pródigo, tú ni hiciste nada para buscar una separación. No, no. Tú, Edward, eres la oveja perdida con la que padre cargó durante veintiocho años," me dijo, poniendo su mano en mi hombro.

"Yo predico acerca de demonios y cómo los monstruos y criaturas que vemos en los libros y películas eran, evidentemente, falsos. Pero hay verdaderos demonios. Nos persiguen en nuestro interior. Y espero que los demonios que quizás te persiguieron antes ya se hayan ido, en serio," dijo, dándome una palmada en la espalda. Le di un abrazo para agradecerle por todo—por aceptarme y ser honesto y amable.

"Tú amas a esa chica," me dijo, refiriéndose a Ojos Cafés. Era una declaración, no una pregunta. Simplemente asentí con mi cabeza, estando de acuerdo. "Y ahora estos tres permanecen: fe, esperanza y amor. Pero el más grande ellos es el amor,'" dijo, asintiéndome en respuesta. Se rió para sí antes de ver mi expresión de ligera timidez, después me dio las buenas noches.

Regresando a la casa principal, caminé por la cocina y vi a Bella y Esme teniendo una conversación muy animada mientras lavaban los trastes. El tema de la conversación era la cocina: más específicamente, recetas de quiche.

"Y para esa, tienes que usar ralladura de queso Gouda ahumado. Se quejará si no lo haces—créeme," Dijo Esme, riéndose. "Puedo imprimirte la receta antes de que se vayan."

"¿Quién se quejará?" pregunté entrometidamente, envolviendo mis brazos alrededor de Bella desde atrás y apoyando mi cabeza sobre su hombro.

"Usted, Mayor McQueso," me informó Ojos Cafés, riendo tontamente junto con Esme.

"Edward," dijo Esme, mirándome como si me fuera a decir algo muy serio. "Has heredado algo muy serio e importante, siendo un hombre Cullen."

"¿Oh, sí? ¿Qué es?" dije.

"Tu amor por los huevos," respondió con un profundo suspiro. "Y como una mujer Cullen mayor, déjame hacer lo que pueda para ayudar a Bella con esa nueva responsabilidad—ofrecerle mi guía con la demandante, ardua tarea de hacer posible tu amor. Es lo menos que puedo hacer," explicó, agitando una espátula para dar énfasis, antes de que ambas se rieran a carcajadas.

"Oh, ya veo como es esto," gruñí juguetonamente. "Dos contra uno. Me voy," hice un puchero, dejando la habitación en busca de Carlisle, soportando sus risitas tontas y sus fingidos lamentos de 'aw, pobre bebé' mientras salía. No estaba realmente molesto por sus bromas. Estaba realmente contento de que Bella hubiera encontrado una aliada y alguien con quien bromear juguetonamente en Esme. Creo que las dos tendrán un montón de cosas de las cuales platicar. O de las cuales quejarse. Era difícil saber.

Afortunadamente, me tropecé con Carlisle mientras este estaba hurgando en un gran armario. Estaba tratando de sacar algo de entre una enorme pila de otras pertenencias acumuladas.

"¿Puedo ayudarte con algo?" ofrecí, parándome detrás de él.

"Oh, no. ya lo tengo. Gracias de todas formas," contestó con una sonrisa, tratando de detener la amenaza de una avalancha de abrigos y paraguas, que amenazaban con desparramarse por todo el pasillo. "Aquí está," dijo, sacando una gran bolsa rectangular hecha de lona negra. Poniéndola en el piso, la abrió rápidamente para mostrar una bolsa de golf.

"Esto," dijo, señalando la bolsa enfrente de mí, "es para ti."

"¿Palos de golf?" pregunté, perplejo. Ni siquiera jugaba golf. De hecho, había hecho una promesa de nunca aprender. Me parecía un pasatiempo totalmente esnob. El golf, al menos en mi mente, era para ricos, viejos gordos, como mi abuelo materno. Estaba un poco sorprendido de que Carlisle tuviera interés en eso.

"Edward," comenzó, "todo doctor necesita jugar golf," declaró simplemente.

Me limité a levantar una ceja, ganándome una carcajada de su parte.

"No es lo que piensas, créeme. Yo juego lo que me gusta llamar 'golf vago.' O juego para ganar, ni siquiera para mejorar. Juego porque es el único deporte o pasatiempo serio en el que se puede disfrutar al mismo tiempo que se socializa," explicó, empujando la bolsa de palos hacia mí.

"Pero, uh, nunca antes he jugado," dije torpemente mientras inspeccionaba la bolsa de cuero grueso. Cuando Carlisle dijo 'golf vago,' no estaba bromeando. Los palos estaban cubiertos con calcetines de tenis viejos que están numerados con un marcador Sharpie.

"¿Nunca? Probablemente eres mejor que yo. Apesto," confesó con una risita. "pero aprendes mucho sobre un hombre cuando juegas unas pocas rondas con este. Lo descubrirás mientras platican entre los hoyos o simplemente por su manera de jugar," reveló.

"Bueno, gracias. No estoy seguro de si tendré oportunidad de usarlos…" traté de pensar, incapaz de pensar en alguna oportunidad de jugar pronto.

"Seguro la tendrás. La temporada acaba de empezar. Es el mejor tiempo para aprender. Encuéntrate conmigo en el campo de prácticas esta semana—el miércoles. Siempre ten los miércoles libres, como cada buen doctor lo hace," dijo con una sonrisa irónica.

"¿En serio?" pregunté. Incluso yo creía que esa vieja tradición de miércoles de golf era un cliché, y yo trabajaba en esa profesión.

"Edward," contestó, poniendo su brazo a mi alrededor. "El miércoles en el campo de prácticas significa que avergonzaras hasta la mierda a los abogados en los tee-time del sábado(5). Están en la corte toda la semana," explicó con un guiño.

Creo que quizás tenía un extremadamente relajado padre.

"El miércoles, entonces," contesté con un asentimiento y una carcajada. "Pero creí que habías dicho que apestabas en el golf," dije, confundido por su contradicción.

"Oh, apesto en comparación a los otros doctores. Pero nunca me permitiría jugar tan mal como un abogado. A ellos simplemente no se les da," contestó con una risa sincera.

Poniendo los palos contra la pared, esperé a que Carlise terminara de reorganizar todas las cosas que había tenido que mover y sacar para encontrar lo que estaba buscando. Cuando vi mi chaqueta colgada a su lado, recordé que y también tenía algo que compartir con él.

"Um, de hecho, tengo algo para ti," dije, algo ansioso. Saqué la foto Polaroid de mi mamá con Carlisle del bolsillo de mi chaqueta. "Es una foto de ti y mi mamá. Estaba almacenada con sus antiguas cosas. Pensé que quizás te gustaría tenerla," tartamudeé, esperando no haber despertado recuerdos difíciles para él.

Examinó la fotografía mientras se la extendía. Al principio se veía sorprendido, pero su expresión se convirtió en una que refleja cuán agridulce le parecía ahora aquel momento.

"Libby," dijo con un suspiro. "Dios, amaba a tu madre. Fue la cosa más increíble—conocerla, enamorarme de ella," agregó, rascando su cabeza mientras tomaba la foto.

"Mi abuelo, Edward Masen, le dijo muchas cosas. No eran verdad. Es por eso que mi madre nunca te buscó," expliqué, esperando que comprendiera que nada de lo que había pasado había sido culpa de mi madre.

"Lo sospechaba fuertemente, especialmente después de que Bella me contactó. Si supieras tanto como yo sobre todo eso, claramente Libby estaba escondiéndote muchas cosas—que ella no tenía un concepto muy alto sobre mí," contestó, pensativo.

"No estás…enojado con ella, ¿o sí?" pregunté, deseando que viera que las cosas estuvieron más allá del control de ella, al igual que del suyo.

"No, Edward. No lo estoy," me aseguró. "Ella probablemente comenzó a formarse una mala impresión de mí después de dejar Yale—una impresión que yo nunca le di. Edward Masen definitivamente no creía que fuera una pareja correcta para su hija. No puedo culparla a ella por haber sido susceptible a su influencia. Ella idolatraba a su padre, siempre estaba tratando de buscar su aprobación."

"Lamento mucho la manera en que terminaron las cosas," dije, sintiendo verdadero remordimiento por cómo habían sufrido sin necesidad.

"Yo no," dijo mientras se encogía de hombros. "No lamento haberme enamorado de tu madre y que eso te haya traído al mundo. Ni siquiera lamento que hayamos sido forzados a separarnos. Porque si eso no hubiera pasado, ahora no tendría a Esme.

"Hay mucho que se puede decir acerca de un amor juvenil y de enamorarse de alguien tan rápido y tan profundamente. Es una experiencia increíble," dijo mientras veía la Polaroid una última vez, antes de ponerla en el bolsillo de su camisa. "Pero con Esme tengo algo que…ni siquiera puedo describir. Ella vio cuán infeliz era, como simplemente me iba arrastrando por la vida, y ella me sacó de eso," dijo, sonriendo con nostalgia.

"Sí, creo que sé cómo es eso," repliqué con una risa. Ojos Cafés había hecho por mí exactamente esas mismas cosas.

"Edward, he tenido casi treinta años de mi vida adulta para pasar por todo esto. Tú estás empezando a descubrirlo. Pero déjame ayudarte: no desperdicies ni un minuto más viviendo en el pasado. Haz lo que puedas para ser feliz. Nada más importa," me aconsejó, levantando la bolsa de golf y pasándomela.

Él tenía razón. No importaba nada más.

Después de despedirnos largamente al lado de mi auto, Carlisle y Esme agitaron sus brazos mientras iba en reversa en el Volvo y salía hacia el tranquilo camino a casa. Bella se rió tontamente mientras hojeaba en la pila de recetas que Esme le había dado antes de salir.

"Adoro a madrastra," declaró con una sonrisa. "Y a tu padre. Y a tu abuelo," gorjeó alegremente. "Ya hice planes para volver a venir a cenar el próximo domingo. Vendré incluso si tú no vienes," bromeó, frotando mi muslo. Mientras estábamos dejando la casa, Carlisle había insistido en que regresáramos, y yo había aceptado con entusiasmo.

"Hey, acabo de conocer a estas personas, no me las robes," me quejé juguetonamente.

"Aw, no lo haría. Son demasiado increíbles como para no compartirlos," replicó.

"Lo son, ¿no?" dije con una ancha sonrisa.

Tenía que admitirlo, nada de esto hubiera sido tan gratificante si no hubiera tenido a Bella para compartirlo. Estaría manejando a casa para llegar a mi vacío apartamento y no tendría con quien disfrutar de todo.

"Eres un chico afortunado, Edward," dijo con un suspiro de satisfacción.

"Sí que lo soy," estuve de acuerdo.

Bella y yo hicimos nuestro camino de regreso a Cambridge, hasta nuestro edificio cerca de Harvard. Corrimos por el vestíbulo y los dos tramos de escalera hasta mi apartamento, donde insistí que se quedara esta noche. Ella ya tenía su pijama, un cambio de ropa, y su cepillo de dientes aquí. Incluso había una caja de tampones debajo del lavamanos.

Tampones. En mi apartamento. James haría un escándalo. Pero a mí no me importaba. Esta mujer se había abierto conmigo, me aceptaba, me amaba. Y al hacerlo, me había enseñado un mundo que nunca habría descubierto sin ella.

"Jesús, ¡Tus pies están congelados!" exclamé con una risa mientras Bella se acurrucaba a mi lado, presionando las plantas de sus pies contras mis pantorrillas.

"Lo siento, amor," contestó, mirándome con sus ojos alegres. "¿Puedes pensar en algo que me caliente?" preguntó tímidamente, mordiéndose su delicioso labio inferior.

"¿Puedo pensar en algo?" reí. "¿Qué no puedo pensar cuando estás en la cama conmigo, coqueteándome con esa tímida mirada?" pregunté, tomándola por su cadera y poniéndola encima de mí. "Nada como unos movimientos aeróbicos para que tu temperatura aumente, Ojos Cafés," le informé con una sonrisa.

"Oh, movimientos aeróbicos, ¿huh? ¿Cómo este?" preguntó, poniéndose a horcajadas sobre mí y moviéndose de arriba a abajo.

"Justo como ese, niña dulce" dije con un ronco susurro, justo antes de tomar su cara entre mis manos y besarla profundamente.

Gasté el resto de la noche asegurándome de que ambos tuviéramos suficientes movimientos aeróbicos. Después de todo, odiaría que tuviera que dormirse con sus extremidades frías.

El siguiente día pasó rápidamente mientras trabajaba mi usual turno de treinta y seis horas de lunes a martes. El miércoles en la mañana, Carlisle y yo nos encontramos en el campo de golf que estaba a mitad de camino entre Boston y Hanover. Me explicó los elementos fundamentales del juego y me dio instrucciones sobre cómo y cuándo utilizar los distintos palos, antes de comenzar a practicar en el campo.

"Eres bastante bueno," me dijo con entusiasmos mientras veía mi tiro de práctica.

"Gracias. Ya sabes, este juego no está tan mal," admití, moviendo mi palo hacia atrás y hacia adelante entre mis manos.

A este ritmo, vas a dejar un rastro de abogados humillados a lo largo del campo," dijo con una sonrisa, antes de lanzar un tiro perfecto que mandó a la pelota cortando el aire. Agitó su cabeza y rió cuando vio que su tiro no llegó tan lejos como el mío.

Después de un par de horas de práctica, decidimos terminar y almorzar algo, antes de irse cada quien por su camino para encontrarnos hasta la cena del domingo.

"Mira, Edward," comenzó Carlisle mientras recogía sus cosas. "Quiero darte algo. Espero que no creas que es un atrevimiento de mi parte," agregó, sacando una pequeña caja de terciopelo de uno de los compartimentos exteriores de su bolsa de golf. "Era para tu madre, pero ahora es tuyo."

Tomé la caja y la abrí lentamente—mi mano temblando ligeramente. En el interior había un delicado, antiguo anillo de compromiso con un diamante. Ese que había querido darle a mi mamá cuando manejó hasta Chicago para verla, solo para ser echado de la puerta por mi abuelo.

"Carlisle, yo, uh, no sé qué decir," tartamudeé abrumado por el hecho de que me había confiado algo que era muy significativo para él y su familia.

"No tienes que decir nada. Solo consérvalo," insistió.

"Pero esto…es realmente valioso para los Cullens…" dije, mi voz desvaneciéndose.

"Y eso es exactamente por lo que te pertenece. Eres un Cullen—mi único hijo y el último de nosotros. Ese anillo significaba algo para todas las personas que lo habían pasado de una generación a otra. No tenía que quedarse en una caja de seguridad por más tiempo," me dijo.

"Gracias, Carlisle. Me siento honrado," dije.

Quizás estaba siendo tonto al pensar que Carlisle tenía 'su' familia. Era mejor decir 'nuestra' familia. Su aceptación incondicional hacia mí como un Cullen me hacía sentir como si mi vida estuviera completa. Tenía un padre, una familia, una identidad, un lugar en el mundo.

"No necesitas agradecerme. Solo dáselo a la chica correcta en el momento correcto," me aconsejó, sonriéndome. "Pero yo no la haría esperar por mucho tiempo. Parece tener un carácter como el de Esme," agregó con un guiño.

"¿No le diste este a ella?" pregunté mientras levantaba el anillo cuidadosamente del cojincillo de seda para mirarlo más de cerca.

"No," contestó, agitando su cabeza. "Quería empezar de nuevo. Mi vida con Esme era un nuevo inicio, un fresco comienzo. Conservé ese, pero conseguí un nuevo anillo hecho solo para ella. Quería darle algo único, porque ella lo es para mí," agregó.

"Si yo, ya sabes, si le doy esto a Bella, ¿crees que dirá que 'sí'?" pregunté, pensando nerviosamente en una proposición. La verdad es que pensaba que estaba listo para pedirle que se casara conmigo, pero la idea aún me espantaba.

"Creo que conoces la respuesta a eso," se burló. "Ella no me habría llamado o habría venido contigo a conocerme si no estuviera para aceptar si se lo pidieras.

"Sí, supongo que tienes razón," estuve de acuerdo, sonriendo.

Ojos Cafés y yo habíamos pasado por muchas cosas juntos, maduramos juntos. Nos hacíamos felices el uno a otro, y la vida sin ella, no sería vida para mí.

"Y he visto la manera en que se comportan el uno con el otro, y la manera en que te mira. Incluso un hombre viejo como yo conoce esa mirada. Gracias a Dios mi esposa aún me la da," bromeó, palmeando mi espalda y apretando mi hombro. Lo miré por un momento, y noté que nuestros rostros tenían la misma sonrisa.

"¿Puedo pedirte que hagas algo por mí?" pregunté mientras caminábamos a la casa del club para tomar el almuerzo.

"Por supuesto," contestó sin dudar.

"Si Bella acepta, ¿Serías mi padrino?" pregunté, sintiéndome un poco ansioso. Quizás no nos conocíamos de mucho tiempo, pero ya lo veía como el amigo que siempre había necesitado. No podía pensar en nadie más que quisiera tener a mi lado.

"Ahora yo soy el que debe sentirse honrado," dijo con orgullo. "¿Te importaría hacer algo por mí, también?"

Cuando él pidió su favor, acepté sin pensarlo dos veces, y agitamos nuestras manos para confirmar que teníamos un trato.

Después del almuerzo con Carlisle, pasé el camino de regreso a Boston pensando en la nueva vida que ahora tenía y la mujer con la que no podía esperar para compartirla. Tuve mi gigante sonrisa todo el camino de regreso a casa.


(1)Proffesor Booty es una canción de los Beastie Boys

(2)Esfínter anal externo. Es un juego de palabras con 'asshole' intraducible

(3)Es una golosina, que al parecer se parece al ano, o al menos eso es lo que da a entender, de nuevo juego de palabras con 'asshole' intraducible

(4)Como oruga

(5)Los tee-times son reservaciones en campos de golf para empezar tu ronda a una hora determinada


Bueno, chicas, nuevo capítulo, uno demasiado cursi, según yo (: Es la recta final, chicas, solo quedan 3 capítulos.

La próxima semana entro a la universidad, pero trataré de seguir actualizando a más tardar cada 2 semanas.

También les aviso que ya está el primer capítulo de la traducción que seguiré después de esta:

We Were Here

Muchas gracias por todos sus reviews, siempre me sacan una sonrisa

sparklinghaledecullen