Capítulo 2

Rose y Gisèle bajaron a tomar desayuno al Gran Comedor. En la enorme habitación habían cuatro largas mesas colocadas paralelamente, cada una llena de todo tipo de comida a lo largo de su superficie. Ese día había pocos alumnos comiendo, pues las amigas se habían levantado temprano. Luego se pararon para ir a su clase de Pociones. Bajaron a las mazmorras y entraron a la sala. Ambas se sentaron en un pupitre cercano a la mesa del profesor, aunque no en la primera fila, pues Slughorn se la pasaba haciendo preguntas a los de adelante, ya que estaba viejo y no oía bien.

- ¡Buenos días! - Comenzó el profesor, aún enérgico a pesar de su edad. - Hoy aprenderemos cómo preparar la poción Veritaserum, el suero de la verdad. Os dejaré los ingredientes en la estantería que se encuentra a sus espaldas. El alumno que logre elaborar las primeras etapas de la poción de manera perfecta se ganará un pequeño frasco, cortesía de la clase. - Concluyó guiñando un ojo a sus alumnos. - La poción en realidad demora un ciclo lunar en prepararse, es decir, unos veintiocho días, por lo que hoy evaluaré tan sólo la base.

- Pero profesor, ¿No es peligroso que deje una poción tan elaborada como lo es el Veritaserum en las manos de un alumno? - Preguntó una chica Ravenclaw, Emily Clearwater, ganándose unos chiflidos de parte de un grupo de Slytherins.

- Oh, no, ya no hay peligro en la vida de mis alumnos, no os preocupéis. Ya no es como hace veintiséis años, cuando el peligro estaba a la vuelta de la esquina… - Dijo mirando fijamente un punto en el techo, con cara de preocupación. Pero se relajó y continuó. - No, ya no. Bueno, ¡A trabajar!

Rose se levantó para ir a buscar los ingredientes. No le preocupaba la tarea en absoluto. De hecho, creía que tenía altas posibilidades de ganarse la poción, y pensar las cosas que podría hacer con ella…

Los alumnos pasaron la próxima hora preparando la poción. Muchos parecían perdidos, e incluso a un chico de Hufflepuff le había explotado la mezcla en la cara, causando que se pusiera a hablar sin remedio un conjunto de verdades sobre su vida personal.

- ¡Mi abuela me cantaba antes de dormir todas las noches cuando tenía dieciséis! - Soltó para luego taparse la boca, para después decir algo como "Me guhta Roia Goaz". Suerte para él que no muchos entendieron a quién se refería, aunque la chica sentada a su lado se tapó la cara sonrojada, causando risas por toda la clase.

Rose observó su solución. Una poción inodora e incolora, casi igual a un frasco de agua. Perfecto resultado. Se paró para ir al escritorio del profesor Slughorn, alegrándose de su premio, el cual ya casi palpaba con sus manos. Pero su sueño se desvaneció al darse cuenta de que había llegado al mismo tiempo que otro chico. "No importa, no creo que le haya quedado tan bien como a mí", se dijo. Pero con dudas. El otro chico era nada más ni nada menos que Scorpius Malfoy, el alumno con las mejores calificaciones de Slytherin.

- ¡Pero qué sorpresa! ¡Dos alumnos ya han terminado! - Exclamó el profesor entusiasmado. - ¡Llévenme a sus escritorios para solucionar el empate!

El profesor se paseó confundido por ambos escritorios una y otra vez, con cara de asombro, hasta que al pasar unos minutos declaró su veredicto final.

- Me sorprende enormemente anunciar de que ambas pociones están perfectamente elaboradas. - Dijo con cara de alguien que no se cree ni sus propias palabras. - ¡Encuéntrenme en mi despacho cuando hayan acabado de ordenar! - Y dicho esto, salió de la sala.

Los dos alumnos se miraron por un segundo antes de reaccionar. Un segundo que pareció una eternidad. Ella sentía nuevamente su mirada pesando sobre su alma, y le gustaba. Le gustaba ese extraño sentimiento que parecía una mezcla sutil de nerviosismo con adrenalina que se apoderaba de su cuerpo cada vez que se perdía en aquel par de ojos grises. Y a él también, aunque no lo comprendía. No entendía qué era eso que le producían sus ojos celestes. Scorpius Malfoy nunca había se había sentido menos que seguro frente a una chica, pero frente a sus ojos no podía evitar desear actuar de alguna forma para poder demostrarse a ella; quería que supiera lo asombroso que él era, porque por algún motivo no asumía que ya estaba tan al tanto de ello como cualquier otra.

Al pasar el segundo, ambos apartaron la mirada instantáneamente, sorprendidos y repulsados por todo lo que acababan de pensar. Ella no podía interesarse por la mirada de él, y él no podía desearla a ella. Era inimaginable, así de simple. Cada uno se dirigió a su respectivo escritorio para ordenarlo, sabiendo que se volverían a encontrar en el despacho de Slughorn cuando acabaran de hacerlo.

- ¿Qué fue eso? - Le preguntó Gisèle. Rose temió que pudiera haberse notado lo de las miradas… O lo que sea que haya sido eso. - Yo apenas he descifrado a qué intensidad poner el fuego, y tú ya has terminado. - Dijo mientras se limpiaba algo irreconocible del cabello.

Aliviándose de que su amiga no había notado nada, la chica ordenó su escritorio con un movimiento de varita y tomó su mochila. Sin siquiera levantar la mirada para buscar al rubio con quien compartía la incertidumbre sobre lo que estaba a punto de suceder, emprendió su camino al despacho de Horace Slughorn.

Scorpius ya estaba ahí, con los brazos apoyados en el respaldo de una silla mientras se paraba detrás del asiento. Junto a esa silla, había otra, seguramente destinada para ella. El despacho era de tamaño regular, tenía unos sillones y una enorme cantidad de objetos extraños que la chica no reconoció. Recordaba que su padre le había contado que había estado una vez allí, pero que sus recuerdos eran confusos, pues casi había muerto a causa de una poción de amor. El profesor se encontraba sentado al otro lado del escritorio, pero se levantó de su asiento con la llegada de la chica.

- ¡Rose! Qué bien. - Dijo. - Ahora podemos comenzar. Toma asiento.

- Al fin. - Exclamó Scorpius para sí mismo.

- Bueno… Supongo que es algo extraño para ustedes estar aquí. - Comenzó.

- ¿Extraño? - Le interrumpió Scorpius. - Yo solo vine a recoger la poción que me prometió en clases. - Y se acercó rápidamente al escritorio estirando la mano para exigir su premio.

"Diablos" pensó Rose. "Qué le pasa a este chico, ¿Es que acaso no puede soportar unos pocos minutos en la misma sala que una enemiga de su precioso linaje?" Pero no dijo nada; y además tuvo que reconocer que el chico tenía un punto, pues lo único extraño de que les hubiera llamado a su despacho había sido su cara de confusión al realizar la petición, nada más que eso.

- Bueno… Ejem… - Continuó Slughorn. - Sí… Si lo pienso bien en realidad lo extraño ha sido para mí. - Se dijo así mismo rascándose la cabeza. - En fin. Partiré desde el principio de la historia. Hoy día en clases realicé un pequeñito experimento en mis alumnos al escoger la poción Veritaserum. Verán, el suero de la verdad es una poción extremadamente compleja, y asumí que si algún alumno lograra llevarla a cabo, entonces sería capaz de realizar la tarea que me pidieron que os proponga…

El profesor se había quedado callado mirando unos papeles en su escritorio por un buen rato.

- Profesor. - Dijo Rose, con una voz fuerte para sacar a Slughorn de sus pensamientos. - ¿Habló de una tarea?

- ¡Oh, sí! ¡La tarea! Qué bueno que me lo recuerdas… Bueno, como les dije, yo iba a elegir al alumno que se acercara más a haber desarrollado una buena poción, pero nunca imaginé que alguno la lograría hacer bien, ni menos que dos…

El profesor se había vuelto a quedar callado.

- ¡Oh, vamos! Que coñ… - Pero Rose le hizo una señal con la mano para que se detuviera, a la que tuvo que responder.

- ¿Profesor? - Preguntó la chica amablemente, lanzando una mirada asesina a Malfoy.

- ¡Dos alumnos! - Gritó de repente, saliendo de su estado de trance y alzando sus manos al cielo. - ¡Nunca pensé que podía ser tan buen profesor! Pero bueno, ya está. Lo lógico será que ambos realicen la tarea.

Scorpius se estaba desesperando frente a la lentitud del profesor, y rodando los ojos por la sala reparó en un extraño objeto de piedra que descansaba en una esquina.

- ¡Profesor! - Exclamó, sorprendiendo a los otros dos por su repentina muestra de interés. - Profesor… Le veo muy cansado y se nota que le es difícil hablar mucho. ¿Por qué no se ahorra el problema prestándonos el recuerdo de cualquiera que haya sido la conversación que causó… esto? - Continuó de manera persuasiva, como todo un Slytherin. - Veo que tiene un pensador en su despacho. Exquisito gusto, por cierto. Una antigüedad muy valorada.

- Oh gracias chico… Bueno, supongo que no me hará mal… después de todo, a mi edad no es tan fácil ser un parlanchín. ¡Me hubieran conocido a su edad! Era todo un galán…

- No lo dudo. - Respondió Malfoy, mientras que Rose rodaba los ojos mirando la escena.

- Bueno, ¡Menos palabras! - Acto seguido se sacó una luz plateada de la cabeza con la ayuda de su varita que luego metió en un pequeño frasco de vidrio. - Aquí tienen.

Scorpius tomó el frasco y se paró para dirigirse al pensador. Rose no tuvo más opción que seguirle y se alivió al notar que la extraña fuente de piedra era lo suficientemente grande para que cupieran ambas cabezas sin tener que apretarse. El chico vertió el contenido en la fuente y ambos introdujeron sus caras en ella.

Los chicos cayeron en un vacío lleno de sombras que formaban rápidamente figuras de lo que parecía ser una habitación. Al acabar el proceso, notaron que se encontraban en una casa pequeña, algo desordenada y modesta. Slughorn se encontraba frente a ellos sentado en un excéntrico sillón color rojo de terciopelo, y las maderas de color café con tonos verdosos. Sin siquiera haber hecho una mueca por su estruendosa llegada, revolvía una gran taza de té mientras tarareaba una melodía.

- Qué hombre más ridículo. - Se le oía decir a Malfoy.

- Al menos no le llamas "viejo". - Le dijo la chica. Pero unos golpes fuertes en la puerta interrumpieron su conversación, si podía llamarse así.

Horace Slughorn se levantó del sillón soltando unos bufidos y frotándose la espalda. Se dirigió a la puerta, que quedaba en la sala contigua a la que habían llegado inicialmente, y le vieron abrir. Al otro lado del marco apareció un hombre de unos sesenta años, el pelo corto y un extraño bigote. Usaba un sombrero negro y una capa verde. Rose y Scorpius lo reconocieron inmediatamente, pues el recuerdo era reciente. Era el Ministro de Magia.

- ¡Oscar Dankworth! - Dijo como si no viera a aquél hombre hace un tiempo. - Pasa, pasa.

El Ministro entró a la casa disimulando una mueca de asco. Los chicos no pudieron evitar entenderle, después de todo, sí había un olor algo infrecuente.

Una vez en la sala principal, ambos hombres se sentaron alrededor de una pequeña mesa, donde el profesor procedió a hacer aparecer una jarra de té y unas tazas con su varita.

- Bueno, ¿A qué debo el honor de tu visita, viejo amigo? - Le preguntó Horace. - ¿Té?

- Si gracias. Bueno, tengo un mensaje que entregarte de parte del Ministerio de Magia. He preferido venir yo a decirlo, pues es un asunto confidencial.

- ¿Un mensaje? - Preguntó confundido.

- Una tarea, mejor dicho. - Aclaró el ministro.

- ¿Una tarea? - Volvió a preguntar aún más confundido, provocando un gruñido de Malfoy.

- No sé porqué te molesta tanto. Es sólo que está viejo. - Le susurró la chica.

- Es un tarado. Y no tienes porqué susurrar, ellos no pueden oírnos, genio. - Le dijo de manera despectiva, ahora provocando un gruñido de parte de Rose.

- Qué idiota. - Dijo molesta, frente a lo que el chico no pudo evitar esbozar una sonrisa pícara.

- Sí, una tarea. - Continuó el ministro casi soltando un gruñido, ya que, al parecer, también le estaba comenzando a molestar la actitud del anciano. Frente a esto, Scorpius había lanzado una mirada del tipo "Te lo dije" a Rose y ella había rodado los ojos.

Luego de tomar un largo trago de su té, el hombre del bigote continuó.

- El ministerio ha estado preocupado de algunos patrones de conducta que hemos observado en el mundo mágico en los últimos meses. Después de haber atrapado a un gran grupo de magos criminales vagando por Londres, hemos decidido tomar medidas preventivas para resguardar la paz. Como usted bien sabe, en la Segunda Guerra Mágica el mundo se enteró de la existencia de las Reliquias de la Muerte, y como sospechábamos, era sólo cuestión de tiempo antes de que algún mago se sintiera embriagado por la idea de poseerlas, después de todo, esta persecución se ha dado desde la creación de los tres objetos.

- Sí, claro. Pero sabemos que la Capa de la Invisibilidad está bien guardada en manos de Harry Potter, pues no ha salido de su familia en años; la Varita de Saúco está…

- En el Ministerio. Potter la había dejado en la tumba de Albus Dumbledore, pero la hemos sacado de ahí por temas de seguridad.

- Y la piedra de la resurrección… - Le volvió a interrumpir Slughorn pensativo.

- Ahí está el problema. Hemos hablado con muchos de los que pelearon en la guerra, incluyendo a Harry Potter, y lo único que sabemos es que está perdida en Hogwarts. Potter la botó en algún lugar del Bosque Prohibido, pero uno nunca sabe.

Rose pensó en su tío. Al parecer había estado al tanto de esta investigación hace ya un tiempo y no le había comentado nada a su familia…

- Que sucede, Weasley. - Le dijo Scorpius al oído, aprovechando su momento de dudas. - ¿Tu preciado tío no le ha contado nada a su familia de valientes?

Rose lo apartó empujándolo del pecho.

- Al menos nos diferencias por nuestra valentía Malfoy, aunque debe ser fácil destacarla en otras partes teniendo tan poca en tu propio entorno… - Respondió después de calmarse un poco, ganándose una mirada asesina del chico.

- Si fueras hombre, te mato. - Le dijo Scorpius, que odiaba que le hablaran de su familia; aunque sus palabras causaron el efecto contrario en Rose, quien se sorprendió, pues según le habían contado sus padres, Draco Malfoy era capaz de atacar a cualquiera que no fuese sangre pura; y la suya era mestiza. - Eem… Es decir, si no tuviéramos que poner atención a este estúpido recuerdo. - Aclaró, como si se hubiera dado cuenta de lo que la chica pensaba, y luego señalo a los dos hombres del recuerdo, que habían vuelto a hablar.

- Pero si saben dónde puede estar la última reliquia, ¿Por qué no la han ido a buscar? - Preguntó Slughorn, nuevamente confundido.

- De eso se trata la tarea, Horace. Verás, enviar a un grupo de ancianos a recorrer los rincones de Hogwarts en busca de la piedra sería demasiado sospechoso, considerando que la operación es confidencial. - Le dijo levantando las cejas, como esperando a que ya se hubiera dado cuenta de lo que quería decir, pero sólo logró un levantón de cejas del otro hombre como indicándole que continuara.

El Ministro soltó un suspiro y prosiguió.

- Necesito que busques a un alumno apto para que encuentre la Piedra de la Resurrección durante el año en Hogwarts. El alumno debe estar cursando su séptimo año.

Horace se atragantó con su té, tanto que no pudo evitar escupirlo en toda la cara del Ministro.

Rose y Scorpius no pudieron evitar reír ante la escena, pero se detuvieron al darse cuenta de que lo hacían juntos. Un Malfoy y una Weasley no reían juntos.

- Ya es hora de que me vaya. - Dijo Dankworth limpiándose la cara. Se levantó, y acto seguido tomó su sombrero y su capa del perchero para luego abrir la puerta.

- ¡Adiós Oscar! ¡Te enviaré una lechuza cuando elija al alumno! - Le gritó.

- Shhhh. - Respondió. - Ya te he dicho que es confidencial. Caminó unos pasos y luego se dio vuelta. - Y Horace, trata de no escoger a un idiota.

Con un salto, ambos alumnos salieron disparados del pensador y cayeron de espaldas al suelo.

- Joder. - Exclamó el chico.

Rose no dijo nada. Estaba intentando asimilar todo lo que había escuchado. Slughorn debía elegir a un alumno o alumna, eso le había dicho Dankworth, es decir, no podía esperar a que realizara el trabajo con Malfoy, claro que no. Pero entonces recordó las palabras que había dicho su profesor antes de que entraran al pensador: "Pero bueno, ya está. Lo lógico será que ambos realicen la tarea."


¡Hola de nuevo!

Hay algo que quiero aclarar de este capítulo. Lo que sucede es que en la película de Las Reliquias de la muerte parte 2, Harry rompe la varita de Saúco en dos y la tira por un puente en Hogwarts; pero lo que pasa en el libro (que es el Universo que yo sigo) es que Harry deja la varita en la tumba de Dumbledore, donde debería haber quedado si Voldemort no hubiese intervenido. La capa se la quedó, y la piedra la botó en el Bosque Prohibido, al igual que en la película. ;)

Quiero darles las gracias por los reviews que me dejaron por el capítulo anterior, de verdad me emocioné al leerlos jajaj; y espero que sigan expresando su opinión sobre mi historia en ellos :)

¡Saludos!