Itachi y Naruto son hermanos. Naruto le ha pedido un favor a este, algo que no tiene que ver con dinero e Itachi ha aceptado ayudarle.

Naruto no me pertenece y la historia es una mera adaptación de "La conspiración del amor" de Jude Deveraux.

SoRaTo FoReVeR: Gracias por tu primer review, ya cambie mi error con el nombre. Es hasta que me acostumbre a adaptar, jeje, es la primera vez que hago algo así.

Tengo baja autoestima, por lo cual no acepto comentarios negativos, si no les gusto cierren la página o entren a otro lado. Gracias.


- Capitulo 2 -

La vieja casa lucía peor de lo que él la recordaba. Era obvio que no había sido pintada desde hacia por lo menos quince años, y el porche amenazaba derrumbarse en un extremo. Y, por lo que alcanzaba a ver con el claro de luna, ese techo no estaba en condiciones de asegurar que sus habitantes permanecerían secos en caso de lluvia.

– ¿Lo ves? Te lo dije –dijo Naruto con vehemencia, al parecer ajeno a la decrepitud de la casa–. Todas las luces están encendidas. Ese chico nunca duerme; mantiene despierta a su madre toda la noche.

Itachi miró a su hermano y pensó que cuanto antes lo alejara de esa arpía, mejor.

–Ven –dijo Naruto, ya afuera del auto y a mitad de camino por la vereda rota que conducía a la verja semiderrumbada–. ¿Esto te asusta? Si tienes…

–Si tengo miedo, tú me desafiarás. ¿Es eso? –dijo Itachi con una ceja levantada.

Naruto sonrió, y la blancura de sus dientes brilló a la luz de la luna. Después, subió corriendo los escalones del porche hacia la puerta del frente.

–No pises allí… Oh, lo siento… ¿Te lastimaste? La casa necesita algunas reparaciones.

Mientras se frotaba la cabeza en el lugar donde un tablón del porche lo había golpeado, Itachi le hizo una mueca a su hermano.

–Sí, del mismo modo que Frankenstein necesitaba una pequeña afinación.

Pero Naruto no pareció oír esas palabras de su hermano cuando llamó a la puerta que, segundo después, fue abierta por una mujer joven… E Itachi quedó boquiabierto, porque esa mujer no era en lo absoluto lo que él había esperado aunque tal vez si se teñía el cabello, aquel tono rosa no podía ser natural.

Sakura no era una sirena que seducía a los hombres; no era una mujer capaz de inspirar sonetos que alabaran su belleza. Tampoco tendría que preocuparse de que los hombres cayeran a sus pies encendidos por la lujuria. Tenía el pelo rosado y largo, que parecía necesitar un buen lavado, peinado hacia atrás y sujeto en la nuca. No usaba maquillaje y su pálida piel color marfil tenia algunas manchas blancuzcas en el mentón. Sus ojos eran verdes como el jade y su frente, más grande de lo normal, llamaba la atención. En cuanto a su cuerpo, era baja y de aspecto frágil, y por la forma en que los huesos se le notaban a través de la ropa, le hacia falta una buena comida. Lo único sustancial de su persona eran sus pechos, que eran bien grandes y estaban marcados por dos amplios círculos mojados.

– ¡Maldición! –dijo ella al bajar la vista y verse. En seguida se escurrió en el interior de la casa. –Pasa, Naruto, y ponte cómodo. Gracias a Dios, Sasuke está dormido en este momento. Te ofrecería un poco de gin, pero no tengo, así que puedes servirte el coñac de cincuenta años de añejamiento, que tampoco tengo.

– ¡Gracias! –dijo Naruto con voz animada–. En ese caso, creo que beberé champaña.

–Sírveme también a mí una copa bien grande –fue la respuesta de ella a través de un portal oscuro.

Pero Itachi paseaba en ese momento la vista por la habitación. Hacia mucho que había abandonado lo que Naruto llamaba su "casa en las nubes". "Es tanto lo que vives en jets privados y en hoteles privados y en lo que sea privados, que has olvidado cómo es el resto del mundo", solía decirle con frecuencia. De modo que, ahora, Itachi observó esa habitación con desagrado. Andrajosa fue la primera palabra que se le cruzó por la cabeza. Todo parecía proceder de una institución de beneficencia: nada hacia juego con nada. Había un horrible sofá viejo tapizado con una tela marrón gastada, una espantosa silla vieja cubierta con lo que parecía ser una tela estampada con un diseño de girasoles y hojas de bananero. La mesita baja estaba hecha con uno de esos enormes carreteles de madera desechados y después pintados en una extraña tonalidad fucsia.

Lo mejor que Itachi pudo pensar de ese lugar era que tenía el aspecto de una casa en la que podía vivir Rock Lee.

Naruto le pegó un golpecito a su hermano en las costillas y movió la cabeza hacia la puerta.

–No seas despectivo –le dijo en voz baja. Después, los dos hombres levantaron la vista cuando Sakura regresó a la habitación.

Ella emergió del dormitorio con una camisa seca y arrugada, y casi todas las manchas de su mentón habían desaparecido. Cuando notó que Itachi la miraba, se quitó las últimas con la mano, sonrió y dijo:

–Es arroz con leche. Si él comiera tanto como lo que me queda a mí en la cara, estaría gordo como un lechoncito.

–Éste es mi primo Itachi –decía en ese momento Naruto–. ¿Recuerdas? El que te mencioné. Te agradecería mucho que le permitieras vivir aquí contigo hasta que su corazón cicatrice.

Estas palabras dejaron tan helado a Itachi que lo único que pudo hacer fue mirar fijo a su hermano.

–Sí, por supuesto, lo entiendo –dijo Sakura–. Venga y siéntese. –Miró a Itachi. –Lamento que Sasuke no esté despierto en este momento, pero ya lo verá dentro de tres horas. Eso se lo puedo asegurar –terminó ella, riendo.

Itachi comenzó a oler a gato encerrado. Y ese gato encerrado era su hermano menor. El hermano que él había ayudado a criar. El hermano que siempre había amado y atesorado. Por el que estaría dispuesto a dar su vida. Ese hermano parecía haberlo hecho caer en una trampa.

Mucho tiempo antes, Itachi había pensado que, si mantenía la boca cerrada durante suficiente tiempo, aprendería todo lo que necesitaba saber. En muchas ocasiones, su silencio había logrado lo que las palabras no podían conseguir, de modo que permaneció sentado y dispuesto a escuchar.

– ¿Puedo ofrecerle un té? –Preguntó Sakura–. Si bien no puedo darme el lujo de tener champaña, sí tengo té. Puede ser de manzanilla o de hojas de frambuesa. No, ése es bueno para la leche, y dudo mucho que usted necesite eso –aclaró ella y le sonrió a Itachi como si él estuviera enterado de lo que estaba sucediendo.

De hecho, Itachi comenzaba a entender. Ahora advirtió algunas cosas de esa habitación que antes se le habían pasado por alto. Sobre el piso había un tigre de peluche, y también un libro de tela contra el borde de la silla con diseños de girasol.

– ¿Qué edad tiene su hijo? –Preguntó Itachi con la mandíbula apretada.

–Hoy cumplió veintiséis semanas –respondió Sakura con orgullo–. Seis meses.

Itachi fulminó a su hermano con la mirada y le dijo:

– ¿Puedo verte afuera? –Miró a Sakura. –Por favor, discúlpenos.

Como Naruto no hizo el menor intento de levantarse de ese viejo sofá marrón, Itachi clavó las manos en los hombros de su hermano y lo tiró hacia arriba. Una de las ventajas que tenia Itachi era de que, adonde fuera, se aseguraba de que hubiera un gimnasio para poder mantenerse en forma. Naruto, en cambio, estaba convencido de que el hecho de estar de pie catorce horas por día era suficiente ejercicio, de modo que ahora Itachi tenía la ventaja y prácticamente levantó a su hermano hasta ponerlo de pie.

–Sólo será un minuto –se excusó Naruto y le sonrió a Sakura mientras Itachi lo arrastraba hacia la calle.

Una vez afuera, Itachi le lanzó una mirada feroz a su hermano y con voz calma y letal le preguntó:

– ¿Qué juego es éste? Y no te atrevas a mentirme.

–No te lo podía decir o habrías corrido a tu maldito avión. Pero, en realidad, no te mentí del todo. Solo omití algunos detalles. Y, ¿acaso tú no dices siempre que ningún hombre debe dar nada por sentado?

–No des vuelta las cosas. Yo me refería a desconocidos. No pensé que mi hermano… al demonio con todo. Ahora entraras en la casa y le dirás a esa pobre jovencita que todo fue un error y que…

–O sea que vas a romper tu juramento. Me lo imaginaba.

Por un momento, Itachi cerró los ojos en un intento de recuperar la calma.

–Ya no estamos en la escuela primaria. Somos personas adultas y…

–Correcto –dijo Naruto con frialdad y se dio media vuelta hacia el auto que aguardaba junto al cordón de la vereda.

Dios, pensó Itachi. Su hermano era capaz de guardarle rencor eternamente. Dio un paso, tomó a Naruto del brazo y lo detuvo.

–Tienes que entender que no puedo mantener mi juramento. Podría ocuparme de un jovencito grande, pero éste es… Naruto, es un bebé. Usa pañales.

–Y tú eres demasiado importante para cambiárselos. ¿Es eso? Por supuesto, el opulento y pomposo Itachi Uchiha es demasiado importante para cambiarle los pañales a un bebé. ¿Tienes alguna idea de la cantidad de veces que yo he tenido que vaciar chatas? ¿Insertar catéteres? Que me he visto obligado a…

–Está bien, tú ganas. Tú eres San Naruto y yo, la encarnación del diablo. De todos modos, no puedo hacerlo.

–Sabia que no cumplirías con tu juramento –murmuró Naruto y volvió a girar hacia el automóvil.

Itachi elevó una breve plegaria pidiendo fuerzas y después volvió a aferrar a su hermano por el brazo.

– ¿Qué fue exactamente lo que le dijiste a Sakura? –Preguntó mientras imaginaba que su secretaria tomaba un vuelo y venía a Konoha para ocuparse del niño. No, del bebé.

A Naruto se le iluminaron los ojos.

–Le dije que eras mi primo y que te estabas recuperando de la ruptura de una relación amorosa y que sería la primera Navidad que pasarías sin tu pareja, así que te sentías muy solo. Y que te estaban pintando tu nuevo departamento, razón por la cual no tenias donde quedarte por una semana. También le dije que te encantaban los bebés y que ella te haría un gran favor si permitía que te alojaras en su casa durante una semana y te ocupabas de Sasuke mientras ella buscaba trabajo durante el día. –Naruto respiró hondo.

Las cosas no eran tan terribles como Itachi pensó en un primer momento, cuando oyó ese comentario sobre que tenía "el corazón roto".

Naruto advirtió que su hermano comenzaba a ceder.

–Lo único que quiero es pasar algunas horas a solas con Sakura –le explicó–. Estoy loco por ella. Como te habrás dado cuenta, es una mujer maravillosa. Es divertida y valiente y…

–Y tiene un corazón de oro, ya lo sé –interrumpió Itachi con tono cansino mientras se dirigía al auto. Asuma ya estaba de pie y le sostenía abierta la puerta. –Llama a Hinata y dile que venga aquí enseguida –le ordenó.

Impartir una orden lo hizo sentirse bien. Naruto, en cambio, lo había hecho sentir como si estuviera de vuelta en el jardín de infantes.

Itachi giró y miró a su hermano.

–Si hago esto por ti, quiero que quede bien en claro que nunca más volverás a pedirme nada. ¿Entendido? Éste es el último favor que te hago.

–Prometido –dijo Naruto, levantó dos dedos al estilo de los niños exploradores y pareció tan contento que Itachi casi estuvo a punto de perdonarlo. Pero la buena noticia era que, ahora que Naruto le había mentido, al menos él se sentía en libertad de hacer un pequeño negocio propio bajo cuerda. Decididamente haría que su competente secretaria lo sacara de ese brete.

Por la cara de su hermano, Naruto se dio cuenta de que Itachi lo haría.

–No lo lamentarás. Te lo prometo.

–Ya lo estoy lamentando –murmuró Itachi mientras seguía a su hermano a la casa. Y, una vez adentro, a Naruto le llevó cuatro minutos disculparse y decir que tenía que levantarse muy temprano. Después los dejo a los dos solos.

Y fue entonces cuando Itachi se sintió particularmente torpe.

–Yo… bueno… –empezó a decir, pero no supo cómo seguir, a pesar de que la mujer joven permaneció allí de pie, mirándolo fijo, como si esperara que dijera algo. ¿Qué quería ella de él? ¿Tal vez un currículum? En un documento de esa naturaleza figurarían varias compañías Fortune 500 de su propiedad, pero no habría ninguna mención de su habilidad –o, en este caso, su falta de habilidad– para cambiar pañales.

Como Itachi siguió callado, la mujer le sonrió y dijo:

–Supongo que se siente cansado. El dormitorio adicional está allá. Lo siento, pero sólo tiene una cama angosta. Es la primera vez que tengo un huésped.

Itachi trató de devolverle la sonrisa. No era culpa de Sakura que su hermano se hubiera enamorado de ella pero, a decir verdad, no lograba entender qué tenía esa mujer para despertar una pasión semejante. Personalmente, a él le gustaba que las mujeres estuvieran limpias y arregladas; la clase de mujeres que se pasan días en un salón de belleza haciendo que les cuiden cada poro de su cuerpo.

– ¿Dónde están sus valijas?

– ¿Valijas? –preguntó Itachi, sin entender a qué se refería ella–. Ah, sí, mi equipaje. Lo dejé en… en casa de Naruto. Lo buscaré por la mañana.

Ella seguía mirándolo.

–Creí que… –Apartó la vista y no terminó la frase. –El dormitorio está allá, y hay también un pequeño cuarto de baño. No es gran cosa, pero… –Calló como si no quisiera disculparse por lo inadecuado de la habitación.

–Buenas Noches, señor Uchiha –dijo finalmente, giró sobre sus talones y traspuso otra puerta.

Itachi no estaba acostumbrado a que la gente lo dejara plantado. De hecho, estaba más habituado a ser adulado, ya que por lo general todos querían siempre algo de él.

–De acuerdo –murmuró–. Buenas noches. –Dicho lo cual, giró y se dirigió al cuarto que ella le había indicado. Era, si eso fuera posible, peor que el resto de la casa. La cama estaba en el medio del cuarto, cubierta con una colcha vieja y deshilachada de color rojo y blanco. El único otro mueble de la habitación era una caja de cartón invertida con una lámpara encima que tenia el aspecto de haber sido usada por Edison. Había una diminuta ventana sin cortinas y dos puertas: una parecía conducir a un armario y la otra, al cuarto de baño. Éste era todo de azulejos blancos, la mitad de los cuales estaban rajados.

Diez minutos más tarde, Itachi estaba en ropa interior y metido debajo de la colcha. Al día siguiente enviaría a su secretaria a comprarle una frazada eléctrica.

No podía haber transcurrido más de una hora cuando un ruido lo despertó. Era como un chirrido, seguido por algo que sonaba como papel que alguien arrugaba. Él siempre había tenido el sueño liviano, pero años de viajar en avión empeoraron aun más las cosas; ahora era casi insomne. Sigilosamente y descalzo, se dirigió a la sala. Había suficiente luz de luna para que alcanzara a ver la forma de los muebles y no tropezar con ellos. Por un momento permaneció allí inmóvil, escuchando. El sonido provenía del dormitorio de la mujer.

Itachi vaciló un momento y se quedó parado junto a la puerta abierta. Tal vez ella estaba haciendo algo en privado, pero a medida que su vista se fue acostumbrando a la oscuridad, la vio en la cama y advirtió que estaba dormida. Sintiéndose un mirón, se dio media vuelta para regresar a su cuerpo, pero en ese momento volvió a oír el sonido. Espiando hacia la oscuridad, en un rincón vio lo que parecía ser una jaula, pero cuando parpadeó comprobó que era un antiguo corralito de madera en el que estaba sentado lo que parecía ser un osito.

Itachi parpadeó, sacudió la cabeza y volvió a mirar y vio que el osezno giraba la cabeza y le sonreía. Alcanzó a ver con toda claridad dos dientes que brillaban en esa suave luz plateada.

Sin pensar en lo que hacía, Itachi avanzó en puntas de pie por el cuarto y bajó los brazos para alzar a la criatura. Casi esperaba que lanzara un chillido, pero no lo hizo. Por el contrario, el bebé le pellizcó la cara con tanta fuerza que a Itachi se le escaparon algunas lágrimas de dolor.

Después de apartar esa mano pequeña de su cara, Itachi se llevó al niño a su dormitorio, lo acostó en la cama angosta, lo cubrió con la colcha y le dijo, con tono severo:

–Ahora, duérmete.

El bebé parpadeó un par de veces, después se movió hasta quedar acostado transversalmente en la cama y se durmió.

–No está mal –dijo Itachi, admirado por su propio logro. Nada mal. Tal vez Naruto había estado en lo cierto cuando dijo que su hermano mayor tenía un don para tratar a los niños. Una pena que no hubiera empleado ese mismo tono firme con aquel muchachito terrible hacía tantos años. A lo mejor…

Entonces se dio cuenta de que ahora no tenia donde dormir. Aunque volteara un poco al pequeño, la cama era demasiada angosta para los dos porque el chico era tan gordo como un pavo de Navidad.

"Y, ahora, ¿Qué?", pensó Itachi y miró su reloj. Eran las cuatro de la madrugada y Nueva York estaba cerrada, así que no podía hacer ningún negocio. "Ah –pensó–, tal vez Nueva York esté cerrada, pero Londres está abierto."

Después de ponerse su traje de lana para protegerse del frió, tomo el teléfono celular del bolsillo del saco y se acercó a la ventana, donde la señal sería mejor, y marcó un número. Cinco minutos después participaba de una llamada en conferencia con los ejecutivos de una compañía muy importante que él había comprado hacía poco. En segundo plano alcanzaba a oír los sonidos de una fiesta de Navidad en la oficina y se dio cuenta de que los gerentes estaban fastidiados por perderse toda la diversión, pero a Itachi no le importaba. Negocios son negocios, y cuanto antes lo comprendieran, mejor.


Espero les haya gustado el rumbo de la historia.