Naruto no me pertenece y la historia es una mera adaptación de "La conspiración del amor" de Jude Deveraux.
Tengo baja autoestima, por lo cual no acepto comentarios negativos, si no les gusto cierren la página o entren a otro lado. Gracias.
- Capitulo10 -
– ¿Chouji fue su amante? –preguntó Sakura tan pronto se sentaron dentro del coche de Itachi. Después de todas las horas que a ella le había llevado limpiar el vehículo, ahora se veía mucho más limpio, pero su inte rior, incluida la tapicería, estaba destrozado.
– ¿Mi qué? –exclamó Itachi mientras conducía el coche hacia la calle.
– ¿Por qué siempre dice eso cuando le hago alguna pregunta sobre su vida personal? Usted conoce todo lo referente a mi vida, pero yo no sé nada de la suya. ¿Qué fue Chouji para usted? Es obvio que lo conoce bien.
– No tan bien como usted piensa –aclaró Itachi mientras por el espejo retrovisor veía que Sasuke se mor día los dedos y miraba por la ventanilla–. ¿Dónde consiguió ese abrigo que lleva puesto Sasuke?
–De Tsunade. –La respuesta rápida de Sakura fue pronunciar el nombre de su suegra–. ¿Qué me dice de Chouji? ¿Preferiría que yo no aceptara su comida?
–Chouji es un cocinero brillante, de modo que, por supuesto, debería aceptar la comida que prepara. ¿Sasuke no se atragantará con eso?
Sakura se giró enseguida en el asiento y se enredó con el cinturón de seguridad; solo quería comprobar que Sasuke no estaba masticando nada.
–Supongo que esto significa que usted no quiere hablar de ese aspecto de su vida –concluyó ella al vol ver a girarse hacia delante.
Itachi no contestó, sino que mantuvo la vista fija en el camino, mientras mentalmente imaginaba distintas maneras de asesinar a su hermano menor.
– ¿Nunca pensó en consultar a un psicólogo o un psiquiatra? –Tanteó Sakura en voz baja–. Ser homose xual no es algo que deba avergonzarle, ¿sabe?
– ¿Dónde cree que deberíamos aparcar? –pregun tó Itachi mientras entraba en el centro comercial. Como solo faltaban dos días para Navidad, no eran muchos los lugares que había para dejar el coche. –Me parece que vamos a tener que caminar un poco –dijo Itachi con tono animado, al encontrar un lugar que parecía es tar a unos ochocientos metros de las tiendas.
Sakura estaba sentada inmóvil, sin moverse ni un centímetro, y cuando Itachi abrió la portezuela de atrás en busca de Sasuke, ella permaneció en el asiento.
– ¿No viene con nosotros? –preguntó Itachi, algo complacido con el enojo de Sakura porque él se había ne gado a hablar de su vida privada.
–Sí, claro –respondió ella al apearse. Después se mantuvo a cierta distancia mientras Itachi le desabro chaba el cinturón de seguridad a Sasuke y lo sentaba en el nuevo cochecito.
–Tal vez yo pueda cambiar... –dijo Itachi cuando Sasuke quedó bien atado al cochecito–. A lo mejor en cuentro a la chica adecuada y ella me ayuda a cambiar. –Dicho lo cual, comenzó a empujar a Sasuke hacia la tienda.
–Claro –comentó Sakura y apretó el paso detrás de ellos–. Y mañana yo me volveré lesbiana.
– ¿Por qué no? -preguntó Itachi–. Han ocurrido cosas aún más extrañas. Ahora bien, ¿por dónde empe zamos?
–No tengo idea –respondió Sakura al ver al gentío que se desplazaba de una tienda a otra con los brazos cargados de bolsas–. No estoy muy acostumbrada a sa lir de compras. –Tenía la sensación de que Itachi la ha bía desairado y le irritaba la forma en que él se reía cada vez que ella le hacía una pregunta de índole personal.
–Creo que Sasuke necesita un nuevo abrigo, así que ¿cuál es la mejor tienda?
–Realmente no tengo idea –dijo ella con tono in diferente, se dio media vuelta y se puso a mirar a la gen te que atestaba el centro comercial. Como él no dijo nada, Sakura giró la cabeza y lo descubrió mirándola con expresión de «no creo ni una palabra de lo que me está diciendo».
–Allí hay un Baby Gap...
– ¿En qué tienda le gustaría a usted comprar ropa para Sasuke? El dinero no es problema.
Por un momento Sakura vaciló; después suspiró y se ñaló.
–Por ese pasillo, doblando a la izquierda en la se gunda intersección, el quinto local a la derecha. Pero es inútil ir allí. La ropa es demasiado cara.
– ¿Por qué no deja que yo me preocupe por el di nero? –le aconsejó él.
Por un momento, ella lo miró con los ojos entrece rrados.
– ¿Es así como usted solía mangonear a su amante? ¿Esa es la razón por la que él lo echó de su casa?
–Mi último amante amenazó con suicidarse si yo me iba, así que ¿usted prefiere llevar la delantera o se guirme?
– ¿Por qué?
–Porque no creo que podamos abrirnos paso entre esta multitud caminando uno al lado del otro –contes tó él. Casi tenía que hablarle al oído para que ella lo oyera por encima del ruido.
–No, lo que le preguntaba era por qué él amenazó con suicidarse.
–Porque no podía soportar la sola idea de vivir sin mí –respondió Itachi, y después pensó: «Y sin mi di nero–. ¿Podríamos seguir con esto más tarde? Muy pronto Sasuke tendrá hambre, usted comenzará a gotear leche, y a mí me gustaría ver esta tarde un partido de fútbol.
Con otro suspiro, Sakura se dio por vencida, dio me dia vuelta y echó a andar hacia la tienda de ropa para bebés.
Itachi la observó moverse delante de él y de Sasuke, y se sintió mejor que en las últimas semanas, quizá que en años. No sabía bien qué lo hacía sentirse tan bien, pero así era.
Les llevó varios minutos abrirse camino entre el gentío en dirección al pequeño local que había al fondo de un pasillo que nacía en la arteria principal del centro comercial, y tan pronto Itachi vio la tienda, tuvo que re conocer que Sakura tenía muy buen gusto. Era obvio que, si pensaba en qué ropa comprarle a su hijo, empe zaría por el mejor lugar.
Junto a las paredes había una doble fila de percheros con ropa realmente hermosa; para varones a un lado, para niñas al otro. Se trataba de conjuntos completos de cami sa, pantalón, sombrero, zapatos y chaqueta haciendo jue go. Cuando Itachi logró entrar en la tienda, ya Sakura ob servaba varios conjuntos caros con ojos muy brillantes. Cuando él entró, la vio extender una mano para tocar un pequeño abrigo de color azul, pero enseguida la apartó como si no pudiera permitirse un placer así.
– ¿Cuál le gusta? –preguntó Itachi mientras ma niobraba con Sasuke entre los percheros cargados de ropa.
–Me gustan todos –se apresuró a contestar Sakura–. De modo que ahora que ya vimos la ropa, salgamos de aquí.
Itachi no le prestó atención.
–A mí me gusta este conjunto. –Tomó uno color amarillo y negro, con un impermeable que hacía juego. Las botitas amarillas tenían dibujados ojos, y él sabía que, a Sasuke le gustaría metérselos en la boca–. ¿De qué talla tiene que ser?
–Para un bebé de entre nueve y doce meses –con testó enseguida Sakura–. Debemos irnos...
– ¿Qué ocurre? -preguntó Itachi al ver que Sakura estaba muy pálida.
–Salgamos. Ya –casi gimió ella y después trató de esconderse detrás de él.
A Itachi le resultó bastante agradable sentir que ella le apoyaba las manos en la cintura y se ocultaba detrás de él, pero cuando levantó la vista, lo único que vio fue que otra mujer con un bebé de la edad de Sasuke entraba en la tienda.
–Es Ino Yamanaka de Inuzuka –le susurró Sakura–. Su marido es el dueño de la tienda Inuzuka y hasta es propieta rio de varios caballos.
Itachi no entendía qué tenía que ver esa informa ción con ninguna otra cosa.
–Asistimos juntas a las clases de preparación para el parto –explicó Sakura. A continuación apretó más fuerte las manos en las caderas de Itachi y comenzó a arrastrarlo fuera de la tienda, siempre usando el cuerpo de él como escudo para que la otra mujer no la viera. – ¿No se está olvidando de algo? –le cuchicheó Itachi y después señaló con la cabeza a Sasuke, quien ha bía conseguido sacar ocho cajas de zapatos de un estan te y ahora estaba muy entretenido con la tarea de mas car los cordones de dos zapatos distintos.
– ¡Cielo santo, soy un desastre como madre! –bar botó Sakura y, después, agachada, avanzó hacia donde es taba su hijo.
–Hola, señora Inuzuka –decía en ese momento la empleada de la tienda con tono seductor–. Tengo su pedido en el fondo. Por favor, si me acompaña, vere mos si le queda bien a la pequeña Hanabi.
Itachi reconoció ese tono de voz, ya que lo había oído infinidad de veces. Indicaba que la vendedora co nocía a la mujer y sabía que ella estaba en condiciones de comprar cualquier artículo de la tienda. Esa misma empleada arrogante casi ni les había prestado atención a Sakura y a él cuando entraron en el local, de modo que Itachi sospechó que conocía a Sakura. Konoha era un lugar pequeño y, aunque ese centro comercial estuviera ubicado a varios kilómetros del pueblo, era bastante probable que todos supieran que Sakura no tenía dinero suficiente para comprar ropa en esa tienda, razón por la cual no le prestaban atención.
– ¡Salgamos de aquí! –sugirió Sakura tan pronto la mujer se dirigió al fondo del local.
–No tengo intención de irme –le aclaró Itachi; en su voz había enojo.
–Usted no lo entiende –dijo Sakura, al borde del llanto–. Ino se casó con el hombre más rico del pue blo, mientras que yo me casé con...
–El muchacho más querido de la escuela –se apresuró a completar la frase Itachi, y enseguida en los ojos de Sakura brotaron lágrimas de gratitud.
– ¿Ella se casó con Kiba Inuzuka?
–Sí. Ya le dije, su padre...
–Cuando volvamos a casa, le contaré todo lo refe rente a Kiba Inuzuka y su padre; entonces usted no volverá a esconderse de ninguna mujer que tuvo la des gracia de casarse con alguno de ellos dos. Ahora, ayú deme con esto –le pidió Itachi y comenzó a tomar un conjunto tras otro de los estantes y a colgárselos del brazo.
– ¿Qué hace, por el amor de Dios? –Farfulló Sakura–. Usted no puede...
–Yo puedo comprar todo ahora y devolverlo des pués, ¿de acuerdo?
–Supongo que sí –respondió Sakura con vacila ción. Después, al pensar en lo que él acababa de decirle, tomó un conjunto decorado con un osito azul en la parte delantera–. Este me encanta
–Piense en cantidades y ni se le ocurra elegir–. Sakura rió por lo bajo y después comenzó a tomar cosas de los percheros y a apilarlas sobre el mostrador. Había un mono amarillo con una jirafa bordada en la pechera, una camisa roja, un abrigo de color rojo y amarillo y unas sandalias adorables de los mismos colo res, que hacían juego. Por una vez en la vida, Sakura no miró las etiquetas con los precios antes de poner las prendas sobre el mostrador.
Cuando la vendedora volvió, seguida por Ino Yamanaka, frenó de forma tan brusca que el cochecito con el bebé se le incrustó en los talones.
– ¡Pero, señor! –dijo con expresión severa y abrió la boca para indicarle a Itachi que desaprobaba el lío que los dos habían organizado con la ropa. Pero Itachi le mostró entonces una tarjeta American Express de platino, y el ceño de la mujer se trocó en sonrisa.
– ¿Ha visto la cara que puso? –comentó Sakura mientras lamía su cucurucho con helado. Ella e Itachi se encontraban sentados en un banco junto a la fuente del centro comercial, separados por Sasuke en su coche cito. Alrededor de ellos había pilas y pilas de bolsas con ropa para el bebé–. Por supuesto que tendré que oír el discurso de esa arrogante vendedora cuando ven ga a devolverle todo esto, pero ha valido la pena para verle la cara a Ino. Y usted estuvo maravilloso. –Sakura balanceaba las piernas hacia delante y hacia atrás como una chiquilla, lamía el helado antes de que se le derri tiera y sonreía al ver que Itachi compartía el suyo con Sasuke.
– ¿Ella fue muy desagradable con usted durante las clases?
–Peor de lo que puede imaginarse –contestó Sakura, muy contenta–. Le faltaba tiempo para contar me cuántos desastres había cometido Lee en la escue la. No porque ella lo hubiera visto, sino porque su ma rido había sido compañero suyo. Cielos, eso debe significar que él es tan viejo como usted.
Al oírlo, Itachi levantó una ceja.
–Bueno, yo todavía no me considero a las puertas de la muerte –expresó con tono socarrón.
–Claro que no –dijo Sakura riendo–. Estuvo fan tástico. Pero no debería haberle dicho que usted y yo vivíamos juntos. Por lo visto ya no recuerda cómo son las cosas en Konoha. Antes de que pasen dos horas, todos pensarán que vivo con un pedazo de hombre y no tendrán ni idea de la verdad.
– ¿Y cuál es la verdad?
–Que usted tuvo una aventura con Chouji, desde luego.
–Yo no dije que...
–Y tampoco lo negó. ¡Vaya! ¿Qué hace?
–Le estoy poniendo una camisa nueva a Sasuke, eso es lo que hago. Estoy harto de verle esa tan gastada.
–Pero si tenemos que devolver todo esto y... –Se in terrumpió para mirarlo–. Usted no tiene la menor inten ción de devolver esta ropa, ¿verdad?
–Así es.
–Ojala pudiera entenderlo. ¿Por qué aceptó en tonces quedarse con Sasuke y conmigo en mi vieja casa con goteras?
–Para darle a Naruto una oportunidad con usted –fue la respuesta sencilla de Itachi.
–Me imaginé que no me diría la verdad. Ven, Sasuke, veamos lo que tu mitad de abajo ha hecho. –Cogió el cochecito y llevó a Sasuke al lavabo de mujeres.
Cuando quedó solo, Itachi paseó la vista por el cen tro comercial. Dos semanas antes jamás habría creído que pasaría sus vacaciones de Navidad de esa manera. Por lo general celebraba esas fiestas en algún destino exótico y caro, y su regalo habitual para la mujer que lo acompañaba era un par de pendientes de brillantes. El regalo que ella le hacía tenía más que ver con la cama. A lo mejor se estaba volviendo viejo, pero a veces de seaba que las mujeres gastaran algo de dinero en él, aunque solo fuera para comprarle una corbata o un par de calcetines.
«Te estás volviendo viejo, Uchiha», se dijo en voz baja y se puso de pie para ceder el asiento a una mujer que parecía a punto de dar a luz a mellizos. Tomó las bolsas y se puso a contemplar los escaparates mientras esperaba a Sakura. Vio entonces un conjunto perfecto para que ella lo usara la noche de su salida con Naruto: un suéter de manga corta color lavanda con un cárdigan que hacía juego, y una falda plisada color púrpura os curo, con un diseño de pequeños tulipanes.
Itachi no dudó ni un instante: entró en la tienda y enseguida tres vendedoras muy atractivas corrieron a atenderlo. Él les dijo que solo tenía cinco minutos y que quería el conjunto que estaba en el escaparate, con medias, zapatos y alhajas que completaran el atuendo. La más alta de las mujeres, una deslumbrante peli rroja, ni siquiera parpadeó:
– ¿Y también ropa interior? Itachi asintió.
–Su talla es más o menos la de aquella mujer–dijo, mirando a una clienta. Minutos después firmó el talón de la factura, y la ropa ya estaba en una bolsa.
–Siento que hayamos tardado tanto –se disculpó Sakura al ver a Itachi–. ¿Ahora qué ha comprado? Itachi le sonrió.
–Le compré algo para esta noche.
–Usted... ah, ya entiendo. Ustedes los gays tienen un talento especial para la moda, ¿no? Quiero decir, le gusta elegir la ropa a las mujeres, ¿no es así?
Itachi se agachó hasta que su nariz casi tocó la de Sakura.
– ¿Es que no conoce la palabra «gracias»? ¿O pien sa que mi agrado por oírla es una prueba más de mi orientación sexual?
–Lo siento –murmuró Sakura–. Es que yo... –Ca lló y abrió los ojos de par en par en dirección a algo que estaba detrás de Itachi. A1 minuto siguiente, ella lo echó a un lado, extendió los brazos y gritó-: ¡Konan! -Y una mujer joven y muy atractiva corrió hacia Sakura.
Itachi se apartó y vio que las dos mujeres se abraza ban y comenzaban a hablar como locas al mismo tiempo. –Cuánto hacía que...
– ¿Y tú, cuándo...?
– ¿Por qué no...?
–Este es Sasuke –dijo por fin Sakura y dio un paso atrás para mostrarle su hijo a su amiga.
Pero la mujer apenas si miró al bebé, porque su atención se centró en ese hombre maravilloso que tenía su mano de dedos largos apoyada en el cochecito.
–Y este ¿quién es? –preguntó, y a Itachi le alegró que lo consideraran un hombre apuesto. ¡Seguro que Sakura ni se había dado cuenta!
Sin poder evitarlo, tomó la mano de la mujer, se la besó y la miró con ojos que siempre le habían dicho que eran muy seductores. Puesto que la mujer parecía a punto de derretirse, él se sintió muy bien.
–Este es el señor Uchiha y es gay –explicó Sakura con frialdad.
–Pero estoy pensando en cambiar –prácticamen te ronroneó Itachi.
–Podría practicar conmigo –ofreció la mujer y le echó a Itachi una mirada encendida.
– ¿Sasuke esta bien? –Pregunto Amy con voz de censura–. El señor Uchiha es el niñero de Sasuke. Como sabes, los hombres gays son excelentes en esa clase de tareas.
–Yo he estado pensando en tener un bebé –confe só Konan sin apartar la vista de Itachi–, y creo que nece sitaré a alguien que lo cuide.
– ¿Por qué no alguien que la cuide durante el em barazo? –preguntó Itachi en voz baja.
–Querido, lo que necesito es un donante.
–Konan, ¿quieres soltar a mi niñero para que poda mos ir a beber algo? Usted puede arreglarse solo con Sasuke por un rato, ¿verdad que sí? –le preguntó a Itachi, con los labios apretados mientras lo fulminaba con la mirada.
–Sí, tal vez pueda arreglarme –respondió Itachi con sus ojos todavía fijos en Konan, como si ella fuera la mujer de sus sueños–. Ustedes dos váyanse. Sasuke y yo llevaremos estos paquetes al coche; después haré algu nas compras personales. –Lo dijo como si se propusie ra comprar algo muy sexy.
Antes de que su amiga tuviera tiempo de responder, Sakura sujetó a Konan del brazo, la condujo a una imitación de pub inglés y se desplomó en el reservado vacío más cercano que encontró.
–Quiero saberlo todo sobre ese hombre –exigió Konan con vehemencia.
– ¿Qué te trae a Konoha y por qué no me dijis te que estarías aquí?
–Estoy en un centro comercial, no en Konoha, y estoy aquí porque vivo a unos diez kilómetros –res pondió Konan–. ¿Me quieres decir qué está pasando? ¿Tienes una aventura con él? ¿O solo lo miras como si fuera una obra de arte?
– ¿Y tú? ¿Tienes que tratar de seducir a todos los hombres que conoces? –saltó Sakura; a continuación tomó el menú y se puso a leerlo–. ¿Tienes hambre? –Como Konan no le contestó, ella levantó la vista.
–Vamos, cuéntamelo –insistió Konan–. Quiero saberlo todo.
–Ya te lo dije. Él es homosexual; yo no le intereso como mujer, y hablamos como si fuéramos parientas. Eso es todo.
–Quiero detalles –repitió Konan cuando ella le pi dió dos cafés a la camarera.
–No, mejor un vaso grande de zumo de naranja. Por la leche, ¿sabes?
Konan se estremeció.
–No, no lo sé y no quiero saberlo. Bueno, conti núa. ¿Estás segura de que ese tipo es gay?
A Sakura solo le llevó un momento abandonar su ha bitual reticencia con su amiga, y se enojó bastante con sigo misma por sentir lo que casi podría describirse como celos por la reacción de Konan frente a «su» señor Uchiha. Y la de este frente a Konan.
–Creo que su ex amante vino esta mañana a casa –explicó ella y pasó a describir el encuentro de Itachi con Chouji–. Hubo muchos ojos en blanco cuando Chouji me besó la mano. Era evidente que algo pasaba entre ellos. Y el día anterior, el señor Uchiha fulmina ba con la mirada a dos hombres en El Paraíso de los Be bés. No prestó atención a la vendedora, que era una muchacha deslumbrante, sino que dedicó el ciento por ciento de su interés a los dos hombres.
–De acuerdo, pero ¿dónde lo encontraste?
–Él me encontró a mí. Abrí la puerta y allí estaba. Naruto lo trajo y me lo entregó.
– ¿Quieres decir como un regalo anticipado de Na vidad?
–Más o menos, pero no empieces a imaginarte co sas. Realmente es gay.
–Pues a mí no me lo parece.
– ¿Qué estereotipo tienes en mente para que una persona tenga aspecto de homosexual? –preguntó Sakura, a la defensiva.
– ¡Vale! No te pongas agresiva. Solo preguntaba. Eso es todo. Gay o no, es un monumento y quiero sa ber todo sobre él.
–En realidad no es mucho lo que sé. Naruto insistió en que su primo necesitaba un lugar donde alojarse y recuperarse después de romper una relación sentimen tal, de modo que le permití quedarse en casa.
–Cualquier día que quisiera, yo podría remendar le su corazón destrozado en mi cama.
–Has estado leyendo demasiadas novelas románti cas. Entre nosotros dos no hay nada ni lo habrá nunca. Ya te dije: es homosexual. Además, es muy elegante, ¿no te parece? La primera vez que lo vi llevaba puesto un traje que probablemente costaba más que mi casa. –Sakura, esta taza de café vale más que esa trampa para ratones en la que vives. Si trataras de incendiarla, el fuego se apagaría solo de lástima.
–No es tan horrible.
–Es peor. Ahora, háblame más de ese tipo.
–Es bastante extraño, por cierto. No habla mucho, pero... –Levantó la vista y miró a su amiga–. Me trae suerte. ¿No es raro pensar eso de alguien? Pero es la verdad: nos da suerte a Sasuke y a mí. Desde que llegó nos han pasado cosas maravillosas.
– ¿Como sentarte en sus rodillas y decirte que no puede vivir sin ti y..?
–Deja de soñar despierta. En primer lugar, Sasuke lo adora.
–Mmmm... ¿Qué más?
–No sé cómo explicarlo. Lo cierto es que tampoco yo lo entiendo mucho. Es como si él fuera... –Levantó la cabeza–. Es algo así como una tortuga o quizá un armadillo. Tiene un caparazón exterior duro, pero me parece que en el fondo es muy tierno. Es posible que ni siquiera él lo sepa, pero adora a Sasuke casi tanto como mi hijo lo adora a él.
Konan se echó hacia atrás en el asiento y durante un buen rato se quedó mirando a su amiga.
– ¿Estás enamorada de él?
–No seas ridícula. Es un hombre agradable y nos divertimos juntos, pero realmente es afeminado. Le gusta hacer compras, cocinar y hacer todo lo que los hombres no hacen.
–Te refieres a todas las cosas que a Lee no le gus taba hacer, ¿verdad? Mira, Saku, sé que fuiste la única chica del colegio que cuando se casó todavía era virgen, y sé que te guardabas para tu marido. También sé que te entregaste a un borracho y drogadicto... No me mires así. No ignoro que Lee tenía cosas buenas, pero soy realista. Te has acostado con un solo hombre, viviste solamente con uno y todo lo que sabes de los hombres lo relacionas con los que ni siquiera saben cómo abrir una nevera. Pero te aseguro que hay otras clases de hombres.
– ¿Por qué siempre tratas de convertir todo en un romance? Yo no adiviné que ese hombre era gay; me lo dijeron. Fue Naruto el que me lo dijo.
– ¿El doctor Naruto? Ese sí que es un tipo atractivo. El señor Uchiha se le parece bastante.
–Son primos.
–Ah, entiendo. ¿Cómo sigue esta historia? ¿Segui rás viviendo con ese hombre atractivo que no puedes tener o tendrás que devolverlo después de Navidad?
–No tengo ni idea.
A1 oírla, Konan se echó a reír.
–Saku, no has cambiado nada. Solo tú eres capaz de vivir con un hombre y no tener idea de por qué está aquí o cuánto tiempo piensa quedarse.
Sakura no contestó, sino que bajó la vista hacia su vaso vacío.
–Está bien, dejaré de atormentarte. ¿Qué fue de los otros hombres que hubo en tu vida? ¿Qué le suce dió a aquel apuesto vendedor de automóviles usados?
–Ah, Neji. Ahora es el dueño de la concesionaria de Cadillac. Supongo que es muy rico –dijo Sakura con un gran suspiro.
–Ya veo que lo consideras tedioso. El pobre tipo es solo un buen mozo y rico, así que ¿cómo podría in teresarte?
–A él le interesa más su persona que cualquier otra cosa. Parecía creer que me hacía un gran favor al venir todas las noches a visitarme. No hacía más que llamar me «la viuda de Rock Lee», como si quisiera de cir que yo era intocable.
–Bienvenida a la vida en un pueblo pequeño. ¿Por qué no sales de aquí y te vas a algún lugar donde nadie haya oído hablar jamás de Lee y sus problemas?
Pero antes de que Sakura pudiera contestar, Konan sal tó como si alguien le hubiera clavado un alfiler.
– ¿Qué hora es?
Sakura giró la cabeza para tratar de encontrar un reloj, pero no vio ninguno.
–Tengo que irme –dijo su amiga precipitadamen te mientras recogía sus cosas y empezaba a ponerse de pie. Pero entonces vio la cara de Sakura–. No me digas que no estás enterada...
Cuando Sakura sacudió la cabeza, Konan hizo una mueca.
– ¿No viste los anuncios? Están por todo el centro comercial. ¿Conoces Tempestades de Suna? ¿La tienda de Kankuro que está por cerrar?
–Está fuera de mis posibilidades –comentó Sakura, terminó su zumo de naranja y se puso de pie para si tuarse junto a Konan–. Creo que ni siquiera podría dar me el lujo de mirar sus escaparates.
–Nadie podía comprar nada allí. No sé cómo es peraban vender esos vestidos tan elegantes tan cerca de Konoha, pero lo hicieron. De todos modos, todo el mundo sabía que terminarían por ir a la quiebra, pero parece que un misterioso comprador, de Nueva York nada menos, adquirió el lugar y, para inaugurar la nue va tienda, sortean un vestido de Dior.
Como Sakura no dijo nada y siguió caminando junto a su amiga, Konan repitió:
–¿Me has oído? ¡Dior! ¿Ese nombre no te dice nada?
–No. Estoy más familiarizada con los Pampers y los Huggies. ¿Para qué querría alguien un vestido de Dior?
–Pobrecita –lamentó Konan–. ¿Sabes?, tengo la teoría de que el hecho de tener un bebé le quita como cincuenta puntos al coeficiente intelectual de una mu jer. Creo que los recibe de vuelta cuando su hijo va a la escuela, pero hasta entonces es solo una idiota.
Sakura se echó a reír.
–Tú «lo crees», pero yo «lo sé». ¿Para qué quieres un vestido de Dior?
A1 oírlo, Konan puso los ojos en blanco para que Sakura supiera que era un caso sin remedio.
–Vamos, el sorteo está por empezar, y tú tienes que participar en él.
– ¿Yo?
–Sí, tú. Y, si ganas, tienes que regalarme el vestido.
–Está bien –aceptó Sakura–. Trato hecho.
Pero, primero, Sakura debía encontrar a Itachi y a Sasuke y, una hora después, los tres se hallaban de pie jun to a la fuente, en el medio del centro comercial, espe rando el resultado del sorteo. Y cuando salió el nombre de Sakura, de alguna manera, no le sorprendió. En los úl timos días era como si la buena suerte la acompañara siempre.
–Konan se pondrá tan contenta... –exclamó ella cuando todos giraron la cabeza para ver si la ganadora se encontraba allí.
– ¿Por qué? –preguntó Itachi, con Sasuke en los bra zos, y le sonrió.
–Porque le prometí que, si ganaba, le regalaría el vestido.
Itachi la aferró del brazo. – ¿Hizo qué?
–Yo no necesito un vestido así. ¿Para ir adónde?
–Ah, olvidé decirle que Naruto tiene entradas para ir mañana la Baile de los Senju y quiere que usted lo acompañe.
Por un momento, Sakura parpadeó, como si no en tendiera lo que él le estaba diciendo. Entonces hizo una mueca y dijo:
–Espero que a Konan no le importe tener un vestido que ha sido usado una vez. –Y entonces subió al esce nario para recibir el premio. No le sorprendió que el vestido fuera de su talla y que el premio incluyera ser peinada y maquillada por el señor Alexander, de Nueva York, la noche que ella eligiera. Cuando les dijo que quería que fuera la siguiente noche, tampoco le sor prendió enterarse de que el señor Alexander estaría ese día en la zona de Konoha.
Cuando le contó todo esto a Itachi, él dijo:
–Eso es porque probablemente el señor Alexander en realidad es Shino, del instituto de belleza local. Como fue a Nueva York una vez, ahora se marca el farol de que es de allá.
–De todos modos... –agregó Sakura-, me vienen pasando muchas cosas extrañas desde que... –Levantó la vista y lo miró.
– ¿Desde que Naruto empezó a cortejarla?
– ¿Naruto? ¿Cortejarme a mí? ¿Se ha vuelto loco?
–Me parece que se le está pasando algo por alto si no ve lo que todos ven. El doctor Naruto está enamora do de usted y quiere...
–No sea ridículo. Mire, ya es casi la hora del al muerzo y tengo que darle de comer a Sasuke, así que será mejor que volvamos a casa.
Itachi no le contestó, pero le apoyó una mano en el trasero y la condujo a un restaurante italiano muy agra dable. Primero les sirvieron pan y un bol con aceite procedente de una botella llena de dientes de ajo. El aceite era demasiado picante para los dos adultos, pero Sasuke chupó muy contento tres trozos de pan mojados en él.
Después de almorzar fueron a tres jugueterías y, en tre protestas de Sakura, que minuto tras minuto fueron disminuyendo de intensidad, Itachi le compró a Sasuke tres bolsas llenas de juguetes. Una vez en el coche, ca mino de regreso a casa, ella se quejó:
– ¿Cómo voy a pagarle todo esto? Tiene que de volver la ropa y los juguetes. Ninguna de sus pertenen cias está demasiado sucia como para que yo limpiándo las gane suficiente dinero...
–Naruto la pasará a buscar dentro de una hora, así que será mejor que se apresure y se prepare.
Sakura lo miró, un poco desconcertada.
–Bueno –explicó Itachi–, tiene que dar de ma mar a Sasuke antes de irse o sentirá mucho dolor toda la noche y…
– ¡Por favor! –Saltó ella, enojada–. Creo que yo sé lo que tengo que hacer mejor que usted.
Su intención había sido ponerlo en su lugar, pero, en cambio, quedó como una tonta. Como él no dijo nada, ella lo miró de reojo y agregó:
–Tal vez debería pedir empleo en la lechería local –y los dos estallaron en carcajadas.
Pero, al bajar del coche, dijo:
–No puedo ir. No tengo ropa decente para salir con un médico. –Entonces Itachi le arrojó a las manos una pesada bolsa color verde oscuro. Sakura la abrió sólo lo suficiente para ver su precioso contenido.
– ¿Cómo supo que el lavanda era mi color favori to? –preguntó con ternura.
–Fue pura intuición. Ahora vaya, dé la comida a Sasuke y márchese de aquí.
–Señor Uchiha, usted es mi hada madrina –dijo ella y le sonrió. Después se tapó la boca con la mano por lo que acababa de decir–. Caramba, no he querido decir...
– ¡Vaya! –le ordenó él–. Ahora.
Sakura le tomó a Sasuke de los brazos y corrió hacia la casa; los tres con una sonrisa en los labios.
Gracias por leer, espero que les haya gustado.
Gracias también por el apoyo y los consejos, yo supongo que es hora de tomarme un poco de tiempo para mi, dejar de pensar siempre en los demás y mimarme un poco, ¿esta bueno ir a un spa? Jajaja, tal vez debería intentarlo.
