Bueno, todo esta saliendo bastante bien, digo, no fui aun a un spa pero la fiesta con desconocidos no estuvo tan mal. Gracias por sus opiniones acerca de cómo eligen leer un fic y como los descartan.

Naruto no me pertenece y la historia es una mera adaptación de "La conspiración del amor" de Jude Deveraux.

Tengo baja autoestima, por lo cual no acepto comentarios negativos, si no les gusto cierren la página o entren a otro lado. Gracias.


- Capitulo 12 -

Cuando Itachi oyó ruidos en la cocina y supo que no eran de Sakura, frunció el entrecejo. Ya se había convertido en parte de su rutina oír los chillidos agudos de Sasuke y la risa de Sakura frente a las payasadas matinales de su hijo. Pero, pensándolo mejor, quizá ese ruido lo estaba haciendo Sakura en la cocina.

Itachi se levantó y, cubierto sólo con los pantalones del pijama, se dirigió a la cocina, donde, con gran disgusto, descubrió que el que estaba allí era Chouji, que toqueteaba las ollas de la cocina.

– ¿Esperaba encontrar a alguna otra persona? –preguntó, mientras con una ceja levantada miraba a Itachi de arriba abajo y advertía su pecho desnudo.

Itachi volvió a su dormitorio enseguida para ponerse unos tejanos y una camisa antes de hablar con su cocinero.

– ¿Qué demonios haces aquí a esta hora? –gruñó Itachi al sentarse frente a la mesa y pasarse la mano por su cara sin afeitar–. ¿Y qué hiciste para entrar?

–Estoy tratando de encender los fogones de esta cocina que no es eléctrica, y usted le dijo a Hinata que dejaría una llave debajo del felpudo, ¿recuerda? Además, son más de las nueve de la mañana. ¿Dónde estuvo anoche para dormir hasta tan tarde? –preguntó Chouji con una sonrisita lasciva.

–Recuerdo haberle dicho dónde estaba la llave a Hinata, no a ti –dijo Itachi, sin prestar atención a las insinuaciones de Chouji.

Pero su cocinero siguió, imperturbable: –En realidad, ella no es su tipo, ¿verdad?

– ¿Hinata?

–No, ella –respondió Chouji y movió la cabeza hacia la puerta del dormitorio de Sakura.

–Podría despedirte, ¿sabes? –dijo Itachi y miró con furia al hombrecillo.

Callado, Chouji giró hacia un bol de porcelana que había detrás de él en la mesa, levantó la tapa y lo sostuvo debajo de la nariz de Itachi. Eran crépes con salsa caliente de fresas, uno de los platos favoritos de Itachi.

Como respuesta, Itachi lanzó un gruñido y miró hacia la alacena alta donde se guardaban las fuentes y los platos. Segundos después, comía con gran entusiasmo. ¿Cómo se las ingeniaba Chouji para encontrar siempre el mejor género estuviera donde estuviera? Itachi hubiera apostado a que esas maravillosas fresas maduras no procedían del supermercado local. Por otro lado, en vista de lo que le habían costado los últimos días, le pareció mejor no preguntar su origen.

–Realmente estoy pensando en crear una empresa de alimentos para bebés –dijo Chouji, muy serio–. Tal vez usted pueda aconsejarme sobre cómo hacerlo.

Itachi estuvo a punto de decirle que olvidara todo el asunto, porque ayudar a Chouji en ese sentido significaría perderlo como su cocinero personal. En cambio, actuó como si tuviera la boca demasiado llena para contestarle. Una parte de su conciencia le acusó de cobardía, pero los crépes de fresa ganaron la partida sobre sus valores morales.

–Por supuesto que imagino que todo depende de Sasuke –decía en ese momento Chouji–. ¿Todos los bebés tienen un paladar tan exquisito?

Ahora Itachi estaba en terreno seguro.

–Sasuke es único en el mundo; no hay otro bebé como él. Y hablando del rey de Roma... –dijo mientras escuchaba un momento con atención. Después se puso de pie, se acercó a la puerta del cuarto de Sakura, la abrió y entró caminando de puntillas. Minutos más tarde salió con Sasuke con cara de dormido y un pañal limpio.

–Yo no oí nada –afirmó Chouji–. Debes de tener un oído muy sensible.

–Cuando uno se convierte en... –Itachi no dijo «padre», como pensaba, sino que se interrumpió–. Cuando uno se convierte en un hombre experimentado –terminó la frase–, se aprende a tener el oído atento. –Pero Chouji no escuchaba nada de lo que le decía su jefe porque su atención estaba centrada en ver, atónito, como Itachi cubría la superficie de la mesa de la cocina con una toalla y cambiaba el bebé como si lo hubiera hecho toda la vida. Lo sorprendente era que se trataba de un hombre al que los demás se lo hacían todo. Su mayordomo se ocupaba de elegirle y comprarle la ropa; otra persona le conducía el coche, otra le cocinaba y el resto de las cosas se las hacía su secretaria. Chouji se recuperó lo suficiente como para sonreírle al bebé.

– ¿A ti te gustan las fresas, caballerito? –preguntó. La respuesta de Sasuke fue una amplia sonrisa, pero la gran satisfacción de Chouji fue cuando la criatura tomó los crépes con las dos manos y los chupó y masticó hasta que solo le quedó salsa en las manos. Y también en los brazos, la cara, el pelo y hasta en la nariz.

– ¡Qué gratificante! –exclamó Chouji. Dio un paso atrás y observó cómo Itachi limpiaba a Sasuke con un paño tibio–. Ese bebé no tiene prejuicios ni ideas preconcebidas. Su gusto culinario es el mejor elogio que yo podría recibir.

–O la mejor crítica –dijo Itachi, fastidiado por el hecho de que Chouji siguiera dando a entender que quería iniciar su propia empresa.

– ¿Tiene miedo de perderme? –preguntó Chouji con una ceja levantada, seguro de lo que estaba pensando su patrono.

Unos golpes a la puerta salvaron a Itachi de tener que contestar. Cuando fue a abrirla, con Sasuke en los brazos, Sakura salió del dormitorio con cara de dormida y una vieja bata sobre el camisón.

– ¿Qué está pasando? –preguntó.

Cuando Itachi abrió la puerta, prácticamente fue atropellado por un hombre rubio y delgado, seguido por otros dos jóvenes también delgados y una mujer, que transportaban enormes cajas y telas de plástico colgando de los brazos. Los cuatro usaban ropa negra y tenían el pelo decolorado hasta un rubio artificial y blanquecino que llevaban engominado en distintos ángulos.

–Tiene que ser usted –afirmó el primer hombre, que no transportaba nada, señalando a Sakura. Tenía tres aros de oro en la oreja izquierda y una pesada pulsera de oro en la muñeca del brazo que en ese momento le extendía–. Querida mía, ahora veo por qué me dijeron que viniera temprano. Sin duda ese es su color natural de pelo. ¿En qué pensaba Dios cuando le hizo eso? Y, querida, ¿de dónde sacó esa bata? ¿Es kitsch o la tiene desde el gobierno de Hashirama? Está bien, muchachos, ya ven la tarea que nos espera. Instalen las cosas por donde puedan.

Giró, miró a Itachi de arriba abajo y dijo: – ¿Y quién es usted, querido?

–Nadie –respondió enfáticamente Itachi y después miró a Sakura–. Sasuke y yo nos vamos de aquí. –Sakura le lanzó una mirada con la que le rogaba que la llevaran con ellos, pero Itachi no, le tuvo ninguna compasión. Despiadadamente, tomó abrigos para Sasuke y para él y salió a la calle antes de que se cerrara la puerta. Cuando le había dicho a Hinata que consiguiera que alguien viniera a la casa para maquillar y peinar a Sakura, pensaba solo en peluqueros arreglándola durante media hora y, tal vez, en un poco de sombra para los ojos. Sakura poseía una belleza natural; no necesitaba la ayuda de un ejército de estilistas y maquilladores para asistir a una fiesta.

Aunque aparentemente Itachi había salido de la casa debido a la llegada de los esteticistas, lo cierto era que se alegraba de tener a Sasuke para él solo durante un rato. Pensó en lo sorprendente que era el efecto que podía ejercer el cariño incondicional de una criatura. Y era aún más sorprendente hasta dónde podía llegar una persona para entretener a un pequeño.

Itachi sabía que tenía toda la mañana antes de que Sasuke necesitara una toma, así que el bebé sería suyo durante horas. El cochecito estaba en la parte de atrás del coche, de modo que condujo el vehículo hacia el pequeño centro de Konoha y lo estacionó. Puesto que Sasuke todavía estaba en pijama, lo primero que debía hacer era comprarle algo de ropa.

– ¿No lo he visto antes en alguna parte? –preguntó el dueño del Emporio de Konoha mientras observaba a Itachi con los ojos entrecerrados. Puesto que ese hombre había atendido a Itachi, a Naruto y al padre de ambos cientos de veces cuando los hermanos eran pequeños, era normal que lo recordara.

–Mmmm –fue todo lo que dijo Itachi al poner sobre el mostrador monos y camisetas para bebé, además de un conjunto pensado para la nieve de una talla para un chico de dos años. Ahora le quedaría demasiado grande a Sasuke, pero era el más bonito que tenían en la tienda, y Sasuke tenía su orgullo.

–Estoy seguro de que lo conozco –repitió el hombre–. Jamás olvido una cara. Por casualidad, ¿usted no vino esta mañana con esa gente de la ciudad para maquillar a Sakura?

–Necesito pañales para una criatura de nueve kilos –dijo Itachi y comenzó a sacar su tarjeta de crédito, pero finalmente pagó en efectivo. No quería que ese hombre leyera su nombre en la tarjeta. Tal vez no había sido tan buena idea ir a Konoha; debería haber ido al centro comercial.

–Ya me acordaré –dijo el hombre–. Seguro que lo recordaré.

Itachi no dijo nada, solo tomó las bolsas de plástico y después empujó el cochecito de Sasuke hacia el exterior de la tienda. Faltó poco, pensó mientras llevaba a Sasuke hacia el automóvil. Pero ese encuentro lo había hecho retroceder a la época en que vivía en Konoha; ahora veía ese lugar con los ojos de un adulto, de un adulto que había recorrido el mundo.

A1 ver la pintura descascarillada y los carteles casi borrados pensó que el pueblo se iba muriendo lentamente. El pequeño almacén donde su padre hacía las compras dos veces por semana y donde en una ocasión Itachi había robado caramelos, tenía ahora un escaparate roto. Fue la única vez en su vida que Itachi había robado. Su padre lo descubrió y llevó a su hijo de nuevo al almacén. Para que le sirviera de lección, le obligó a barrer el suelo de madera del almacén y atender a los clientes durante dos semanas.

Precisamente durante ese tiempo Itachi le tomó el gusto al comercio y le encantó. Descubrió que, cuanto mayor era su entusiasmo, cuanto más crecía en un producto, más lograba venderlo. A1 cabo de aquellas dos semanas, tanto él como el dueño del almacén lamentaron tener que separarse.

Los vidrios de los escaparates de la tienda de artículos baratos tenían el aspecto de no haber sido lavados en años. La lavandería automática de ropa presentaba un aspecto lamentable.

Sí, se está muriendo, pensó. Los centros comerciales y las ciudades más grandes habían matado a la pequeña Konoha.

Cuando por fin llegó a su coche, el estado de ese lugar le había hecho sentirse bastante mal, pues guardaba buenos recuerdos de allí a pesar de lo que le había dicho a Naruto. Pensando precisamente en él, se preguntó por qué su hermano, después de estudiar en la facultad de medicina, había vuelto a sepultarse en ese pueblo agonizante.

Entró en el coche, encendió el motor y esperó un momento hasta que estuviera caliente; después pasó a la parte de atrás con Sasuke y procedió a ponerle la ropa nueva.

–Bueno, tú no tendrás que vivir aquí –le aseguró al pequeño y al instante calló un momento para pensar un poco en lo que acababa de decir.

Tendría que tener en cuenta a Naruto, desde luego, pero pensó que sería capaz de convencer a su hermano. No era posible que Naruto amara a Sakura más que él. Y ningún hombre sobre la Tierra quería a Sasuke más de lo que lo quería él. Así que era inevitable que pasaran su vida juntos.

– ¿Quieres venir a vivir conmigo a Nueva York? –le preguntó Itachi al bebé silencioso, enfrascado en la tarea de mascar los cordones de sus zapatos nuevos–. Te compraré una casa grande en las afueras y podrás tener tu propio poni. ¿Eso te gustaría?

Itachi terminó de vestir al bebé, lo puso en su silla para coches y después condujo el vehículo hacia el limpio y homogéneo centro comercial. Era víspera de Navidad, de modo que había pocos compradores y él y Sasuke podían recorrerlo a gusto y mirar todos los escaparates. Pero Itachi no vio nada mientras pensaba en lo que quería hacer.

No resultaba difícil adivinar lo que los últimos días habían significado para él. Sasuke y Sakura ahora se habían convertido en una parte tan vital de su vida como respirar, y quería tenerlos siempre junto a él. Compraría una casa grande en las afueras, a una distancia cómoda de Nueva York, y Sakura y Sasuke podrían vivir en ella. Sakura no tendría que preocuparse más por cocinar o limpiar, porque Itachi se aseguraría de que alguien se hiciera cargo de esas tareas.

Allí estarían esperándole cuando él volviera a casa por las tardes. Y la presencia de ambos haría que la vida fuera más agradable. Él regresaría de días largos y difíciles en la oficina, y allí estaría Sakura y Sasuke, con la barbilla manchada de avena cocida, en sus brazos.

Movido por un impulso, se detuvo en una librería artística y le compró a Sakura una enorme caja de acuarelas, tizas, lápices y seis docenas de cuadernos de dibujo con el mejor papel existente.

–O a alguien le gusta mucho dibujar o usted se propone llevar a una chica a la cama –conjeturó el vendedor, un muchacho de unos diecisiete años, mientras hacía la factura de la venta.

–Limítese a darme el talón para que lo firme –saltó Itachi.

– ¿No tiene espíritu navideño? –le dijo el vendedor, nada intimidado por la reacción de Itachi.

Después de salir de la librería pasó frente a una joyería y, como si una mano lo empujara hacia el interior, entró.

– ¿Tiene anillos de compromiso? –preguntó, y le horrorizó darse cuenta de que se le quebraba la voz. Carraspeó–. Quiero decir...

–No se preocupe –dijo el hombre, sonriendo–. Pasa siempre. Ahora, si tiene la bondad de acompañarme...

Itachi miró con desprecio la bandeja con diamantes solitarios que tenía delante y, después, le preguntó al vendedor:

– ¿Tienen una caja fuerte en esa joyería?

–Ah, entiendo, a usted le interesa nuestro sistema de seguridad –dijo el hombre, nerviosamente, y por la forma en que ocultó una mano debajo del mostrador, dio la impresión de estar a punto de apretar un botón para llamar a la policía.

–Quiero ver algunos de los anillos que tiene en ella.

–Entiendo.

Pero Itachi se dio cuenta de que ese hombrecillo estúpido no entendía nada.

–Quiero comprar algo mucho mejor que cualquiera de estos anillos. Quiero comprar algo caro. ¿Entendido?

A1 vendedor le llevó un momento dejar de parpadear, pero cuando lo hizo sonrió de una manera que a Itachi le fastidió; inmediatamente se dirigió hacia el fondo y veinte minutos más tarde Itachi abandonaba la joyería con un pequeño estuche en el bolsillo trasero del pantalón. Itachi regresó con Sasuke a casa al mediodía para que su madre lo alimentara. A1 principio, ninguno de los dos reconoció a Sakura, que tenía la cabeza cubierta con trozos de papel de aluminio. Pareció que Sasuke iba a ponerse a llorar como siempre hacía frente a los extraños, pero los brazos de Sakura le resultaron conocidos, de modo que se tranquilizó.

– ¡Qué adorable! –dijo con sarcasmo uno de los jóvenes delgados, los labios curvados con expresión de desagrado, al ver que Sakura daba de mamar a Sasuke, pero con el cuerpo oculto a la vista de todos.

–No le pegue, señor Uchiha –dijo Sakura sin levantar la vista.

Después de eso, el jovencito miró a Itachi con tanto interés que él se fue a la cocina; allí seguía Chouji, que cocinaba un almuerzo para todos los que se encontraban en la casa. Por último, Itachi se fue a su cuarto y llamó por teléfono a Hinata.

Como empezaba a ser costumbre en ella, tardó bastante en contestar. Itachi le dijo que quería que se pusiera en contacto con una inmobiliaria de los alrededores de Nueva York para que le enviaran detalles de propiedades en venta.

–Algo adecuado para que pueda vivir un bebé –aclaró–. Y, Hinata, imagino que no hace falta que te diga que no debes mencionar nada de esto a nadie, en especial a mi hermano menor.

–No, no hace falta que me lo diga –respondió ella, e Itachi no estaba seguro, pero le pareció haber percibido enojo en su voz. Extrañamente, Hinata cortó la comunicación antes que él.

Itachi se llevó a Sasuke a almorzar afuera. Compartieron una enorme chuleta, zumo de frutas y judías verdes con almendras (Itachi tuvo que picar las almendras para Sasuke). Como eso no fue suficiente, comieron créme brúlée, con azúcar quemada y fondo de frambuesas. Después del almuerzo, Sasuke durmió en su cochecito mientras Itachi compraba más regalos para todos. Compró cosas para Naruto, para su padre, para Sakura (un nuevo albornoz y cuatro camisones de algodón abotonados desde el cuello a la cintura) y, por un impulso, algo para Hinata. Le compró un juego de lapicero y lápiz. Cuando vio un bazar, le compró a Chouji lo que el vendedor le aseguró era único: diminutos moldes de helado con forma de frutas. Para Sasuke compró un juego de títeres para los dedos y una pistola a pilas que producía enormes y maravillosas burbujas de jabón.

Bastante satisfecho consigo mismo, Itachi se dirigió hacia la casa con el coche lleno de paquetes elegantemente envueltos.

A1 entrar, con Sasuke cansado e inquieto en los brazos, se encontró a Sakura de pie en todo su esplendor, producto de muchas horas de trabajo; pero a Itachi no le gustó lo que vio. Estaba preciosa con la larga columna de marfil del vestido. Era bastante sencillo, sin tirantes, cuerpo ajustado alrededor de los pechos prodigiosos de la joven y falda que caía hasta el suelo, con abertura lateral.

Estaba preciosa, es cierto, pero se parecía demasiado a todas las mujeres con las que él había salido durante tantos años. Esa era una mujer que no necesitaba a ningún hombre; podía tenerlos a todos si lo deseaba. Y además se sabía hermosa. Tenía que saberlo si se mostraba de esa manera.

A1 ver la cara de Itachi, Sakura se echó a reír: –No le gusta, ¿verdad?

–Claro que sí. Está muy bien, deslumbrante –dijo él, sin vehemencia.

–Vaya, vaya –dijo uno de los hombres flacos–. Parece que estamos celosos.

Itachi le lanzó una mirada asesina, pero el peluquero se limitó a darse la vuelta y a reír.

–No tiene importancia –afirmó Sakura, pero por su voz sí le importaba y le dolía la falta de entusiasmo de Itachi-. El que cuenta es Naruto, ya que saldré con él.

–Caramba, la gatita tiene uñas –dijo el flaco.

– ¡Tocado y hundido! –Saltó el peluquero principal–. Cállate. Deja solos a los tortolitos.

A1 oír esas palabras, Sakura se echó a reír, pero Itachi depositó a Sasuke en el suelo y fue a desplomarse en el viejo sofá del comedor. Todos los demás estaban en la cocina, comiendo, limpiando o guardando las provisiones. Sakura siguió a su hijo y a Itachi a la sala.

– ¿Por qué no le gusta? –preguntó, de pie frente a él. Itachi tenía un periódico delante de la cara y no lo bajó.

–No sé dónde ha sacado esa idea. Le dije que estaba deslumbrante. ¿Qué más quiere?

–Que me mire y me lo diga a la cara. ¿Por qué está enfadado conmigo? –En su voz casi había lágrimas. Itachi bajó el periódico (de todos modos, era de tres semanas antes) y la miró.

–Está preciosa, de veras. Solo que, en mi opinión, es más bonita al natural. –Pensó que eso la tranquilizaría, pero no fue así. La vio fruncir el entrecejo y después darse media vuelta para mirar a Sasuke, que estaba sentado en el piso masticando una pequeña caja de cartón.

–Le arrancará un pedazo y se atragantará –dijo Sakura, con lo que le insinuó a Itachi que no cuidaba bien a su hijo. Levantó un poco su falda de pesado satén y salió de la habitación dejando que Itachi se preguntara qué había hecho de malo.

–Mujeres... –le dijo Itachi a Sasuke, quien levantó la cabeza y le dedicó una sonrisa que le permitió lucir sus cuatro dientes.

Treinta minutos más tarde llegó Naruto con un estuche chato de terciopelo, una docena de rosas blancas y la limusina de Itachi.

–Sabía cómo era el vestido –decía Naruto–, pero, bueno, todos sabían cómo era, y papá pensó que quedaría muy bien con perlas. No son verdaderas, pero lucirán bien.

Dicho lo cual, abrió el estuche, en el que había una gargantilla de seis vueltas de perlas rematadas con un broche de jade tallado rodeado de diamantes. Itachi sabía perfectamente que tanto las perlas como los diamantes eran auténticos. Y no tenía ninguna duda de lo que Naruto había pagado por la gargantilla.

–Nunca vi algo tan hermoso –jadeó Sakura.

–No son nada en comparación contigo –respondió Naruto, e Itachi tuvo que reprimir un gruñido.

Pero quizá no hizo bien en reprimirlo porque Sakura dijo:

–No te preocupes por él. Está así desde que volvió. Creo que piensa que yo debería usar un sombrero de paja y un vestido de algodón.

–Es su imagen de Konoha -comentó Naruto, hablando de Itachi como si él no estuviera allí, de pie, mirándolos a los dos con furia.

–Y que deberíamos dar un paseo por el campo en lugar de asistir a un baile –acotó Sakura, sonriendo. Naruto extendió un brazo como si estuviera bailando una contradanza, y Sakura se lo tomó.

–Ahora reclamen a sus parejas –dijo él, imitando la voz del que dirige los bailes de cuadrillas.

Sakura pateó la parte de atrás de la falda y siguió a Naruto por toda la habitación.

–Está bien, es suficiente –los cortó Itachi con una mueca–. Ya os divertisteis, ahora podéis iros.

–Sí, deberíamos irnos, Naruto –dijo Sakura–. Lo más probable es que a las nueve me quede dormida.

–No mientras yo esté contigo –aclaró Naruto con tono travieso mientras miraba intencionadamente de reojo la pechera de su vestido.

–Lo único que vas a conseguir allí es la cena.

–Soy un hombre hambriento, dattebayo –respondió Naruto, e hizo que Sakura riera por lo bajo.

–Creo que aquí la palabra clave es «hombre» –dijo Itachi ominosamente–. Tienes que recordar que Sakura es madre y necesita...

–Usted no es mi padre –saltó Sakura– y yo no necesito que me digan...

–Yo estoy listo, ¿y tú? –Preguntó Naruto en voz alta–. La limusina espera. ¿Vamos?

Una vez que estuvieron en el coche y Sakura miraba por la ventanilla, Naruto preguntó:

– ¿Qué ha sido todo eso?

– ¿A qué te refieres?

Naruto la miró como diciéndole que ella sabía perfectamente de qué hablaba.

–No lo sé. El señor Uchiha y yo nos hemos llevado maravillosamente bien, pero desde que llegaron los maquilladores esta mañana, está insufrible. Anduvo de aquí para allá, enfurruñado como un oso, e hizo que todos, que fueron tan agradables conmigo, corrieran a esconderse en la cocina. Chouji dice cosas terribles de él y…

– ¿Como qué? ¿Qué dice Chouji?

–Que una vez el señor Uchiha pasó junto a una vaca y el animal se convirtió en chuletas congeladas. Pero también dice que el señor Uchiha es capaz de hacer hervir el agua de un cazo con solo mirarla. Y, bueno, otras cosas. No entiendo cómo el señor Uchiha ha sido tan agradable los últimos días y hoy está tan insoportable. Si todos los que vinieron hoy a casa eran gays, ¿no debería ser atento con ellos, puesto que también él es gay?

–No siempre es así –dijo Naruto, que casi no podía seguir hablando por el esfuerzo que le costaba no echarse a reír–. ¿Qué otra cosa te dijo Chouji?

Sakura miró a Naruto y parpadeó.

–Bueno, ¿te refieres a cosas como que el señor Uchiha no transpira, no excreta nada, si entiendes lo que quiero decir? –Giró un momento la cabeza para ocultar el rubor de su cara–. Ese Chouji realmente tiene una lengua viperina.

Naruto estaba a punto de estallar en carcajadas. – ¿Y qué me dices de mujeres? Seguramente Chouji debe de haber dicho algo sobre las mujeres de Itachi.

–Te refieres más bien a sus hombres, ¿no?

–Sí, claro. Lo que sea. ¿Qué dijo Chouji sobre ese tema?

–Dijo que si una mujer llegaba a eructar cerca del señor Uchiha, él se moriría de apoplejía. Pero, Naruto, eso no es cierto. Anoche, el señor Uchiha me ayudó a librarme de una jaqueca. Se quedó mucho tiempo conmigo, frotándome las sienes hasta que me quedé dormida.

– ¿Hizo qué? Creo que deberías contármelo todo. –Cuando Sakura terminó con su relato, Naruto la miraba, azorado.

Jamás se me habría ocurrido que Itachi pudiera hacer una cosa así. Él es...

–Es un hombre fuera de serie, eso es lo que es –dijo Sakura–, y confieso que no lo entiendo. Yo confío en el juicio de Sasuke y Sasuke lo adora. Y creo que también el señor Uchiha adora a Sasuke.


Gracias por leer, espero que les haya gustado.

Algún día llegaré a los 100 reviews, ese día intentaré escribir un lindo one shot ;P