Capítulo revelador y esperado, todo cambiará en ese instante, ¿realmente te atreverás a seguir leyendo? Porque querrás matarme al final, lo se.

¿Sasuke se verá afectado? ¿Sakura descubrirá la verdad? ¿Itachi es consciente de lo que le espera? ¿Naruto terminará lastimado? ¿Por qué Hinata esta enojada?

¡El capítulo más largo hasta el momento!

ADVERTENCIA: Subida de tono, leve lemmon.

Naruto no me pertenece y la historia es una mera adaptación de "La conspiración del amor" de Jude Deveraux.

Tengo baja autoestima, por lo cual no acepto comentarios negativos, si no les gusto cierren la página o entren a otro lado. Gracias.


- Capítulo13 -

–Realmente, usted es el hombre más malvado del mundo –afirmó Sakura, riendo. Estaban en el coche estropeado de Itachi y se dirigían a la casa vieja y ruinosa que llamaban hogar–. No puedo creer que haya conseguido una pareja y entradas para un baile como ese y con tan poca anticipación. ¡Y qué pareja! Aunque no me parece que ella le tenga mucha simpatía.

– ¿Hinata? Quiero decir, ¿la señorita Hinata? Ella me tiene mucho afecto. Y conseguí compañera porque soy un tipo muy bien parecido, por si no se ha dado cuenta.

–Mmmm. Bueno, es bastante pasable cuando no está enfurruñado. Así que cuéntemelo todo.

–Mi pelo es natural, los dientes son todos míos...

–No, tonto –dijo ella, riendo todavía más–. Cuénteme lo de la señorita Hinata. ¿Qué le dijo usted para hacerla reír tanto?

– ¿Para hacerla reír? No recuerdo que se haya reído –dijo Itachi, muy serio.

–Es un poco solemne, ¿no? Pero bailaron juntos y ella se rió. La oí. La vi y fue una verdadera carcajada. –En el rostro de Itachi se dibujó un asomo de sonrisa.

– ¿Está celosa?

–Por Dios, si no me lo dice, yo...

– ¿Usted hará qué?

–Le diré a Chouji que deje de enviarnos comida y yo cocinaré para usted.

–Qué mujer tan despiadada. Está bien, se lo diré, pero lo único que hice fue preguntarle si era una de esas mujeres que se enamoran de su jefe. –Cuando Sakura lo miró, desconcertada, él continuó–: Ya sabe que algunas mujeres se acuestan con su jefe apuesto, rico y poderoso, así que nunca se casan ni tienen una familia propia.

–Lo he visto en las películas, pero nunca en la vida real –aseguró Sakura–. Pero, no entiendo. ¿Quién es el dueño de El Paraíso de los Bebés?

–Un tipo que conozco.

–Ah, entiendo.

– ¿Qué es lo que entiende?

–Que no me lo dirá. ¿Su jefe es muy buen mozo?

–Hace que Mel Gibson parezca un adefesio.

–Lo dudo mucho. Pero, sea como fuere, ¿la sola idea de enamorarse de su jefe le resultó cómica a la señorita Hinata?

Itachi frunció el entrecejo. –De hecho, sí.

– ¿Y por qué le molesta eso?

– ¿Quién dijo que me molesta?

Sakura levantó las manos en gesto de impotencia. –No sé por qué pensé que le molestaba. Pero, bueno, quizá solo porque, cuando ella se echó a reír y se alejó de la pista de baile, usted se quedó allí como dos minutos mirando con furia su espalda. Confieso que tuve miedo de que a la pobre se le incendiara el pelo.

– ¡Y así debería haber sucedido! –Saltó Itachi–. Su jefe ha sido muy bueno con ella. Le pagó bien durante años.

–Ah.

– ¿Qué se supone que significa eso?

–Nada. Solo que el dinero no es sustituto de los sentimientos personales.

–A lo mejor a él no le interesaban los sentimientos personales. ¡Solo quería tener una auxiliar competente!

– ¿Por qué se enoja tanto? ¿Cuánto tiempo hacía que ella trabajaba para él?

–Varios años. Y ¿por qué habla en pasado? Por lo que sé, sigue trabajando para él.

–Pues bien, no será por mucho tiempo.

– ¿Qué quiere decir eso? –preguntó él al doblar el sendero de entrada y estacionar el vehículo al lado del viejo auto de Tsunade. Sabía que su actitud era irracional, pero no podía evitarlo. La velada no había transcurrido como él esperaba. Ahora que el baile había llegado a su fin, él ni siquiera sabía cuáles habían sido sus expectativas; quizá había deseado, quizá incluso esperado, que Sakura... ¿Qué?, se preguntó. ¿Le declarara su amor eterno?

Durante toda la noche había tratado de centrar su atención en Hinata y en las otras personas que asistieron a la fiesta, pero solo había tenido ojos para Sakura. Ella, en cambio, no pareció darse cuenta. Pero Naruto sí lo notó.

– ¿Por qué discutían Naruto y usted? –preguntó Sakura cuando él la ayudó a apearse, cuidando de que el vestido de satén no tocara la grava del camino. Esa noche Sakura había estado preciosa. Las perlas y el satén blanco le sentaban de maravilla, Itachi sonrió al pensar en el anillo de compromiso que casi le quemaba en el bolsillo del pantalón. Tal vez se lo daría esa misma noche.

En el interior de la casa, Tsunade tenía al inquieto Sasuke, quien al ver a Sakura saltó a sus brazos; por un momento, los dos se abrazaron como si hubieran estado varios años separados.

– ¿Cómo fue todo? –le preguntó Tsunade a Itachi en voz baja junto a la puerta de calle.

–Bien –respondió Itachi–. Nada especial. –No pensaba revelarle nada a la persona más chismosa del pueblo.

–Si no pasó nada especial, ¿cómo es que traes a Sakura de vuelta cuando ella se fue con tu hermano?

–Shhh –le advirtió Itachi–. Sakura cree que Naruto y yo somos primos.

Tsunade inclinó la cabeza hacia un lado y lo miró. Todo su pelo se desplazó hacia un costado y, por un momento, Itachi pensó que debía de tener músculos increíblemente fuertes en el cuello para poder sostener semejante peso.

– ¿Has pensado en lo que dirá Sakura cuando se entere de que le has tomado el pelo?

–No es cierto –dijo él, muy tenso.

– ¿Ah, no? ¿No te parece que comprar una tienda de artículos para bebés y después decirle que todos esos muebles costaron nada más que doscientos cincuenta dólares no es dar por sentado que es idiota?

–Ella se lo creyó y eso es lo único que cuenta. –Sakura se había llevado a Sasuke al dormitorio, de modo que Itachi y Tsunade estaban solos en la habitación. –Mira, me propongo decírselo todo mañana. –Tsunade lanzó un leve silbido.

–Feliz Navidad, Sakura.

– ¿No crees que deberías irte a tu casa?

–Creo que tú deberías irte a tu casa –le contestó Tsunade–. Pienso que Sakura debería tener la oportunidad de elegir a su hombre, y no estar en medio de este juego enfermizo que habéis planeado Naruto y tú.

– ¿Enfermizo? –Preguntó él con una ceja levantada–. ¿No te parece que se trata de un término demasiado fuerte?

–Dime, Itachi, ¿cómo están los hombres de tu vida? –Al oír eso, él abrió la puerta de la calle.

–Gracias por cuidar a Sasuke.

El suspiro de Tsunade fue tan grande que a Itachi le pareció que las cortinas que estaban al lado de la puerta se movían, pero el pelo de la mujer permaneció imperturbable.

–No digas que no te lo advertí.

–Me doy por advertido. –Tan pronto cerró la puerta, Sakura asomó la cabeza por el dormitorio.

– ¿Ya no hay moros en la costa? –preguntó ella en voz baja.

–Así es –respondió Itachi con una sonrisa–. Ya puede salir.

Sakura usaba su viejo albornoz, e Itachi pensó en el nuevo que estaba envuelto y colocado a los pies del árbol de Navidad.

– ¿Cómo está Sasuke?

–Dormido y roncando. El pobrecito estaba agotado.

–Sé muy bien cómo se siente –aseguró Itachi.

–Ah –dijo Sakura–. ¿Quiere ir a acostarse?

Itachi no pudo evitar mortificarla un poco, así que bostezó y respondió:

–Sí. Estoy rendido. –Se soltó la corbata del esmoquin y volvió a bostezar.

–Yo también –dijo ella, pero no parecía cansada.

–Por otro lado –agregó Itachi–, podríamos encender la chimenea, si conseguimos abrir el tiro, preparar palomitas de maíz, y así usted me cuenta qué fue lo que más le gustó de la velada.

–Usted ocúpese del fuego. Yo, de las palomitas –propuso ella antes de dirigirse deprisa a la cocina. En tiempo récord, el fuego estaba encendido –aunque con un poco de humo–, y Sakura e Itachi se encontraban frente a él con una enorme fuente de maíz y vasos con agua fría entre ellos.

– ¿Por qué se peleaban usted y Naruto? –preguntó de nuevo Sakura.

Itachi gruñó.

–No empecemos. ¿Qué le pareció el vestido de esa rubia?

–Me parece que será una buena madre. –Itachi la miró, consternado.

–Con un par de pechos así, seguro que tendrá muchísima leche –dijo Sakura, muy seria, haciendo reír a Itachi.

–Son de plástico.

– ¿Y usted cómo lo sabe? –preguntó ella.

–Bailé con ella, ¿recuerda?

Riendo, Sakura dijo:

– ¿Qué fue lo que hizo que Naruto se fuera temprano de la fiesta y que usted terminara trayéndome a casa? Y no se atreva a decirme que se trató de una emergencia en el hospital.

–Fue una diferencia de opiniones –explicó Itachi, muy tenso.

Por un momento, Sakura miró fijo el fuego. –Durante toda la noche tuve la sensación de que todos ustedes sabían algo que yo ignoraba –dijo, muy despacio.

–Es Navidad; todos tenemos secretos.

–De acuerdo. Y no se le pueden contar a la tonta de Sakura.

– ¿De qué habla?

–De nada. ¿Qué estuvieron cuchicheando mi suegra y usted?

– ¿Se está volviendo paranoica? –preguntó Itachi, tratando de distraerla–. ¿Lo pasó bien esta noche?

–Sí –respondió ella, con cierta vacilación.

– ¿Pero...? –inquirió él mientras comía palomitas.

–Esta noche faltaba algo.

– ¿Qué podía faltar? Usted era la mujer más hermosa de la fiesta.

–Muy amable de su parte. No. Era otra cosa. Era... Bueno, para empezar, me pasó lo de la mujer que encontré en el lavabo de señoras.

– ¿Qué mujer? ¿Le dijo algo desagradable?

–No, de hecho habló de usted.

Itachi tardó un momento en hablar. – ¿Ella me conoce?

– ¿Sería un delito que así fuera?

–Depende de lo que sepa. ¿Qué fue lo que dijo?

–Que usted me rompería el corazón.

–Ah –dijo Itachi. Como no aclaró nada más, Sakura lo observó a la luz del fuego.

– ¿Usted suele romper el corazón a las mujeres? –agregó Sakura en voz baja.

–Todos los días de la semana. Y dos veces los domingos.

Sakura no rió.

– ¿Qué está pasando?

– ¿A qué se refiere cuando pregunta qué está pasando?

De pronto, Sakura se cubrió la cara con las manos y se echó a llorar.

– ¡Basta! ¡Basta! Sé que está pasando algo, pero nadie me cuenta el chiste. A veces creo que el chiste soy yo.

–Esa mujer del lavabo de señoras la ha alterado, ¿verdad?

Al oírlo, Sakura se puso de pie y se dirigió a su dormitorio.

–Me voy a acostar –dijo, con una voz sin emoción.

Itachi se colocó a su lado antes de que llegara a la puerta y cerró una mano sobre su brazo.

– ¿Por qué está enojada conmigo?

–Porque usted es parte de todo esto. Esta noche... Para qué... usted nunca entendería.

–Inténtelo.

–Todo era tan hermoso... Sé que es un tópico, pero me sentía la Cenicienta. La pobrecita Sakura Lee, con su casa llena de goteras, en un baile verdadero. Todos estaban tan bien vestidos. ¡Y las joyas! Si hubieran encendido una vela en el medio de la pista de baile, el brillo de esos diamantes habría bastado para iluminar todo el salón. Era como un sueño, una fantasía.

Con suavidad, Itachi la condujo de vuelta a la sala y la sentó en el sofá.

–Entonces, ¿cuál es el problema?

–Tuve una sensación de... –Lo miró, y en sus ojos había lágrimas–. Una sensación de catástrofe inminente. Eso es. Como si algo estuviera por suceder y yo no tuviera cómo impedirlo. Últimamente todo ha sido maravilloso, y mi madre me advirtió que desconfiara de las cosas buenas. Dijo que estábamos en la Tierra para sufrir y que, si algo bueno pasaba, era obra del demonio.

–No siempre es así –le aseguró Itachi con ternura. Después le levantó una mano y le fue besando los dedos uno por uno.

– ¿Qué hace? –preguntó ella, con desconfianza.

–Le estoy cortejando.

Enfadada, ella le apartó las manos y trató de levantarse, pero él se lo impidió.

– ¿Le importaría dejarme? –lo cortó ella con voz helada.

–Sí, en realidad me importa. –De nuevo le tomó una mano y comenzó a besarle el dorso.

–Cambié el pañal a Sasuke con esa mano y todavía no me la he lavado –dijo ella.

–Usted ya sabe cuánto quiero a ese pequeño –dijo él, pero sin dejar de besarla. A pesar de sí misma, Sakura sonrió; después, apoyó las dos manos en los hombros de Itachi y empujó. Cuando él estuvo de pie, ella lo miró con furia.

–Usted es gay, ¿recuerda?

–En realidad no lo soy. Naruto le mintió.

Itachi siguió besándole la mano; Sakura lo apartó y su expresión lo dijo todo.

–Está bien –continuó él y se recostó en el viejo sofá–. Naruto quería que me quedara aquí para cuidar a Sasuke y que él pudiera salir con usted. Está enamorado de usted.

Como Sakura no dijo nada, él se volvió para mirarla. Tenía una expresión muy extraña en la cara. –Continúe –dijo.

–Naruto no deseaba que pasara nada entre nosotros; por eso le dijo que yo era homosexual.

–Entiendo. ¿Eso es todo?

–Más o menos –respondió él, después se agachó para tomar su vaso de agua fría y se la bebió.

– ¿De modo que ustedes dos han estado luchando por mí? –preguntó ella en voz baja.

Itachi tragó fuerte.

–Bueno, en realidad... Bueno, sí, es verdad. Se suponía que mi misión era mantener lejos a Neji Hyuga, pero yo...

– ¿Usted qué?

–Me enamoré de ti y de Sasuke –contestó, pero mirando el fuego, no a ella. Jamás le había dicho a una mujer que la amaba. La mayoría de las mujeres que había conocido en Nueva York habría respondido echando mano de una calculadora para sacar la cuenta de qué parte les tocaría de su fortuna. Como Sakura no dijo nada, él se giró para mirarla: ella tenía la vista fija en el frente y estaba pálida.

– ¿Sobre qué más me has mentido? –preguntó.

–Sobre nada demasiado importante –se apresuró a decir Itachi y contuvo el aliento. Si ella le decía ahora que lo amaba, cuando no tenía ni idea de su riqueza, él sabría para siempre que ella lo amaba por él mismo. De pronto supo que toda su vida podía cambiar en ese momento y que si alguna vez había tratado de vender algo, sería mejor que ahora se esforzara en venderse a sí mismo. –Te amo, Sakura. A ti y a Sasuke y quiero que te cases conmigo. Por eso estaba tan enfadado Naruto. Te quería para él, así que me persuadió para vivir contigo, pero Sasuke... Sasuke fue una bendición desde el principio. Yo le caí bien y sabes cómo lo adoro, y quiero...

–Oh, cállate y bésame –dijo Sakura, y cuando Itachi giró la cabeza y vio que ella sonreía, fue como si acabaran de liberarlo de una esclavitud.

Enseguida tomó a Sakura en sus brazos y la llevó al dormitorio. No necesitaba que le dijera que ella quería estar donde pudiera oír a su hijo. Nuestro hijo, pensó Itachi. Su esposa; su hijo; su familia.

–Te amo, Sakura –repitió, mientras ella le frotaba la nariz contra la oreja–. Me encanta cómo me haces sentir. Me fascina que me necesites.

En lo que Itachi decía había algo que molestaba a Sakura, pero ella no lograba darse cuenta de qué, básicamente porque por el momento no era mucho lo que podía pensar. Él le besaba el cuello y deslizaba sus manos por los hombros.

Hacía tanto, tanto tiempo que un hombre no la tocaba... Y estaba dispuesta a morir antes que decir nada que mancillara incluso más la memoria de su marido...

Sin embargo, a fin de cuentas, Lee acababa borracho casi todas las noches. Itachi, en cambio, era limpio, estaba sobrio y era tan, tan apuesto... Sus manos de dedos largos se movían sobre su cuerpo en una forma que ella solo podía haber soñado. Centímetro a centímetro le fue quitando la bata; después, el viejo camisón, siempre besándola a medida que lo hacía. Sus manos cálidas se deslizaron por los lados de sus pechos. ¡Cuánto hacía que sus pechos no eran otra cosa que glándulas funcionales!

–Qué agradable es lo que haces –dijo ella, cerró los ojos y se dejó inundar por las sensaciones. Itachi movió las manos entre sus muslos y los llenó de caricias y de besos–. Eso me gusta –confesó ella, como en sueños–. ¿Tiene un nombre?

–Juego amoroso –respondió él, sonrió y la miró a los ojos–. ¿Te gusta?

–Oh, sí. ¿Puedes darme un poco más?

–Te daré todo lo que tengo –dijo él mientras le besaba los pechos.

Cuando la penetró, Sakura jadeó porque, por primera vez, estaba lista para hacer el amor.

–Dios, cómo me gusta –dijo ella, y la forma en que lo dijo hizo que Itachi se echara a reír mientras rodaba hasta quedar boca arriba; entonces ayudó a Sakura a ponerse sobre él.

–Ahora te toca a ti.

Obviamente, era una experiencia nueva para Sakura, y a Itachi le complació ver la expresión de su cara. –Caramba, una madre virgen –murmuró, mientras la iba guiando con las manos puestas en sus caderas.

–No se te ocurra detenerte –dijo ella, moviendo las caderas hacia arriba y hacia abajo. Cuando finalmente llegó al clímax se derrumbó, relajada y saciada. –Sí –fue todo lo que pudo decir; tan segura como Sasuke debía de sentirse en sus brazos, se acurrucó contra el pecho de Itachi y dejó que él la abrazara. Él subió la sábana hasta que los dos quedaron tapados y así se durmieron, el uno en brazos del otro.

Un golpe fuerte despertó a Sakura, quien enseguida se incorporó en la cama, temerosa de que Sasuke se hubiera caído. Pero cuando fue a verlo, se dio cuenta de que estaba profundamente dormido en su nueva cuna. Tenía las piernas recogidas debajo del cuerpo, su mullido trasero levantado y la cabeza vuelta hacia ella; de la comisura le caía un hilillo de baba.

Sakura entró en la habitación, se acercó a su bebé, con suavidad le secó la boca, lo tapó con la colcha y después volvió a su cuarto en busca de su camisón. Estaba colgado a los pies de la cama y procuró no despertar a Itachi cuando se lo puso. Pero en realidad no tenía por qué preocuparse, ya que sus dos hombres estaban en lo que ella llamaba un «sueño de coma profundo». Se les podría practicar cirugía mayor sin que se dieran cuenta.

Sonriendo, Sakura se inclinó y besó la frente de Itachi. Después, se puso su bata vieja y fue al comedor. Por un momento quedó desorientada porque las luces del árbol de Navidad se encontraban encendidas y la pila de regalos era tan alta como el sofá.

«Papá Noel», leyó en una etiqueta tras otra de esos paquetes blancos.

–Naruto –susurró, y se sintió un poco culpable por la manera en que lo había tratado en el baile. Fue a la cocina a prepararse una taza de té. Estaba completamente despierta y ahora, en mitad de la noche, cuando Sasuke dormía, era el único momento que tenía para pensar. Mientras el agua hervía y ella buscaba una taza y una bolsita de té, pensó en el baile. Estaba segura de que cualquier otra mujer se habría sentido fascinada de asistir a esa fiesta, pero ella se había aburrido soberanamente. Todo estaba muy bien, y los asistentes se veían espléndidos, pero lo único que ella deseaba era volver a casa junto a Itachi y Sasuke. Allí estaba ella, con un vestido de Dior y una gargantilla de perlas –aunque fueran falsas, ¿quién iba a darse cuenta? –, y lo que ella más quería era estar en casa, con su vieja bata, su hijo y su inquilino gay.

En la fiesta, todos se conocían y, desde luego, todos conocían al doctor Naruto, así que Sakura había tenido tiempo de estar sentada sola frente a una mesa, con una bebida sin alcohol, y de pensar... y recordar. Nunca se había sentido más feliz y más protegida que en los últimos días. Cada minuto había sido una aventura. Desde que Naruto había entrado en su casa con su muy apuesto primo gay, la vida de Sakura había cambiado en forma radical. El señor Uchiha –o Itachi, como ella lo llamaba para sí– parecía tener una varita mágica que, con un solo movimiento, lo solucionaba todo. No le sorprendería nada que una mañana, al despertarse, descubriera que el techo del comedor había sido reparado.

Y ahora, esa noche..., pensó con un suspiro. Esa noche él le había dicho que la amaba, le había confesado que no era homosexual, le había dicho... No, no podía recordar todo lo que había oído o sentido esa noche. Lo único que sabía era que ese baile le había cambiado la vida.

Cuando el agua de la tetera comenzó a hervir, la vertió sobre la bolsita de té, agregó leche a la taza y se la llevó a la sala para sentarse y contemplar el árbol de Navidad. Ahora le era posible sonreír al recordar lo que había sentido esa noche al ver que Itachi se presentaba del brazo de esa pelirroja despampanante. En ese momento, si alguien le hubiera entregado una escopeta, ella le habría disparado a la señorita Hinata Hyuga, dejando un agujero bien grande en su cintura de mujer que nunca ha tenido un bebé. Mejor aún: le habría gustado dispararles un cañonazo a los dos.

Cuando Itachi y esa mujer se sentaron a la mesa con ella y Naruto, Sakura no se sintió nada sorprendida. Lo que sí la sorprendió fue la animosidad instantánea que exhibió el apacible Naruto. Enseguida los dos hombres se dijeron mutuamente cosas en voz tan baja que Sakura no pudo oír.

Haciendo una inspiración profunda, Sakura se había inclinado hacia la alta y hermosísima señorita Hinata y le había dicho:

– ¿Qué pasará ahora con El Paraíso de los Bebés? –La mujer estaba más cerca de Itachi, así que a lo mejor alcanzaba a oír lo que decían los dos hombres. Tal vez el hecho de que ella pudiera oír y Sakura no, fue la razón por la que ella decidió iniciar una conversación.

– ¿El Paraíso de los Bebés? –preguntó la mujer y con cierta reticencia se alejó un poco de donde Itachi y Naruto discutían con furia.

–Donde usted trabaja –dijo Sakura en voz alta–. Fue allí donde la vi, ¿no?

–Ah, sí, por supuesto.

Por un momento los dos hombres dejaron de discutir y la señorita Hinata miró a Sakura.

– ¿Qué fue lo que me preguntó? –Sakura carraspeó.

– ¿Qué será de El Paraíso de los Bebés ahora que se han vendido todas las existencias? ¿Usted seguirá teniendo empleo?

–Oh, sí. –La mujer seguía con la vista fija en los dos hombres para comprobar si iban a reanudar la discusión.

–De modo que sí tendrá empleo –dijo Sakura en voz muy alta, para exigirle a la mujer que no siguiera centrando su atención en los hombres.

– ¿Empleo? Ah, sí. El dueño tiene muchas otras tiendas. El Paraíso de los Bebés es solo una de ellas. –Volvió a mirar a los hombres, que de nuevo discutían.

–Ajá –asintió Sakura, todavía más fuerte–. ¿Dónde trabajará? ¿En Konoha o en alguna otra parte?

–En Nueva York –respondió la mujer por encima del hombro, los ojos y los oídos vueltos hacia los hombres.

–Ah, de modo que al venir aquí bajó de nivel. Ya me parecía. Usted tiene el aspecto de haber vivido siempre en una gran ciudad. ¿Alguna vez ha visto un tractor, señorita Hinata?

La mujer giró la cabeza y se centró ahora en ella. –Señora Lee, yo pasé mi infancia en una granja de Kumo. A los doce años ya conducía una segadora porque incluso a esa edad ya medía más de un metro ochenta y llegaba a los pedales. Cuando cumplí dieciséis cocinaba todos los días para veintitrés peones hambrientos. Así que, dígame, señora Lee, ¿cuántos terneros ha ayudado usted a nacer?

Sakura le sonrió apenas a la mujer y se disculpó para ir al lavabo de señoras. Ahí terminó su intento de ser un poco malvada. Será mejor que me concentre en lo que sé hacer mejor, se dijo, y deseó saber qué era eso.

En el lavabo de señoras fue donde tuvo aquel encuentro tan extraño. Una mujer con pelo oscuro y largo, recogido en un moño, que llevaba un provocativo vestido de satén rojo, se pintaba en ese momento la boca con un pintalabios del color de su vestido. Cuando vio a Sakura, se sobresaltó; por un momento Sakura pensó que quizá debiera conocerla. Es el vestido, pensó. En Konoha no hay demasiados Dior. Pero cuando salió del reservado, la mujer seguía allí y no simulaba hacer ninguna otra cosa que esperarla. Por alguna razón, Sakura sintió ganas de huir. Cuando la mujer habló, ella ya tenía la mano en el pomo de la puerta. –De modo que estás con Itachi Uchiha.

Sakura respiró hondo y enderezó la columna antes de girarse hacia la mujer.

–En realidad, no. Estoy con el doctor Naruto, su primo. Itachi está con la señorita Hinata. –A Sakura no le quedó ninguna duda de que la señorita Hinata era capaz de manejar cualquier cosa que estuviera por decir esa mujer.

– ¿Ah, sí? Eso no fue lo que yo oí y vi –dijo la mujer–. Por lo que alcancé a oír, Naruto e Itachi se estaban peleando por ti.

– ¿Qué decían? –preguntó Sakura antes de poder controlar su lengua.

– ¿Esos dos hombres están enamorados de ti? –pre guntó la mujer y miró a Sakura de arriba abajo.

Al oír eso, Sakura se tranquilizó, sonrió y decidió lavarse las manos.

–Sí, claro –respondió–. Quieren enfrentarse en un duelo por mí. Con pistolas y al amanecer. O tal vez usarán espadas...

La mujer miró hacia el espejo.

–Me parece más probable que sea con escalpelos y teléfonos móviles.

Sakura rió y decidió que la mujer no era un ave de presa, como había creído al principio.

– ¿Por qué no con fax y fotocopiadoras en color? –La mujer le sonrió a Sakura en el espejo y después calló un momento.

–Vaya vestido llevas. ¿Lo compraste por aquí?

–Nada de eso. Lo gané en un sorteo. Es un Dior de una tienda de Nueva York.

–Ah, entiendo, en un sorteo.

De nuevo Sakura sintió ganas de irse pero, de alguna manera, no podía hacerlo.

– ¿Usted conoce al señor Uchiha? –preguntó, tentativamente.

– ¿El doctor Naruto?

Sakura tuvo la sensación de que esa mujer se estaba burlando de ella.

–No, Itachi.

–Ah, ese señor Uchiha: Sí, lo conozco. ¿Cómo lo conociste tú?

–Está viviendo conmigo –contó Sakura con voz animada y después sonrió intencionadamente frente a la cara de sorpresa de la mujer, que pronto se recuperó.

– ¿Vives con él? ¿No estás casada con él?

Sakura se echó a reír.

–Usted no lo conoce muy bien, ¿verdad? –Le hubiera encantado decirle que Itachi era gay, pero, por otro lado, era mejor que pensara que ella había conquistado a un buen mozo como Itachi. La mujer no contestó la pregunta de Sakura.

–Creo que lo que yo debería preguntar es hasta qué punto lo conoces tú. Y qué hace él en un lugar como este.

Esa pregunta arrogante hizo que Sakura apretara los labios.

–Itachi Uchiha está aquí porque le gusta estar aquí. Porque este lugar lo hace feliz.

Al oír esas palabras, la mujer guardó su lápiz de la bios y miró a Sakura con expresión divertida.

–No sé qué está pasando, pero un hombre como Itachi Uchiha no está en un lugar remoto de Konoha porque le haga feliz. Itachi Uchiha solo hace lo que le permite ganar más dinero. Es el único hombre de este planeta que, en realidad, tiene un corazón de oro.

–No sé de qué habla –dijo Sakura, confundida–. Itachi, el señor Uchiha, se aloja en casa, con mi hijo y conmigo, porque no tiene ningún otro lugar donde hospedarse y tampoco a nadie más para pasar la Navidad.

La mujer se echó a reír.

–A mi hermana le pasó lo mismo que a ti. Itachi Uchiha le dio tanta lástima que lo aceptó en su casa, y él se lo retribuyó con... Bueno, ya veo que no vas a creer nada de lo que yo diga, así que será mejor que te envíe algo.

–No, muchas gracias –dijo Sakura y levantó la cabeza. Pero la mujer ya no le escuchaba. Sacó un diminuto móvil de su bolso de fiesta y comenzó a marcar un número.

Sakura no se quedó para oír parte de esa conversación sino que volvió enseguida a la mesa con la intención de hablarle a Itachi o a Naruto de la mujer, pero cuando llegó, no había nadie.

– ¿Qué esperaba? –Preguntó en voz alta–. ¿Que estuvieran preocupados por lo mucho que yo tardaba?

–Yo sí estaba preocupado y ni siquiera te conozco –afirmó un hombre apuesto, de pie, a unos quince centímetros de ella–. Qué hermoso... collar –pero no miraba la gargantilla de perlas de Sakura, sino su escote–. ¿Son verdaderas?

–Tan verdaderas como la leche materna –dijo ella, le sonrió, y él lanzó una carcajada.

– ¿Te gustaría bailar? ¿O tu acompañante se moriría por haberse visto despojado de tu compañía?

–Sí, su acompañante moriría... –respondió la voz de Itachi por encima de la cabeza de Sakura.

–A la cuenta de tres, desenfunden sus teléfonos y ¡disparen! –se burló ella.

El hombre la miró, atónito, pero Itachi la aferró del brazo y la llevó a la pista de baile.

– ¿Dónde demonios estaba? ¿Sasuke está bien?

– ¿Eso no debería preguntárselo yo, puesto que lo dejé a su cargo?

–Tsunade lo está cuidando –confesó Itachi–. ¿Quién era ese hombre y qué le decía?

–Que tengo un buen juego de perlas –respondió ella, mirándose el escote.

– ¿Ha estado bebiendo?

–No, me encontré con dos vampiresas, así que creo que me vendría bien un trago. Pero, bueno, sobre viví a ambos ataques y todavía cuento con mi piel.

–Sakura... –le advirtió Itachi–. ¿Qué está pasando?

– ¿Además del hecho de que mi pareja parece haberme dejado plantada? ¿Y que mi niñero gay le pasó mi hijo a otra persona para poder asistir al baile con una mujer tan deslumbrante que hace avergonzarse a los tulipanes? Y que en el lavabo de señoras, una mujer...

– ¿Tulipanes? ¿Por qué tulipanes?

–Porque a mí me gustan –explicó Sakura con un suspiro. ¿Por qué no podía él centrarse en un tema? –. ¿Por qué está aquí?

–Solo para ver cómo andan las cosas. –La tenía en sus brazos, y Sakura tuvo que admitir que la sensación era maravillosa.

– ¿Cómo consiguió entradas para este baile? –murmuró ella cuando su cabeza tocó el hombro de Itachi y permaneció allí.

–Es una historia muy larga –fue la respuesta de Itachi, quien tenía la mejilla apoyada en la parte superior de la cabeza de Sakura.

Después de eso, siguieron bailando una canción antigua tras otra. En el Baile de los Senju no se tocaba ningún rock and roll que pudiera separar a las parejas.

Cuando finalmente regresaron a la mesa, encontraron una nota de Naruto en la que decía que él llevaría a la señorita Hinata a su casa y ¿podía Itachi, por favor, acompañar a Sakura? Era una nota con una amabilidad muy forzada, y Sakura se sintió culpable por no prestar atención a su pareja, pero cuando la mano grande de Itachi se cerró alrededor de la suya, y él dijo: «Volvamos a casa, ¿le parece?, la forma en que él dijo «casa» casi hizo llorar a Sakura.

De modo que ahora estaba sentada en el sofá, la vista fija en las luces del árbol de Navidad, preguntándose si habría sido Itachi o Naruto el que había jugado a Papá Noel y colocado todos esos paquetes blancos de regalo debajo el árbol.

En la habitación hacía un poco de frío, así que Sakura se sentó sobre los pies y rodeó con las manos el jarro de té todavía caliente. Su inquilino no era homosexual, habían hecho el amor y esa mañana era la primera Navidad de su hijo. Se puso de pie, respiró hondo, se desperezó y pensó que volvería a la cama, despertaría a Itachi y... Bueno...

Sonriendo, empezó a caminar hacia su dormitorio, pero se detuvo al ver un sobre marrón grueso en el suelo, junto a la puerta de la calle. La pesada puerta de roble tenía una ranura a modo de buzón, y alguien había empujado por allí ese sobre grueso. Sin duda, ese fue el ruido que oí, pensó Sakura, y se preguntó a quién se le ocurriría hacer una cosa así a las dos de la mañana del día de Navidad.

Levantó el sobre, bostezó, comenzó a apoyarlo en la mesa que tenía una pata rota y que estaba junto a la puerta, pero la curiosidad pudo más.

–Lo más probable es que solo sea un folleto publicitario –murmuró al abrir el sobre.

Cuando sacó los papeles que contenía, no supo bien qué veía. Parecían ser fotocopias de artículos aparecidos en los periódicos. «Un empresario cierra un nuevo negocio», « ¡Uchiha lo compra todo! », eran algunos de los titulares.

– ¿Uchiha? –dijo ella en voz alta y después pensó en Naruto. Pero ¿qué había hecho Naruto para dar lugar a que se escribieran artículos sobre él? ¿Eran tantas las vidas que había salvado? Al llegar a la cuarta página, el nombre «Itachi» pareció golpearla.

Se llevó los papeles a la cocina, volvió a poner la tetera sobre el fuego para prepararse otra taza de té y poder beberlo mientras leía. Pero el agua terminó por evaporarse mientras ella seguía leyendo.

Cuando terminó eran las cuatro de la mañana y no la sorprendió levantar la vista y ver a Itachi de pie junto a la puerta, vestido solo con los pantalones de su esmoquin.

–Ven, volvamos a la cama –dijo él con tono seductor, pero Sakura no se movió–. ¿Qué ocurre? –preguntó Itachi, aunque no demasiado preocupado.

–Tú eres un hombre muy rico, ¿no? –preguntó ella en voz baja.

Itachi se estaba acercando a la tetera, pero se detuvo un momento para mirar los artículos desplegados sobre la mesa. Eran todos faxes; significaba que alguien había llamado y hecho que enviaran esa información a Konoha por fax.

–Sí –respondió él al levantar la tetera, llenarla de agua y volver a ponerla sobre el fuego. Cuando giró hacia Sakura, en el rostro de ella había una expresión que él no le había visto nunca.

–Mira, Sakura, con respecto a lo de anoche... –Ella lo interrumpió.

–Lo de anoche no fue importante. El sexo no es importante, pero las mentiras que llevaron a esa relación sexual sí lo son.

–En ningún momento fue mi intención mentirte –le explicó él con ternura–. Todo empezó de manera muy inocente, pero...

–Continúa –dijo ella–. Me gustaría oírlo. Me dijeron que eras gay y resultó ser mentira, pero yo perdoné esa mentira. Desde luego, reconozco que perdonarla fue por mis propios intereses egoístas. También me dijeron que necesitabas con desesperación dónde hospedarte para Navidad, y también eso parece ser mentira. Según acabo de leer, esto último fue una gran mentira. Y tú sí que sales con mujeres tremendamente atractivas.

–Sakura... –Extendió la mano para tocarla, pero ella levantó las palmas para hacerle saber que debía mantenerse alejado.

Itachi apagó el fogón y se sentó frente a ella.

–De acuerdo, mentí. Pero cuando te dije que te amaba, eso no era mentira. –Hizo una inspiración profunda.

–Supongo que ahora debo arrojarme en tus brazos y viviremos felices para siempre.

–Ese sería el final que me gustaría una sonrisa.

Sin embargo, Sakura no sonrió. – ¿Quién es la señorita Hinata?

–Mi secretaria.

–Ah, entiendo. Imagino que ella hizo los arreglos necesarios para que ese juego de muebles para bebé costara solo doscientos cincuenta dólares.

–Sí –confesó Itachi, mirándola fijo. Pero Sakura siguió hojeando los artículos.

– ¿Y el sorteo para el vestido? ¿También lo organizó ella en tu nombre?

-Sí.

–Vaya, sí que has estado ocupado... Papá Noel debe de trabajar tanto como tú.

–Mira, Sakura, todo empezó como algo que yo iba a hacer por mi hermano, y…

Ella levantó la cabeza.

– ¿Hermano? ¿Naruto? Ah, sí, desde luego. Qué es túpida fui. ¿Os reísteis un buen rato de la viuda pobre y su hijo medio huérfano?

–No. Sakura, créeme, no fue así. Creo que deberías oír mi explicación.

Ella se echó hacia atrás en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho.

–Muy bien, adelante.

Itachi había ganado mucho dinero en su vida por que no le importaba el resultado de los negocios. Si ganaba, bien; si perdía, también. De lo que disfrutaba era de la lucha. Pero ahora sí le importaba el resultado de esa reunión.

–Mi hermano Naruto creía estar enamorado de ti. Y digo «creía» porque anoche le hice ver la verdad. Sea como fuere, él dijo que Sasuke era tan tirano que...

– ¿Sasuke? ¿Tirano?

–Bueno, quiero decir, yo no supe qué edad tenía Sasuke hasta después de aceptar la apuesta de Naruto, así que...

– ¿Apuesta? ¿Hicisteis una apuesta con respecto a mí? –Su voz iba subiendo de tono–. ¿Igual que un hombre que apuesta su plantación a una carta?

–No, en absoluto –dijo él, pero sin mirarla–. Por favor, Sakura, déjame que te lo explique.

Ella movió la mano y volvió a recostarse en el respaldo de la silla.

–Naruto quería que yo fuera el niñero de Sasuke, por así decirlo, para poder estar a solas contigo. Me apostó a que yo no podría hacerlo. Eso fue todo. Y a ti te dijo que yo era gay para que permitieras que me quedara en tu casa. Así de simple.

–Entiendo. ¿Y qué papel tienen en esta farsa los muebles para bebé y el vestido?

–Tú necesitabas esas cosas, de modo que yo, bueno, hice los arreglos necesarios para que... –Calló al ver la expresión de los ojos de Sakura.

–Entiendo –repitió ella. Pero tenía los músculos faciales rígidos y una tremenda frialdad en los ojos.

–No, Sakura, parece que no lo entiendes. Yo me enamoré de ti.

–Por supuesto que sí. Aquí dice que asignas dinero a obras de caridad. Qué gratificante debe de haber sido para ti tener la oportunidad de hacer una donación directamente a los pobres.

–No fue así en absoluto. Bueno, tal vez un poco al principio, pero después cambió. He llegado a quereros a Sasuke y a ti.

– ¿Y qué planeas hacer ahora con nosotros? –Itachi pareció confundido.

–Quiero casarme contigo.

–Por supuesto. ¿Cómo no lo pensé? ¿Por casualidad no me compraste un anillo con un diamante enorme?

Llevado por el tono de la voz de Sakura, Itachi estuvo por mentir, pero después decidió decir la verdad.

–Sí –reconoció–. Con un diamante enorme.

–Tiene sentido. Encaja. Supongo que también planeaste nuestro futuro, ¿verdad?

Itachi no contestó; se limitó a mirarla por encima de una mesa cubierta de copias de todo lo que se había publicado sobre él. Su mente funcionaba a toda velocidad tratando de imaginar quién le había enviado ese material a Sakura; de repente tuvo una sospecha. En el baile había visto a la hermana de una mujer con la que había salido. Al cabo de algunas semanas, se había separado amigablemente. Varios meses después ella se le acercó y quiso reanudar la relación. Cuando él la rechazó, ella se enfureció y juró vengarse. De modo que, ahora, Itachi se preguntó si la hermana de esa mujer, que la noche anterior en el baile él había notado que lo miraba con frialdad había hecho que le enviaran esos artículos por fax y se aseguró de que Sakura los recibiera.

Como Itachi no respondió a su pregunta, Sakura continuó:

–Déjame adivinar. Planeas comprarnos a Sasuke y a mí una enorme casa a no mucha distancia de Nueva York, y visitarnos los fines de semana. Tal vez irías en helicóptero, ¿no? Y nos abrirías cuentas en todas partes para que yo pudiera comprarme un Dior cuando se me antojara. Y Sasuke tendría la ropa más fina y los juguetes más bonitos. Nada que no fuera lo mejor para tu familia. ¿Es así?

De hecho, Itachi no veía nada de malo en el cuadro que ella le estaba pintando.

Lentamente, Sakura comenzó a sonreír.

–Me parece bien –dijo por último–. ¿Qué tal un té para celebrarlo?

–Sí. Por favor. Me encantaría.

Lentamente, Sakura se puso de pie y, dándole la espalda a Itachi, llenó la tetera y abrió algunas latas mientras él buscaba las bolsitas de té.

Pero Itachi se sentía tan aliviado que no prestó atención a lo que ella hacía.

– ¿Qué te parecería una casa de verano en Kiri? –decía él–. Conseguiremos una propiedad con muros de piedra y muchas hectáreas de... árboles frutales.

–Suena fantástico –respondió Sakura con voz monocorde. Pero ella sabía que Itachi no la escuchaba: estaba enfrascado en su propio sueño de una vida feliz e idílica en la que tenía una esposa amante y un hijo a quienes volver. Es decir, cuando tuviera tiempo para hacerlo. –Aquí tienes –dijo ella, sonriendo.

Itachi trató de tomarle la mano y besársela, pero ella la apartó y se sentó a la mesa frente a él.

– ¿Viste la película Pretty Woman?

–No, me temo que no. –Ahora Itachi le sonreía con dulzura.

–Es sobre un hombre de negocios, un multimillonario, que se enamora de una prostituta.

–Sakura, si estás dando a entender que yo te considero una...

–No, déjame terminar. La película fue un gran éxito; a todas las personas que conozco les encantó, pero...

–A ti no.

–Sí que me gustó, pero me preocupaba lo que sucedería después. ¿Qué pasaría cinco años después, cuando discutieran y él le echara en cara su pasado? ¿Y qué pasaría con la diferencia en la educación de los dos? ¿El dinero de él frente a la falta de dinero de ella?

–Continúa –dijo Itachi con cautela–. ¿Qué tratas de decirme?

–Bébete el té antes de que se enfríe. Tú y yo somos como la pareja de esta película. Tú lo has hecho todo, ya has demostrado todo.

–Bueno, no creo que...

–Es así.

–Sakura, tú eres una mujer hermosa, y...

–Y las mujeres no necesitan demostrar nada. ¿Eso crees?

–No quise decir eso.

–Mira –dijo ella y se inclinó hacia él–. Si yo me fuera de aquí contigo, tú me tragarías como el personaje de Richard Gere se había tragado a la joven encarnada por Julia Roberts.

– ¿Qué? –preguntó Itachi y se frotó los ojos con la mano. Ahora que la crisis había pasado, descubrió que tenía mucho sueño. ¿Por qué las mujeres siempre querían hablar de cosas importantes en mitad de la noche? –. ¿Podríamos seguir con esto por la mañana?

Sakura no pareció oírlo.

– ¿Por qué crees que me negué a recibir caridad? –preguntó–. Todo el mundo me conoce como la viuda del borracho, pero yo necesitaba probar que valía más que eso. No quiero que llamen a Sasuke el hijo del borracho. –Se inclinó hacia Itachi–. Y, por cierto, tampoco quiero que lo conozcan como el hijo del multimillonario.

–Yo no soy multimillonario. –Itachi casi no podía mantener los ojos abiertos. El reloj que había sobre la cocina marcaba las cinco de la mañana–. Sakura, amor mío –dijo él–, hablemos de esto por la mañana. –Se puso de pie, la tomó de la mano y la condujo de vuelta al dormitorio, donde le quitó la bata y después apartó el cobertor de la cama. Cuando ella se metió debajo de las sábanas, él se deslizó a su lado y la tomó en sus brazos–. Mañana repasaremos todo esto, lo prometo. Yo te explicaré todo y podremos hablar de todas las películas que quieras. Pero ahora yo... –Tuvo que interrumpirse para bostezar–. Ahora yo... te amo... –Y se quedó dormido.

Junto a él, Sakura respiró hondo.

–Yo también te amo –susurró–. Al menos eso creo, pero en este momento tengo una obligación que es más importante que mi amor por un hombre. Soy la madre de Sasuke y debo pensar en él antes que en mis propias necesidades.

Pero no hubo respuesta por parte de Itachi. Cuando Sakura vio que estaba dormido, muy enojada apartó las sábanas, se levantó y miró con furia a Itachi.

–Hace falta más que un helicóptero privado para ser padre –agregó en voz baja y, después, giró sobre sus talones y se dirigió al armario del hall, de donde sacó un viejo bolso de lona, en el que, sin pensar en lo que hacía, empezó a arrojar ropa–. Para ser padre, Itachi Uchiha, hay que ser maestro tanto como proveedor de dinero –dijo muy despacio–: Y tú, ¿qué podrías enseñarle? ¿A comprar lo que se le antojara? ¿A acercarse al corazón de una mujer con mentiras? ¿Le enseñarías que puede hacerle a una mujer toda clase de cosas engañosas, solapadas y taimadas porque, después, con solo decirle «te amo», esas cosas quedarán borradas? –Se acercó a la cara dormida de Itachi–. Itachi Uchiha, no me gustas. No me gusta la forma en que usas tu dinero para engañar a la gente, para maquinar a espaldas de la gente. En realidad, Itachi, me has tratado a mí, y de hecho a todo el pueblo, con desdén.

La única respuesta que recibió fue que Itachi rodó al otro lado y siguió durmiendo.

Ella se apartó un poco, lo miró y, de pronto, se serenó y supo lo que debía hacer.

–Sasuke y yo no estamos en venta –concluyó y casi sonrió–. Ahora me iré, pero, por favor, no me busques, porque aunque me encuentres, tampoco podrás comprarme.

Dicho lo cual se dio media vuelta y fue al cuarto de su hijo.


¡Que capítulo! xD Las cosas aun no terminan, "No me busques", eso significa que…