Para la anónima que me recomendó "no me digas que es un sueño": No lo encontré, ¿puedes decirme el nombre de la autora/autor?
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- Capítulo 16 -
Un año después
El presidente de Estados Unidos tendrá mucho gusto en asistir a la ceremonia oficial de la remodelación del pueblo de Konoha. Me ha pedido que le transmita su interés particular en el mural de Las mil y una noches que hay en la biblioteca pública, puesto que esos relatos son sus favoritos.
Itachi releyó la carta y ya estaba a punto de lanzar un grito de alegría y de triunfo cuando vio el segundo párrafo, en el que el secretario del presidente solicitaba que se le confirmaran las fechas de la ceremonia.
–Pero eso es... –Se interrumpió, horrorizado, al mirar su reloj para verificar cuál era la fecha de ese día y, después observó el calendario que estaba sobre su escritorio para corroborar sus sospechas.
– ¡Hanabi! –gritó a voz en cuello y, al cabo de unos tres minutos, su secretaria entró en la oficina.
– ¿Sí? –preguntó y lo miró con expresión totalmente aburrida.
Hacía mucho que Itachi había comprendido que nada, ninguna clase de intimidación, podía perturbar a Hanabi. Cálmate, se dijo. Pero otra mirada al sello presidencial que llevaba la carta lo hizo pensar: ¡A1 diablo con la tranquilidad!
En silencio, le entregó a ella la carta.
–Esto es bueno, ¿no? Le dije que lograría hacerlo venir aquí. Hinata y yo tenemos buenos contactos. –Por un momento, Itachi apoyó la cabeza en las manos y trató de contar hasta diez. Consiguió llegar a ocho lo cual marcaba un nuevo récord para él.
–Hanabi –dijo, con una exagerada calma–, mira las fechas. ¿Cuánto falta para la llegada del presidente?
– ¿Necesita un nuevo calendario? –Preguntó Hanabi, azorada–. Porque si es así, puedo conseguirle uno en la tienda.
Puesto que Hanabi había estado gastando seis mil dólares mensuales en artículos de oficina, Itachi tuvo que cerrarle la cuenta de gastos y ahora no quería volver a abrirla.
–No, puedo leer uno de los diez calendarios que hay sobre mi escritorio. Hanabi, ¿por qué el presidente vendrá dentro de apenas seis semanas, cuando la ceremonia está prevista para dentro de seis meses? ¿Y por qué piensa él que el tema de los murales de la biblioteca es Las mil y una noches, cuando al pintor se le encargó que se inspirara en canciones infantiles?
– ¿Canciones infantiles? –repitió Hanabi entre parpadeos.
Itachi respiró hondo con la intención de serenarse, pero, en cambio, pensó en distintos métodos para asesinar a su hermano. Una vez más, Naruto había persuadido a su hermano mayor de hacer algo que lo estaba enloqueciendo. Hanabi era la hermana de Hinata Hyuga, y Naruto le había suplicado que la contratara para que lo ayudara a supervisar la remodelación de Konoha. En aquel momento, Itachi había aceptado porque extrañaba a Hinata y no había encontrado a alguien ni la mitad de eficiente que ella.
Pero Hanabi era tan negada para los negocios como Hinata era dotada. Hanabi era tan ineficiente, desorganizada y atolondrada como Hinata era perfecta. Tres horas después de haberla contratado, Itachi ya había querido despedirla, pero Hinata estaba embarazada y se había puesto a llorar, algo que desconcertó por completo a Itachi, puesto que no tenía la menor idea de que su ex secretaria pudiera llorar.
– ¿No puedes tenerla al menos por algunos días? –Le suplicó Naruto–. Este embarazo no es fácil para Hina-chan, y Hanabi es su única hermana. Significaría tanto para nosotros dos... Después de todo, tú eres tan hábil en lo tuyo que casi puedes arreglártelas sin una secretaría.
Esas palabras halagaron a Itachi y terminaron por convencerlo.
Eso había sucedido ocho meses antes. Hinata seguía embarazada, todavía lloraba por cualquier cosa, e Itachi continuaba tratando de trabajar con Hanabi como secretaria. Si ella no entendía mal todo lo que él decía, se pasaba el tiempo comprando cosas, como por ejemplo seis cajas de clips para papel y doce docenas de listines telefónicos. «Por si se nos acaban», era su explicación. Para empeorar todavía más las cosas, Hanabi se había tomado como tarea personal lograr que Itachi olvidara a Sakura.
–Canciones infantiles –dijo Itachi con voz cansina–. Ya sabes, Humpty-Dumpty, La pequeña señorita Muffet y cosas así. Contratamos a un hombre para que pintara murales que aludieran a esas canciones y se supone que empezará el lunes. Le llevará tres meses pintar toda la biblioteca, pero el presidente vendrá dentro de seis semanas para ver esas pinturas. El pequeño detalle es que él espera ver murales que tengan que ver con Las mil y una noches, no con canciones infantiles. –Hanabi se quedó mirándolo. Itachi pensó que tal vez debería llamar de nuevo por teléfono a Naruto y preguntarle si su esposa ya había dado a luz, porque un minuto después de que Hinata tuviera a su bebé, Hanabi saldría de su oficina.
Ella era una muchacha en cierto sentido hermosa, con enormes ojos del mismo color que Hinata, lo cual los hacía parecer incluso más grandes, y tenía como veinte kilos de pelo negro azulado y crespo. Los hombres de Konoha prácticamente se desmayaban al verla.
–Hanabi –pronunció Itachi, esta vez con más urgencia–. ¿De dónde sacó el presidente de Estados Unidos la idea de que los murales serían sobre Las mil y una noches?
–De ese hombre que descubrió el mundo y anduvo a caballo con los caballeros de Robin Hood –contestó ella.
Lamentablemente para él, a Itachi a veces casi le divertía tratar de descubrir la lógica del pensamiento de Hanabi. Pensó en lo que ella acababa de decir: el hombre que descubrió el mundo, Robin Hood y sus caballeros. Lo que le dio la pista fue Colón. «Los Caballeros de Colón», susurró, y cuando Hanabi puso los ojos en blanco como si su lentitud la irritara, él supo que había dado en la tecla.
Los Caballeros de Colón eran uno de los patrocinadores de la remodelación de la vieja biblioteca de Konoha. Cómo había pasado Hanabi de los Caballeros de Colón a Las mil y una noches era algo que le intrigaba.
– ¿Qué te hizo pensar que los murales de la biblioteca tendrían que ver con Las mil y una noches? –le preguntó.
Hanabi suspiró.
–Al señor Juugo realmente le gusta la princesa Carolina, y puesto que ella es de allí, desde luego que eso es lo que le gustaría.
A Itachi le llevó un momento seguirle el razonamiento, si podía llamarse razonamiento. El señor Juugo era el dueño de la tienda de mascotas local, que estaba justo al lado del edificio donde se reunían los Caballeros de Colón, y la princesa Carolina vivía en Mónaco, que sonaba como Marruecos, que es parte del mundo árabe.
–Entiendo –dijo Itachi en voz baja–. Y el interés del señor Juugo por la princesa te hizo pensar que en la biblioteca se pintarían murales relacionados con el tema de Las mil y una noches en lugar de con cuentos infantiles.
–Bueno, quedarían mejor que Humpty-Dumpty y, además, el presidente no vendría a ver a un personaje de cuentos infantiles.
Itachi miró la carta y tuvo que admitir que ella no iba del todo mal encaminada.
–Verás, Hanabi –le explicó con paciencia de santo–, el problema es que un hombre viene de Seattle a pintar los murales y llegará aquí mañana. Ese hombre se pasó todo el año pasado trabajando en bocetos para los murales y...
– ¿Eso es lo que le preocupa? Yo puedo arreglarlo –aseguró ella y salió de la habitación–. Aquí tiene –dijo cuando regresó, un momento después–. Esto llegó hace dos semanas.
Al principio Itachi tuvo ganas de echarla por tardar dos semanas en mostrársela, pero decidió no gastar su energía y leyó la carta. Al parecer, el pintor del mural se había roto el brazo derecho y no podría iniciar la tarea hasta dentro de por lo menos cuatro meses.
–No me va a gritar de nuevo, ¿verdad? –Preguntó Hanabi–. Quiero decir: es solo un brazo roto. Se pondrá bien.
–Hanabi... –dijo Itachi al ponerse de pie, contento de que hubiera un escritorio entre ambos porque de lo contrario habría estado tentado de rodearle el cuello con las manos y apretar fuerte–, dentro de seis semanas el presidente vendrá aquí para ver un trabajo de remodelación al que le faltará mucho para estar terminado, y quiere ver en la biblioteca murales que todavía no han sido pintados porque no tengo pintor. –Su voz había ido subiendo de volumen y, al final, prácticamente gritaba.
–No me grite –le pidió ella, muy tranquila–. No es tarea mía contratar pintores. –Se dio media vuelta y salió de la habitación.
Itachi se dejó caer con tanta fuerza que el sillón casi se derrumbó.
– ¿Por qué abandoné los negocios? –murmuró y, una vez más, al pensar en su vida pasada, la recordó eficiente y organizada. Cuando regresó a Konoha, había tratado de llevarse también sus empleados clave, pero casi todos se burlaron de él. Su mayordomo se había echado a reír con ganas. «¿Dejar Nueva York para mudarme a Konoha? -dijo-. No, muchas gracias.»
Y esa misma había sido la actitud del resto de las personas que trabajaban para él. De modo que regresó a su pueblo natal literalmente solo. O, al menos, eso fue lo que sintió en aquel momento.
Itachi contempló las fotografías de Sasuke que cubrían el lado derecho de su escritorio. Dos años, pensó, y no había tenido noticias de ninguno de los dos. Era como si la Tierra se los hubiera tragado. Lo único que le quedaba eran esas fotografías que le había suplicado a Tsunade, la suegra de Sakura, que le diera, y que después había colocado en marcos de plata. Solo lo mejor para su Sasuke.
Al menos seguía pensando en el pequeño como si fuera su hijo. Y también en eso estaba solo, porque nadie se compadecía de él en lo referente a su anhelo por Sakura y el bebé que solo había conocido durante unos pocos días.
– ¡Termina con eso! –Le había aconsejado su padre–. Mi esposa murió, no me dejó por decisión propia, pero esa muchacha que amabas te dejó y desde entonces no ha dado señales de vida. Deberías pillar la indirecta y meterte en esa mollera que tienes que ella no te quería ni a ti ni tampoco a tu dinero, y que por ese motivo huyó de aquí.
–Mi dinero no tiene nada que ver con esto –fue la réplica de Itachi.
– ¿Ah, no? Entonces, ¿por qué gastas una fortuna pagando a un montón de detectives para que traten de encontrarla? Si ella no estaba en venta cuando vivía aquí, ¿qué te hace pensar que puedes comprarla cuando ya no está?
Itachi no encontró respuesta a las preguntas de su padre pero, por otra parte, él era la única persona en la Tierra capaz de hacerlo sentir como un chiquillo travieso de nueve años.
Naruto se mostró incluso menos comprensivo que su padre, y la terapia que usó con su hermano mayor fue presentarle a otras mujeres. «Un cortejo estilo Konoha» lo había llamado Naruto. Itachi no se hizo una idea de lo que su hermano había querido decir hasta que empezó a llegar la comida. Mujeres solteras, divorciadas o apunto de divorciarse comenzaron a presentarse a la puerta de la casa de Itachi con recipientes y fuentes de comida.
–Pensé que le gustaría probar mis encurtidos y mis bizcochos –ronroneaban–. Gané un premio en la kermés estatal del año pasado.
Al cumplirse las tres semanas de su llegada, Itachi tenía la cocina llena de todos los encurtidos, jamones y chutney conocidos por la humanidad. Su nevera estaba siempre llena de tortas y ensaladas.
– ¿Qué creen que soy? ¿Un hombre o un lechón que deben engordar antes de la matanza? –preguntó cierta noche Itachi en un bar mientras observaba a su hermano por encima de un vaso de cerveza.
–Un poco de las dos cosas. Esto es Konoha, por si no lo sabes. Mira, hermano, tendrías que invitarlas a salir. Deberías volver a la vida y dejar de lloriquear por lo que no puedes tener.
–Sí, supongo que sí, pero... ¿No crees que tratarán de convertirme en encurtido para presentarme después en una kermés?
Naruto rió.
–Podría ser. Por si acaso, deberías intentarlo primero con Kurenai. Su especialidad es el aguardiente de mora.
Itachi sonrió apenas.
–Está bien. Lo intentaré. Pero...
–Ya lo sé –dijo Naruto–. Extrañas a Sakura y a Sasuke. Pero tienes que seguir viviendo. Allá afuera hay muchas mujeres. Mírame a mí. Yo estaba loco por Sakura, pero después conocí a Hinata y... -No siguió porque a Itachi todavía le resultaba doloroso haber perdido a su magnífica secretaria y estar ahora condenado con Hanabi.
De modo que Itachi había salido con una mujer después de otra y, sin excepción, todas se habían enamorado de su dinero.
– ¿Qué esperabas? –Saltó su cuñada–. Eres rico, apuesto, heterosexual y estás disponible. Por supuesto que quieren casarse contigo.
A Itachi, Hinata le gustaba mucho más como secretaria que como familiar embarazada. No necesitaba que le recordaran que su virtud más grande era su cuenta bancaria.
–Lo que hiciste fue idealizarla –afirmó Hinata, en lo que se había convertido en su tono habitual de exasperación. No llevaba bien su embarazo y tenía el cuerpo tan hinchado que hasta su nariz estaba gorda. Y el médico había dicho que debía guardar cama–. Sakura Lee era una persona muy agradable, pero nada del otro mundo. Hay muchas Sakuras ahí fuera; solo tienes que encontrarlas.
–Pero fue ella la que no quiso casarse conmigo –agregó Itachi con un suspiro.
Exasperada, Hinata levantó las manos.
– ¿Ahora solo te interesan las mujeres que no quieren casarse contigo? Si esa es tu lógica, entonces deberías estar locamente enamorado de mí.
–Ah –dijo Itachi con una sonrisa–. Te garantizo que ese no es el caso.
Hinata le arrojó una almohada.
–Tráeme algo de beber. Y ponle hielo, mucho hielo. Después vuelve aquí y busca el mando a distancia. Dios mío, ¿es que este bebé no nacerá nunca?
Itachi prácticamente salió corriendo del cuarto para obedecerla.
Ahora que estaba en Konoha desde hacía casi un año, tenía la sensación de que había salido a cenar con todas las mujeres del estado de Kentucky, varias de Tennessee y un par de Mississippi. Pero ninguna le interesaba. Seguía pensando en Sakura y en Sasuke, por lo menos dos veces cada hora. ¿Dónde estaban? ¿Qué aspecto tendría Sasuke ahora?
–Lo más probable es que por lo menos seis hombres se estén peleando ahora por Sakura –le había dicho Tsunade Lee hacía apenas un mes–. Tiene esa cualidad encantadora que hace que los hombres quieran hacer cosas por ella. Quiero decir, mírate. Tú renunciaste a todo por ayudarla.
– ¡Yo no renuncié a nada! Yo... –A los ojos de muchas personas, su intento de salvar su pueblo natal era noble y encomiable, pero para sus parientes y casi parientes de Konoha, él simplemente estaba «encaprichado» con una muchacha.
Cualquiera que fuera la verdad, no era un calificativo agradable, y muchas veces Itachi se juró que sacaría la fotografía de Sasuke de su escritorio y haría todo lo posible por iniciar una relación seria con una de las muchas mujeres con las que había salido. Y, como le había hecho notar su hermano, ya no era un chiquillo y, si de veras deseaba una familia, más valía que pusiera manos a la obra de una vez por todas.
Pero ahora tenía otros problemas. Dentro de muy poco, el presidente de Estados Unidos viajaría a Konoha para ver unos murales sobre Las mil y una noches, e Itachi ni siquiera tenía un pintor. Por pura costumbre, tomó el teléfono para pedirle a Hanabi que lo comunicara con Tsunade, pero sabía adónde conduciría eso: Hanabi querría saber a qué Tsunade se refería, como si él no llamara a la abuela de Sasuke tres veces por semana.
Itachi marcó el número que sabía de memoria y, cuando ella contestó, no se molestó en identificarse.
– ¿Conoces a alguien de aquí capaz de pintar murales sobre Las mil y una noches en la biblioteca y hacerlo realmente rápido?
– ¿Eso me pides? ¿Que encuentre a alguien de nuestra pequeña Konoha? ¿Qué fue de tu famoso pintor de la gran ciudad?
Itachi suspiró. El resto del mundo actuaba como si él fuera un santo, pero la gente de su pueblo natal pensaba que estaba haciendo lo que debería haber hecho hacía mucho tiempo, y también que debería hacer mucho más.
–Ya sabes que a ese hombre se le consideraba el mejor de este país y uno de los pintores más importantes del mundo. Yo quería lo mejor para Konoha y... –Calló un momento para serenarse–. Mira, esta mañana no necesito una discusión.
– ¿Qué hizo Hanabi esta vez?
–Invitó al presidente seis meses antes de lo debido y cambió el tema de los murales de canciones infantiles a Las mil y una noches.
Tsunade lanzó un silbido.
– ¿Esta es su hazaña más memorable?
–No. Jamás superará la vez en que hizo que entregaran la comida al día siguiente de la llegada de los trescientos huéspedes. O cuando envió los muebles nuevos a América del Sur. O cuando...
– ¿Hinata ya dio a luz?
–No –respondió Itachi con la mandíbula apretada–. Ese chico ya lleva once días de retraso, pero Naruto dice que a lo mejor las fechas estaban equivocadas, y que...
– ¿Qué es este asunto de los murales? –lo interrumpió ella.
Él se lo explicó enseguida. A lo largo del último año en Konoha, Tsunade había sido de valor incalculable para él. Conocía todo y a todos. Nadie del pueblo podía parpadear sin que Tsunade lo supiera.
–No pongas a esos dos hombres en la misma comisión –le sugirió en una ocasión–. Sus esposas duermen juntas y los hombres se detestan.
– ¿Sus esposas...? –Preguntó Itachi–. ¿En Konoha?
Ella se limitó a enarcar las cejas.
–No te hagas el mojigato conmigo, pedazo de farsante de ciudad.
–Pero ¿las esposas? –Itachi sintió que estaba perdiendo la inocencia.
– ¿Crees que porque hablamos con lentitud somos como los personajes de una película de la década de los cincuenta?
Así que ahora, cuando Itachi tenía un problema, llamaba inmediatamente a Tsunade.
–Bueno, ¿conoces o no a alguien?
–Tal vez –dijo finalmente Tsunade–. Tal vez sí, pero no sé si esta persona estará... disponible.
–Le pagaré el doble –se apresuró a decir Itachi.
–Itachi, querido, ¿cuándo aprenderás que el dinero no puede resolver todos los problemas de este mundo? –Entonces, ¿qué es lo que quiere? ¿Prestigio? El presidente verá su trabajo. Y, teniendo en cuenta la frecuencia con que Konoha cambia cosas, dentro de doscientos años los murales todavía estarán allí. La cifra que ese tipo quiera, se la pagaré.
–Bueno, lo intentaré –prometió Tsunade en voz baja–. En cuanto tenga novedades te llamaré. –Después de cortar, Tsunade se quedó un rato de pie, pensando. A pesar de lo que había dicho sobre el dinero, en el fondo sabía que el Itachi que había regresado a Konoha hacía un año no era el mismo hombre que el de ahora. Había vuelto a su pueblo natal pensando que iba a desempeñar el papel de Papá Noel y que todos caerían a sus pies y se los besarían de pura gratitud. Pero, en cambio, se topó con un problema después de otro y, como resultado, se enredó emocionalmente con la gente. Al principio quiso mantenerse distante, alejado del resto de los habitantes, pero no se lo permitieron, y ahora era él el que no lo toleraría.
Con la vista todavía fija en el teléfono, sonrió al recordar a todas las mujeres de Konoha que se habían esforzado por atraparlo como marido. O, lisa y llanamente, por acostarse con él. Tsunade sabía que Itachi no había tocado a ninguna de ellas. No tenía idea de lo que hacía en sus frecuentes viajes a Nueva York, pero, en su pueblo, había sido un caballero con todas las mujeres.
Para irritación de ellas, pensó Tsunade, divertida. No había círculo de costura, club del libro o reunión de iglesia en tres condados en los que no se hablara de cuál sería el resultado del traslado de Itachi Uchiha a Konoha.
Pero, pensó Tsunade, con una sonrisa cada vez mayor, Itachi todavía tenía las fotografías de Sasuke en su escritorio y aún hablaba de Sakura como si la hubiera visto la semana anterior.
Tsunade apoyó una mano en el teléfono. ¿No era una coincidencia que Itachi necesitara desesperadamente conseguir un pintor de murales y que ella supiera de alguien que podía hacerlo?
– ¡Bah! –exclamó y tomó el teléfono. ¿Podía llamarse coincidencia que ella hubiera convencido a Hanabi de que le diera la dirección del pintor de murales en Seattle; que después ella le hubiera escrito una nota diciéndole que ya no se necesitaban sus servicios? Después, Tsunade le mandó una carta a Itachi en la que le avisaba que el pintor se había roto un brazo. El hecho de que Hanabi hubiera tardado semanas en entregársela a Itachi solo fue un detalle del plan maravillosamente trazado por Tsunade.
Marcó un número que tenía grabado en la memoria y contuvo la respiración, llena de dudas, mientras esperaba a que contestaran la llamada. ¿Y si ella no necesitaba trabajo en ese momento? ¿Y si se negaba? ¿Y si seguía enfadada con Itachi, Naruto y el resto de la gente de Konoha por haberle hecho una jugarreta? ¿Y si tenía novio?
Cuando alguien levantó el auricular en el otro extremo de la línea, Tsunade respiró hondo y dijo:
– ¿Sakura?
Si en algún momento del fic te dieron ganas de matar a Hanabi, déjame un review ;)
