Naruto no me pertenece y la historia es una mera adaptación.


- Capítulo 19 -

— ¡Maldición! —dijo Itachi mientras golpeaba el puño contra el volante del coche. ¿De qué pensaba Sakura que estaba hecho? La noche anterior no había dormido ni diez minutos pensando que ella estaba en el cuarto de al lado. Pero su presencia no parecía haber molestado a Sakura, porque ella había dormido profundamente. Con sigilo, porque como es natural no quería perturbarla, los había ido a ver a ella y a Sasuke cuatro veces durante la noche.

Ahora que ni siquiera era de día se iba a la biblioteca y se enfrentaba a jornadas de trabajo a su lado. Sin embargo, cada vez que había tratado de aclararle que no estaba comprometido, que todavía la amaba, ella lo había interrumpido. ¿Por qué demonios no se había impuesto y se lo había explicado?

Mejor sería que no le diera muchas vueltas o se volvería loco. A veces tenía la impresión de que, desde que conoció a Sakura, no había hecho otra cosa que lamentar sus propias acciones. Ya lamentaba haber contratado a un delincuente juvenil para que ayudara a pintar la biblioteca. Cuando Sakura lo vio e Itachi advirtió su miedo, enseguida se arrepintió de lo que había hecho. Pero después Pain le tendió una trampa, y ella...

— ¡Al diablo con todo! —exclamó al dejar el coche en el aparcamiento de la biblioteca. A lo mejor debía seguir el consejo de su hermano y olvidarse de Sakura. Tal vez debiera buscar a otra persona, a una mujer que le retribuyera su amor. Una mujer que no saliera huyendo en lugar de pasar su tiempo con él.

Cuando Itachi entró en la biblioteca, tenía la mandíbula apretada, decidido a mantenerse lejos de Sakura y de su hijo. Quizá lo mejor sería irse a las Bahamas por un tiempo. Podría volver justo a tiempo para la inauguración de la biblioteca y...

No, se dijo. Se quedaría y lucharía como un hombre. Cabía la posibilidad de que todos tuvieran razón y que, en efecto, él no conociera en absoluto a Sakura. Por cierto, su aspecto no se parecía nada al que tenía. Dos años antes era delgada y de aspecto cansado, y su desamparo le había resultado muy atractivo.

Pero esta nueva Sakura era completamente diferente. Ahora irradiaba seguridad y confianza en sí misma. El día anterior no había vacilado en decir qué necesitaba para pintar los murales, a quién necesitaba y qué se debía hacer.

—Lo más probable es que Tsunade tenga razón y que a mí solo me gusten las personas desvalidas —murmuró Itachi—. Estoy seguro de que después de pasar seis semanas cerca de ella me daré cuenta de que nunca la conocí realmente y de que la mujer que yo creí que era no era más que una fantasía creada por mí.

Sonrió y empezó a sentirse mejor. Sí, eso es lo que haría. Antes había pasado solo unos pocos días con ella y con Sasuke y, por supuesto, le habían caído bien. Como Naruto le había señalado, esas personas necesitaban ciertas «reparaciones», como las pequeñas compañías que Itachi solía comprar para después reorganizarlas y venderlas por una fortuna. Sakura y Sasuke eran como Konoha. Y el «manitas» que él llevaba dentro quería observarlos bien para poder hacer algo con ellos.

Ahora que tenía ese asunto resuelto, se sintió mucho mejor. Pero enseguida miró su reloj y se preguntó cuándo demonios llegaría Sakura porque, ¡maldición!, la echaba de menos.

No, se dijo. ¡Disciplina! Era todo lo que necesitaba. Necesitaba la disciplina de una estatua de mármol. No iba a hacer de nuevo con Sakura el papel de tonto. No la perseguiría ni la mentiría, ni la engañaría ni trataría de que ella se enamorara de él con alguna estratagema. En cambio, tendría con Sakura una actitud profesional. Los dos tenían por delante un trabajo importante, él velaría para que se terminara; eso era todo.

Bien, se dijo y volvió a mirar el reloj. ¿Qué demonios estaba haciendo Sakura?

Cuando oyó su coche en el aparcamiento, sonrió y se dirigió a la oficina. No quería que ella pensara que la había estado esperando.

—Hanabi, querida —dijo Sakura al entregarle la mitad de su sándwich a Sasuke—, anoche nos olvidamos de tus muebles.

—Sí, lo sé —se lamentó ella y miró su sándwich como si fuera tan tentador como un trozo de papel—. No pensé que sucedería.

— ¿Y por qué no, preciosa? —preguntó Itachi. Tanto Sakura como Hanabi lo miraron, sorprendidas. — ¿Ya estás perdiendo la confianza en mí? —preguntó él—. ¿Incluso antes de que nos casemos? —Ambas lo miraron boquiabiertas.

—Estaba pensando, querida, que puesto que yo no tengo demasiado tiempo... —Itachi se pasó el sándwich a la otra mano y abrió un periódico que alguien había dejado sobre la mesa. Estaban, después de todo, en una biblioteca—. ¿Qué te parecería esta? —preguntó y señaló la fotografía de una casona rural blanca con un gran porche que se extendía a lo largo del frente. Era de dos plantas, con una buhardilla y tres ventanas de gablete en el frente. Incluso en el blanco y negro con grana de la foto, la casa parecía fresca y apacible debajo de los enormes árboles que tenía a los lados y al fondo.

— ¿Te gusta? —preguntó Itachi y le dio otro mordisco al sándwich.

— ¿A mí? —se asombró Hanabi.

—Por supuesto. Es contigo con quien me caso, ¿no? A menos que hayas cambiado de idea. —Y le guiñó un ojo a Sakura, quien todavía no había cerrado la boca—. ¿Te gusta o no la casa?

—Es preciosa —susurró Hanabi, con los ojos tan grandes como los bizcochos gigantes que Chouji había traído en una fuente de porcelana.

— ¿No te parece demasiado pequeña? ¿Demasiado grande? Quizá preferirías algo más moderno.

Hanabi miró a Sakura como pidiéndole consejo. Sakura carraspeó.

—Si esa casa está en buenas condiciones, mantendrá su valor mejor que una nueva —dijo en voz baja. — ¿Qué decides, entonces, mi amor? —preguntó Itachi.

Ahora le tocaba a Hanabi tragar fuerte.

—Yo... bueno... yo... —De pronto parpadeó como si acabara de tomar una decisión—. Sí, me la quedo —aceptó con voz entusiasta.

Inmediatamente Itachi tomó su teléfono móvil y llamó al agente de la propiedad. Sakura y Hanabi permanecieron sentadas y en silencio mientras él le decía al hombre que deseaba comprar la casa cuya fotografía había aparecido en el periódico del día.

Itachi hizo una pausa.

—No, no tengo tiempo de verla. No, no me importa cuánto cuesta. Hágalo, tráigame los papeles y yo le daré un cheque. —Otra pausa.

—No puedes comprar una casa así como así —le advirtió Sakura.

—Por supuesto que puedo. Acabo de hacerlo. Ahora, ¿qué tal si seguimos con el mural? ¿De qué color se supone que son las molduras?

—Púrpura —respondió Sakura. No sabía bien por qué, pero estaba enojada.

Veinte minutos después, un hombre acalorado y sudoroso se presentaba con unos papeles asegurando que era preciso realizar una investigación relativa al título de propiedad y que llevaría tiempo.

— ¿Alguien vive en este momento en la casa? —preguntó Itachi.

—No...

— ¿Durante cuánto tiempo la tuvieron los anteriores propietarios?

—Cuatro años. A él lo trasladaron a California y...

—Entonces estoy seguro de que el título no tiene ningún problema. —Itachi tomó un lápiz y un papel, escribió un número y después se lo entregó al hombre—. Muy bien, entonces, ¿qué le parece esta cifra para que nos venda la casa y olvide todo lo referente a esa pequeña investigación?

—Déjeme hacer una llamada —pidió el hombre y, cinco minutos más tarde, volvió—. Bueno la casa es suya —dijo y sacó un juego de llaves del bolsillo—. Creo que, dadas las circunstancias, usted debería tenerlas.

Itachi se las entregó a Hanabi. —Listo. ¿Qué otra cosa necesitas?

Mientras se apretaba las llaves contra el pecho, Hanabi parecía a punto de desmayarse.

Como era de esperar, nadie trabajó nada mientras todo esto sucedía. Y hasta Sakura sonrió un poco.

Al menos hice algo para complacerla, pensó Itachi, aunque me haya costado seis cifras. Y si la única manera de conseguir una sonrisa suya era darle un regalo a Hanabi, pues entonces le compraría a Hanabi todo el estado de Kentucky.

—Lo odio —le confesó Sakura a su suegra.

—Cálmate y cuéntame de nuevo qué es lo que está haciendo.

Estaban en la biblioteca; era tarde y Sasuke estaba dormido sobre la pequeña cama que Itachi le había comprado e instalado allí para que pudiera dormir mientras su madre trabajaba por las noches en el mural. Sakura lijaba mientras hablaba para quitarle los bordes ásperos al fresco de un elefante con arneses de oro.

Sakura hizo una inspiración profunda.

—Hace una semana que estoy aquí, vivimos en la misma casa, trabajamos juntos todo el día, pero él no me presta la menor atención, ni gota.

—Estoy segura de que lo hace para proceder con lentitud. Lo más probable es que...

—No —gimió Sakura—. No le gusto ya a ese hombre. Si tú supieras todo lo que he hecho en estos últimos días...

—Vamos, cuéntame. Dímelo todo. —Tsunade miró a su nieto y tuvo la sospecha de que estaba despierto—. Quiero conocer cada palabra que Itachi te ha dicho.

—Ahí está el asunto. Jamás me dice o me hace nada.

— ¿Se supone que ese elefante tiene que ser rojo?

—Mira por su culpa... —Sakura tomó un trapo y comenzó a frotar, lo cual no sirvió de mucho. Entonces pintó con gris encima del rojo; iba a ser un elefante muy oscuro. Respiró hondo y trató de serenarse—. Yo creí que él quería... Bueno, que él era... Tú dijiste...

—Que estaba enamorado de ti y quería casarse contigo —dijo Tsunade, muy tranquila—. Así era. Es. Apostaría a mi peluquero que es así.

Sakura se echó a reír.

—Sí, ya sé, soy demasiado sensiblera. Es que, bueno, él es un hombre muy bien parecido, y yo... —Miró a Sasuke, que sospechosamente tenía los ojos cerrados con demasiada fuerza—. ¿Recuerdas ese juego de ropa interior roja que había en el escaparate de Chambers?

— ¿Ese de prendas muy reducidas, llenas de encaje?

—Sí, lo compré y me aseguré de que Itachi me lo viera puesto. Actué como si me diera vergüenza, pero por la atención que me prestó, podría haber llevado puesta mi vieja bata de felpa.

Tsunade enarcó una ceja. — ¿Qué hizo Itachi?

—Nada. Bebió un poco de leche, me deseó buenas noches y fue a acostarse. Creo que ni siquiera me miró. Pero, bueno, yo no soy Hanabi. Ella tiene curvas que...

—Que se transformarán en gordura dentro de unos tres años —pronosticó Tsunade y sacudió la mano para restarle importancia.

—No digas nada contra Hanabi —saltó Sakura—. A mí me gusta y Sasuke la adora.

De nuevo Tsunade miró al pequeño; parecía que moviera las pestañas y que en su frente comenzaba a formarse un pliegue.

—Cuéntame qué está pintando mi nieto en ese cuarto.

Sakura puso los ojos en blanco.

—No tengo la menor idea de lo que hay allí dentro, puesto que él no me permite verlo. Es ultrasecreto. ¡Hasta para su madre! Y no quiere dormir en casa aunque Hanabi se quede con él, por miedo a que si yo estoy sola en la biblioteca, espíe.

— ¿Y lo harías?

—Desde luego —contestó Sakura como si fuera algo que se daba por sentado—. Yo le di la vida, así que, ¿por qué no habría de ver sus pinturas? Nada podría ser peor que lo que vi en sus pañales después de que se comió el ábaco. No, no me lo preguntes.

Tsunade rió, sobre todo porque vio que ese pequeño pliegue había desaparecido de la frente de Sasuke y que en sus labios comenzaba a formarse una pequeña curva. Era obvio que ese chico conocía bien a su madre.

— ¿Qué vamos a hacer entonces contigo y con Itachi?

—Nada. Cuando termine el mural, Sasuke y yo nos volveremos a casa a...

— ¿A qué? —preguntó Tsunade.

—No lo digas —le pidió Sakura en voz baja—. Volveremos a casa a la nada, y nadie lo sabe mejor que yo.

—Entonces quédate aquí —le propuso Tsunade, y lo dijo de corazón.

— ¿Y ver a Itachi todos los días?

— ¡Me vendrías a ver a mí con mi nieto! —saltó Tsunade.

—No grites. Despertarás a Sasuke.

— ¿No crees que el hecho de apartarlo de su único familiar vivo además de su madre lo despertará? Sakura, por favor...

—Pásame esa lata de verde, ¿quieres?, y hablemos de otra cosa. Esta vez no estaría huyendo. Estaría volviendo a mi casa.

Pero en ese momento, un apartamento en la ciudad de Nueva York no le parecía exactamente un hogar Cada día que pasaba en Konoha recordaba las cosas que siempre le habían gustado de ese lugar. A la hora del almuerzo hizo que Sasuke dejara de trabajar, y los dos se fueron a caminar por el pueblo para comer sándwiches debajo de un enorme roble que había en las afueras. Mientras caminaban, la gente les preguntaba cómo andaba lo de la biblioteca y bromeaban con Sasuke sobre su cuarto secreto.

La palabra «hogar» comenzaba a adquirir un nuevo significado…