2. De amistades, nombres, trabajos de herbología y abrazos.

Hay algo, una sola cosa, por la que la gente noble daría la vida. El amor. No gente noble en función de su estatus, del deber, o de cualquier otra cosa, si no noble de corazón. El amor, el amor a cualquier cosa, a una madre, a un hermano, a una mujer, a un hombre, a una canción, a un libro, a un poema, a un amigo. El amor a un amigo es uno de los tesoros más valiosos del mundo, porque es tan intenso y tan fuerte que puede derrumbar casi todas las barreras. A veces, el amor a un amigo es lo único que tienes, tus amigos se convierten en tu familia, en tus padres, tus hermanos, tus hijos, tus grandes amores, tus canciones, libros y poemas favoritos. A veces, las grandes amistades calientan el corazón con fuerza, con tanta fuerza, que la muerte, el dolor, el peligro, dejan de darte miedo, y te dan fuerza para continuar, por no dejarle solo. Y da igual que te haya mentido, que haya guardado un secreto, porque se desvelará tarde o temprano, y te necesitará para salir adelante entonces. Sin escudos, sin armaduras, con su corazón en la mano y su cuerpo en carne viva, esperando rechazo, ira, asco, y no se dan cuenta de que son tus amigos, y que nunca podrías sentir nada parecido, por eso, debes demostrárselo.

Remus retorció sus manos, sintiendo sus ojos anegarse en lágrimas. Las miradas de sus amigos se clavaban en él como dagas, y él, tenía miedo.

-Soy…-tragó saliva- Soy un licántropo-cerró los ojos con fuerza, dejando a las lágrimas derramarse por sus mejillas, suaves temblores sacudían su cuerpo y sus manos estaban tensas, retorciéndose sobre su regazo.

James y Sirius se miraron, no era eso lo que esperaban, en absoluto.

-Remus…-susurró Sirius.

Su corazón comenzó a latir desaforadamente contra el pecho, tan fuerte que creyó que todos podían oírlo, y sus entrañas se retorcieron, dando un vuelco. No, no era miedo, eran unas enormes ganas de encerrarle entre sus brazos y calmar su dolor, un instinto de protección fuertísimo e imparable.

-Sé… Sé que ahora… No querréis saber… Nada de mí, pero… Pero no se lo digáis a nadie… Por favor… Me echarían…

-No digas tonterías Remus, somos amigos, no te vamos a dejar tirado-dijo James.

Remus alzó la mirada. James parecía muy seguro, y Peter asintió, aunque temblaba de miedo. Sirius no hizo ningún movimiento.

-Sirius…-susurró con ojos brillantes y voz temblorosa, esperando a que se girase y saliese de la habitación, para no volver a hablarle nunca.

-¿Cómo pasó?-preguntó en cambio.

No era eso lo que Remus esperaba, no era un tono asqueado, ni furioso, ni estaba impregnado de lastima o morbo. Era una simple, llana y sincera, curiosidad.

-Yo era muy pequeño-se excusó, era la respuesta que decía siempre que le preguntaban, no podía, no quería, decir otra.

-Oh, venga Remus, cuéntanoslo-le dijo con simpleza, sentándose a su lado en la cama.

-Déjale, Sirius-le reprendió James-. No quiere hablar del tema.

Sirius se encogió de hombros y miró a Remus.

-Podías habérnoslo contado.

Él bajó la mirada.

-Lo siento…

-No te excuses Remus, vas a tener que hacernos la redacción sobre la mandrágora, sin posibilidad de discusión. Los amigos no tienen secretos-dijo cruzándose de brazos con una sonrisa torcida.

-¿De verdad no os doy miedo? ¿No vais a salir huyendo?-preguntó con los ojos brillantes.

-¿Por qué? Tú eres un licántropo, yo soy un Black, James es miope y Peter es feo. Todos tenemos una maldición. Y al contrario que tú, la tenemos todo el tiempo.

-Ser feo no es comparable a ser un hombre-lobo.

-Pero ser un Black, sí-se miraron a los ojos, con intensidad, ambos cargaban con una horrible maldición-. Y no sé cuál es peor.

Y Remus no supo porque en ese momento-años después podría explicarlo, algo sonrojado, con lágrimas de rabia en los ojos, con una dulce sonrisa o con un gesto de dolor-, pero no pudo evitar lanzarse en sus brazos y estrechar ese cuerpo contra el suyo.

Sintió los brazos de Sirius devolverle el abrazo, y su corazón saltó de alegría. Eran un par de brazos cálidos, tiernos, ¿qué importaba que la sangre de uno esté podrida por la endogamia, la magia oscura y el dolor? ¿Qué importaba que la del otro esté contaminada por una maldición que le convertía en un monstruo en las noches de luna llena? Seguían expresando cariño y amistad, seguían significando risas y susurros bajo la capa de invisibilidad, seguían oliendo al mejor chocolate de HoneyDukes, a artículos de bromas de Zonko, a quidditch, a libertad, seguían siendo los brazos de dos amigos, de dos Merodeadores en ciernes. Seguían siendo una tabla de salvamento para sus maldiciones. Seguían estando en Hogwarts, donde todo era posible, todo. Era posible que un sangre pura y un traidor a la sangre fueran los mejores amigos; era posible el que un chico sin ningún talento ni autoestima fuese parte del grupo más popular; era posible que un licántropo y un Black se abrazasen para olvidar sus miserias. Nada es imposible, dicen los muggles, pero se equivocan, no todo es posible, es una ley de la naturaleza. Quizá es por eso que sólo en Hogwarts, donde te enseñan a saltártelas haciendo flotar plumas, volando en escobas, transformando ratones en cajas y cajas en ratones, fabricando la formula del amor entre redomas de vidrio y alambiques, era posible saltárselas, y hacer lo imposible, posible. Quizá.


-¿Animagos?-preguntó Peter preocupado.

-Animagos-asintió James.

-Animagos-secundó Sirius.

-Es una locura, está prohibido-Remus les miró impotente.

-Eso, querido Lunático, es lo mejor del plan-los ojos de Sirius centellearon.

-¿Lunático?-preguntó arqueando la ceja.

-Te vuelves loco cuando sale la luna, ¿no? Pues Lunático-dijo encogiéndose de hombros.

-¡Me gusta! ¿Y quién seré yo?-preguntó James.

-Lo sabremos cuando te transformes, por ahora, Baboso, por Evans.

-Y tú imbécil, porque al lado de la definición aparece tu foto.

-Claro, porque está justo después de Imbatido.

-Imbécil.

-Gracias, ya que a ti Evans te bate todo el tiempo, alguien tendrá que serlo.

James le lanza una almohada y Sirius la esquiva riendo, ignorando ambos las expresiones que lucen Remus y Peter.

-Chicos. Nadie. Se. Transformará. En. Animago. Punto-dice Remus pausadamente-. Ya tengo bastante con la maldición como para preocuparme por haceros daño.

-Pero Remus, los hombres lobo no atacan a los animales-se quejó James.

-Eso Lunático, no seas aguafiestas. Se supone que los licántropos sois salvajes, no niñitos buenos y correctos-bromeó.

Remus le miró, debatiéndose entre matarlo o sonreír. No se decidió, así que simplemente suspiró.

-Yo quiero ser un animal pequeño-exclamó Peter de repente-. Dicen… Dicen que es más fácil-se explicó, incómodo por haber llamado la atención de esa manera.

-Yo quiero ser un lobo-dijo Sirius orgulloso-. Así podré controlar a Remus, y seré grande y temible, y tendrás a alguien con quien aullarle a la luna.

Remus sonrió con ternura.

-Eres el mejor Sirius, pero no puede ser. Los lobos son seres territoriales, competirían por ser el macho alfa.

-¿Tú? ¿El macho alfa? A cualquier cosa le llamas competir-resopló-. ¿Y entonces?

-Puedes ser un perro, también le aúlla a la luna.

-Los perros son más pequeños que los lobos-dijo haciendo un mohín.

-Algunos. Muchos perros son más fuertes y grandes, los muggles los entrenan para que se enfrenten a ellos y cuiden de los rebaños.

Sirius silbó.

-Vaya con los muggles… ¿Y que especies hacen eso?

Remus se encogió de hombros.

-Muchas.

-¡Pues yo seré un Grim! Así asustaré a todos los Slytherin hasta que se meen en los pantalones.

Remus es el chico bueno, dentro de lo que cabe. Debería reprenderle, debería explicarle que los prejuicios con respecto a las casas son malos y que es injusto que los tenga y que piense así de los Slytherin. Pero, que demonios, es Sirius, van a convertirse en animagos ilegales por él, y sus ojos brillan con malicia y le hacen sentirse seguro, como si su maldición fuese su última broma.

-Y yo seré un…

-Ciervo-decide Sirius-. Tú serás un ciervo. Por todas esas sonrisas que Lily le dedica a Quejicus mientras pasa de ti, y te llamaremos Cuernudo.

-¡Sirius!-se queja.

-Cierto, no queda bien, serás, Cornamenta.

Y James bufa, pero no se queja, y es que lo que el tenía pensado no le gusta tanto como la idea del ciervo. Es un animal majestuoso, fuerte, y le encanta. Cornamenta. Suena como si hubiese nacido para llevar ese nombre.

-Yo una rata-decide Peter-. Para poder meterme por todos los agujeros del castillo y encontrar nuevos pasadizos.

-Y te llamaremos Colagusano.

-No me gusta mucho… Podría ser algo por la rapidez de las ratas.

-¿Quién ha dicho que sea por tu animago?

-¿Y tú?-pregunta James.

-Pues no lo sé-se llevó una mano a la barbilla, pensando.

-Tú serás Canuto-decidió Remus con una sonrisa.

-¡Me gusta! Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta.

-Y nos dedicaremos a merodear por el Bosque Prohibido y el castillo en luna llena-dice James.

-¡Seremos los Merodeadores!-grita Sirius.

-Me gusta-admite James.

-Y a mí-dice Peter de inmediato.

-¿Lunático?

-¿Los Merodeadores?-reflexionó, una sonrisa apareció en su rostro- Me encanta Canuto, eres el mejor.

-Lo sé-dice puliéndose las uñas contra la camisa y soplándolas con un gesto de superioridad.

Remus pone los ojos en blanco, pero está feliz, todos lo están. Ya no son los cuatro amigos bromistas de Gryffindor, son los Merodeadores. Y es como un sueño haciéndose realidad. Un sueño que nunca se atrevió a soñar.

Eran los Merodeadores.

Los reyes de Hogwarts.

Su corazón comenzó a latir con más velocidad en su pecho.

Lo imposible, es posible en Hogwarts.

Una manada de un lobo, un perro, un ciervo y una rata es posible.

Es más que posible.

Es la mejor manada que ha pisado el Bosque Prohibido.

Y James pega a Sirius con una almohada. Y Peter tiembla de expectación. Y Sirius ríe, y levanta la mirada, y se cruza con la suya. Y Remus siente que su pecho se llena, y sabe, que nunca, nunca, podrá querer a alguien tanto como quiere en ese momento a Sirius.

Nunca.