Disclaimer: Nada de esto me pertenece, todo es de Louisa May Alcott y sus herederos. Yo sigo igual de pobre que siempre, por desgracia.
Puedes hacerlo mejor
—¿Leíste mis cuentos? ¿Qué te parecieron? —preguntó una muy emocionada Jo. Fritz la miró, divertido. Parecía una niña mostrándoles su trabajo de arte a sus padres.
—Pues… este… —dudó él. No creía que los cuentos fueran malos, de hecho eran bastante buenos, pero les faltaba algo. No revelaban algo de Jo como escritora. Parecían haber sido escritos para alguien más —. Estoy seguro de que puedes hacerlo mucho mejor. No son malos, Jo. Pero no te vi en ellos.
La cara de Jo pareció caerse. Los labios desaparecieron en una delgada línea y sus ojos parecían estar a punto de echar chispas.
—¿Mejor que esto? ¿De qué mierda estás hablando? Bueno, esto me pasa por pedirle a cualquiera que lea mis cosas —replicó ella, con el tono más helado que pudo. Le quitó el montón de hojas que el chico tenía entre las manos —. Para la próxima vez voy a buscar a alguien con menos pretensiones de crítico.
—Claramente no te gustó mi opinión, y si quieres que te diga la verdad, lo que tú dijiste tampoco me gustó.
—No me digas…—replicó Jo, sarcástica.
—No tienes por qué ponerte así. Sólo dije que tus cuentos no son obras maestras. Pero sé que puedes hacerlo mejor.
—¿Mejor? ¿Mejor que qué? La trama era excelente; los personajes, creíbles y los diálogos, inteligentes. ¿Qué se supone que tengo que mejorar? —le espetó Jo —. ¿Sabes? He publicado algunas de estas historias en los diarios locales y a mucha gente le han gustado.
—¿Y de verdad te importa que tus cuentos le gusten a otras personas? Jo, ¿Por qué escribes? —Jo no dijo nada. No sabía por qué escribía, sólo que era algo que le gustaba mucho y que la llenaba por completo —. Jo, escribe para ti, no para un montón de personas que no te conocen y a las que no les importas.
—¿Y resulta que de un día para otro tú eres el que mejor me conoce? Jajaja, no me hagas reír, Fritz. Tú no sabes quién soy, ni por qué escribo, ni nada acerca de mí. ¡No pretendas que me conoces Fritz, porque no es así! —le gritó Jo, aferrándose a sus cuentos. Tomó la mochila que había tirado en el suelo y se la colgó del hombro. Sin despedirse, salió de la sala de clases donde se habían juntado, dejando a Fritz Bhaer sin saber qué rayos hacer con ella.
Jo se dirigió a su casa a zancadas. Maldecía por lo bajo al creído ese de de Bhaer, que se había dado el lujo de criticarla. ¿Quién era él para decirle cómo debía escribir? ¿Qué sabía él? Esos cuentos habían sido un éxito en Concord, a sus amigos y familia le gustaban. ¿Cómo mierda se suponía que tenía que hacerlo mejor?
Al entrar a su casa, masculló un "buenas tardes" a su madre, que estaba en la cocina, preparando una torta para el cumpleaños de Beth y subió hasta el altillo. Ahí solía esconderse para leer y escribir. Se había arreglado un rincón propio, con unas cortinas viejas y un sofá desvencijado. Una mesa rota, apoyada en un par de sillas viejas le servía de escritorio. Jo se tiró sobre el sillón y empezó a releer los cuentos que tan maravillosos le habían parecido semanas antes. Al terminar se tiró de espaldas en el sofá. "Mierda," pensó, "tenía razón. Esto… no tiene nada que ver conmigo. Ugh, odio que tenga razón".
