II
Aciano
El regalo de Ariana
Desde que Albus te contó su secreto, las cosas son en cierto modo más fáciles.
Su hermana, Ariana, no es ningún monstruo. Tampoco crees que esté tan trastornada como se empeña en advertirte tu amigo. Simplemente está muy asustada por lo que le hicieron esos muggles hace siete años, y se altera cuando algo se lo recuerda.
Pero el resto del tiempo es una muchacha sonriente y amable. Ahora que no tiene que esconderse cada vez que visitas la casa de los Dumbledore, se cuela de vez en cuando en la habitación en la que Albus y tú compartís impresiones sobre las Reliquias para anunciar a su hermano que ella y Aberforth han estado haciendo galletas.
Y os ofrece a ambos, y sabes que no puedes negarle nada a esos encantadores ojos azules. Además, sus galletas están deliciosas.
Uno de los primeros días de agosto, sales al jardín trasero de los Dumbledore para evitar escuchar la discusión entre tu amigo y su hermano. Parece que no tienen un día completo si no se pelean al menos tres veces. Sabes que eres responsable en gran medida de sus disputas, pero prefieres ignorarlo y preguntarte cuándo madurará Aberforth.
Descubres a Ariana sentada en el suelo junto a la valla que pone fin al jardín. Tiene los ojos fijos en el suelo y sonríe con expresión soñadora. La suave brisa despeina su cabello rubio, dándole un aire algo rebelde.
Te acercas a ella y te sientas a su lado. Entonces descubres lo que está mirando. Una pequeña planta, con flores complejas de un curioso tono azul violáceo. Los ojos de Ariana parecen ser del mismo color cuando el sol incide en su rostro de la forma en que lo hace ahora.
—Aciano—comentas al reconocer la planta.
Ella asiente.
—¿Siguen peleándose?—inquiere con cautela, y su rostro se ensombrece. Comprendes que no ha salido al jardín simplemente porque le apetecía. Las discusiones la ponen nerviosa.
Asientes escuetamente.
—Antes no era tan frecuente—explica ella con suavidad—. Mamá los callaba y los ponía en su sitio.
Baja la vista hacia el suelo, y comprendes lo que está pensando. Que ella la mató. No lo crees. No lo creerías ni en mil años. Fue un accidente, Ariana no sería capaz de hacer algo así adrede.
—Ya se cansarán—intentas animarla. Ella sonríe. Entonces, como movida por un resorte, arranca una de las flores azuladas del suelo y te la tiende. Te quedas mirándola, genuinamente sorprendido por el gesto.
—Ahora deberías cogerla, es un regalo—señala la muchacha.
Tomas la flor con cuidado y la sostienes entre los dedos. Te la acercas al rostro para percibir ese olor suave y característico.
—Gracias.
Ariana se acerca a ti y te da un beso en la mejilla que te coge completamente por sorpresa. Luego se pone en pie con una energía inusitada.
—Creo que ya han dejado de discutir—y echa a andar hacia la casa, aún sonriendo.
Acaricias con suavidad los pétalos mientras la ves alejarse. Su pelo, sus ojos, su actitud tímida y algo asustadiza. Es encantadora.
Y comprendes que acaba de hechizarte.
Notas de la autora: Que Dumbledore estuviese encaprichado con Grindelwald no quiere decir que fuese mutuo. Gellert y Ariana… no sé, me encantan. Simplemente. Me parece un soplo de frescura para ese niño con demasiadas ganas de llegar alto.
En fin, ¿soy la única a la que le gusta esta pareja?
