Hola a todos mis lectores(a) los extrañado mucho pero por fin he podido actualizar así que no desesperen que en días estarán leyendo todos capítulos.


Capítulo 2

— ¿Qué demonios te ha pasado hoy? —le preguntó a Rukia su jefe directo. Kaien Shiba—. El proyecto de expansión comercial es la niña de tus ojos y, sin embargo, te has pasado la mitad del tiempo ahí dentro como en trance.

Kaien se la quedó mirando con el ceño fruncido y añadió:

— ¿Qué pasa? ¿Te has enamorado?

—No. Claro que no —respondió Rukia ruborizándose.

—Pues algo te pasa. No has hecho más que meter la pata.

Y así era, admitió Rukia para sí. Debía de haber sido por el calor en la sala de reuniones. Y por alguna razón que no llegaba a comprender, su imaginación no había dejado de conjurar el rostro de ese Ichigo mirándola con expresión de burla.

Eso era lo que la había distraído.

Cosa totalmente absurda.

—En fin, no podemos permitirnos que nos vuelva a pasar algo así —Kaien sacudió la cabeza—. Ahora nos encontramos con otros tres meses de aplazamiento mientras preparamos otro informe. El proyecto ya no es tan prioritario como era. Increíble.

Rukia se mordió los labios.

—Kaien, de verdad que lo siento. Sabía que no iba a ser fácil, pero tampoco significa que hayamos sido derrotados completamente.

—Cierto. En fin, espero que la próxima vez estés más preparada para contener el ataque de Sausuke y, a ser posible, darle la vuelta.

Eso no podía discutirlo, pensó Rukia apesadumbrada. Había caído en la trama. Naturalmente, había esperado que Sausuke la atacase, pero no que la acusara de intentar dividir la empresa con el fin de montar su propio negocio independiente de la compañía.

Ella lo había negado con vehemencia, pero no con la rapidez suficiente, y se daba cuenta de que Sausuke había logrado sembrar la semilla de la duda en las cabezas de los allí reunidos.

—Y no estaría mal que también hicieras algo por acabar con esa guerra particular entre Sausuke Yamamoto y tú. No está haciendo bien a nadie.

— ¿Me culpas de ello? —preguntó Rukia indignada.

—No se trata de culpar a nadie —respondió él parece aglutinar más apoyo que tú. Y hoy ha sido él quien ha parecido lleno de razón, no tú. Será mejor que lo tengas en cuenta a la hora de preparar el informe sobre lo que ha ido mal en la reunión. Y quiero tener ese informe en mi despacho mañana por la mañana.

Rukia contuvo las ganas de dar un portazo cuando salió del despacho de Kaien de camino al suyo.

Rukia dio un paso hacia el escritorio y se detuvo. Qué demonios, pensó mirándose el reloj. No iba a lograr hacer nada útil el resto de la tarde cuando tenía la cabeza a punto de estallarle. Además, llevaba en la oficina desde antes de las ocho y se iba a su casa.

Se le ocurrió que, aparte de otras cosas, tenía hambre. Una ducha y una buena cena era lo que necesitaba antes de repasar los acontecimientos de la reunión y anotar los aspectos positivos de ésta, que debía de haberlos habido.

Enderezó los hombros, agarró su bolso y la bolsa con el ordenador portátil y se dirigió a la puerta.

Había recorrido la mitad del pasillo cuando oyó un estallido de risas procedentes de la oficina a la que se encaminaba y reconoció la voz de Sausuke.

—Supongo que debería sentirme culpable por haberle dado un mazazo en la cabeza al «niño» de Kuchiki —estaba diciendo Sausuke—; sobre todo, teniendo en cuenta que no creo que la solterona del infierno vaya a dar a luz nada más. Ni siquiera todo el dinero de su abuelo tentaría a un hombre en su sano juicio para que cargara con ella. Creo que lo mejor que podría hacer es trabajar en la sala de las fotocopiadoras.

—Querrás decir que eso es lo que a ti te gustaría que hiciera —comento Halibel, la secretaria de Sasuke.

—Por supuesto. Quizá debiera ofrecerle un nuevo puesto, «vicepresidenta a cargo de las grapas», y a ver qué pasa. Al fin y al cabo, esto es sólo un juego para ella. El viejo Ginrei lo dejó claro desde el principio. Y, además, estoy seguro de que Kaien está harto de ella.

Rukia se quedó donde estaba, oyendo aquello con incredulidad. Aquello iba más allá de los apodos de mal gusto, aquello era auténtico odio. Sasuke Yamamoto quería verla fuera de la empresa y, al parecer, no era él sólo.

Así que lo que había ocurrido ese día no era sólo un tropiezo, sino el principio de una guerra.

Una vez que bajó en el ascensor y empezó a cruzar el vestíbulo con la dignidad que pudo, Leo la llamó:

—El artista ése ya se ha marchado, señorita Kuchiki. Tal y como usted quería.

—Bien. Espero que no le haya causado ningún problema —respondió ella secamente.

—Ninguno, señorita—Leo titubeó un instante—. De hecho, creo que esperaba algo así. Y luego, cuando he vuelto a salir para ver si se había ido, he encontrado esto sujeto al enrejado del jardín de la plaza.

Leo abrió un cajón de la mesa de recepción y, con evidente embarazo, le dio una hoja de papel de dibujo doblada en dos.

Rukia la desdobló y se quedó mirando a lo que le pareció un enredo de sombras negras. Durante un instante, creyó que se trataba del dibujo de un murciélago o de un ave de presa... hasta que vio un rostro salir entre el plumaje. La cara de una mujer, malhumorada y enfadada. Una caricatura de su propio rostro.

Un insulto firmado por Ichigo.

Se quedó observando el dibujo en silencio durante un momento; después, forzó una sonrisa.

—Una verdadera obra de arte —Rukia consiguió emplear un tono ligero—. Sólo le falta la escoba. ¿Y estaba sujeto al enrejado para que pudiera verlo todo el mundo?

Leo, sonrojándose, asintió.

—Eso me temo, señorita, pero no creo que haya estado ahí mucho tiempo. No creo que lo haya visto nadie de la oficina —añadió Leo como premio de consolación.

—Nadie aparte de usted —observó Rukia mientras se metía el papel en el bolso.

—¿No quiere que lo meta en la trituradora de papel? —preguntó Leo en tono inseguro.

«Lo que metería en la trituradora es a ese tal ichigo», quiso gritar Rukia. «Y a Kaien y al maldito Sausuke. Y a todos los que se atreven a juzgarme».

Pero Rukia encogió los hombros y contuvo el dolor y el enfado que se le habían agarrado al estómago.

—Voy a guardarlo. Quién sabe, puede que algún día valga dinero. Además, ¿no se supone que es saludable verse a uno mismo como lo ven los demás?

—Si usted lo dice, señorita Kuchiki.

—En cualquier caso —añadió Rukia—, si vuelvo a encargarle que se deshaga de más vagabundos, le doy permiso para que ignore mis órdenes.

Rukia le lanzó una amplia e insincera sonrisa, salió a la calle y paró un taxi que pasaba por allí.

Automáticamente, le dio al taxista la dirección de su casa y se arrinconó en el asiento trasero sintiendo un profundo vacío. Después, apretando los labios, se sacó el teléfono móvil del bolso y pulsó unas teclas.

—¿Luigi? Soy Rukia Kuchiki —dijo con voz serena—. El pintor, ¿sabe dónde vive? ¿Si tiene un estudio?

—Naturalmente. Un momento.

Luigi parecía complacido y Rukia casi se apenó de él. Casi, pero no del todo.

Anotó la dirección en el reverso de la tarjeta que le había dado de él y luego avisó al taxista del cambio de planes.

Se encargaría de Sausuke y de los demás a su debido tiempo, pensó cambiando de postura en el asiento. Pero ese supuesto pintor iba a darle explicaciones sobre su intento de denigrarla.

De no haber sido por Leo, todos los de la empresa habrían visto la caricatura, con consecuencias desastrosas para ella.

Como si no tuviera suficientes problemas.

Entretanto, el taxi aminoró la velocidad.

—Aquí es, señorita. Hidon Yard —anunció el taxista en medio de una zona industrial.

—¿Podría quedarse aquí esperando un momento, por favor? —Le preguntó al taxista—. No tardaré más de diez minutos.

El taxista asintió con resignación.

—Diez minutos —respondió él agarrando su periódico—. Pero nada más.

Rukia miró a su alrededor y entonces, tras unos momentos de vacilación, se acercó a un hombre vestido con un mono de trabajo que estaba andando entre camiones con una tablilla en una mano y expresión preocupada.

—¿Podría ayudarme, por favor? Estoy buscando el numero 6A.

Sin sonreír, el hombre señaló una escalera de hierro que había en una esquina.

—Ahí arriba. La puerta verde.

Los tacones de Rukia repiquetearon en los escalones de metal mientras subía. Como el ruido de una armadura de hierro antes de la batalla, pensó ella, descubriendo que se sentía tentada de olvidar el asunto, volver al taxi y regresar a su casa.

Pero eso era de cobardes. Y ese sinvergüenza arrogante no iba a salir ileso de lo que había tratado de hacerle a ella.

Al llegar a la pequeña plataforma que culminaba la escalera, la puerta se abrió de repente y se encontró delante de una bonita chica que salía apresuradamente con unos pantalones cortos y una camiseta blanca. La chica era castaña y tenía el cabello recogido en una larga trenza, llevaba una bolsa grande de lona y se sobresaltó al ver a Rukia.

—Dios mío, qué susto me ha dado —los ojos azules de la chica se clavaron en ella—. ¿Quería algo?

A rukia no se le había ocurrido la posibilidad de que ese Ichigo estuviera casado.

—¿Puedo ayudarla en algo? —insistió la chica al ver que rukia no reaccionaba.

Al notar que había perdido la facultad del habla momentáneamente, Rukia le dio la tarjeta de Ichigo que sostenía en la mano.

—Ah, ya.

La chica volvió la cabeza y gritó hacia el interior de la casa:

—Cariño, tienes visita.

Luego, le dedicó a Rukia una sonrisa amistosa e igualmente interrogante y bajó las escaleras.

«Cariño...».

Rukia respiró profundamente, sacó del bolso la caricatura y entró.

Debido al emplazamiento, había esperado que aquel lugar fuera oscuro y quizá tenebroso. Sin embargo, se encontró en un amplio ático bañado de una luz que entraba por el enorme ventanal que ocupaba casi toda una pared; además, había claraboyas en el techo.

Olía a pintura y de las paredes colgaban lienzos mostrando vivos colores.

Pero no pudo distraerse con los lienzos porque él estaba allí: alto, bronceado y con las manos en las caderas en medio de toda aquella luminosidad.

—¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué es lo que quiere? —preguntó él sin sonreír.

Su voz era baja y fría, con un ligero acento extranjero. ¿Español? ¿Italiano? No estaba segura.

Naturalmente, debería haberse dado cuenta de los orígenes mediterráneos de él a causa del bronceado, como tenía oportunidad de comprobar ahora que él estaba sin camisa. También tenía los pies descalzos y la cinturilla del pantalón vaquero desabrochada, quedándole bajo.

«Típico», pensó Rukia. «Al menos, podía tener la decencia de subirse un poco los pantalones».

Y aunque no le sobraba ni un gramo de grasa, no era un esmirriado, pensó ella tragando saliva. Los hombros y los brazos parecían esculpidos, y su bronceado pecho estaba ensombrecido por un vello naranja que bajaba estrechándose por el estómago hasta esconderse bajo los gastados vaqueros que le cubrían las piernas.

Quizá no tuviera un céntimo aquel pintor, pero daba aspecto de hombre duro y decidido. Y, de repente, a Rukia se le ocurrió que quizá habría sido mejor que la castaña no se hubiera marchado.

«O que yo no hubiera venido...».

—Le he preguntado por qué ha venido y estoy esperando su respuesta.

Rukia alzó la barbilla.

—¿No lo adivina?

Rukia le tiró el arrugado papel. No dio en el blanco, cayó al suelo y él no se molestó ni en mirarlo.

—¿Tanto le ha impresionado el parecido que ha venido a hacerme un encargo? —dijo él en tono suave—. En ese caso, me temo que no va a poder ser. Dudo poder sufrir otro ataque de inspiración por segunda vez.

—No se preocupe, no tengo intención de volver a ser el sujeto de su arte. He venido a que me dé una disculpa.

Él arqueó las cejas.

—¿Disculpa por qué?

—Por eso —ella señaló el papel en el suelo—. Eso que me ha dejado como regalo. ¿Tiene idea de la cantidad de gente que trabaja en ese edificio y que entra por esa puerta? Y ha tenido la desvergüenza de dejarlo ahí para que todo el mundo lo vea, para convertirme en el hazmerreír de mis compañeros. Y lo ha hecho a propósito, no lo niegue.

Él se encogió de hombros.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Y no finja que todo ha sido una broma. Además, de haber sido así, ha demostrado tener muy poco gusto.

—No ha sido una broma —dijo él en un tono de voz que la hizo sentir como si le hubieran desgarrado la piel con un látigo—. Como tampoco lo ha sido por su parte pedirles a los guardias de seguridad que me echaran de allí como si hubiera cometido un delito. Y también delante de todo el mundo.

Él la miró con dureza.

—Tampoco a mí me gusta que me humillen —añadió—. Aunque le aseguro que le salió mal el plan, porque a nadie le hizo gracia. A todos les pareció mal que me echaran, incluido su guarda de seguridad. Y algunas personas salieron en mi defensa.

El pintor hizo una pausa y continuó mordazmente:

—Es interesante comprobar que usted no esperaba un apoyo similar por parte de sus compañeros de trabajo. No obstante, no me sorprende, si su ética en el trabajo es la misma que la que ha empleado conmigo. Quizá hubieran reconocido el parecido de mi caricatura con usted.

Rukia se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago y, por un momento, se limitó a mirarlo en silencio. Luego, se vio obligada a atacar.

—No tenía derecho a estar ahí, delante de nuestras oficinas.

—He estado allí toda la semana. Y nadie se ha quejado.

—En ese caso, es porque yo no lo había visto antes.

—En ese caso, no sabe cuánto me alegro de eso.

Rukia se mordió el labio.

—De todos modos, los pedigüeños se merecen que los retiren de donde están. Usted estaba causando obstrucción.

—Yo no estaba pidiendo —dijo él fríamente— Estaba ganándome la vida honestamente y dando placer con mis bosquejos. Pero supongo que la palabra «placer» no cabe en su vocabulario, señorita Rukia Kuchiki.

Rukia jadeó.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Él se encogió de hombros.

—De la misma forma como usted se ha enterado de dónde vivo. Me lo ha dicho Luigi Carossa. Me ha llamado por teléfono para decirme que iba a venir a verme —la boca de él se curvo—. Luigi ha llegado a creer que su visita iba a ser ventajosa para mí y yo no he querido desilusionarlo.

Él hizo una pausa.

—Y ahora, si no quiere nada más, será mejor que se vaya.

A Rukia le resultaba difícil respirar.

—¿Es eso todo lo que tiene que decir?

—¿Hay algo más que decir? —Preguntó él con desdén—. Vuelva a su fortaleza, señorita Kuchiki, y siga dando órdenes ridículas. Ya que no parece lograr gustar a la gente, al menos puede hacerse la importante.

Él le dio una patada al papel en dirección a ella.

—Y llévese esto como recuerdo de algo que no debe volver a hacer. Esta vez se ha escapado, pero la próxima podría encontrarse siendo el hazmerreír de la oficina.

—¿Qué me he escapado? ¿Qué me he escapado? —preguntó ella alzando la voz.

Rukia casi siempre controlaba la ira. Sin embargo, llevaba todo el día al borde de un ataque de nervios y lo sabía. Y en ese momento, era como si las palabras de ese hombre le hubieran abierto una herida muy profunda. Y toda la angustia y las desilusiones de las últimas semanas salieron a la superficie con una violencia que le resultó imposible controlar.

Con una voz que apenas reconocía ser suya, Rukia gritó:

—Bastardo...

Y se tiró a él salvajemente y le arañó el rostro. Quería hacerle el mismo daño que ella sentía.

Lo oyó lanzar una maldición; después, las manos de él le sujetaron las muñecas, apartándola y sujetándola mientras la miraba con sus ojos ámbar carentes de misericordia.

—No se le ocurra volver a pegarme, ¿entendido? —dijo él con voz dura y la respiración entrecortada— De lo contrario, se va a arrepentir.

Mientras intentaba zafarse de él, Rukia vio sangre en su mejilla y, de repente, el mundo se le vino encima al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

Trató de hablar, pero lo único que escapó de su garganta fue un ahogado sollozo. Al momento, se echó a llorar como nunca.

—Vaya, el típico truco de las mujeres, recurrir al llanto para salir de cualquier problema —dijo él con voz gélida—. Me decepciona usted.

Él la condujo al desvencijado sofá que había en un rincón de la estancia, la sentó de un empujón y le dio un pañuelo.

Entre los sollozos, Rukia lo oyó moverse por ahí; luego, el sonido de una botella contra un vaso; después, él estaba sentándose a su lado y dejándole una copa en una mano.

—Beba esto.

Rukia intentó obedecer, pero la mano le temblaba demasiado.

Él murmuró algo que ella no logró comprender y, al instante, sintió la copa en los labios.

—No bebo alcohol —dijo Rukia cuando le llegó el fuerte olor del líquido.

—Hoy sí.

Rukia bebió un sorbo; era como tragar fuego líquido.

Por fin, él dejó la copa en el suelo.

—Bueno, esto no se debe sólo a un dibujo. ¿Qué le ha pasado?

—No es asunto suyo —Rukia se limpió la cara con el pañuelo evitando la mirada de ese hombre.

Sin embargo, inmediatamente fue consciente de que él llevaba algo más de ropa que antes: se había abrochado la cinturilla de los pantalones, se había puesto una vieja camiseta y llevaba unas alpargatas.

—Claro que lo es —él se llevó una mano al arañazo de la mejilla—, me ha hecho una herida.

—Lo... siento —dijo Rukia con voz seca.

Y era verdad, sentía haberse decepcionado a sí misma, no haberle hecho una herida. En realidad, le habría gustado darle un puñetazo.

—Le sugiero que la próxima vez que quiera arañarme me arañe la espalda, no la cara —dijo él con expresión burlona.

Al darse cuenta del segundo sentido de semejante sugerencia, Rukia se ruborizó. Necesitaba marcharse de allí antes de ponerse aún más en ridículo.

—Tengo... tengo que marcharme. Un taxi me está esperando ahí abajo.

—Lo dudo. Pero quédese aquí, iré a ver si todavía la está esperando.

Para entretenerse y no pensar en nada mientras esperaba a que él regresara, Rukia se levantó del sofá y se puso a examinar los cuadros. Eran pinturas magníficas y llenas de vitalidad.

—He despedido al taxi, pero he llamado a una empresa de taxis locales para que venga uno a recogerla. Está en camino.

Rukia se volvió al oír su voz.

—Ah, bien, gracias —hizo una pausa—. He estado mirando sus cuadros... son muy buenos. De hecho, creo que son extraordinarios.

—Vaya, me sorprende tanto elogio. ¿Ha cambiado su opinión de mí?

—No —respondió ella secamente—. Reconozco que tiene talento, pero eso no significa que me caiga bien.

—Ya veo que las lágrimas sólo han sido una aberración momentánea. La verdadera señorita Kuchiki está viva y coleando.

—Lo que no comprendo es por qué pierde el tiempo haciendo bosquejos en la calle —continuó Rukia ignorando las palabras de él—. Eso no puede proporcionarle dinero suficiente para vivir.

—No, pero me relaja —contestó él—. Me gusta salir y conocer a gente nueva. ¿No está de acuerdo?

Rukia paseó la mirada por el estudio: papeles en el suelo, los restos de una comida encima de una mesa, una cama sin hacer medio oculta tras un biombo. Y dijo:

—¿Y es aquí a donde trae a sus nuevas... amistades?

Siguiendo la mirada de ella, él respondió en tono lacónico:

—La sirvienta tiene hoy el día libre.

—En ese caso, quizá debería pedirle a su novia que limpie un poco —respondió Rukia sin querer.

—Ella no viene aquí para limpiar —dijo él con voz suave—. Además, podría estropearse las manos, y prefiero que las utilice para cosas mejores.

Era evidente lo que él había querido decir, pensó Rukia furiosa y volviendo a enrojecer.

Él volvió la cabeza cuando, en ese momento, se oyó el claxon de un coche.

—Su taxi, señorita Kuchiki.

Rukia bajó las escaleras de hierro agarrándose a la barandilla, consciente de que las piernas le temblaban y de que estaba casi sin respiración.

Mientras se acercaba al taxi, volvió la cabeza furtivamente para ver si él estaba allí. Pero la escalera estaba vacía y la puerta cerrada.

Y durante un instante de confusión, Rukia no supo si sentirse contenta o triste.


Que creen que haga Rukia , yo en su lugar me lanzaba por el y le pedía que se casara con migo y ustedes.