Hola de regreso espero que este capitulo sea de su agrado y deseo que me hagan saber que les parese esta historia, recuerde que bleach no es mio .
y que viva el ichiruki.
Capítulo 3
Rukia tenía el pañuelo de él en medio de su resplandeciente mesa de centro. Se levantó del sofá y fue a su dormitorio, sintiendo la acostumbrada satisfacción que le producía mirar a su alrededor. Todo el mobiliario era hecho a medida y muy discreto, con lo que el punto focal era la cama, la más grande que había encontrado, con un colchón celestial, ropa de cama de lino color marfil y almohadones verde oliva, color que se repetía en las pantallas de las lámparas encima de las mesillas de noche a ambos lados de la cama.
El cuarto de baño era igualmente austero, blanco y cromo, pero con una bañera enorme y un cuarto de ducha separado.
Rukia se desvistió, dejó la ropa que se había quitado en la cesta, se soltó el pelo y se metió en la ducha.
Se secó y se puso uno de sus pijamas preferidos. Tenía muchos, todos de satén en colores pastel, comprados en una tienda elegante. Aquella noche, eligió uno azul turquesa.
Descalza fue a la cocina, sacó una pechuga de pollo asado de la nevera, aderezó una ensalada también preparada y calentó una pequeña barra de pan. Si luego quería postre, se tomaría un yogur.
Cuando terminó de cenar, puso un poco de música, Mozart, y empezó a escribir el informe para Kaien hasta que estuvo razonablemente satisfecha con el resultado. Luego, lo imprimió, cerró el ordenador y se recostó en el respaldo del asiento, cerrando los ojos.
Todavía tenía mucho por hacer. Conservar el trabajo era una cosa, pero Gracemead era otra muy distinta; sobre todo, ahora que estaba tan cerca de la fecha límite que su abuelo le había impuesto.
De repente, se incorporó sobresaltada en el asiento cuando le pasó una loca idea por la cabeza.
Recordó esos ojos ámbar llenos de desdén, esa voz burlona... Y respiró profundamente. No, no tenía sentido. Aquello rozaba lo absurdo.
«Ni se te ocurra».
Pero la idea se negaba a dejarla. La siguió hasta la cama y continuó ahí mientras ella, sin conciliar el sueño y a oscuras, miraba al techo y hablaba consigo misma.
Ichigo y ella no tenían nada en común, excepto su mutua antipatía. Pero él necesitaba un empujón en su carrera, cosa que ella quizá podría proporcionarle. Y era un buen pintor, tenía verdadero talento. Al margen de la opinión que le mereciera como hombre, era un gran artista.
La bonita castaña podía ser un obstáculo, pero Rukia no creía que fuera a hacerle rechazar la proposición.
Y mientras se daba la vuelta en la cama y le daba un puñetazo a la almohada para colocársela mejor, un nombre le vino a la mente.
—Desmond Slevin —murmuró Rukia con satisfacción. Y cerró los ojos, sonriendo.
Al día siguiente, en la oficina, después de darle el informe a Kaien y atender algunos asuntos de trabajo, se metió en Internet para averiguar unos detalles de su presa.
Desmond Slevin, un tratante de arte y coleccionista propietario de la galería Parsifal en la céntrica zona llamada West End, había sido inquilino de una de las casas de la empresa, aunque ahora vivía en Surrey.
Rukia había leído recientemente un artículo sobre él describiéndole como un mecenas del mundo del arte, siempre a la búsqueda de pintores con talento. Podía ser su hombre.
Por lo tanto, Rukia almorzó temprano, tomó un taxi y se fue a la galería. Unos minutos más tarde, estaba sentada en el despacho de Desmond Slevin tomando café con él.
—Dígame qué puedo hacer por usted, señorita - —era un hombre de mediana edad, guapo, con cabello cano y penetrantes ojos azules—. ¿Ha venido para convencerme de que deje mi casa en Surrey y vuelva a alquilarles un piso en Londres?
Rukia le devolvió la sonrisa.
—Dudo que pudiera hacerlo. No, he leído recientemente un artículo hablando de usted y... me ha dado que pensar.
—Ah. Francamente, siento haber dado esa entrevista. Espero que no le haya dado por pintar porque, después de la amabilidad y profesionalidad con que me trató, no me gustaría nada desilusionarla.
Ella se echó a reír.
—No tiene que preocuparse por eso, se lo prometo —Rukia hizo una pausa— Pero si alguna vez yo viera unos lienzos que indicaran verdadero talento... ¿podría usted echarles un vistazo?
—Y esa pregunta... ¿es tan hipotética como usted la ha planteado? —Inquirió él irónicamente antes de volverle a llenar la taza de café—. Bueno, señorita Kuchiki, ¿quién es el genio por descubrir? ¿Su novio?
—Dios mío, no —Rukia se enderezó en el asiento bruscamente y estuvo a punto de mancharse la falda de café— Todo lo contrario, si quiere que le sea sincera. Se trata de alguien a quien apenas conozco. Ni siquiera sé su apellido.
—Vaya —dijo él con placidez— De todos modos, parece haberla impresionado. ¿Tiene bastante obra?
—Sí, supongo... Creo que sí. Tiene un estudio.
Desmond Slevin se echó a reír.
—Eso no significa gran cosa. ¿Sabe él que ha venido a verme para hablarme de su obra?
—No —admitió ella.
—¿Y sabe si le interesaría vender algo de lo que tiene?
—Bueno, claro. ¿Por qué no iba a interesarle? Desmond Slevin contuvo el cinismo que sentía en su respuesta.
—Querida señorita Kuchiki, he conocido a muchos pintores que creían que su obra era única y de demasiada importancia como para comercializarla. Por lo tanto, creo que sería mejor que usted hablara primero con él.
—No creo que sea este caso —Rukia respiró profundamente—. De todos modos, si hablara con él... ¿estaría usted dispuesto a ver sus cuadros? ¿A dar su opinión?
—Sí —respondió él despacio—. ¿Por qué no? Eso sí, siempre que se sobreentienda que no hay trato de antemano.
—Lo dejaré muy claro, no se preocupe.
—En ese caso, espero tener noticias suyas pronto —dijo él y se levantó.
Mientras la acompañaba a la puerta de la galería, Desmond Slevin comentó:
—¿Sabe?, me parece que se está tomando muchas molestias por un desconocido —entonces, él se detuvo y le dio una palmada en el hombro—. No obstante, estoy seguro de que sabe lo que hace.
«Yo no contaría con ello», pensó Rukia dedicándole una sonrisa. Y se alejó.
De hecho, aquello podía ser el mayor error de su vida.
Podía olvidarse del asunto, pero también podía despedirse de Gracemead, como le demostró la conversación telefónica con su abuelo aquella tarde.
—Sigue con tu carrera profesional si quieres, Rukia —le dijo él con brusquedad—, aunque ha llegado a mis oídos que no te está yendo muy bien últimamente. Vives sola en ese piso tuyo. Pero, en ese caso, no necesitarás una casa grande y a Gracemead se le puede dar mejor uso.
Rukia colgó el teléfono sintiendo una gran angustia, y no sólo por la casa. El comentario sobre el trabajo había dado en el clavo.
Por fin, con manos temblorosas y haciendo acopio de todo su valor, marcó el número del teléfono móvil de Ichigo. Casi sintió alivio cuando le salió el contestador automático.
—Soy Rukia Kuchiki. Tengo una proposición de tipo profesional que podría interesarle. Si le interesa, reúnase conmigo el sábado en el hotel Titán Palace para tomar el té, a las cuatro y media —Rukia vaciló momentáneamente—. Si el día o la hora le resultan inconvenientes, llámeme a la empresa Kuchiki Genryuusai entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde para arreglar otra cita.
Bien, había sido breve y profesional, y por eso precisamente había elegido el hotel Titán Palace para la entrevista. Uno de los nuevos hoteles de la ciudad, era grande e impersonal y la clientela eran hombres y mujeres de negocios en su mayoría. Un lugar para hacer tratos.
Además, lo de tomar el té era correcto y muy inglés.
No obstante, no podía estar segura de que se presentase, por muy profesional que hubiera sido la invitación.
Pero el sábado llegó y no había habido cancelación, por lo tanto, parecían destinados a otro enfrentamiento.
Llegó a la cita con tiempo de sobra y se sentó en la enorme cafetería del hotel. Al cabo de unos minutos y tras varios intentos infructuosos de llamar la atención de algún camarero, vio a Ichigo avanzando hacia ella con unos gastados pantalones vaqueros, que le sentaban maravillosamente, y una camisa blanca con demasiados botones desabrochados y las mangas subidas hasta los codos. Seguía necesitando un corte de pelo y tampoco le iría mal un afeitado. Sin embargo, a pesar de todo eso...
Poniendo freno a su imaginación, Rukia se puso en pie.
—Hola. Vaya, ha venido.
—¿No se trataba de eso precisamente?
—Sí, claro, por supuesto. Por favor, siéntese —dijo Rukia, pensando de sí misma que parecía a punto de dirigir una entrevista de trabajo—. He intentado pedir el té, pero...
Rukia se interrumpió al verlo levantar una mano con languidez y, al instante, dos camareros se acercaron apresuradamente como si hubieran estado esperando a que los llamara.
—La señorita quiere un té. Café para mí, por favor.
Rukia, asombrada y comprensiblemente molesta, notó la diferencia con que se había recibido la orden de él.
—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó ella.
—No ha sido tan difícil —Rukia se recosió en el respaldo de su asiento—. ¿Quiere empezar con el asunto o prefiere que hablemos del tiempo hasta que nos hayan servido?
—Empecemos ya, creo que será lo mejor —dijo ella secamente—. Debe de estarse preguntando por qué quería verlo.
Él arqueó las cejas burlonamente.
—Estoy muerto de curiosidad.
Rukia se mordió los labios.
—En primer lugar, quería pedirle disculpas por mi comportamiento el otro día —dijo ella—. Como excusa, sólo puedo decirle que estoy pasando por momentos de mucha tensión últimamente y que su dibujo fue...
—¿La gota que colma el vaso? —sugirió él.
—Sí, exacto. Quiero que sepa que, normalmente, no pierdo los estribos de esa manera.
—Es muy tranquilizador —dijo él—. Pero no me ha hecho cruzar todo Londres para decirme eso, ¿verdad?
—No, claro que no —Rukia tragó saliva— De lo que quería hablar es de su trabajo. Verá, dije en serio eso de que me parece muy bueno y... se lo he comentado a un conocido mío propietario de una galería de arte, Parsifal. Es posible que haya oído hablar de ella.
—Sí —el monosílabo no le dio ninguna pista.
—En fin, existe la posibilidad de que, si a él le gusta, podría exponer su obra en la galería. Lanzarlo como quien dice.
En ese momento, el camarero regresó con platillos llenos de medias noches y pasteles, el té y el café.
Cuando volvieron a encontrarse solos, ella dijo:
—Supongo que se da cuenta de la oportunidad que podría suponer para usted. ¿No... Tiene nada que decir?
—Creo que estoy atónito... y también preocupado. Porque lo que me gustaría saber es por qué precisamente usted, me iba a recomendar a esta persona. No lo comprendo.
—Opino que debería reconocerse su talento. Y me gustaría contribuir a ello.
No había sido demasiado convincente, pensó Rukia, pero la conversación no estaba yendo como había esperado. «¿Cómo podría agradecérselo?», era más bien lo que había imaginado que fuera la respuesta de él.
—¿Así de sencillo es? —dijo él con voz suave. Entonces, sacudió la cabeza—. Sin embargo, lo dudo, señorita Kuchiki. Porque, si quiere que le diga la verdad, no me parece usted la clase de persona dada a la filantropía.
Rukia se quedó inmóvil en su asiento.
—¿Significa eso que no le interesa mi oferta?
—Me interesa, sí, pero no me ha sobrecogido de emoción. Debe comprender que necesito saber qué es lo que quiere a cambio —la sonrisa de él la descuartizó—. Por si el precio es mayor de lo que estoy dispuesto a pagar.
Así que era eso. Durante un instante, Rukia se quedó atónita. Después, agarró su bolso.
—En ese caso, no tenemos nada más que decirnos. Siento haberle hecho perder el tiempo.
—No sea tonta —dijo él— Si quiere que considere su oferta, le sugiero que se quede donde está. Haga lo que hacen los británicos normalmente en momentos de crisis y beba té.
Teniendo en cuenta lo que se jugaba, Rukia, con desgana, obedeció, aunque sus ojos echaron chispas.
—¿Le han dicho alguna vez que es un insolente? —preguntó ella fríamente. Él encogió los hombros.
—Y usted, señorita Kuchiki, es tanto engañosa como decidida —le contestó él— Aceptemos que ninguno de los dos somos perfectos y continuemos.
Rukia respiró profundamente.
—Tengo... un problema. Necesito un marido.
Él, achicando los ojos, se le quedó mirando.
—En ese caso, la respuesta es sencilla. Cásese.
—No quiero estar casada, ni ahora ni nunca —dijo ella con queda vehemencia—. Sin embargo, no tengo alternativa. Verá, necesito a un hombre que esté dispuesto a casarse conmigo y que luego desaparezca de mi vida.
—Y yo necesito más café —dijo él— O algo más fuerte. A menos, por supuesto, que usted me prometa que no me ha elegido para representar ese papel.
—Por favor, escúcheme —Rukia se inclinó hacia delante—. Sólo se trata de ir al juzgado y firmar unos papeles, nada más. Luego, cuando el matrimonio haya servido a su propósito, nos divorciamos. Yo correré con todos los gastos. Rukia se paró para respirar y continuó: —Es más, le daré una suma adicional de dinero lo suficientemente grande para que pueda montar su propia exposición si al dueño de la galería Parsifal no le interesase su obra; o podría emplearlo en cualquier otra cosa que le apeteciera. No va a perder nada con esto.
Se hizo un silencio; luego, él dijo:
—Dígame, señorita Kuchiki, ¿cuánto tiempo le ha llevado inventarse esta increíble fantasía?
Rukia sacudió la cabeza.
—No es ninguna fantasía. Le estoy hablando completamente en serio. Estoy desesperada.
—Eso me temía. Pero ¿por qué? —La ambarina mirada de él se clavó en sus ojos—. Y, por favor, no me diga que no es asunto mío porque sí lo es.
—Está bien, se lo diré —respondió ella con desgana—. A menos que me case antes de cumplir los veinticinco años, voy a perder algo que lo significa todo para mí.
Rukia tragó saliva y añadió:
—Mi abuelo, que parece estar estancado en la Edad Media, está empeñado en no dejarme en herencia la casa en la que me he criado si no tengo un marido que me ayude a llevar la propiedad. Según él, esa casa se desperdiciaría si sólo viviera en ella una mujer soltera; además, tiene miedo de que yo caiga presa de gente... poco escrupulosa.
—¿Y le parece que un marido elegido a dedo en la calle no entra en esa categoría?
—Naturalmente, yo pondría la condición de un contrato prematrimonial.
—Ah, claro, naturalmente —la expresión de él era impasible, pero la voz le tembló ligeramente.
Rukia le lanzo una mirada aprensiva.
—Da la impresión de encontrar todo esto divertido.
—No, me parece trágico —respondió él— ¿Cuándo es... su cumpleaños?
—Dentro de seis semanas.
—Extraño, la creía más joven —añadió él fríamente— Y no lo he dicho como un cumplido.
—Por fortuna, la opinión que pueda tener de mí es irrelevante. Lo único que me preocupa es Gracemead —Rukia se miró las manos, que estaban entrelazadas—. La verdad es que un hombre había respondido a mi anuncio, pero se echó para atrás en el último momento. Así que ahora estoy desesperada.
—Quizá haya sido una suerte para usted.
—No veo riesgo ninguno en esto —dijo Rukia en tono desafiante—. Los dos ganamos. Sigo creyéndolo.
—En ese caso, no me sorprende que su abuelo quiera que tenga un marido —dijo él con dureza—. Lo que me sorprende es que la deje salir sola sin una niñera.
—¿Cómo... se atreve? —A Rukia le tembló la voz—. Si es eso lo único que tiene que decir, olvidemos el asunto.
—No tan rápido. Supongo que sólo me presentaría al dueño de la galería si aceptase su plan, ¿verdad?
—Naturalmente—le contestó ella cortantemente—. He puesto las cartas sobre la mesa. Es muy sencillo.
—Me parece que no llamamos «sencillo» a lo mismo —observó él— ¿Cuánto dinero está dispuesta a pagarme por casarme con usted? Sólo lo pregunto porque nunca antes me he puesto en venta y me gustaría saborear la experiencia... al máximo.
Rukia se puso muy tiesa en el asiento.
—Eso habría que acordarlo, pero creo que encontrará mi oferta muy generosa —contestó ella.
—Sí, estoy seguro de que así será —dijo él con voz suave.
Rukia encontró la sonrisa de él enervante y continuó precipitadamente:
—Después de la boda, cada uno seguirá con su vida, separados —Rukia enrojeció ligeramente—. Y, por supuesto, hará con su vida lo que quiera. Yo jamás pondría restricciones a su conducta.
—Es usted sumamente comprensiva, señorita Kuchiki. ¿Y yo no tendría que enfadarme si se buscara un amante? ¿Es eso lo que quiere decir?
Rukia frunció el ceño.
—No... Quiero decir que... ¿cómo iba usted a saber si tengo un amante o no? Después de la boda, no volveríamos a vernos hasta el momento de firmar los papeles del divorcio. Además, lo del amante es imposible que ocurra. No tengo intención de tener ningún tipo de relaciones.
—Así que el sexo no tiene cabida en su vida, ¿eh? —Murmuró él— Quizá eso explique su malhumor.
—Y eso, si me permite que lo diga, es una opinión típica de un hombre —dijo ella con acritud.
—Soy un hombre, señorita Kuchiki. ¿Qué otra cosa esperaba? —Él hizo una pausa—. Volvamos a lo básico. ¿En serio cree que su abuelo aceptará la aparición de un completo extraño en su vida? ¿Que no pensará que hay gato encerrado en el asunto?
Rukia se encogió de hombros.
—En el escrito que mi abuelo ha elaborado detallando sus exigencias, no se dice nada sobre la naturaleza de la relación, sólo que debe existir legalmente. Tampoco menciona el tiempo que debe durar el matrimonio. Y es ahí donde ha cometido un error.
Rukia alzó la barbilla y añadió:
—Mi abuelo piensa que me tiene pillada, pero se va a enterar de que soy una mujer independiente y que no puede seguir controlándome así... y también de que no hay contrato perfecto.
—En eso estamos de acuerdo —dijo él en tono irónico y guardó silencio unos tensos momentos— Muy bien, señorita Kuchiki, por loco que esto sea, acepto su proposición. Me casaré con usted según los términos acordados.
—Gracias —respondió ella— Le estoy muy, muy agradecida.
Él la miró con cinismo.
—Creo que eso está por ver. Y ahora que ya estamos oficialmente prometidos, ¿me permite que la tutee, Rukia?
—Sí, claro —Rukia se ruborizó—. Necesito saber su apellido... para cuando le dé la noticia a mi abuelo.
—Kurosaki —respondió él— Ichigo Kurosaki. Ichigo se inclinó hacia delante, ofreciéndole la mano, y ella se la estrechó. Era una mano cálida y firme, y no pudo evitar sentir que el pulso se le aceleraba inesperadamente.
Y vio la sonrisa de él, dándose cuenta de su reacción, y parecía divertirle.
—Por qué nos conozcamos mejor, Rukia mou. Entonces, antes de que Rukia pudiera soltarse, él se llevó la mano de ella a los labios y la besó ceremoniosamente, dejándola jadeante.
